El tiempo en la jaula lo había cambiado, de eso estaba muy seguro Gabriel. Sólo había que echarle un ojo a su hermano para saber que no era el de siempre. No decía que hubiera cambiado a mal, simplemente no era el mismo.
-Gabriel, ¿me echas una mano?- la voz del arcángel sonó alta y clara al tiempo que la mirada de ambos se encontraban. Miguel vio entonces la confusión en el rostro de su hermano y comprendió el porqué se sentía así. No había sido nunca como Gabriel, él siempre había sido serio, nunca había tenido ningún interés en nada que tuviera que ver con los humanos. O no sin una orden de su Padre. Pero las cosas eran diferentes. Ahora le comprendía, y eso era gracias a Lucifer y a Sam. Por extraño que pareciera, él había sido quien le había ayudado a comprender al arcángel, y el humano le había ayudado a entender.
Esperó hasta que Gabriel se levantó del sillón para subir al pequeño escenario y tomó el micro de sus manos.
-Te sientes incómodo- y no fue precisamente una pregunta. Miguel había leido sus emociones aunque no las comprendiera del todo.
-No, que va- mintió mientras fingía concentrarse en el micrófono hasta encenderlo. Entonces se dio cuenta de que la pantalla estaba apagada, así que fue a conectarla intentando así que su hermano olvidase aquello.
-Me estás ignorando- dijo de nuevo con firmeza,pero no hubo reproche en su tono, sólo incomprensión.
-Mickey, no te estoy ignorando. Querías un karaoke ¿no? Pues estoy en ello-
-¿por qué de repente mientes tan mal?
-¿Perdón? ¿que yo miento mal? SI quisiera mentirte ni te habrías dado cuenta. Ni siquiera Luci lo notaría. Me he ganado el titulo de dios pagano de las mentiras, a ver si te crees que fue sólo por mi cara bonita- replicó molesto. Había tocado su orgullo, y aunque mentir muchos lo consideraba algo malo, él era un dios de la mentira. Era como decirle a Miguel Angel que era un chapuzas.
Pero entonces llegó el motivo por el que estuviera nervioso. La única razón por la que de repente parecía un niño nervioso frente a su hermano mayor. La mujer de metro cincuenta y siete y cabello marrón atravesó el local con una amplia sonrisa en su rostro. No iba excesivamente maquillada, tampoco lo necesitaba ya que poseía una belleza natural que habría sido un pecado ocultar. Aunque por desgracia las gafas de sol tapban sus hermosos ojos azules.
Miguel, a pesar de sentirse como pez fuera del agua en el tema de las relaciones humanas, vio claramente en la mirada de su hermano lo mucho que le importaba. Era como si de repente Gabriel hubiera visto el sol por primera vez tras mucho tiempo viviendo a oscuras. Y aquello le conmovió, aunque le hizo sentirse celoso. Esperó hasta que la mujer llegó frente a ellos para hablar.
-¿eres Aaliyah, verdad?-
Ella respondió con una sonrisa tímida, buscó la mirada de Gabriel un instante antes de bajar la mirada al suelo un segundo.
-Sí, encantada de conocerte. Tu debes ser el hermano de Gabriel-
-Veo que eres tal y como me dijeron mis hermanos- dijo Miguel con voz suave.
Gabriel se giró hacia él, algo molesto.
-¿dijeron? ¿qué sois ahora viejas de rellano? ¿es que no hay otro tema de conversación? -refunfuñó sintiendose preocupado de repente. Conocía demasiado bien a sus hermanos, lo peligrosos que podían llegar a ser. Y Aaliyah era humana, demasiado frágil. Por eso no le gustaba la idea de que ellos se acercaran a ella. Pensaba que era igual que llevar a un conejito al corral de los leones. Lo miraras por donde lo miraras era una malísima idea.
Pero ella rió dulcemente por su tono de voz y subió los escalones casi dando brinquitos y se acercó al arcángel. Rodeó con los brazos el cuerpo de Gabriel y apoyó la cabeza en su hombro, intentando que así se sintiera mejor.
-Nos preocupamos por ti- repuso Miguel mientras observaba la escena con la cabeza ligeramente ladeada, de ese modo tan propio de los ángeles.
-Pues no os preocupéis tanto- pero entonces se encontró con la mirada de él y se sintió ridiculamente avergonzado. Pero no porque estuviera abrazado a esa mujer, sino por esa sensación de querer protegerla de él, de su familia. Odiaba el tener que sentirse tenso cuando juntaba a su familia y a la mujer que amaba. Era ridículo. Quería confiar en ellos, o al menos en Miguel. <<Debes superarlo, maldita sea. Tirate al vacio y que sea lo que deba ser. Total ¿qué puede ser peor?>> pensó Gabriel. Y entonces giró el rostro y se inclinó para besar a Aaliyah y recibirla como era debido. La piel cremosa del rostro de ella tomó el tono de los tomates maduros, había esperado que hubiera sido más recatado estando frente a su hermano mayor. Pero el beso de Gabriel había sido de todo menos recatado. Tanto que Miguel acabó por desviar la mirada, incómodo al presenciar un momento tan íntimo entre ellos.
