¿Vale la pena? Escribes y escribes. Me recuerdas a un naufrago que saca y saca agua de su pequeño bote agujereado (quizá la representación de una existencia incompleta…incorrecta…imperfecta) sobre un mar (quizá de dudas) sereno y callado pero monstruoso, un misterioso y voluble gigante que hace lo que se le antoja, a fin de cuentas, sobre el que has decidido un día, acompañado de tu bote, aventurarte con la finalidad de encontrar nuevas tierras (la felicidad, la paz, como se le llame a lo que pasa cuando uno no experimenta el peso del vacío) Pasó pues que en algún momento los remos mal atados se hundieron (o tal vez olvidaste llevarlos con la emoción de emprender tan anhelada travesía para descubrir muy tarde que simplemente no estaban), la brújula se descompuso (muy probablemente porque era de pésima calidad) y el mapa fue alcanzado y vuelto trozos inservibles por la humedad inmisericorde (daba igual, sólo era una hoja con una ruta trazada feliz pero arbitrariamente y desde ningún punto de vista correcta) y ahora todo reduce a esto: sacar y sacar agua para sobrevivir hasta el siguiente segundo… ¿No valdría la pena la rendición? Dejar que el agua se acumule hasta tragarse el bote para después ir más allá y alcanzarte del todo hasta también quitarte todo dejo de sequedad (certitud), para ya por último, y a modo de entretenimiento, jugar a que es aire y meterse en tus pulmones hasta reventarlos. Y quede así un cuerpo ya sin voluntad descendiendo eternamente entre las sombras.
Hank Le Bord
















