Que la soledad no te haga elegir unos brazos equivocados.
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@iamalexxsoto
Que la soledad no te haga elegir unos brazos equivocados.
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Yo estaba en ruinas. Hubo un tiempo oscuro en el que mi único objetivo diario era pasar desapercibido, tragarme mis propios escombros en silencio y rogar que el mundo no notara el puto desastre que llevaba por dentro. Quería volverme transparente, pero tú me miraste. Y no me miraste con lástima, me miraste de verdad, clavando los ojos justo en el centro del caos, como si en medio de toda esa miseria todavía existiera un hombre que valía la pena rescatar. No forzamos nada, dejamos que la vida corriera su curso, pero el tiempo tiene una forma muy cabrona de cobrarte las cuentas pendientes y, sin planearlo, nos volvió a poner de frente.
Pero esta vez las cosas son distintas. Me pasé demasiados años dejándole el control de mi vida a las casualidades, esperando como un idiota a que las estrellas se alinearan o que el destino hiciera el trabajo sucio. Se acabó. Le agradezco a la suerte por haberme abierto la puerta de nuevo, pero hasta aquí llega su turno, el resto me toca a mí. Voy a arrancar la página y a escribir el guion a mi manera.
Ya no hay espacio para la parálisis ni para el terror al impacto. Voy a terminar a pulso, con mis propias manos, lo que la casualidad empezó. Y te juro que en esta versión de la historia, no me tiemblan las piernas para sostenerte y tú no te vas a ir a ningún lado.
Caminar bajo la noche y contemplar las estrellas siempre nos recuerda lo frágiles que somos. Pero ahora que mi mente solo sabe habitar en tus ojos, el firmamento entero me parece solo un boceto, un adorno pálido antes de ti. Si hoy le pido perdón a la luna y a las constelaciones, es porque sé que le he ganado la partida a la naturaleza. Esos inmensos cuerpos celestes llevan eones ardiendo en el vacío, intentando ser el centro de todo, solo para rendirse irremediablemente ante tu mirada al otro lado de la mesa, mientras nos olvidamos del mundo y dejamos que la comida se enfríe. Es la derrota más bella del cosmos. Saber que la galaxia entera no puede competir contigo es mi confesión más pura, ninguna luz del cielo me abraza ni me enciende el alma como lo hace el fuego de tus ojos cuando encuentran los míos.
Si el guión de mierda dice que me tengo que quedar solo, lo asumo. Me trago el orgullo, recojo los pedazos y aprendo a caminar con el frío. Pero jugar a este tire y afloje donde mi cabeza sabe que se acabó, mientras mi pecho sigue buscando excusas para amarla, es una crueldad de mierda, completamente innecesaria. Arrancarme este deseo es lo mínimo que el destino me debe después de haberme dejado las manos vacías. Porque el infierno no es estar solo, el infierno es estar solo y seguir guardándole la silla a alguien que ya no va a volver a entrar por esa puerta, el infierno es cada noche, a las 3am sin saber de ella.
Hay un punto exacto en la curva del duelo donde la rabia se gasta, la ansiedad se queda sin gasolina y la ciudad deja de parecer un campo minado. Ya no se camina por la calle buscando su rostro entre la multitud, ni se maldicen las madrugadas. Simplemente, el silencio se vuelve costumbre y el asfalto se acepta como es. Es ahí, mirando por la ventana de un bus o cruzando una avenida cualquiera, donde nace este tipo de confesión inofensiva. Soltar a alguien de verdad no es bloquear recuerdos, es desearle en secreto que el mundo no lo trate con la misma crudeza con la que a veces nos trata a nosotros. Es mandar buenas energías al vacío esperando que su vida fluya, que los planes le salgan redondos y que no le falte la paz, sin pedir un asiento en esa nueva vida. Es un acto de lealtad inmenso que no exige absolutamente nada a cambio. Pero como nadie es de cemento y la carne siempre tira, al final de toda esa nobleza se asoma la última súplica del que se quedó atrás. Un ruego diminuto, inofensivo e inútil para que, en medio de sus días soleados y su vida perfecta, esa persona tropiece un maldito segundo con el recuerdo de lo que alguna vez fueron, solo para confirmar que uno no fue un simple invento en su historia.
