Le dolía la cabeza de tal manera que creía que, de ser físicamente posible, iría a partirse en dos. La culpa era echada tranquilamente al hecho de que se había privado de sueño desde la noche pasada por terminar un proyecto sumamente importante, solamente permitiéndose acercarse a Morfeo durante los minutos en los que, rindiéndose, terminaba con la cabeza apoyada sobre los apuntes. Bien, creyó, siendo bastante ingenuo de su parte, que quizás esperando unas horas el dolor disminuiría. No sucedió y ahora, sentado en una banca y con un cigarrillo en la mano trémula y con la otra en la sien, suponía que quedándose ahí tampoco iría a ayudar a su situación. Así que en cuanto alguien se acercó lo suficiente levantó la cabeza y, tratando de sonar lo más amable posible -que costaba, seamos sinceros, no sólo por el dolor de cabeza sino porque era, bien, Demian Haller-, empezó: —Disculpa… ¿sabes si está abierta la enfermería? O ¿conoces a algún estudiante de medicina que me dé un cóctel de píldoras para la migraña?
Del mismo modo en que debido a la gravedad los objetos tendían a acercarse a la faz terrestre, por razones que iban más allá de su comprensión o interés, Céline siempre terminaba encontrándose a sí misma en torno al alemán. Que le molestara (o no), contaba como dentro de una materia sobre la cual no quería plantearse a sí misma opiniones pero que, a su vez, había quedado bastante clara con anterioridad. Giró el cuerpo suavemente, apenas, para mirarlo cuando oyó su voz y le dedicó una mirada, los brazos cruzados sobre el pecho y el cigarrillo en la mano derecha— Si te vas a morir, avísame para filmarlo —sonrió, expulsando el humo casi transparente, señal de que todo lo malo había quedado dentro, aferrándose a sus pulmones. Frunció el ceño un segundo, notándole la mala cara finalmente—. Te ves pésimo —informó, a pesar de que el otro probablemente ya lo sabía y de las consecuencias que iba a traerle—, ven —le extendió la mano para que la tomara, agitándola frente a él con impaciencia después—. Vamos, Haller. Demos un paseo hasta la enfermería, no te voy a comer.
La atmósfera se pintaba de un color sombrío desde tempranas horas de la mañana, y un ente nostálgico como la escocesa aprovecho la ocasión para retomar una vieja lectura. Con la nicotina en mano, y los anteojos gruesos que acostumbraba a usar para no forzar la vista, estaba en pose indio en la lumbrera de los pasillos poco transitados de la Universidad. Como de costumbre, las siluetas que la rodeaban la quitaban de su concentración fácilmente, pero siempre se esforzaba por repasar lo que leía anteriormente y así continuar con la velada anticuada en la que se había sometido. Unos pasos se oyeron a lo lejos, más prosiguió con los ojos en el ejemplar y un suspiro cansado se escapó de sus labios, sabiendo que lo próximo que sería era una concentración para su lectura. Mordisqueó un poco su labio inferior y elevo el texto a la altura del rostro, dando una señal obvia de que no quería ser interrumpida, pero esa acción quedo nula cuando escuchó esa tonada francesa que no podía ser más y menos que de Soule.─Escocia es así todos los días fríos, de hecho…─carraspeó la garganta para que su voz se escuchara más firme y alta─deberías acostumbrarte para cuando vayamos y te presente a mi familia.─el cigarro que se consumía entre sus dedos fue a parar a sus labios y le dio una extendida calada.─Escuche que Alemania es así también.─susurró mientras sacaba un pequeño papel para marcar la hoja en la que se había quedado y cerró el ejemplar.─Como sea, no está tan mal, al mal clima buena cara, ¿no?─comentó mientras se ponía firme su espalda contra el paredón y aplastó el cigarro sobre el mármol.─Haz como Gene Kelly y baila bajo la lluvia, aunque no hay diluvio, entonces no lo sé, puedes ir a West Hollywood e inspirarte con las prendas que hay ahí.─encogió los hombros mientras acomodaba sus anteojos en el entrecejo.─Y si no quieres una solución, me puedes contar porque esa cara larga.
Si tú estás ahí para no permitir que lo note, quizá podría plantearme pensarlo —le sugirió, una sonrisa traviesa inundándole los labios sonrosados mientras lo hacía. Había algo en la complicidad que profesaba con Brooklyn que no cesaba de agradarle, algo a lo que no había logrado arribar con ninguna otra fémina antes. No importaba el por qué, si fuera el hecho de que era avanzar por encima de los demás o ser devorado por el ambiente o pura ambición desmedida, pero en aquella especie de burbuja ambientada especialmente para ella, Céline era capaz de relacionarse con las personas de otra forma. No era del todo conveniente, pero tampoco resultaba incómodo—. Se dicen muchas cosas de Alemania, de hecho. Y, como las que se dicen de Francia, no todas son ciertas —añadió, para no tener que decir nada más. Hundirse en aquél terreno podría significar terminar absorta en él, completamente perdida en un lugar en el que no quería estar y ¿para qué permanecer allí cuando podía dejarlo pasar? Los celos de la otra joven podrían ser pasados por alto ahora, usar el tópico cuando no amenazara con destruir la psique de la francesa—. ¿Cómo puedes ponerle buena cara a esto? —inquirió, señalando momentáneamente la bóveda celeste con un ademán de la mano. En su totalidad (porque había algo de eso) no era mala predisposición, era lisa y llanamente no encontrar jamás la razón para ver esconderse el sol— Va más allá de cualquier cosa, tiene un magnetismo totalmente aplastante. No te burles de mí —añadió, arrugando sutilmente el ceño—, si llega a comenzar a llover en los próximos minutos me encargaré de que tú y tus bonitas gafas se empapen hasta decir basta —una pausa más larga, sopesando el hecho de decir lo que prosiguió:—. Te quedan muy bien, de hecho. No te las había visto antes —afirmó, tratando, sin embargo, de rememorar alguna ocasión que pusiese su mención en duda. Si mal no recordaba, jamás se había percatado de las gafas—. No es por nada en particular —¿por dónde comenzar? Era imposible mencionar a uno sin herir al otro (incluso cuando el rol que ocupaban, ambos en particular, dentro de su vida, no era comparable en lo más mínimo. Cada uno tenía lo suyo, desgraciadamente, y elegir a uno sería perderlo todo del otro). En aquél momento, pensando casi a hurtadillas al respecto, con la influencia perlada del cielo gris sobre sus hombros, parecía que hasta estaba dividiendo sus esfuerzos en que ni uno ni otro llegasen a la conclusión de que la francesa aún no había decidido del todo por quién arriesgarse. Delicadamente, tomó asiento delante de la escocesa, en una banca a poca distancia del lugar en el que la castaña estaba situada, siempre tan espontánea—. Siento haberte dejado sola el otro día, en los juegos, no hace falta aclarar que no me llevo muy bien con la gente y ahí... había demasiada. ¿Lo pasaste bien, al final?
Espesos nubarrones de color grisáceo poblaban el firmamento, manifestando, no exentos de soberbia, su hegemonía celestial. Mientras tanto, los miserables e insignificantes seres de abajo, cuyas extremidades necesitaban servirse del suelo como punto de apoyo, se debatían inútilmente en el plomizo escenario en el que estaban atrapados, completa y ridículamente incapaces de modificar un ápice del sombrío paisaje. ¿A qué misteriosa conjunción de hechos y percepciones enteramente subjetivas y personales se debe atribuir los cimientos que sirven como base a la convicción popular que desvaloriza la incómoda y abyecta presencia de los días grises? Es difícil saberlo a ciencia cierta, aunque no es sensato ignorar la influencia de siglos de literatura, cuya permanencia en el inconsciente colectivo ha sido únicamente engrandecida tras la aparición del séptimo arte. Las palabras de la francesa no hicieron mella en el corazón de Zelda, fiel integrante del pabellón de los detractores del disco incandescente. Es bien sabido que aquellas almas condenadas al abismo infinito son adeptas al mal tiempo que, al igual que la atmósfera nocturna, ofrece a sus espíritus el tinte sombrío que parecen clamar a vivas voces. ¡Correspondencia exquisita y amarga! Justicia misericordiosa y divina, consciente de que incluso los seres deleznables y descarriados merecen un respiro sobre esta tierra. —Es preferible observarlos como víctimas de la enfermedad o en plena transmutación al vampirismo que con un arco iris saliendo de sus traseros. No lo sé, supongo que es cuestión de gustos.
