Desde hace un tiempo que siento a las agujas cubrirse de añoranza. Los segundos marchan uno tras otro, los veo cargar con el peso de la rutina y la edad que raspa la madera que sujeta al tiempo; pareciera que es cuestión de días para verla corroerse por completo y soltar, cual leche derramada, a la voluntad que en ella posa. Mi tierra ya no está húmeda, en ella ya nada florece. Mis animales se han ido, pues no se pueden llenar con silencio. Mis colinas ya no parecen lo más inmenso. Siento devastado el aire, aunque me he acostumbrado a su aroma, un aroma mohoso y lleno de sal. Antes podría jurar que la hierba crecía sin necesidad de regarla, yo misma fui testigo de cómo en ella se pastaba y pareciera que nunca se agotaría; sin embargo, es verdad que todo tiene que despedirse, aunque eso no significa que avisará de su partida. Aunque raro de creer, no me arrepiento de mis decisiones, sin cada una de ellas, mi vida carecería de estruendo; y vaya que como adicta me enlacé al veneno que resbalaba de tus labios. Brillaban cual ópalos marrones y, aun así, no me fue suficiente para notar la señal bioluminiscente de peligro que irradiaba de ellos. Quería perderme en ti, con cada célula de mi maldito cuerpo. Anhelaba tus caricias. Mataba porque clavaras tu vista en mi dirección, aunque muchas veces miraste a través de mí sin notarme. Hoy la vida carece de un propósito, aunque antes mi existencia consolaba a los viajeros, hoy solo marchan de largo compadeciéndose de un cuerpo sin nada que ofrecer, que ni siquiera sirve para alimentar a los carroñeros. Antes mi sonrisa era suficiente para sanar corazones rotos, hoy vivo rota con un corazón enterrado en la tierra muerta. Sigo viva, aquí y sintiendo. Sigo deambulando, escarbando y recolectando tiempo. No sé por qué con tanta fuerza me aferro a este espacio, si solo en mis sueños es donde te veo trayendo abono y maíz dulce. Quisiera soltarte de una buena vez, descansar, dejar de ver el reloj, dejar de esperar que la puerta abra por si sola. Sigo aquí. Sí, sigo aquí, en este campo deshabitado que anhela la llegada de tu tormenta, para que sacuda y remueva la tierra del suelo, o por lo menos, que termine de derrumbar este hueco que antes llamamos hogar.
Karol L. Reyes B.












