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que le jodan como a Nolan
Varias razones me empujan a desconfiar de la adaptación de Nolan de la Odisea. Está, por supuesto, la reticencia propia de historiadores y arqueólogos a propósito de la exactitud histórica. La preocupación se vio aumentada cuando empezaron a publicarse los trailers y ya se vislumbraban errores en el diseño de los barcos, las armaduras, los paisajes.
Sin embargo, personalmente el rigor histórico no me parece un defecto que pueda afectar al disfrute de una película peplum. Ridley Scott hizo lo que quiso en las dos Gladiator, como otros tantos directores, y aun así fueron películas entretenidas (aunque la segunda fuera un calco de la primera). Quizás la diferencia en las licencias que concedo a Ridley Scott y a Cristopher Nolan es eso: el peso del entretenimiento en la realización de una película.
Cuando el objetivo es mostrarnos a Paul Mescal y Pedro Pascal en falditas o evadirnos en la fantasía, ser tiquismiquis puede resultar hasta snob. Pero cuando el objetivo es hacer sentir al público estúpido mediante piruetas argumentales absurdas, como suele hacer Nolan, ser tiquismiquis es lo mínimo. Ante la mezquindad de querer hacer un cine al mismo tiempo accesible (comercial) e inaccesible (verborreico), la respuesta es un nivel de exigencia implacable. Si gastas 250 millones de lereles en adaptar la obra más importante de la literatura occidental, poniendo en un principio el virtuosismo técnico por encima del entretenimiento, pues lo normal va a ser que se espere de ti una película impecable desde ese punto de vista. Como ya han analizado otros arqueólogos mejor que yo, en apenas unos minutos queda evidente que no nos encontraremos ante la perfección.
Casco y daga del s.XVI a.C. Museo Nacional de Atenas (cc: National Geographic)
Recreación de armaduras micénicas (ilustración, cc: Giuseppe Rava para Bronze Age Greek Warrior 1600-1100 BC; marine griego vestido con una réplica de la panoplia griega, cc: Flouris, A.D., Petmezas, S.B., Asimoglou, P.I., Vale, J.P., Mayor, T.S., Giakas, G., Jamurtas, A.Z., Koutedakis, Y., Wardle, K. and Wardle, D., 2024. Analysis of Greek prehistoric combat in full body armour based on physiological principles: A series of studies using thematic analysis, human experiments, and numerical simulations. Plos One, 19(5)
Pero no pasa nada. Incluso esperando la perfección, se pueden perdonar deslices. Supongo que son licencias conscientes, para que el relato resulte más cercano a la idea estética que tenemos de «los antiguos griegos». Perdonemos que los barcos se parezcan más al drakkar vikingo que a un trirreme. Perdonemos las armaduras estilo Batman y los palacios brutalistas. La flexibilidad y la clemencia tienen cabida cuando se juega con la ficción, y con el debate en torno a la datación de la Odisea. En efecto, no podemos asegurar una fecha concreta y desconocemos la relación exacta entre la época en la que se desarrollan los acontecimientos y la época en que el poema fue escrito (o concebido, dado que parte de una tradición oral). Pero ese es un berenjenal en el que no entraré en este post.
Lo que no puedo perdonar a lo mejor suena más banal: que hayan metido a tope un filtro grisáceo como si la acción transcurriese en Gotham, en Londres o en Nueva York. Estamos en el MEDITERRÁNEO. Y el Mediterráneo es COLOR. El Mediterráneo es del azul más intenso que he visto en mi vida. Y sigue siendo brillante aunque hayas pasado veinte años fuera de casa, hayas visto morir a tus compañeros sin poder evitarlo y lo hayas perdido absolutamente todo. El color no es una simple decisión estética, sino que rodea y condiciona una filosofía de vida.
Releyendo la Odisea, he llegado a una conclusión: es la síntesis perfecta de la cultura mediterránea. La importancia de la hospitalidad, la (buena) comida y la (buena) bebida compartidas en el banquete, el mar, el sol, la charlatanería, la picaresca: nosotros.