Cuando los labios de ambos se separaron, el arcángel la miró. Y no se arrepitió de nada. Al contrario, se sintió más relajado. La tensión en sus hombros desapareció, como si nunca hubiera existido aquella carga.
-Bueno, Mickey ¿no habías venido a cantar o algo así?- bromeó sonriendo.
Miguel apreció el cambio y comprendió lo que Castiel le había contado. Gabriel se había preocupado mucho. Tanto que no estaba siendo natural en él. Pero en ese momento era el Gabriel que conocía, alegre, descarado, sonriente y juguetón. Cogió otro micro y comenzó a darle vueltas mientras en la pantalla comenzaba el video de la primera canción al tiempo que de los altavoces salía la música de ésta.
-¿hay... alguna norma o regla que deba saber?- preguntó Miguel, que consiguió encender el micro él sólo y en ese momento miraba la pantalla confundido.
-No uses tu voz real para cantar. Ésa es la única regla que tu debes seguir- respondió Gabriel con un tono pícaro que hizo que Aaliyah palmeara su costado. Pero fue un reproche que se vio invalidado cuando ella apretó suavemente el abrazo unos segundos después.
-Al que lo haga mejor le invito a tomar algo- dijo la joven para picarlos un poco.
Pero Gabriel sonreía con suficiencia.
-¿no te preocupa que te gane? -preguntó Miguel- Me han dicho que eres muy celoso-
-Yo tendría que estar muy borracho y afónico para que tuvieras alguna opción. Por si no lo sabías, canto como los angeles-
-Creí que habías dicho de no usar nuestra voz real. Eres un tramposo-
-Y tu más corto que las mangas de un chaleco- contestó burlón mientras hizo rodar sus ojos.
Miguel frunció el ceño, enfadado. En un arranque de ira lanzó el micro contra su hermano. Pero éste dio un paso atrás, moviendo tambien a Aaliyah. El micrófoo dió de lleno en la pantalla, haciendola estallar entre una nube de cristales y chispas.
Aaliyah contuvo el aliento. El arcángel era muy sobreprotector, y pensó que se enfadaría.
Pero Gabriel puso una expresión de una seriedad tan natural como las expresiones de los actores de la teletienda. Miró hacia el sillón vacío que había frente a ellos como si realmente estuviera lleno y gesticuló con la mano en la que llevaba el micro mientras habló.
-Y esto es todo por hoy, damas y caballeros. Mi maduro hermano se acaba de cargar el aparato y le va a tocar a esta señorita de aquí pagar el pato-
Pero entonces ella rió y le dio un beso antes de salir corriendo hacia la puerta.
-¡ni lo sueñes! ¡vosotros lo habéis roto, vosotros pagais!-
Los dos arcángeles se miraron, entre sorprendidos y divertidos. Pero Gabriel fué el más rápido en responder.
-Tu di que ha sido un accidente, yo tengo un cenejito que atrapar- digo Gabriel mientras le lanzaba el micro y aprovechaba que Miguel estaba distraido atrapandolo para desaparecer con un suave batir de alas.
De repente, Miguel se vio solo ante un encargado furioso que farfullaba maldiciones y movia las manos sin parar, señalando primero la pantalla rota y luego a él. La vena de la frente parecia a punto de estallar mientras le gritaba al arcangel que frunció los labios enfadado mientras alzaba la mirada para gritar el nombre de su hermano mientras hacía algo muy humano por prmera vez.
-¡Gabriel, maldito seas! ¡cuando te pille me las vas a pagar, tramposo!-
Gabriel estiró los brazos de forma perezosa. Odiaba el tener que utilizar un coche para desplazarse de un lado a otro, y llevaban demasiadas horas dentro de uno. Necesitaba un descanso, salir de aquella caja metálica que a veces sentía como su tumba cuando Castiel de repente hacía un giro brusco o frenaba de golpe.
Quería a su hermano, no iba a decir que no, pero su conducción no era apta para enfermos del corazón.
-Debemos continuar. Si queremos matar a Metatron...-
Pero el arcángel alzó una mano indicándole que se callase. También se había cansado de escuchar eso. Hizo oidos sordos a su queja mientras entraba en la habitación del motel para intentar despejarse con una ducha.
Castiel, por su parte, no quiso seguirle. Estaba preocupado por la seguridad de los dos. Sabía que podían haberlo seguido, que quizás los esbirros del ángel que se había autoproclamado Dios estaban tras ellos. Hizo una mueca al pensar que él mismo había hecho eso una vez. Casi se sentía un hipócrita al luchar contra él. Pero sabía que debía hacerlo. Porque no estaba bien el matar a sus hermanos. Y quizás si conseguía salvarlos a ellos podría redimirse por los pecados que cometió contra el cielo.