La mirada de sutil comprensión que barrió su rostro al observar el ajeno se convirtió, más pronto de lo esperado, en una fatídica expresión de desencanto. No era la primera vez que oía algo similar alejarse de los labios de una persona común y corriente, gran y amplia mayoría de la población, con la que tenía el disgusto de cruzar caminos, era la que admitía con gusto el hecho de parlamentar con falta de respeto y la más burda utilización de los vocablos. Un instante fue lo que Céline, bastante más consternada de lo que había creído poder estar frente a una situación similar, tardó en evaluar su siguiente comentario y expresarlo en voz alta, mas sin ningún tono en particular. No había reproche, desagrado ni hipocresía alguna en la suavidad de su voz al pronunciar, con acento más marcado que nunca, lo siguiente— Y supongo que también es cuestión de gustos la expresión tan poco delicada que acabas de utilizar, ¿verdad? —murmuró, recordándose a sí misma por un segundo que a pesar de la tosca manera en que su vida se había ido desenvolviendo después de los quince años, ella por sí misma había sido criada para ser una señorita y que, si lo precisaba de ese modo, la ubicuidad era la única cosa de la que era consciente— De todas maneras sería difícil asociar a nadie que se ve como si no hubiese dormido en semanas con la imposibilidad de alguien que está rezumando arcoiris de su cuerpo. Más que cuestión de gustos es de quién trasciende más la lógica.
Alzó las cejas, la boca y las palabras crispadas por la cascada de sabor cayendo en los últimos sorbos disponibles— Mis conocimientos al respecto son casi nulos. —expresó, quizá directamente en vano, por juicios que hasta él mismo efectuaría, era fácil delatar que el blondo no era del tipo sabio en los cuidados de la piel, por el rabillo del ojo contempló el semblante femenino, su perfil en general y el intento por enfocarla en alguna memoria pasada, al menos casi efímera de contacto visual y de poca palabras compartida, llegando a fracaso puro, quizá era porque se trataba todo de un diario encuentro rutinario con cadavéricos rostros y aspiraciones en decadencia— ¿Verdad que somos muy capaces de verle el lado divino a la nostalgia siempre? —indagó, con la comisura derecha de la boca dejando que el gesto haga aparición impulsiva, sí, los matices y el degradé grisáceo inspiraba a las melodías de silbidos casi cargados en incomprensible buen humor con aspecto contradictorio, rutas de insomnio casi eclipsando el peso de jovial bienvenida melancólica del firmamento— Pero lo comprendo, es decir, tu pensamiento es quizá más crudo y directo, a veces hay que tolerar la realidad, aunque sea una cachetada verdadera. —porque ja, después tenías las quejas de los más ancianos relatando el dolor de los huesos, la súbita humedad insoportable a los sentidos, las ruinas latentes de planes desgarrados por un pronóstico desacertado, ¿todo podía hacerle cara a la buena caricia de un día nublado? —¿Pero tienes al menos preferencias para no herir tu sensible y detallista sentido de la vista? —cuestionó, con la curiosidad invocada únicamente en las réplicas, le resultaban hasta graciosas— No soy de los que se fijan mucho, siendo franco, me temo que no soy capaz de juzgar las apariencias del resto—chasqueó la lengua—, pero creo que sí, cada pasillo de ciencias sociales está lleno de fantasmas… ¿o habías dicho vampiros?—arrugó un poco el ceño, soltando una seca risa antes de ponerse a deslizar las yemas por la tapa del vaso, distraído.
Te creo —musitó, en un tono de voz bajo, cómplice con sus propios mecanismos del pensamiento. No era difícil de adivinar la ligera aversión al sol que muchos pudiesen tener, factible que era que él también padeciera (¿o disfrutara?) de la cultura hermitaña que solía unir a jóvenes adultos en pos de los días nublados y las perladas gotas de lluvia—. Sí —asintió, con una breve pausa— y la verdad me enferma un poco. Es notorio que con las nubes a la mayoría se les revuelve la memoria, como si fuese un pasaje directo a alguna clase de recuerdos que en días comunes se mantienen a raya, no lo sé —y sí, era entendible. Aquél mismo procedimiento que describía como si le fuese ajeno era el que se ponía en práctica en las peores jornadas, en las más oscuras y las menos favorables: recordar era algo que llevaba a todos por un mal camino, la añoranza teñida de deseo por lo que supo ser espléndido en alguna vez y la ferviente necesidad de enloquecer detrás de cada rastro de sentimiento traído a colación—. La verdad va a doler una vez. Repetir etapas y nunca quemarlas va a durar por siempre —se encogió de hombros, a medias imitando el gesto que él mismo había propinado previamente—. ¿Te refieres a si existe algún ser humano al que tenga a mejor ver rutinariamente? Brooklyn me alegraría un día como este —mencionó, pensativa, con un ligero vistazo a la bóveda plomiza cerniéndose como una oscura jaula por encima de los dos—. Ella podría formar parte de mis preferencias, si quieres verlo así —otro instante de pausa, silencio para oír con atención lo siguiente que él mencionaba—. Vampiros —corrigió, para luego entrecerrar los ojos un momento. Lo que él había dicho llevaba poco y nada de sentido; si algo había logrado memorizar a la fuerza de todos aquellos años de infancia en casa de sus padres era, sin lugar a dudas, el hecho de que nadie era capaz de vivir sin que le importase nadie más que sí mismo. Sí, tal vez uno se acostumbrase a ello, pero no era para lo que (siempre teniendo en cuenta las enseñanzas cristianas) Dios nos había creado—. ¿No es algo muy relativo eso de 'no me fijo mucho'? Tal vez te estás subestimando. De entre todos los alumnos de esta universidad tiene que haber uno en el que te fijes más que en resto y no necesariamente de un modo romántico —aclaró, dejando en la pronunciación también implícito el hecho de que hasta allí llegaba su curiosidad. No lo conocía y él a ella tampoco, así que lo menos que le debía era un tanto de privacidad: puede que la respuesta a aquella aseveración prejuzgada fuese soberana y afirmativa, pero no existía en el cuerpo de la francesa una pizca de curiosidad que la atrajese a intentar descubrir las bases y fundamentos de ello.
Los últimos días se caracterizaban por ser de un clima bastante frío o gris, vaya que Faren era gustosa de aquellos días, eran más tranquilos… o eso pensaba ella. Su café oscuro, concentrado y tibio hacía de su día mucho más ameno aunque era de saberse que las cosas buenas no suelen durar demasiado, y así fue pues cómo la aparente tranquilidad que mantenía Boswell fue cortada e interrumpida por los comentarios de una fémina. La castaña no se inmutó siquiera a girar su mirada, pero si se dispuso a contestarle no sin antes humedecer un poco sus labios sosteniendo la taza.—No lo creo, es perfecto.—Comentó a lo primero dicho por la chica para tomar un poco de su café antes de escuchar lo siguiente.— Yo lo veo más cómo algo digno de admirar, lo frío, lo nublado, lo húmedo, me encanta. Ya entenderás porque opino que el clima de hoy es absolutamente perfecto, ya ves. —Prosiguió aún sin voltear a mirar a la chica, sabía que la estaba escuchando.— Y… su apariencia…—Comenzó a decir hasta girar su rostro y observar a la susodicha con detalle—Bueno, nuestra apariencia se debe al estudio, o al menos en la mayoría de los casos. Puede que digas aquello porque eres cuan adolescente aficionada a los vampiros o a lo dramático.—Concluyó con un leve encogimiento de hombros y expresión de burla volviendo a tomar un pequeño trago de su café.
