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Nicole tenía una extraña afición por el cigarro, todo el tiempo se la pasaba fumando. Sus maestros normalmente la veían por los pasillos con un tabaco entre sus labios perfectamente maquillados. A pesar de ser una fémina sumamente tranquila, de vez en cuando tenía sus arranques de ansiedad e inmediatamente recorría al dulce sabor de la nicotina. Muchos le decían que lentamente se estaba matando, que terminaría con cáncer, pero al final del día ella sabía lo que hacía. ¿Por qué los demás tenían que inmiscuirse en otras vidas? El humo salió de sus labios recordándole las primeras veces en las que había fumado. A pesar de estar mal, a ella le servía como un escape de la realidad. La humanidad estaba tan podrida que no importaba cuanto se esforzara, al final de cuentas ella formaría parte de esa nada a la que llamaban mundo. Boswell caminaba por los pasillos con elegancia y presencia, se limitaba a ignorar a los patéticos entes que la rodeaban, pues muy pocos eran dignos de su atención. El cigarro estaba a punto de culminarse, así que se esperó unos cuantos segundos a que lo último del cigarro quedara entre sus labios.
Depositó la basura y sacó otro de su cajetilla encendiéndolo rápidamente; pudo sentir como el humo salía de su boca al unísono de sus problemas. Nicole cerró los ojos y fue interrumpida por una áspera voz; la ojiverde se giró fingiendo una sonrisa y retiró el tabaco de sus labios mirando a la persona que solicitaba un poco de su tiempo. Al escucharlo, aprovechó para limpiarle un poco de basura a su cigarro. —No soy doctor. —comentó marcando su acento inglés del cual estaba orgullosa. —Pero creo que tengo unas pastillas en mi bolso, ¿qué necesitas? —cuestionó pretendiendo tener un falso interés por el chico, pues después de todo no le venía mal ser caritativa de ves en cuando.
—Bueno, la mayoría de nosotros todavía ni si quiera nos graduamos ¿cierto? —Soltó, dándole una calada al cigarro después, quizás por el mero hecho de observarla a ella hacerlo. Sí, bueno, no lo hacía verse como la persona más sana del establecimiento pero ¿cómo negarse? Ahora bien, ¿era algo que hacían todos ahí? Tendría que fijarse sobre algún estudio que conectara la facultad con el hábito del tabaco, porque no dudaría en estar atinando al sostener que cuanto menos el setenta y cinco por ciento de los estudiantes en el recinto fumaban. Divagaciones, no debía pensar tanto con el dolor de cabeza que tenía encima. —Uhm—murmuró, observándola. — ¿Algún antiinflamatorio? Se me ocurren nombres científicos, la cabeza de farmacólogo en acción, eh... —una pausa, quizás todavía estaba estudiando en el dormitorio, ¿no? — ¿Un ibuprofeno? —Y añadió, con un tono un tanto más bromista que el anteriormente usado: — Lo que sea, cianuro si da la casualidad de que tengas.
Del mismo modo en que debido a la gravedad los objetos tendían a acercarse a la faz terrestre, por razones que iban más allá de su comprensión o interés, Céline siempre terminaba encontrándose a sí misma en torno al alemán. Que le molestara (o no), contaba como dentro de una materia sobre la cual no quería plantearse a sí misma opiniones pero que, a su vez, había quedado bastante clara con anterioridad. Giró el cuerpo suavemente, apenas, para mirarlo cuando oyó su voz y le dedicó una mirada, los brazos cruzados sobre el pecho y el cigarrillo en la mano derecha— Si te vas a morir, avísame para filmarlo —sonrió, expulsando el humo casi transparente, señal de que todo lo malo había quedado dentro, aferrándose a sus pulmones. Frunció el ceño un segundo, notándole la mala cara finalmente—. Te ves pésimo —informó, a pesar de que el otro probablemente ya lo sabía y de las consecuencias que iba a traerle—, ven —le extendió la mano para que la tomara, agitándola frente a él con impaciencia después—. Vamos, Haller. Demos un paseo hasta la enfermería, no te voy a comer.