Fue a la pequeña tienda que había en el motel y compró algo para Gabriel, algunos dulces que supuso que le gustarían, y también los ingredientes para hacerse un sandwich. La primera vez que lo probó le encantó, el sabor era magnifico. Deseaba poder hacer como Gabriel, tomarse un descanso y reponer fuerzas para continuar.
Al volver encontró a Gabriel tirado en el sofá, con el pelo húmedo por la ducha y vestido sólo con los pantalones y la camisa sin abotonar del todo. Dejó la bolsa frente al arcángel, que no dudó en mirar y tomar las chocolatinas con una sonrisa encantada en los labios. Pero sus palabras nada tuvieron que ver con los dulces.
-¿tienes noticias de tus juguetes?-
-¿de quién?-
Gabriel suspiró mientras hizo rodar sus ojos.
-Sam y Dean, Sherlock. Casi nos matas por querer llamarlos-
-Yo no...- pero ni siquiera intentó seguir con su queja. Él estaba convencido de que no conducía tan mal, pero convencer a Gabriel era una misión imposible- no. No me han llamado-
El ángel sacó el móvil del bolsillo. Intentó encenderlo pero fue imposible. El ángel de ojos azules y gabardina frunció el ceño confundido por aquello. Su hermano mayor soltó una suave carcajada.
-¿hace cuanto que no lo cargas, genio?-
-¿car... cargarlo? No lo he hecho nunca-
Gabriel lo miro atónito unos segundos.
-Infiernos... ¿cómo te las apañas tu solo entonces? No me puedo creer que lleves tanto tiempo aquí y aún no sepas eso-
-Yo no lo necesitaba- rebuscó en su gabardina. Sabía que tenía un cable en el bolsillo de cuando lo compró. Suerte que no lo había tirado cuando se sintió tentado a hacerlo. Buscó un enchufe y conectó el cargador a la luz y luego al móvil. Segundos después pudo encenderlo, pero lo que salió en su pantalla le desconcertó aún más.
Gabriel volvió a reír bajo, con un brillo pícaro en la mirada al ver a su hermano como si fuera un monito al que le acaban de dar por primera vez algo brillante.
-¿qué pasa, muchacho? ¿no recordabas que brillaba tanto?-
-Tengo unas llamadas-
-¿Dean?-
-No-
-¿Sam?- probó de nuevo.
-No- alzó la mirada, aun confundido- de Verónica-
Esa vez las carcajadas fueron más fuertes.
-¿hace cuanto no llamas a la chica?- preguntó entre risas.
Pero Castiel no estaba para bromas. Fue a llamar pero un rayo estalló de repente, y la luz se fue dejándolos a oscuras. El móvil, al no tener corriente, también dijo adiós muy buenas y le dejó al ángel con las ganas de hacer la llamada.
La situación en la que se encontraba su hermano hizo que las risas de Gabriel fueran más fuertes.
-Hermano, basta ya- se quejó muy molesto mientras dejaba el móvil en una mesa y se dejaba caer en el sillón- no tiene gracia-
-Claro, porque no soy yo quien he dejado colgada a mi chica-
-Verónica no es mi chica- replicó aún molesto.
-¿ah no? ¿y qué es?- le picó mientras intentaba no seguir riendo.
-No lo sé... -pero entonces a Castiel se le ocurrió un réplica a su pregunta burlona- ¿qué es para ti Aaliyah?-
Gabriel entrecerró los ojos. Movió la pierna para colocar el pie en el costado de Castiel y tirarlo al suelo.
-¡no seas infantil!- exclamó sacudiéndose la gabardina.
-No hagas preguntas estúpidas-
-¿por qué es estúpida? ¿porque no me incomoda a mi sino a ti?-
-A mi no me incomoda. Pero no veo porqué ibas a compararme contigo- Gabriel mordió bruscamente la chocolatina. Le era extraño hablar de algo así con él. Y le hacía sentirse extraño el tener que dar nombre a eso que sentía o a lo que tenía con la mujer de casi metro sesenta, pelo marrón y ojos azules tan profundos que a veces sentía como si le absorbieran.
-Nuestros hermanos lo descubrirán. Y querrán saber-
-Les diremos que es complicado-
-¿y si nos cuestionan por ello?-
-Entonces será complicado-
-¿y si nos hacen elegir?-
Gabriel miró a su hermano a los ojos.
-Entonces estaremos jodidos-
Se hizo un largo silencio entre ellos, sólo roto por los rayos que cada vez sonaban con menor frecuencia. Pero era un silencio incómodo. Quizás fueran ángeles, pero no se sentían cómodos al hablar de sentimientos cuando a penas hacía unos días que se habían reencontrado.
-Así que... ¿cómo dijiste que mataríamos a Metatron?- dijo por fin el arcángel para cambiar de tema.
Y Castiel lo agradeció. Prefería concentrarse en el hermano con el que ambos querían matar que con esas llamadas perdidas. Casi le parecía más seguro enfrentarse a una legión de ángeles guiados por un líder loco que a una pelirroja que había llamado casi una docena de veces.