No se tomó la molestia de responderle siquiera. La opinión no resultaba inoportuna, ni siquiera fuera de lugar, era simplemente irrelevante. Pensar acerca de ello estaba perfecto, decirlo en voz alta, vaya y pase, pero (si bien la francesa había dado lugar a eso) contradecirla era todo un tópico nuevo— ¿Digno de admirar? —inquirió, una delgada ceja arqueada en coronación para el tono de voz casi por completo burlón. Al acabar con el cigarro anterior y descartarlo sobre el suelo, encendió otro de forma automática. Mueca de sorna en las facciones, la mirada que le dedicó a la pelinegra ante el último comentario podría haberse calificado como amedrentadora. Sus pensamientos se remontaban a preguntas varias, la poca fe en que algún día los seres humanos conectasen sus vocablos a la lógica previo a pronunciar alguna estupidez como las que se veía en la obligación de oír— Nadie concertó que hubiese que descuidarse de un modo semejante debido a los estudios —bufó, porque no hacía falta demasiado para hacerle frente a una horda de excusas de una pobreza similar a aquella. No podía llamar realmente ira a aquello que ahora la invadía pero, si podía decirlo, era algo muy similar: últimamente estaba pasando por una de esas etapas en las que le era demasiado fácil encabronarse si le daban pie y aquella era una de esas ocasiones—. Dramático es el modo en que algunos no piensan antes de hablar —mencionó, a la pasada, dulce ácido fluyendo bajo la superficie de la fachada amena. No lograba concebir una forma de resistirse con éxito a la sátira plausible que algunos inspiraban.
Las comparaciones llegaron como una oleada de diversión en el alemán, su entrecejo se frunció y los zafiros rebuscaron en la castaña una sonrisa que delatara el chiste previsto —. Es sólo un día más, nublado, si. Apuesto a que no es la primer vez que ves el cielo así — su mentón se elevó señalando el mismo, no pudo evitar arrastrar su tono de voz hacia el punto de sorna —, pero espero no formar parte de ese grupo de seres que se ven enfermos o casi vampiros — sus dedos se inmiscuyeron en sus bolsillos hasta encontrar la pieza de tabaco requerida que acabaría posada sobre sus labios —, hay quienes brillan sin necesidad de la presencia solar — alzó sus comisuras antes de sumergirse en la acción de darle vida a su más codiciado vicio e ingerir la nube tóxica de nicotina que le mataría lentamente.
Que lo haya visto antes no quiere decir que me haya acostumbrado a ellos o, muchísimo menos, que me agraden —en función de expresarle al joven el descontento que le merecía aquél comentario, una fina ceja se arqueó en su dirección, al momento de dedicarle un vistazo. Incluso si no lo hubiese observado, habría sabido perfectamente que se trataba de él: tanto tiempo compartido en la habitación y eternas jornadas de oír su voz habrían dado sus frutos en el reconocimiento casi automático de aquél acento tan particular de Dominik—. Tú y yo sabemos que, entre ese último grupo y tu persona, se erige una cierta distancia —comentó, encogiendo un hombro con desinterés. Si bien el germánico no era de los que más lo precisaran exactamente, contribuir para la construcción (o exaltación, en este caso particular) del ego ajeno no contaba como detallado en sus planes más próximos—. No hace falta que lo remarquemos, de hecho, porque estás bien consciente de ello, Becker —finalizó, con una sonrisa de medio lado adornando sus facciones y, sin borrarla de su sardónico lugar, se deshizo de la colilla del tabaco, ya consumida por completo—, ya suficiente con el hecho de que tu ego casi nos asfixia a todos.
Se echó en el banco que estaba frente a él, dejando su mochila sobre el suelo e inclinándose para sacar una barra de chocolate de ésta, abrió el envoltorio con tranquilidad, soltando un suspiro mientras miraba hacia su alrededor. El día estaba feísimo, transmitía un aire de vfútbol. Tomó una bocanada de aire para entonces alzar su mirada hacia la persona de dónde había provenido la pregunta y se encogió de hombros, sabiendo que ella no vería el gesto, pero tampoco molestándose en contestarle. Le dio un mordisco a la barra de chocolate y soltó algo que sonó como un gruñido de satisfacción, no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba hasta que saboreó aquel dulce. —Bueno, estaría mintiendo si no dijera que estoy de acuerdo contigo. —Contestó, formando una mueca con los labios mientras miraba hacia su alrededor. —He oído que según un cálculo científico, hoy es el día más triste del año, aunque encuentro que es una teoría realmente estúpida. —Añadió con un encogimiento de hombros y volviendo a mirar a la muchacha, quién ahora sí se había dignado a mirarlo. Le dedicó una pequeña sonrisa, que más bien fue una mueca forzosa para entonces volver a morder el dulce que tenía en su mano derecha.
Una sincera sonrisa de medio lado surgió entonces (no tenía idea del lugar del que provenía pero ¿para qué hacer preguntas al respecto cuando no estaba hiriendo a nadie?), no existían realmente muchos tópicos en los que Céline pudiese coincidir plenamente y, generalmente, el resto de los seres humanos se comportaba esquivo ante sus opiniones. Mas, para su sorpresa, tenía que admitirlo, el pelinegro era uno de los primeros con los que la francesa se cruzaba que resultaba tenerle cierta aversión al mal clima y los días grises— A muchos les suele gustar. Conozco a más de uno de por aquí que escribiría poesías contemplando un cielo gris —añadió, basándose en experiencias anteriores al respecto. Si bien no entendía el por qué del gusto por algo tan nostálgico y no planeaba respetarlo como opinión, no iba a meterse en ese terreno de discusión sin salida— El día más triste del año —reiteró, la aseveración tomándola por sorpresa. Buscar en sus memorias más remotas culminó en un fracaso, un tanto de decepción también por la ausencia del recuerdo y carecer de una respuesta a su propio interrogante. Ignoraba el origen de aquello que el moreno le comunicaba, pero la seguridad con la que lo decía parecía transmitir, a su vez, que era total y completamente fiable—, ¿y a qué viene eso? No lo había oído antes —preguntó, ávida de obtener una respuesta que satisficiera ese tinte de curiosidad que ahora la embargaba.
Con el café en mano y un par de libros debajo del brazo, el castaño recorría los pasillos simplemente para matar el tiempo antes de entrar a su próxima clase. Esperando que la brisa de invierno ayudará a enfriar la cafeína, se sentó en uno de los bancos, desprendiendo así la pila de libros para dejarla a un lado. Abriendo una de las replicas, volvió a repasar por última vez lo que le quedaba para estudiar, era típico que en él tener esa pequeña amnesia provocada por los mismos nervios del fracaso. Sus hombros tensos y sus pies inquietos tuvieron una pausa al oír una voz femenina interrumpiendo su desesperada lectura. Levanto las orbes celestinas hasta su figura y asintió, pese a que sabía que ésta no lo estaba mirando.─Estamos en la época más fría del año, ¿qué se puede esperar?─encogió los hombros, dando a entender que no era necesario una respuesta. A continuación cerro su ejemplar y lo dejo en la pila de libros que estaba en su costado. Una curvatura afable se formaron en sus labios y a continuación a firmo levemente con la cabeza.─Sí, bueno, con éste saco podría ser el mismísimo conde Drácula, ─canturreó haciendo referencia a su sobretodo de color negro, aunque en general toda su vestimenta era de un pigmento oscuro. El comentario era más irónico que una comparación, ya que ni se acercaba a la descripción que daba Stoker en su libro.─ sin embargo tengo que transigir el hecho de que luzco así por los estudios, no por un caso sobrenatural, en fin…─soltó un exhalación bastante calmada y luego tomo su café, que al parecer estaba tibio.─Sólo se trata de sobrellevar el clima, un par de nubes no son el fin del mundo.─una sonrisa espontanea salió de sus labios y le dio un sorbo a su bebida.