—Oh—soltó, después tratando de suavizar el semblante con una sonrisa ladina—, ¿para tu propio placer personal o planeas hacer dinero con la grabación? —Indagó, el tono de broma presente en la voz rasposa, moviendo él en círculos los dedos índice y corazón contra la sien... ¿alguien podía, por favor, golpearle la cabeza con un martillo? En cuanto las siguientes palabras llegaron a sus oídos alzó las cejas, volviendo la vista a ella— ¿En serio?—. Bien, sí, era un comentario que debería haber esperado ¿cierto? Francesa, modelo... Céline, en sí. —Creí que serías lo suficientemente educada como para no señalarlo. No hacía falta —y le dio una calada corta al cigarrillo, el humo del propio y del ajeno viajando lentamente por el aire gélido—, tengo un espejo en el dormitorio. Pero se aprecia, Donatella —otra sonrisita, un tanto más amplia que la anterior. Tiró las cenizas del Newport al suelo mientras las punzadas en la parte lateral de la cabeza continuaban su incesante número. La mano de Céline le fue extendida y él se dedicó a observarla por un momento, como si acaso esa fuera una acción antes jamás efectuada en su presencia. Sonrió ante la clarísima señal de impaciencia, sabiéndola muy propia de la francesa, y apagó el cigarrillo contra el banco, tomándole la mano a la fémina después: — ¿Feliz? —Se puso de pie—. Bueno, eso es ciertamente un alivio, schön... —comentó, y dejó que un suspiro escapara de entre sus labios. — ¿Qué tal te ha ido?
Le dolía la cabeza de tal manera que creía que, de ser físicamente posible, iría a partirse en dos. La culpa era echada tranquilamente al hecho de que se había privado de sueño desde la noche pasada por terminar un proyecto sumamente importante, solamente permitiéndose acercarse a Morfeo durante los minutos en los que, rindiéndose, terminaba con la cabeza apoyada sobre los apuntes. Bien, creyó, siendo bastante ingenuo de su parte, que quizás esperando unas horas el dolor disminuiría. No sucedió y ahora, sentado en una banca y con un cigarrillo en la mano trémula y con la otra en la sien, suponía que quedándose ahí tampoco iría a ayudar a su situación. Así que en cuanto alguien se acercó lo suficiente levantó la cabeza y, tratando de sonar lo más amable posible -que costaba, seamos sinceros, no sólo por el dolor de cabeza sino porque era, bien, Demian Haller-, empezó: —Disculpa... ¿sabes si está abierta la enfermería? O ¿conoces a algún estudiante de medicina que me dé un cóctel de píldoras para la migraña?
down in mexico by the coasters
001.
El cigarrillo no era uno de sus vicios, pero lo fue en su momento. Hace años que la nicotina no viajaba por su cuerpo. Era una ocasión especial, noticias de Francia había llegado y, sin esfuerzo, lograron descomponer todas las terminaciones nerviosas del estudiante. Después de un par de intentos, logró encender el tabaco envuelto en un papelillo, perfectamente ubicado entre sus labios. Lo sostuvo entre el índice y el dedo del corazón para exhalar el humo asfixiante. Sin darse cuenta, movió su mano bruscamente, logrando que el extremo consumiéndose, golpeara la mano de una persona. —Ah, joder. Lo lamento. No te vi. ¿Te quemé?— inquirió, llevando el cáncer de regreso a un lado de su boca.
Una sensación un tanto dolorosa en el dorso de la mano y el reflejo automático de alejarla de la fuente de calor, un bufido y, después, el observar que la lumbre no hubiera dejado secuelas, aun a sabiendas de que las marcas sólo ocurren cuando se le quema por más tiempo. —Oh —soltó—, pero si siempre es una linda experiencia la de quemarse con un cigarrillo, eh... No pasa nada, de vez en cuando sucede. —levantó la vista al blondo y, consecuentemente, al cigarrillo que sostenía en sus maos y, como si este también fuera un reflejo, sacó del bolsillo su propio atado. Sí, ciertamente no era una de las conductas más saludables que había pero ¡no podía evitar que, al ver a alguien fumar, la necesidad de hacerlo él apareciera! Acto seguido, sacó el mechero y, tras unos cuantos giros de la rueda, bufó y lo miró a él. — ¿Me prestarías el tuyo, por favor?
Mantente derecha, espalda recta, no mires al suelo. Se lo repetía una y otra vez a sí misma, sin embargo, no daba resultado alguno. Adelaide en efecto no estaba hecha para caminar en tacones, por mucho que disfrutara del hecho de que aquel calzado le ayudara a fingir que tenía unos pocos centímetros más de estatura. —Me veo ridícula, ¿no es así? —Cuestionó de inmediato al sujeto que se le cruzó por delante, dándose cuenta segundos antes que éste detallaba su andar. —Olvídalo, no respondas eso, no quiero oírlo. —La castaña alargó un suspiro, terminando por deshacerse de sus zapatos, poco importándole el estar localizada en medio de uno de los pasillos universitarios.