Agarré las cosas y me fui. Me subí a un avión con la idea estúpida de que cambiar de aire me iba a devolver las ganas, de que si ponía suficiente distancia física entre mi rutina y su recuerdo, el pecho me iba a dejar de pesar. Quise obligarme a mirar otros horizontes, a caminar por calles que no tuvieran nuestra historia grabada en las esquinas y a pararme frente a un mar que no supiera mi nombre. Quería que el paisaje me distrajera de mí mismo.
Pero el viaje es una trampa. Da igual la playa que pise o la ciudad extraña donde se oculte el sol, termino haciendo lo mismo en todas partes, busco el tono exacto de su mirada en el reflejo del agua y espero, como un pendejo, que el cielo cambie de color a mitad de la tarde. Desde el día en que se marchó, el mundo perdió toda la intensidad. Es como si se hubiera llevado la luz y me hubiera dejado a oscuras, intentando descifrar una realidad que ya no me dice nada.
No hay ciudad, por más hermosa o lejana que sea, que tenga el poder de arreglar esto. El cielo de Bogotá puede ser gris, el del Caribe puede ser azul, pero para mí ninguno tiene sentido. Me di cuenta de que el cielo rosado no era un fenómeno del clima, era simplemente la forma en que el mundo se veía cuando ella estaba al frente. Sin ella, viajar es solo cambiar de lugar la misma soledad de siempre.
La ciudad ya apagó la mitad de sus luces y el frío se mete por las ventanas, pero ahí sigue uno, gastando la vista frente a una pantalla brillante o rayando una libreta vieja como si respirar dependiera de eso. Es un acto miserablemente terco. Alinear palabras, buscar la frase perfecta, el texto más crudo y devastador, con la estúpida ilusión de que si duele lo suficiente al leerlo, la vida va a hacer una excepción y la va a poner de vuelta en la puerta. Pero el papel es sordo y el asfalto no hace milagros. Al final del párrafo, cuando la tinta se seca y el silencio del cuarto aplasta de nuevo, llega el golpe de realidad. "Qué estúpido". Es el bofetón de entender que uno es solo un tipo más perdiendo horas de sueño, intentando armar un puente de letras hacia un lugar que ya fue demolido. Y lo más hijueputa de todo es que, a la noche siguiente, uno vuelve a sentarse a escribir exactamente con la misma absurda esperanza de ayer.
Nunca me tragué entero el discurso de las iglesias ni me hizo falta persignarme para entender que hay algo más grande moviendo los hilos. La vida en esta ciudad te enseña a dudar rápido, a cuestionar por qué el asfalto es tan frío, por qué los días golpean tan duro y si de verdad existe un cielo que alcance para compensar tanto infierno de lunes a viernes. Fui un escéptico por instinto, un tipo que prefería buscar respuestas mirando el pavimento antes que rogándole al techo. Pero la rebeldía y las dudas se me hicieron pedazos en la cara un día cualquiera. Fue justo en el instante en que la luz se estrelló contra sus ojos cafés. No hubo coros bajando de las nubes ni milagros de película, fue solo un golpe seco de realidad, una belleza tan jodidamente exacta que la única explicación lógica era aceptar que Dios mismo había bajado a pintar esas pupilas. El cielo dejó de ser ese paraíso aburrido que le prometen a los que sufren. Ahora tiene nombre, tiene dueño y lleva el color del café oscuro. Y es una ironía brutal haber desafiado lo sagrado toda la vida, solo para terminar de rodillas ante la religión que ella esconde en la mirada.