Se puede esperar que haga frío pero que el cielo esté despejado, ¿acaso no presenciaste nunca un día de invierno sin nubes? —a pesar de lo retórico de la pregunta, la respuesta cubierta de acritud fue expulsada casi sin darse cuenta de que lo hacía. Le resultaba un tanto más que enervante el tono de voz ajeno, empleado como si estuviera dirigiéndose a un niño pequeño al que hay que explicar las cosas con todo lujo de detalles solo para quitárselo de encima. Un momento atrás hubiese dejado pasar por alto aquello pero, ahora que la puerta estaba abierta, la libre interpretación estaba hecha— Puede que vivieras en una cueva durante toda la extensión de tu vida, pero hay lugares en los que sucede... ya sabes: no hace calor, simplemente es un día soleado de invierno —añadió, con el mismo tono de desinterés que el otro había empleado previamente—. Si no es el fin del mundo, entonces, ¿qué sugieres?—disgusto en los ojos, el ceño fruncido se agitaba conforme la negación se hacía mayor en tamaño. ¿Cómo podía reducirse el mal clima a unas cuantas nubes? Estaba estúpidamente claro que aquello no se trataba nada más que de un poco de agua acumulada a baja altura— Porque al parecer tienes sabiduría acumulada respecto de cómo sobrellevarlo.
La calidez contagiada por la piel de cartón del envase de café se veía interrumpida por la melodía europea, inesperada visitante sin autorización en la marea de pensamientos que variaban en polos como la preocupación de calificaciones expuestas y comunicaciones inconclusas con el hogar. Encogió sus hombros, sin mover la lengua para la liberación de respuestas, ¿cuál podía ofrecer además? Un no sé seco y corto sin disponibilidad de reversa— Gustos, supongo, yo soy del equipo que no soporta el sol su máximo esplendor en el verano. —se humedeció los labios, la esencia del café todavía presente en vestigios del sabor— Verle el lado metafórico a las nubes y a la serenidad de días así sería un cliché pecaminoso, ¿no? —dijo en un murmuro que ojalá ella dejara pasar, y es que sí, Zackary formaba parte de los pobres estúpidos que admiraban el cielo de matiz gris y leían autores hasta que el firmamento se tiña en noche y destellos luminosos, esa tarde de equilibrio de luces que impulsaba la gula y la apertura de errantes voces, la constante amenaza de la caída de diamantes que apuraba respiraciones— ¿Te gustan más los estudiantes cuando están sonrientes y llenos de color? Comprensible, creo. —y se rascó el mentón, apoyando suavemente el hombro contra un mural cercano, se podía dibujar con sencillez, marcas violáceas arqueando la zona inferior a los ojos claros y huellas de insomnio amargando su tonalidad — Igual, creo que se ven así por fecha de exámenes, dudo que el clima sea el verdadero culpable.
Enfrentar el gesto poco comprometido del rubio (a quien ya había visto antes, creía, pero cuyo nombre se le escapaba como para no perder jamás la costumbre) la llevó a clavarle la mirada. La afirmación era evidente de una forma que imposibilitaba ser más literal: era notoria la poca exposición a los brazos del Astro Mayor, todo él lo gritaba, aunque cabía la posibilidad remota de que fuera naturalmente pálido, de aquellos seres fantasmales de dermis perlada que, por mucho que se expusieran a las caricias de la luz dorada, jamás oscurecían su tonalidad— Ciertamente, una piel tan blanca no viene del fanatismo por vitamina D —mencionó, recordando el dato, no tan relevante, sin embargo, que había leído en algún sitio lejos y hace tiempo—. A la mayoría les parece atractivo ese cliché pecaminoso, no te culparía si lo hicieras. Sólo no soy capaz de verle el chiste a la humedad y la luz mortecina —chasqueó la lengua un instante, demostrando abiertamente su desacuerdo para luego arquear las cejas, la incredulidad fluyendo por encima de la perpetua máscara de poca relevancia que le regalaba a todo, en general, y a nada en particular. Cierto era que no prestaba demasiada atención, se le había dado siempre acapararla que realmente otorgarla a los demás, pero jamás había visto a nadie verse tan mal como en un día nublado de esos en los que ni el maquillaje te salva. Dejó caer el cigarrillo, cuya lumbre fallecía ya, y lo apagó con el alto zapato— No me gustan nunca. Estén sonrientes o muriéndose de tristeza —agregó, pausándose luego— ¿Quieres decir que siempre se ven así de mal? —dudó, llevándose una mano al pecho, al dije recibido tiempo atrás por parte de cierta castaña de su especial aprecio— No me había fijado.
Rodeada de los edificios del campus, se podía decir que el mal clima casi pasaba inadvertido ante sus ojos castaños. Céline había intentado, por todos los medios que encontró, no permitir al previamente mencionado aplastar su ánimo y reducirla a aquello, un ente silencioso y apartado del flujo normal del alumnado, demasiado concentrado en sus propios asuntos como para prestar suficiente atención. Mas, junto con la migraña que estrujaba sus sesos de forma muy poco compasiva y el aburrimiento producido por la rutina, el tabaco en su cajetilla se acercaba peligrosamente a la extinción. Allí parada, sin embargo, pensando en el hastío que le merecía toda aquella rutina impuesta por engranajes de peso mayor y responsabilidad exacerbada, el hecho de tener que ir a comprar más era una de las pocas cosas que la empujaban a levantarse mañana de la cama— Qué clima pésimo, ¿no crees? —comentó, sin siquiera molestarse en observar al otro ente. La opinión ajena ciertamente efectuaría acciones de muy poco peso ante la opinión ya formada de la obstinada francesa, mas un tanto de charla para alejar los fantasmas de su cerebro sería favorable y de alguna ayuda. A veces, el sonido del silencio aturdía demasiado como para sólo ignorarlo— Ese cielo gris es realmente desagradable... —afirmó, dedicándole (ahora sí) una mirada a la otra persona y apartándose el cabello del rostro con la mano libre—. Eso, sin contar que hace lucir a todos como si estuviesen enfermos o en conversión al vampirismo.
Longing for your poison, like a cancer for its prey
PARTICIPANTES— Demian Haller, Céline Soule.
MARCO TEMPORAL— 22 de diciembre de 2015, alrededor de las 17:30 hs.
ESPACIO— Terraza de la universidad.
Céline
La terraza abierta no era mucho más bonita que el resto de las instalaciones de la universidad pero, aún así, existía un algo flotando en el aire que la acariciaba que permitía a la mente deslindarse un poco de todo lo que esperaba abajo, fluyendo como bajo la superficie de un río en invierno. Una vez sobrepasado el obstáculo de abrir la puerta y aventurarse al desamparo del clima invernal, e intentando hacer el menor ruido posible con los altos zapatos, se aproximó unos cuantos pasos hasta la posición ajena. Observarlo durante el ínfimo instante en que su presencia pasaba inadvertida resultó en una mayor valoración de su silencio, su total distracción fuera de esa tan irritante actitud defensiva (bien, sí, tal vez ella tenía algo que ver con eso también)— Tu herencia germánica es muy notable en este instante —mencionó, acompañada de un suspiro de nostalgia. Extrañaba el calor, la delicada caricia del sol en la piel tostada que regalaba el verano—. ¿No notas el frío que hace aquí arriba?