Caminaba por uno de los pasillos con cierto desinterés, dirigiéndose hacia la cafetería, cuando una fémina -supuso-, se dirigió a él. Demian frunció el ceño, procesando la pregunta. — Ehm... —empezó, observándola de arriba abajo. —Bueno, ¿te refieres a los zapatos? —Preguntó, observando los tacones. En su vida, sí, gracias a los eventos a los que debía asistir con sus padres, pudo ver a cientos de mujeres con un porte elegante y un caminar seguro paseándose con calzados que desafiaban las leyes de la gravedad así que sí, podía decirse que tenía una idea mínima de lo que era aquello, ¿no? Pero bueno, ya que la chica insistía en mejor no saberlo, chasqueó la lengua. —Tampoco es para tanto... bah, personalmente no puedo hablar porque, bien, jamás me puse unos. Cuestión de práctica, me atrevo a decir.
¡Qué no, joder!—Vociferó al joven de hermosos ojos azules ocultos bajo aquellos lentes grandes que hacían parecer su cabeza más pequeña de lo normal. Se volvió a sentar en la silla, aquella conversación había pasado a discusión demasiado rápido, demasiado fugaz, al mismo tiempo que ambos fanáticos de la ficción elevaban sus voces. La gente en sus alrededores eran estorbadas por el intercambio de palabras subidas de tono. Y Loreley ya se estaba cansando.— No sabes una mierda de Padmé, no sabes una mierda de Anakin, no sabes una mierda de nada. Terminé contigo. Y mañana volveré por esa remera que te presté.—Soltó incoherente, el resentimiento empapaba su habla y fruncía su ceño. Con un movimiento brusco se reincorporó de la banca. Una mala idea. Puesto que su cuerpo impacto con uno ajeno.— Lo siento, ¿vale?—Dijo entonces, un tanto tosca por el enfado no esperado y con ganas de clavar un pincel en el ojo a su compañero de debates.
Aunque intentaba ignorar con todas sus fuerzas la molesta discusión en las cercanías... era imposible; si bien no podía comprender las palabras en su totalidad (sobretodo porque habían varias cuyo idioma y origen desconocía por completo) el volumen de esta impedía que pudiera concentrarse en la fotocopia de farmacocinética que tenía que leer del derecho al revés. Era difícil, considerando que durante las vacaciones navideñas apenas utilizó el cerebro para contar billetes y todo el tema, pero sí, aunque intentara toda palabra desaparecía de su cabeza en cuanto la leía... y por mucho que fulminara con la mirada a los chicos en cuestión ninguno parecía darse cuenta del tono y timbre usado. Sí, suele pasar en las discusiones y no, no lo iría a tolerar. Se apeó entonces, guardando la fotocopia -ahora doblada- en la mochila dispuesto a acercarse a los muchachos para pedirles, por el amor de Dios, que pararan de hablar sobre lo que fuera eso cuando la rubia terminó golpeándose contra él. Lindo momento, la voz hostil sólo alcanzó para desagradarlo más. — ¿'Vale'? —Inhala y exhala Demian, cuenta hasta diez— Sí, vale, al menos cerraste la boca... ¿se dieron cuenta del volumen? —y miró al chico— En serio, si van a discutir sobre la importancia de Viaje a las Estrellas o lo que fuera eso, podrían hacerlo en un lugar con menos estudiantes desesperados por recordar cosas.
Saint Laurent para que uses camisas seguido, me gustas más vestido así.
Moss para que te mantengas entretenido (espero que no lo uses como si fuese un ejemplar cualquiera de la Playboy). Disfrútala.
Habana cubanos para que seas un hijo de político con todas las letras y te perfumes con otra cosa que no sean tus Newport.
En fin, a pesar de que parezca que te odio, no es tan así. Feliz navidad, Demian.