Cualquier imbécil puede dejarse matar en un ataque de drama. Cruzarse la calle sin mirar o tirar la toalla de un solo golpe es la salida fácil, el telón que se cierra rápido y no pide explicaciones a nadie. Lo que de verdad te revienta los huesos es abrir los ojos cada mañana cuando Bogotá amanece helada, con la lluvia pegando contra el vidrio y el ruido del tráfico reventando la calle. Vivir por alguien es meterse al caos de cabeza. Es aguantarse la cara de amargura de la gente en el transporte, el estrés que te come vivo y el cansancio que se te acumula en los hombros al final del turno. Es poner un pie afuera sabiendo que la ciudad te va a masticar y te va a escupir, pero lo haces igual porque al cruzar la puerta de regreso está ella. Morir es un verbo de cobardes que no quieren lidiar con la factura del día a día. Yo elijo la paliza diaria, el desgaste crudo y el sudor en la frente, porque la única forma de demostrar que esto va en serio es quedándome a pelear la vida a su lado, un lunes de mierda a la vez.
El tráfico ruge a nuestras espaldas, una marea de asfalto, estrés y bocinas atrapadas en la rutina de la ciudad. La calle escupe ruido, pero ella levanta la cara, escapando de todo ese concreto para perderse en un atardecer reventado en mil colores que siempre la hipnotiza. Yo, en cambio, no miro hacia arriba. Me da exactamente igual la inmensidad del horizonte o cómo las nubes se incendian sobre los edificios. Mi mundo entero se reduce al instante exacto en que esa luz rosa mancha sus pupilas. Es un acto de egoísmo silencioso, dejar que ella admire el universo mientras yo la convierto a ella en el mío. En medio del caos, del frío del pavimento y del desgaste de la semana, el único paisaje que logra detenerme el pulso no cuelga sobre nuestras cabezas, está contenido en ese pequeño destello rebotando en el abismo de sus ojos. Ella siempre fue mi cielo
Es muy fácil hablar desde afuera. Es muy fácil decirme que me esfuerce mientras se toman un café y me miran como si fuera un proyecto a medio terminar. Me dicen que me "ponga las pilas" y que me "enfoque", como si la vida fuera una cuestión de voluntad y no una pelea a muerte contra mi propia cabeza cada bendita mañana. Lo que ellos no entienden es que, para mí, el éxito no es un ascenso ni una nota perfecta; el éxito es haber llegado a los 26 sin haberme pegado un tiro o haber tirado la toalla hace años.
Estoy cansado de las palmaditas en la espalda y de los consejos mediocres. Si yo no me estuviera esforzando, si de verdad no me hubiera puesto las pilas hace mucho tiempo, ya me habrían llevado flores al cementerio. Mi "falta de enfoque" es en realidad el agotamiento de alguien que lleva demasiado tiempo cargando con miedos y dudas que ellos ni se imaginan. No necesito que me motiven, necesito que entiendan que estar de pie, trabajando en una oficina y sacando una carrera adelante después de todo lo que he pasado, ya es un maldito milagro. Dejen de pedirme que corra cuando apenas estoy aprendiendo a caminar entre los escombros
Caminar por la vida a veces se siente como avanzar a tientas por una habitación oscura, llena de esquinas afiladas y ruidos que no terminamos de identificar. Los miedos se disfrazan de rutina y las dudas se nos cuelan en la cama justo antes de dormir, cuestionando cada paso, cada decisión y cada mañana. Es agotador vivir en ese estado de alerta, tratando de descifrar un futuro que parece empeñado en ser borroso.
Pero en medio de ese desorden, en el epicentro mismo de mi propia tormenta, hay una señal que llega con una claridad absoluta. No necesita explicación, no requiere lógica y no admite debate. Mi amor por ti es la única frecuencia que no tiene interferencias. Puedes quitarme el suelo bajo los pies, puedes cambiarme los planes o llenarme el camino de obstáculos, pero mientras esa certeza siga latiendo en mi pecho, tendré un lugar al cual volver.
Mi vida puede ser un mapa lleno de tachones y de rutas inciertas, pero tú eres el norte que nunca se mueve. He aprendido que no necesito tener todas las respuestas para seguir caminando; me basta con tener la seguridad de que, pase lo que pase allá afuera, lo que siento por ti es el único lugar donde la duda no tiene poder.