Demian
La voz le llegó como en oleadas conforme ella se acercaba, mostró una sonrisa ladina y alejó las manos del barandal y el cuerpo de la orilla, abajo los demás universitarios caminando de un lado a otro y, en frente, el apenas tibio sol anaranjado de California. —Esto es una tarde veraniega en mi querida Berlín —exageró, enarcando una ceja al oír la retórica. —No lo noto, en realidad—contestó entonces, haciendo verbal una obviedad total—, quizá la linda panorámica no justifica el frío que se tiene que pasar para apreciarla... —se encogió de hombros, dando un par de pasos hacia Céline después, tanteando las líneas imaginarias que cercaban las fronteras de cada uno, acercándose un poco y, sin mostrarse dubitativo, rodeando con los brazos la cintura en extremo delicada de la fémina, bien sabiendo que, si bien el veneno echado al otro era ciertamente real, tampoco podía negarse a aquello. — ¿Mejor? —Preguntó, ciertamente divertido, frente a frente con Céline y la decena de centímetros que llevaban por diferencia.
Céline
Los abrigos y suéteres son, ciertamente, lo más bonito del invierno —admitió, escudriñando con desconfianza el acercamiento no poco evidente del alemán hacia su propia figura. Discernir si le agradaba más callado y a la distancia que con su típica petulancia y casi pegado a su cuerpo le estaba resultando arduo debido a esta última variable, haciéndose notorio en la incapacidad de rechazarlo en la que estaba completamente sumida— y sin embargo, soy más propensa a hallarme a gusto en el verano... ¿qué haces? —preguntó, enarcando una ceja en el momento justo en que él rodeaba su complexión con los brazos y dedicándole otra mirada, ahora un poco más penetrante. La última pregunta era compleja de responder, estaba mejor en cuanto a la calidez que irradiaba del cuerpo ajeno pero, al mismo tiempo, la mejoría rozaba límites mucho más profundos: aquello era, increíblemente, algo que había estado aguardando durante un largo período de tiempo. ¿Si era algo bueno? No tenía idea— Bastante. ¿Estás bajo la influencia de algún tipo de fármaco? —inquirió, devolviendo sus ojos castaños a los claros y brillantes de él, su piel pálida haciendo juego con la vista nívea alrededor— Tu comportamiento es terriblemente extraño.
Demian
— ¿En serio? —Preguntó, sosteniendo la cintura de la castaña ahora débilmente, apenas sintiendo con las yemas de los dedos la tela de su ropa que, naturalmente, debía ser de la más fina haute couture. —Debo ser, en efecto, alguien de verdad insoportable como para que por efectuar esa acción pienses que debo estar con un par de ansiolíticos encima. —Permitió entonces que de sus labios se escapara una risa entre dientes, perceptible apenas para ellos dos. —Sí, supongo que sí— las palabras se deslizaron no menos apagadas—, tienes razón. Pero todo eso de 'te odio Demian, de verdad te odio' —recitó, llevándose una mano al pecho —puede destruir a un hombre. —La soltó, finalmente, y volvió a mantener cierta distancia. —No a mí, personalmente. Pero pensé que era demasiado tiempo con la fachada de odio porque —carraspeó, apoyando la cintura contra el barandal después—, sabiendo que voy a sonar muchísimo peor que nunca, es obvio que no te soy indiferente. Ni tú me eres indiferente a mí, claro, bajo ningún motivo... pero es una obviedad total.
Céline
Sería totalmente ordinario si fuera con cualquier otra persona. Abrazarme a mí, en cambio... —introdujo, permitiendo que el resto de las palabras que pujaban por salir de entre sus labios se asfixiaran en su garganta. Así como no era necesario para Céline afirmar las palabras de Haller (por el mero motivo de que no planeaba exponerse a ninguna clase de humillación si al final aquello era alguna clase de treta) tampoco hacía falta mencionar explícitamente lo que cualquiera habría adivinado sin mucho esfuerzo— Oh, ¿de verdad? —las comisuras de sus labios se alzaron con sorna, gesto que fue apagado en su fervor gracias a la aguda lengua de la francesa acariciándolos momentáneamente. De un momento a otro, su expresión había quedado en blanco y su mente trabajaba a un rito mucho más acelerado, estirándose y contrayéndose con cada una de sus palpitaciones. "Fachada de odio", repitió en su fuero interno, resultándole curioso que ella lo había llamado de la misma manera cientos de veces antes. Aquella especie de escudo para protección propia que, al final, terminaba por no servir de nada. Lo siguió con la mirada hasta que arribó a su destino y cruzó los brazos sobre el pecho, haciendo girar distraídamente el finísimo anillo que había recibido de parte de Alexane la pasada navidad— ¿Por qué tanto deseo de pronto? —inquirió, no sin dejar de lado toda ansia brutal de creerle sin segundos miramientos, golpeando el suelo con el zapato suavemente— Porque, hasta donde estoy informada, nuestra relación como seres humanos que comparten universidad y se ven forzados a tolerarse mutuamente no es buena. Así que, ¿qué beneficio hay en fingirlo?
Demian
Todo, de pronto, adquirió tintes gélidos, una frialdad de bisturí. —Me gusta tu necesidad de indagar—contestó apenas, intentando darse tiempo para buscar una respuesta que le fuera suficiente a Céline y que, sin embargo, no lo hiciera sentirse el eslabon más débil. Siempre con el problema, que parecía innato, de dejar ver todo lo que en realidad yacía bajo el montón de piel y huesos—. Si me dejas opinar —empezó, observando los ojos oscuros de la castaña. Laberínticos, trazados en su mente tan dignos de Lilith, afilada su mirada como habrían sido los de Erzsébet Báthory. ¿Si no se había mordido la lengua nunca antes, por qué lo haría ahora? —, no es 'de pronto.' Me molestaste casi tanto como me fascinaste la primera vez que te quisiste mofar de mí —risa sardónica, no supo qué más decir, tragó saliva. Quizás para ella todo tenía una secuencia, un patrón con sentido, pero para Demian las palabras eran cientos de piezas de rompecabezas desparramadas por el suelo. Quizá ese era el momento preciso para decir una frase que se grabara con la fuerza de una bala porque se merecían un poco de historia después de tanto prologo. O quizás también era el momento de cerrar un poco la boca, porque la voz de Céline contaba como un tipo de ponzoñamiento ofídico. —, me corrijo: que te mofaste de mí —porque por mucho que le pesara era así—. Tu facilidad para saber cómo hacer doler es envidiable, yendo al punto. —Decidió buscar los cigarrillos en los bolsillos, encontrándose con veinte pausas y un zippo que se prendió al segundo giro de la rueda con esa solemnidad que solamente los abismos como Demian pueden cargar. —La relación tampoco es mala —contestó, dándole una calada al cigarrillo y acercándole los Newport a ella—. Digo, seríamos capaces de tirarnos por esta azotea de ser necesario pero ¿nos odiamos, Céline? —Sonrió— No tanto como queremos hacernos creer, puedo decir. O quizás yo no te odio tanto como quiero demostrar, o no sé, puede que esté sonando todavía más joven-opulente de lo aceptable. Compré comida, no tengo ni la más mínima idea den que le gusta a las modelos ni a las francesas ni a ti, más que nada—otra calada—, pero algo es algo.
