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Suspira con fuerza y se aparta las manos de la cara por un momento, buscando ahora echarse aire con estas. Le gusta pensar que está haciendo un excelente trabajo dramatizando un estado por el que realmente no está pasando. Porque no, no se siente desfallecer, pero su hambre es la suficiente como para animarse a engañar a aquel muchacho y eso, de algún modo, hacía la situación justificable, ¿no? ¿No? “Ah, eres muy amable” asiente con un movimiento débil y por fin se desplaza hacia la silla más cercana. Ha dejado caer su peso con algo de descuido, sólo un aderezo a su actuación. “Yo… Quisiera…” se muerde el labio inferior. Entonces una sonrisa recatada se expande a poquito, buscando aprobación. “¿Un sandwich está bien?”
“Sí, un sandwich está bien...” sonrió a medias, sin esperar que la respuesta sonara como una pregunta. Si el contrario no sabía qué le pedía su estómago entonces menos sabría él qué decirle. “Pero vamos, no se quede callado, aquí es la parte en donde me debe decir de qué quiere el sandwich” le apresuró, firme en su uso del honorífico. A lo mejor hasta eran de la misma edad, es decir, no se veía como alguien mayor que él --de eso estaba seguro-- pero perder la formalidad una vez temía que le hiciera arrastrar el error a otros clientes. Además, la forma en que debía dirigirse a la clientela estaba establecida con claridad en su contrato. “Ah, y dígame qué querría de tomar. No me imagino que pueda llegar a pasar la comida en seco, o al menos no debería”.