Hay un momento de la noche en el que Bogotá por fin se apaga, el ruido de la ciudad cede y el frío de la madrugada se instala en la habitación. Es la hora en la que el mundo entero se rinde al sueño. A los pies de mi cama, mi perro duerme profundamente, ajeno a mi batalla, mientras yo sigo dando vueltas en la oscuridad, librando una guerra inútil contra mi propio colchón.
He descubierto, de la manera más agotadora posible, que mi insomnio no es falta de sueño, sino exceso de memoria. Desde aquella vez que me dejaste recostar la cabeza en tu pecho, mi cuerpo se volvió incapaz de conformarse con menos. Conocí la textura de tu piel, el calor exacto de tu cuerpo y ese compás perfecto de tu respiración que me iba apagando los miedos uno por uno, hasta dejarme completamente vulnerable y a salvo en tus brazos.
Hoy, cualquier almohada me parece una burla. El algodón y las plumas no tienen pulso, no acarician de vuelta, no huelen a ti. Me arruinaste el confort ordinario para siempre, porque me enseñaste que el verdadero descanso no tiene nada que ver con la postura del cuerpo, sino con saber de quién es el corazón que late debajo de tu oído. Tratar de dormir sin ti es intentar descansar sobre una piedra, cuando yo ya conocí lo que es dormir sobre las nubes
Las fechas marcadas en rojo en el calendario tienen una crueldad particular cuando el alma está vacía. Antes, este día representaba una vuelta más al sol, una excusa perfecta para celebrar el simple hecho de existir, porque existir tenía todo el sentido del mundo si ella estaba ahí, a mi lado. Su sola presencia era el único obsequio que yo necesitaba; al tenerla en mi vida, sentía que había hackeado el sistema, que ya le había ganado el juego al universo sin tener que pedir nada más.
Pero hoy, la fecha se siente como una bofetada. Despertar en este día ya no es un motivo de alegría, sino un inventario implacable y doloroso de todo lo que me falta. Y lo que más me quema, la herida que me atraviesa y no me deja respirar, es saber con absoluta claridad por qué estoy solo en medio de esta fecha. No fue el destino, no fue una tragedia inevitable, no fue la mala suerte. Fui yo.
Mi orgullo mal administrado y mi cobardía para defender lo que teníamos terminaron costándome lo único que de verdad valía la pena conservar. Cambié la victoria más hermosa de mi vida por el estúpido premio de tener la razón o de no mostrar vulnerabilidad. Y ahora la factura me la cobran en forma de este silencio sepulcral, en el día en que más necesito su abrazo, obligándome a soplar las velas de un año que, sin ella, se siente como un castigo.
El mayor castigo no es solo tu ausencia sino saber que mi propia cobardía destruyó el único regalo que me hacía invencible.
Bogotá tiene esta forma cruel de recordarme lo que ya no está. Las calles por las que camino todos los días, esas mismas donde el semáforo en rojo nos regalaba la pausa perfecta para detener el mundo y besarnos sin importar quién mirara, hoy son avenidas grises, frías e irreconocibles. Me sorprende la lluvia y el instinto me hace correr bajo un toldo cualquiera, pero el agua ahora me cala los huesos de una forma distinta, porque ya no tengo a quién abrazar para convertir el frío en una anécdota compartida.
Camino por esta ciudad inmensa y me siento como un forastero absoluto. Las esquinas perdieron su significado, los cruces peatonales son solo cemento, y mi rutina se ha convertido en transitar por un mapa en blanco. Mi brújula colapsó por completo, y la razón me golpea de frente con una lucidez aplastante: es evidente que me sienta a la intemperie, perdido en medio de millones de personas que caminan a toda prisa.