Céline
Dada la información recibida, podría decir que es más que el mero hecho de mi capacidad para hacerte sentir inferior lo que te fascina de mí —replicó, luego de un largo momento para evaluar el inicio y el proceso de la respuesta. Cualquiera fuera el vocablo que estuviese a punto de huir de sus labios debía ser controlado, sumamente estudiado antes de pronunciarse, más que nada por el hecho de que bajar la guardia no significaba en lo más mínimo haber erradicado la acción bélica. Dio un paso adelante, más cerca de la posición de Demian—. Nunca me habían dicho perra de una manera tan bonita —sonrió a continuación, los labios presionados entre sí. A Céline la habían llamado por tantos nombres que, a esta altura, el hecho de conservar su identidad intacta era por obra y gracia de una divinidad mayor velando por ella; aquello, por su parte, no podía ser tomado del todo por un halago. El usar los puntos débiles de los demás en favor propio era cualquier cosa menos algo digno de ser resaltado. Su mirada se perdió en la inmensidad del paisaje a su alrededor ante la mención del acto violento (ya con la cajita de los cigarros entre las manos), siendo capaz de convocar la imagen a la parte trasera de su retina—. ¿Nos odiamos? —repitió en voz baja, para luego depositar su mirada en el modo infantil en que el alemán sonreía ante sus propias palabras. Era casi milagroso que algo tan bello fuese capaz de hacer tanto daño: como el fuego, invitándote a tocarlo con la belleza de sus flamas pero traicionándote en la última instancia. Era maravilloso de ser contemplado pero ¿involucrarte en ello por mero gusto? Ahí radicaba la duda—. Suenas como alguien que ha estado pensando acerca de otra persona durante más tiempo del que debería —enarcó una ceja, con esa sonrisa que la hacía parecerse más a la otra Céline que a la de ahora, la que había logrado construir a base de reducir los cimientos de su ser hasta pálidas cenizas— por lo que, sea lo que sea que tengas en mente, seguramente estará bien planeado —concedió, aproximándose otro paso a su contrario. Así, bruscamente, se tornó sumamente consciente de la cercanía (con la cajetilla de cigarros aún pendiendo entre las manos, un objeto inerte) y cayó en la cuenta de que no había prendido uno, aceptando el ofrecimiento de Demian. Preguntarse por qué la llevó a una sola conclusión, una caricia que vino con el viento helado de la tarde y con él mismo se fue, dejándola vacía: por algún motivo que estaba más allá de su alcance, se rehusaba totalmente a opacar el aroma que de él provenía con el propio de ella, menos disfrutable y hecho más costumbre. La revelación la dejó sin aliento, por lo que tuvo que apartar la vista—. ¿Y bien, Haller? Es una desgracia sí, pero debo decir que no tenemos toda la tarde.
Demian
—Bueno, Freud, si lo ves de ese modo... —y se cruzó de brazos, como si así pudiera defenderse de las palabras de Céline, capaces de hacer jirones millones de puestas en escena, de alfabetos enteros y arcaicos. Esbozó una sonrisa, no habiéndose dado cuenta de lo dicho, y ella tan valquiria y tan vampiresa, sonriendo ante el adjetivo disfrazado de frase pseudo-poética, de mirada perdida en algún punto clave de la memoria. —A veces soy digno de la poesía contemporánea, qué puedo decir. —soltó, broma salpicando la lengua, porque la última vez que había leído a un poeta por mero placer había sido... ¿nunca, quizás? La mente de Demian siempre había estado en cosas muchísimo menos abstractas, llenas de números y afirmaciones cuya interpretación no estaba encadenada a la subjetividad, cuyo significado no variaba del amor al más profundo odio; siempre se le habían dado mejor, habían sido más fáciles de comprender desde el inicio. Se encogió de hombros como si la pregunta hubiera sido lo más nimio del mundo y, acto seguido, le dio una bocanada al cigarrillo. Soltó el humo por las fosas nasales con lentitud. —No sé, Cél, yo no te odio. —Pausó— Quizá me saques de quicio, pero no te odio. —Lo dijo sin entrecerrar los ojos, sin desviar la vista, todavía con los brazos cruzados, sí, pero los labios sin resistirse al sabor de la sinceridad y a la posibilidad del desencuentro. Probablemente era pura improvisación y después se querría parar placidamente en el patíbulo, ya cuando la reunión en la azotea quedara como recuerdo; probablemente pensaría en lo químera, en lo falso que era ese desesperado intento por decir las cosas sin pensarlas. Se sentiría como una cadena de derrumbes, de sismos, de ¡esto no es un simulacro! Por ahora los cimientos sólo temblaban un tanto, todavía imperceptibles, y él seguía fumando con una sonrisa incansable. —No sé si estará bien planeado porque no me detuve a evaluar las posibilidades —contestó, soltando las cenizas en el suelo. — ¿Siempre eres así de impaciente? —Preguntó, sonriendo, y acomodó el cigarrillo a un costado de los labios entrecerrados. Si bien la actitud de Céline no se sentía como una indiferencia glacial, podía caer en la categoría de algo 'mínimamente parecido', y si bien conocía y hasta parecía que él mismo le había dado existencia al término, el tratar de estar tranquilo se vio un tanto resquebrajado por el insólito pero avasallante miedo -que se clavó en algún lado de la cabeza como el aguijón de una avispa- de que todo le saliera mal. Como pasaba, como podía ocurrir cual ley de Murphy y, especialmente, como no quería que pasara.
Céline
Por sobre todo, estupor. Las palabras se deslizaban sobre la superficie de su mente como si se del más fino terciopelo se tratase, sonando ilusorias en un modo ridículo. De alguna manera, por cierta razón fuera de su alcance, tenía que haber una motivación detrás de todo aquello, una justificación común para un comportamiento tan fuera de lo ordinario, y sin embargo, la sensación de que aquello era real no cesaba de presentarse. Intentó concentrarse en las bocanadas de humo pálido elevándose en el aire, insistiendo en no perderse en la mueca de sus labios al expulsarlas a éste— Nunca me he permitido odiar de verdad a nadie —mencionó, incluso como si ella estuviese dándose cuenta de ello por primera vez—, sería ir demasiado lejos sin un motivo real. Podría decir que, contigo, son nada más que sentimientos encontrados —y lo observó durante un instante, reclinándose en el barandal a su lado. Demian podía estar conformado por todo aquello que ella detestaba tolerar en un ser humano (¿o era nada más que una proyección, su propia mente jugándole malas pasadas y haciéndola ver dentro de él, el fiel reflejo de lo que ella más aborrecía en sí misma?), pero de algún modo había logrado incrustarse debajo de su piel como una memoria recurrente— ¿Realmente hay tantas posibilidades conmigo? —inquirió, con una sonrisa divertida. Pensándolo bien, era incapaz de imaginarse que las hubiera y sin embargo, un instante ínfimo después, se permitió fruncir el ceño con duda— O tal vez estoy viéndolo como algo más simple de lo que es —remató porque, de todas las posibilidades en el mundo, era una de las más viables. Había escuchado tantas, tantas veces aquella frase que llegó volando hasta ella con la voz cetrina de su psiquiatra: ‘uno jamás es capaz de percibirse a sí mismo con claridad, Céline, y tú muchísimo menos’. Generalmente, sí —concedió, con un asentimiento leve que, al llevar una cortina de cabello castaño hacia su rostro, le acarició la piel con cosquillas. Con una sonrisa recatada en los labios, se preguntó si él no habría sospechado aquella respuesta incluso desde momentos antes de haber formulado la pregunta porque, ¡vamos!, era muy evidente que Céline podía conseguir cualquier cosa que tuviese ganas incluso cuando no las merecía en absoluto. Ante el páramo solitario que conllevaba permanecer a la sombra de la duda, decidió sostenerle la mirada durante unos cuantos, extensos segundos, antes de volver a pronunciar palabra. Le resultaba imposible mantenerse atada a este plano cuando la inmensidad de esos ojos se hallaba frente a ella, escondiendo más que una pequeña travesura en su discreción—. Y debo admitir que tengo muchas razones para querer saber qué viene a continuación, Demian —musitó, por último, como un pequeño empujón para que siguiese adelante.