Marissa caminaba por los pasillos, pero paró unos segundos para buscar su cuaderno rápidamente. Al no encontrarlo, prefirió seguir su camino y al momento de cerrarla, sintió una mirada penetrante. Dio un giro hacia atrás y vio a una persona detrás de ella -¡Hola! ¿Qué tal?-
Caminaba con desinterés, ciertamente perdido en el celular (haciendo nada en particular, en realidad, pero los móviles tienen un poder de absorción en verdad preocupante) cuando una voz lo sacó de golpe. Levantó la vista. ─Eh... sí, todo bien ─Soltó, mirando a la rubia. Guardó el celular en el bolsillo─. ¿Siempre eres así de amistosa o estás especialmente de buen humor hoy?
“Y a mi me gustaría decirte que no tienes cara de Savannah, pero, bah. Si te queda." Frunció sus labios, reprimiendo a lo que vendría siendo una risita ante su raro y no siempre entendible sentido del humor. Aceptó el vaso, dedicandole una sonrisa a lo cual la rojiza imitó su acto, extendiendo ahora el vaso del ojiclaro. "Supongo que sí, a estas horas es bastante raro el que se encuentra activo, y quiero pensar que sus mentes ya no piensan con claridad después de una suma considerable de pedidos y gritos por aquí y por allá." Se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. "Pero, no los culpo. Se que es difícil y creo que si yo trabajara en ese lugar, haría el triple de líos en tan solo un día."
—No sabía que mi cara llegaba a ser tan femenina —dijo como contestación a la broma y tomó su vaso. Ahora sí, le dio un sorbo—... Ah, el glorioso sabor de un café cargado no tiene comparación —asintió con la cabeza. Mucho del tema no entendía, puesto a que jamás y bajo ningún punto de vista había estado del otro lado del mostrador: sería increíble ¡impensable! —Absolutamente —corroboró—, suele pasar, sobretodo cuando está atestado por universitarios que, en la mayoría de los casos, llegan a ser insoportables —él también, claro, pero no era algo que fuese a decir. Rió—Ni me lo digas, sería lo mismo en mi situación, Savannah ¿no? Me pareces conocida... De algún lugar te tengo —se aclaró la voz— ¿vas a Fentom también? Porque es muy probable que sea de ahí.
para: 2 jejep integrantes: céline soule y demian haller marco de tiempo: 18.dic.2014, alrededor de las 7 y 30 pm
Si bien a la causante de su enojo no la veía desde hacía bastante, la ira todavía no se había disipado; a lo sumo se convirtió en cierta nubosidad en tanto a las cosas del día a día. Se sintió verdaderamente orgulloso de su capacidad de esquivar toda posibilidad de encuentro (aunque estuvieran en facultades diferentes, sí, quizás en alguno de los stands de cafés podría habérsela encontrado); ¿desde cuándo así? Bueno, no estaba de humor para tener que discutir, creía que no podría con ello. Su fortaleza mental estaba bastante baja desde hacía unas semanas, la cercanía de las fiestas más lo imposibilitado que estaba de volver a sus hermanos tenía sus ánimos por el suelo. Necesitaba algo, supuso, porque no podía más y, como todo buen Haller, decidió ir al centro.
Comenzó a recorrer vidrieras, sí, y decidió comprarse una camisa y un par de cosas para Ingmar y Ana (unas figuras de acción para el pequeño y una raqueta de tenis que había visto la última vez y que lo había hecho pensar automáticamente en su hermana) que pidió que envolvieran en papel de regalo y que enviaría lo más pronto posible para que llegaran el veinticinco. Después, para soportar las horas muertas, decidió meterse a otro negocio. Un par de perfumes, colonias, estupideces. Probó un Hugo Boss, puso cara de desagrado, suspiró incansablemente, se fijó si algo pasaba en su celular (nada, absolutamente nada, y le revolvía el estómago eso) y sus ojos se posaron frente a un Nina Ricci. No era un vestido Valentino, pensó, pero algo era algo. Se acercó a una dependiente, le esbozó una sonrisa y preguntó si tenían Capricci ahí, porque Coeur Joie, según él, no era lo suficientemente bueno. La mujer fue a buscar y Demian se quedó ahí, estático, preguntándose si acaso esa iría a ser una buena idea. No, en sí era una de las peores que tuvo, pero no la peor, y eso era suficiente. Volvió dándole la afirmación, Demian sacó la tarjeta de crédito, pagó, firmó, paró en un restaurante y el camino a la universidad ocurrió sin sobresaltos, dejó los regalos para Ingmar y Ana y, después de permanecer sentado a los pies de esta, sacó el teléfono celular del bolsillo del pantalón. Dudó durante un par de segundos antes de pulsar el número de Soule y mandar un mensaje de texto sugiriéndole que se vieran. Apagó el celular antes de recibir la respuesta, sólo por la impotencia que le daría un no, y salió.