Es la consecuencia lógica de un error de cálculo precioso y fatal. Mi hogar nunca tuvo una dirección en esta ciudad, ni paredes, ni un techo de concreto. Mi hogar tenía tu nombre, tu risa, y tu forma de rodearme con los brazos cuando el mundo allá afuera se ponía difícil. Al perderte, no solo perdí a la mujer que amaba; la ciudad entera me cerró sus puertas, dejándome exiliado del único lugar donde alguna vez estuve a salvo
Allá afuera, la rutina exige que el mundo empiece con prisas. Las mañanas bogotanas tienen ese frío característico que obliga a buscar refugio en una taza caliente antes de salir a enfrentar el tráfico, la oficina y las responsabilidades del día a día. Todo el mundo necesita un estímulo para arrancar, un pretexto para abrir los ojos y convencerse de que el día vale la pena. Pero yo he descubierto que mi motor funciona con una química completamente distinta.
Me he vuelto inmune a cualquier otra fuente de energía, porque el único café que me interesa tomar de ahora en adelante es el de tus ojos. Me basta con despertar, escuchar a mi perro bostezar y verlo estirándose a los pies de la cama, girar la cabeza y encontrarme con esa mirada tuya. Ese es el verdadero golpe de calor que reinicia mi sistema. Esa es la chispa que me confirma que estoy exactamente en el lugar correcto.
No me interesa firmar contratos con el infinito ni hacer promesas que no pueda medir. Prefiero entregarte lo más tangible y valioso que posee un hombre, su tiempo no vivido. Te ofrezco la primera luz de todas mis mañanas y te entrego el asiento frente a mí por el resto absoluto de los desayunos que me queden en esta vida. Que el mundo entero se despierte como pueda; yo solo necesito mirarte para saber que ya amaneció.
No sé cómo decir "Feliz Navidad" sin que suene a postal hueca este año, porque no se trata de perfección, sino de la brutal honestidad que nos trajo hasta aquí.
Te miro a ti, a los que te rodean, a mí mismo en el espejo, y veo una colección de meteduras de pata épicas. Veo decisiones estúpidas tomadas a la ligera, palabras que no debimos decir y silencios que nos costaron demasiado. Pero hay una diferencia, la única que importa: la torpeza. La torpeza de los que intentan, de los que tropiezan porque tienen los ojos puestos en algo, aunque no sepan bien el camino. Esos errores que nacen de la prisa, del miedo, de la absoluta falta de práctica en ser humano; errores que jamás vinieron del deseo de hacer daño, sino de la simple, patética ineptitud. A esos errores, y a quien los carga, quiero darles las gracias.
Yo estoy aquí, pagando mis propias deudas, sintiendo el frío de las consecuencias de mis propias torpezas, y sé que tú también. El mundo nos dice que aprendemos de los aciertos, y miente. El acierto es un final. Es una puerta que se cierra sin ruido. Es una sensación agradable que se olvida pronto. Pero el fallo, el verdadero, el que duele y te quita el sueño, ese es el que te obliga a detenerte. Te rompe los esquemas y te deja ahí, desarmado, sin excusas, preguntándote dónde demonios falló el cálculo. Y solo en ese lugar roto, en la ceniza, encuentras la verdadera lección: la forma en que el mundo funciona realmente, no como esperabas.
Si no hubiéramos fallado, nuestros aciertos serían vacíos, serían suerte sin mérito. Seríamos muñecos de porcelana que nunca han tocado el suelo. Y creo que eso es lo que realmente celebro: no la luz perfecta, sino la valentía de haber intentado algo en la oscuridad. Brindo por la decencia de haber fallado desde la impericia, no desde la maldad. Brindo por la nobleza de ser un desastre andante pero con buenas intenciones.
Feliz Navidad a los que tienen la vida en orden y a los que la tienen hecha un rompecabezas sin resolver. Feliz Navidad a los enteros, a los rotos, a los que están en boronas recogiendo los pedazos con la mano ensangrentada. A los que aprenden a vivir solo después de haberse estrellado. Eres más completo ahora que cuando eras "perfecto". Eres más humano. Y eso, hoy, es la única verdad que me da consuelo. Estamos rotos, pero estamos aquí, y eso es una victoria navideña.