Demian
— ¿Muchas razones? —Inquirió, sin demasiado interés en saber el trasfondo de la frase, tan sólo repitiendo. Se llevó una mano al pelo corto, sin decir nada. Qué lástima que de todas las cosas que heredó de su padre (lo abstracto, más que nada; los enojos, lo difícil de tratar con él, la capacidad para levantar el volumen de la voz una octava en menos de un latido del corazón, golpeando la mesa al hacerlo) ninguna fue el poder del habla, de transmitir lo que se venga en gana y saber que, pase lo que pase, va a salir en beneficio siempre. Pero no, ahí estaba él, con el desenfreno, con las palabras que intentaban explicar cosas que terminaban pareciendo un epítafio lánguido; cuatro tristísimas palabras que trataban de contar toda una vida. Siempre fue así, desde los principios del tiempo, no iría a ser ni político ni abogado ni nada que tuviera que ver con los discursos y el convencimiento. Como cuando tenía dieciséis y era como si el pelo de Erika -que todavía lo llevaba largo durante esas épocas- se enredara en las rejas de su casa mientras Demian no sabía qué decir ni cómo explicar que nunca fue bueno para compartir y que no soportaba guardarse que la quería. Igual y después de todo tampoco importaba tanto aprender a decir las cosas, o a él le parecía que no importaba tanto, porque por lo menos así tenía un justificativo para no servir (porque total no importa). Le dio la muerte al cigarro en una última calada, tirándolo al suelo después. Los últimos rayos de sol se quieren abrir paso a empujones, como esperando ser el más lindo, el que se quede tallado en la memoria de esos que sí se sientan en las playas a ver el crepúsculo y sí piensan que es hermoso y sí se hacen preguntas existenciales. Ese día había fumado la mitad de un atado menos, que no le parecía poco. Capaz algún día podría usar esos minutos silenciosos de inspiración y exhalación tóxica a aprender todo lo que no se había molestado en hacer estos veintiséis años de nada; veintiséis años de sólo habe conseguido desagradarle a un millón de personas. Caminó a una de las mesas que se utilizaban para poner plantas (tendría que ver con decoración o con estudiantes de ecología y demás, no tenía idea) y, agachándose un poco, tomó la bolsa azul. —Tuya—dijo, a secas, como habrían hecho todos esos homo habilis en los libros de historia al momento de pasar un arma de piedra nueva. Ahí, carraspeó. —No es, digamos, la mejor manera de agradar —comenzó—, pero es la única manera en la que los padres millonarios le enseñan a sus hijos millonarios cómo pedir disculpas por ser molesto y todas esas cosas... —se pasó una mano por la camisa, intentando almidonarla, y ladeó un tanto la vista a como el manto de la noche comenzaba a hacerse con todo. Miraría a Céline para observar la expresión, a ver si la divierte o la frustra o la confunde el regalo, pero su atenció sólo llegó hasta ahí, hasta el terminar de esa frase. Y después sólo supone porque de nuevo, no importa, o a él no le importa, o no sabe. Total.
Céline
Precaución, más que nada. No se debería hacer las pases con los enemigos públicos declarados sin tener aunque sea un poco de cuidado. Podrías simplemente querer llevar a cabo algo en mi contra, ¿no te parece? —inquirió, con una débil sonrisa de sorna adornándole los labios. Recuperar su usual humor ácido y las bromas con tintes burlones iba a llevarle un largo rato en vista de lo caótica de la revolución emocional que dentro de su cuerpo se desataba, mas la esperanza residía en continuar intentándolo incluso con las dificultades. Un rosario de maldiciones elucubradas en su contra prosiguió a aquella declaración, mientras observaba al alemán alejarse de ella y aproximarse a una de las pocas mesas que allí arriba se hallaban (seguramente para ocasiones más cálidas que esta, donde el frío estaba prácticamente deshaciéndole los huesos) para tomar de ella un objeto de tonalidades azules— ¿Qué es esto? —inquirió, y aunque no lo quiso así, con la desconfianza inundándole las facciones. No iba a poder evitarlo, vaciló, el hecho de pensar con aprensión cada vez que algo demasiado amable se presentara ante ella viniendo de él. Existían cientos de formas de tenerle miedo a la vida, pero la cautela por el miedo a una esperanza vana conformaba, realmente, una de las peores. Se acercó hasta él con pasos sinuosos, el escepticismo intentando ser oculto debajo de eternidades de fachadas hechas de diversión y sospecha: no podía dejar que él notara que la afectaba hasta ese punto, ¿verdad? La debilidad era otra de esas tantas maneras de sentir temor por la vida— Si esto llegara a ser algún tipo de broma, la que fuera... —dijo, la voz en un hilo, el corazón en la palma de la mano que descansaba, detenida a medio camino entre ella y el curioso paquete—, no habría manera alguna en que pudieras arreglarte conmigo, lo sabes, ¿no? Ah, merde —finalizó, tomando con delicadeza lo que él le ofrecía, sintiendo sus propias palpitaciones en los oídos. ¿Qué era aquello que la tenía tan ansiosa, el hecho de que él estuviera regalándole algo desinteresadamente o la posibilidad de que todo fuera un ardid? Para ser sincera, no tenía capacidad de respondérselo en ese momento. Permitió a la bolsa azul descansar sobre la superficie plana junto a ambos y luego lo tomó, perfectamente guardado dentro de su llamativo empaque dorado. Si previamente había tenido planeado decir algo, cualquier cosa, bajo ningún punto de vista había esperado que fuese una exclamación ahogada y una inmensa expresión de estupor: eso era lo único que logró conseguir al vislumbrar un ápice del elegantísimo Nina Ricci entre sus temblorosas manos. ¡Bien! No era lo más lindo, ni caro, que había recibido jamás como presente de otra persona, pero sí podía decirse que lo era de parte de alguien que ella había creído la detestaba con fiereza— ¿Qué es esto? —preguntó, siendo retórica por supuesto, y devolviéndole la mirada a Demian con una emoción que no sabía que era capaz de sentir al observarlo— ¿Estás totalmente loco? Entonces es de nacimiento... —comenzó, con tono agrio, para luego enmendar el camino de sus palabras y llevar la mano libre al paquete que sostenía dulcemente contra el pecho. La situación toda la había tomado tan por sorpresa que ahora le resultaba complejo pensar con orden y lógica—, pero te han enseñado bien... supongo. Estoy totalmente pasmada —suspiró, intentando con todas sus fuerzas tranquilizar el torrente de impresiones encontradas que la urgían a lanzarse a abrazarlo (o algo peor)—. Aunque yo no tenga nada para ti y sea sumamente injusto, te lo agradezco —finalizó, arrimando su cuerpo al ajeno para darle un casto beso en la mejilla que, de una manera muy poco incómoda, los dejó a ambos mirándose de frente a cortísimos centímetros de distancia. Hasta acá podía sentir el aroma de la colonia y los cigarillos, el invierno impregnado en su ropa. Céline se humedeció los labios antes de hablar—. Es todo un detalle.
Demian
Una mano viajó al cabello de la castaña, llevándolo con inexistente timidez y bastante delicadeza detrás de la oreja, mientras la otra se acopabla con cuidado en la nuca. Fue un momento no de dubitación, sino de contemplación. Muchas emociones encontradas, podría ser, quizá demasiado tiempo de odio y de '¡no soporto a esta estúpida!' como para llegar a esa situación tan de improviso, como si la hubiera escrito alguna deidad superior y ellos, en sí, no fueran más que marionetas moviéndose sus hilos por toda la maqueta. La miró a los ojos durante un momento y permitió que sus labios se curvaran en una sonrisa para después, centrarse en lo que de verdad importaba; encontrarse con los de ella al final del camino. La atrajo más hacia él tomándola de la cintura, frenesí onírico, permitiendo que la tela de la ropa de ella chocara contra la propia pero, aún así, manteniendo toda la precaución posble para no recibir una paliza de por medio ('¿qué te piensas que soy, Haller?') y se alejó tan sólo porque no podía permitirse seguir embriagándose en el sabor. Tanto odio no había, aunque era de saberse ya. Le soltó la cintura, devolviendo la mano a un costado. — ¿Perdona? Tenía ganas. —Dijo entonces. Un gesto de manos, un encogimiento de hombros, como excusándose así por no conocer límites, por no saber interpretar si algo era señal o no.