La idea de la terraza, pensó, no había sido especialmente buena, claro, pero para él era un lugar fantástico. Plantas, silencio y la vista de la universidad y el sol poniéndose. No era nada del otro mundo, pero a veces parecía el único escape cuando en el campus y en las aulas todos estaban en extremo ajetreados. Se sentó en el suelo, a un lado de dos de las bolsas que había comprado, y se encendió un cigarrillo. —Qué idea estúpida—dijo, en voz alta, y miró a su alrededor. —, no va a venir... Genial. —Ahí permitió que un suspiro saliera de entre sus labios. Qué raro, Haller comportándose como un completo imbécil.
Savannah se encontraba en una de las cafeterías que rodeaban la universidad. Recargada en la barra del establecimiento, cuando uno de los empleados le entregó su pedido, o lo que pensó que este era, cuando vio un nombre desconocido grabado en el vaso con un marca textos. Llamó de nueva cuenta al mismo empleado a lo cual este le informó que se había equivocado y le había dado el café de la persona que en estos momentos estaba abandonando el establecimiento. Se apresuró a pagarle y como pudo, salió detrás de esa personas a paso rápido. “Hey, espera” Exclamó una vez que estuvo a unos cuantos centímetros haciendo que la persona voltease. “Lo siento, lo que pasa es que has tomado mi pedido… y yo el tuyo” Alzó un poco el vaso desechable, moviendolo al aire.
Demian había decidido ir a tomar un café después de releer un ensayo que debía entregar por lo que creía ya la millonésima vez; estaba cansado, y si no iba a dormir al menos tenía que recargar energías. Así que decidió ir a uno de los pintorescos cafés de la ciudad, dispuesto a despegar su mente de la facultad por al menos unos minutos. A la hora de salir -especialmente apurado porque quería fumar un cigarrillo-, ya pensando en tomarlo camino al establecimiento educativo, fue interrumpido, porque supuso que le hablaban a él, y bajó la mirada al vaso plástico. —Oh—dijo, leyendo con cuidado la letra desprolija. —, sí, definitivamente no soy ¿Savannah? —Ahí, la miró a ella. —Y tú no tienes cara de Demian —caminó hacia ella entonces, y le extendió el vaso—. Pueden ser especialmente inservibles los empleados, sobretodo a estas horas; demasiada gente.
SMS — Demian
C: Anotaré eso en la larga lista de cosas poco importantes que me has dicho durante los últimos meses.
C: Debo haberte elegido porque eras la única persona que me daba lo suficientemente igual como para comunicarle mi estado. Total, luego tu opinión es completamente... ¿cómo decirlo? Irrelevante.
C: Estaba triste. Pretérito.
C: Llegas como un día tarde, Demian. He dormido al menos veinticuatro horas seguidas desde el incidente, evité el celular a toda costa y me ha ido bastante bien manejando los efectos del desastre que provoqué. A excepción, claro, de los moretones y el dolor de cabeza.
D: Ah, tan dulce como de costumbre. Creo que eras más agradable en estado de ebriedad, otra cosa para anotar en esa lista.
D: Si es tan irrelevante, te invito a que borres mi teléfono de tu agenda y te conformes con mirarme con la misma cara de soberbia que le pones a todos los demás.
D: Mejor así.
D: ¿Moretones y dolor de cabeza? ¿Alguna gatita te dio tu merecido por hablar de más? Suerte con eso.
SMS — Demian
C: Est oy ebri a y trste
C: triste!!
C: No de beria bebr sola
C: pero tu´ no estás y no m e gust la navidad
C: 'dnde te has metido demian?
D: Te recomendaría que, en estos casos, habilites el autocorrector de tu celular.
D: O que le confíes el dispositivo a algún amigo porque me hace sentir extremadamente especial que elijas mandarme un mensaje a mí ebria. Me siento halagado.
D: Ahora bonita, dime, ¿por qué estás triste?
D: En todos lados y en ningún lugar, a decir verdad... Veo que hay varios tirados en el campus con cara de que tomaron de más, ¿eh? Por ahí debes estar tú, pero no veo a nadie con haute couture puesta. Si quieres te paso a buscar, o te dejo con tu resaca.