Céline
De haber sido un poco más observadora, se habría percatado de aquél movimiento antes de que pasara. Era la alineación de las estrellas, la maravilla de estar contemplando un suceso histórico, la más estúpida de las formas de morir, era el beso de Judas al Señor al momento de traicionarlo. La única diferencia con esta instancia era que, más por voluntad de someterse al castigo consiguiente que otra cosa, Céline sintió felicidad de que su confianza fuese arrancada, sacudida hasta en lo más hondo. Sintió todo al mismo tiempo, como el estallido en colores de una estrella: la mano fría de Demian en la nuca y la cosquilla sobre la boca cuando sus labios se juntaron, la inmensidad del roce y la profunda intimidad en la que, por una vez en su trayectoria, se encontraban sumidos. Sus ojos se abrieron a una nueva suspicacia una vez que el, a su gusto, corto beso fuese terminado y haber advertido la soledad completa en que su cintura había sido abandonada nuevamente. ¿Tan rápido, pensó, podía hacerse amiga de una sensación?— Me di cuenta —mencionó, los labios formando el fantasma de una burlona sonrisa, anhelando un poco más de aquello que había sido dejado a merced del olvido en su punto cúlmine. Se los humedeció con la lengua, los rastros del tan familiar tabaco inundándolos, recordándole que era de él de quien provenía aquél sabor tan caprichoso, tan exótico y seductor. No podía, ¡resistió!, un momento, otro, cortos instantes, pero era incapaz; paso adelante y ni siquiera se dio cuenta en qué momento deslizó el perfume sobre la superficie segura de la mesa y lo tomó a él de las solapas del abrigo para atraerlo hacia ella y permitir que su boca se escabullese hasta la de él, saboreándolo, esta vez con plena intención y total algarabía. Porque, a futuro, ¿qué tenía para perder?
DEMIAN :@@@
Fingiendo saberse los límites del otro, tanteando a conocerlos con la lengua viperina de ella y la suya tan ausente de catarsis. Cuando Céline tomó el control de la situación (así como cualquiera lo habría esperado) no alcanzó a hacer más que sonreír durante un ínfimo momento, para tener los labios de Céline prestándose a su voluntad, impulso de amazona, precisión de cazador. Era como si en algún lenguaje no verbal (tan sólo movimientos de boca y manos), le pidiera todo lo existente que no parara hasta que no sintiera más que un leve hormigueo en los labios, como si se hubiera sometido al cloroformo. Una mano quieta sosteniéndola por la mejilla y la otra vagando tela arriba y tela abajo, su lengua se dedicándose a vagar cómodamente, jugando con las zonas más perceptivas de la boca de Céline. Un acelerón -como la cólera que lo había embargado más de una vez al cruzar miradas fulminantes con ella-, dos manos bajando a los muslos y, no con poca fuerza (que supo sacar de esos tantos años practicando fútbol y raspándose las rodillas como todo Haller), levantó el peso liviano que era Céline, primero recargándolo contra él y después, con un impulso, dejándola sentada sobre la mesa. El Nina Ricci se movió peligrosamente en su lugar, más cerca de la orilla de lo deseado, y Demian, como adelantándose a lo que podía ser una pérdida bastante lamentable, lo agarró y puso más hacia el centro. —A punto ¿eh? —Pronunció, dándole una mirada rápida el perfume, ahora ambos un tanto más cerca en cuestión de estatura, un poco más cercanos. Le puso una mano en la cintura, cortando después la distancia con un acercamiento que daba el fin a otra cuenta regresiva, y la otra se movió a un costado del cuello, subiendo después a la mejilla que notó helada, contrastando con tan tostada piel, obvio de quién siempre va a apreciar los cálidos rayos del sol antes que cualquier otra cosa. — ¿Quieres ir adentro? —Le preguntó, con sincero interés.
Céline
De pronto, fue un vacío, aplastante gravedad tirando de ella mientras se elevaba entre los brazos de Demian, desorientada, completamente sobrecogida. La helada superficie de la mesa irrumpiendo vehemente al mismo tiempo en que el cándido tacto del alemán la abrasaba devino en, otra vez, sensaciones encontradas. La explosión en miles de colores de un fuego fatuo o la luz del sol a través de los párpados cerrados en una tarde de verano, así de bien se sentía, así de mucho pretendía conservarlo. Controlar el ritmo pausado de la respiración fue una hazaña al momento en que él se movió, para hacer algo a lo que Céline no pudo prestar atención pero que, luego de un momento, descubrió— No creo que quisieras tener que comprar otro —comenzó, una vez más interrumpida por el brío de los labios ajenos, lo intenso de su calidez quemándole la piel, reduciendo su orgullo a meras cenizas. Existía, todavía, la desconfianza, la necesidad rastrera de empujarlo a un lado y pedirle que continuara con su nula relación como hasta el momento la habían estipulado pero, debido a que ningún rastro quedaba ya de esa antigua acritud, debía admitir que no había sido ni la mitad de placentero de lo que esta actualidad representaba. En este instante sólo estaba aquello, el roce tibio en su mejilla y la suave voz. Le clavó la mirada entonces, una sonrisa de medio lado floreciendo y adornando sus mejillas, ahora sonrosadas—. Sí, creo que sería el momento adecuado para estar a resguardo —mencionó, la voz ligeramente rasposa debido al esfuerzo por no respirar de un modo que pusiera en evidencia su agitación. El calor invadió sus mejillas y, tan pronto como pudo, evitó su mirada, acomodándose el abrigo a la altura de la cintura. Su mirada paseó un momento por sus propias piernas, que continuaban a cada lado de las caderas de Demian, y el rubor se intensificó notablemente. Al tanto de que los placeres violentos conllevaban finales con el mismo patrón, comenzó por dejarse caer en el arrepentimiento y la pena (cubriéndolo muy bien con una delicadísima máscara de impaciencia, por supuesto). A pesar de que se había ocupado de siempre verse involucrada con hombres que cupiesen en la caracterización de un caballero (de esos que no tienen memoria), todavía le preocupaba un tanto lo que pudiera depararle a su reputación (y sentada sobre aquella mesa, luego de semejante demostración, todavía más). Quedó helada, en mitad del movimiento para acomodarse el cabello, cuando el brillo intensísimo del recuerdo de Gaël se presentó ante ella, una mirada de reprobación, asco y decepción en su rostro. En aquél momento, se sintió mal. Realmente, se sintió pésimo consigo misma, ¿cómo no había pensado en eso antes? ¿En lo que él sentiría viéndola en aquella situación, a su Céline, su musa? Un nudo se instaló en su pecho, más apretado a cada segundo. Tenía que irse de ahí. Presurosa, apartó suavemente a Demian con una mano en su pecho, poniéndose de pie con un movimiento grácil— Será mejor que me vaya —comenzó, cambiando el plan a último minuto, arreglándoselas para dedicarle una mirada decidida, que no implicara duda alguna al respecto. ¿Cómo podría quedarse con él ahora?—. Estoy muriendo de frío —una pausa, tomó el regalo con suavidad y lo guardó en su empaque con delicadeza. Acunándolo contra su pecho, sonrió, en parte tensa—. Gracias por el presente —mencionó, en voz baja, antes de marcharse sin volver la vista atrás.
@HeyItsBryannaM: @celinesoule Oh, claro, debe ser que después de ti estén más precavidos, con razón agrandaron las puertas, notaron que tu enorme rostro no cabía mucho menos tu trasero.
@celinesoule: por lo menos yo tengo trasero... a diferencia de otras @HeyItsBryannaM
Debemos felicitarte, pocos son los afortunados que logran, de alguna manera, ser llamados para formar parte de nosotros. Esperamos que seamos tu decisión a la hora de elegir una casa para toda tu estadía universitaria. Nos vemos, futuro Cucerire.
Desde Seditionem te informamos que tú (sí, sí, tú) has sido afortunado escogido para unirte a nosotros, un desastre con orden, como nos gusta ser definidos, te esperamos por nuestra puerta, aunque sin fiesta de bienvenida, eh.