Incluso la vinculación al territorio resulta particular. Ulises no moriría por su patria. Ulises vive por su patria. Una determinación infinitamente más difícil, dadas sus circunstancias. En peores plazas hemos toreao: τέτλαθι δή, κραδίη: καὶ κύντερον ἄλλο ποτ᾽ ἔτλης ("aguanta, corazón, que cosas más perras has soportado": Od. XX.18). ¿De qué manera habría aguantado si viviera en un gris constante?
¿Qué se puede esperar de una obra artística realizada por un equipo compuesto y liderado por ingleses y estadounidenses, siendo Estados Unidos la antítesis más radical de lo mediterráneo? Pues un paisaje tristón y soldados mazaos filmados con cámaras carísimas.
Por supuesto, como no he visto la película, puede que este post quede en puro prejuicio. También puede ser que mis sospechas sean ciertas, pero queden perfectamente justificadas. Estaré abierta al debate y seré toda oídos cuando la veáis!!!
A man spends a summer day swimming home via all the pools in his quiet suburban neighborhood.
Si me permitís una humilde recomendación, de todas las adaptaciones cinematográficas de la Odisea, mi favorita es El nadador. Color, nostalgia y crítica mordaz al sueño americano.
Damnatio memoriae
Reordenando y redecorando la habitación me he tropezado con cartas. He leído una postal y me he parado en el “Querida y muy amada Isabel” de una de ellas.
En la pared aún tengo las canciones compuestas para mí. Y en los cajones alguna notita, una caja de bombones sin abrir.
En el escritorio, una foto con seis amigos de la universidad. De los seis que salen, actualmente sólo hablo con uno. Otra foto de la última vez que quedé con una chica italiana que vivía en mi residencia, antes de que nos perdiéramos la pista.
Al lado, recuerdos de los que me acompañan ahora.
Son reliquias, piezas de museo guardadas con mucho mimo en una vitrina, o en los archivos. Mirar los objetos no me hace daño. Quizás me he vuelto inmune a la nostalgia por vivir en ella, pero más bien pienso que es que se activa con determinados elementos, y las cartas, las canciones y las fotos son inocuas.
En la Antigüedad se llevó mucho lo de la damnatio memoriae: es decir, borrar la memoria de alguien (normalmente un rey o un emperador que no gobernaron bien) como castigo último. El olvido es lo más terrible que te puede suceder. Se te mata dos veces, en la tierra y en el más allá, porque la inmortalidad se obtiene a través del recuerdo.
No me importa rodearme, a través de objetos, de personas que ya no forman parte de mi vida. A la larga, lo que acaba quedando es un recuerdo lejano y vago. Las sensaciones intensas, casi siempre, no sobreviven.
También porque para avanzar hay que volver atrás. La pena eventual -no hicieron las cosas bien, no hice las cosas bien- funciona como guía. Para no tropezar siempre con la misma piedra hay que acordarse de que la piedra existe. Si me da por ponerme nostálgica, me obliga a reflexionar qué falló, en qué debería mejorar.
Ya lo he dicho antes, pero la habitación de la casa de mi padre es el lugar más íntimo que existe para mí. Para que sea íntimo, tiene que ser honesto. Y para que sea honesto, tiene que haber un poco de dulce y un poco de amargo.
El presente y el pasado no se enfrentan, conviven uno al lado del otro porque ambos son partes de mí con el mismo derecho legítimo a definirme: lo que fui y lo que soy y lo que seré constituyen un todo.
En resumen,
Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar.
Lanzas y motos
El otro día me aburría como una ostra y, como siempre, me metí en Wikipedia a aprender sobre cualquier chorrada. No sé por qué, pero me acordé de A tres metros sobre el cielo. Sin el más mínimo deseo de ver la película -no creo que pudiera aguantarla sola; es de esas porquerías que son divertidas si se ven con amigos-, me dio por leerme la sinopsis para ahorrarme el mal trago y con la esperanza de que, quizás, no fuera tan mala como la pintan y como la recuerdo. Sí lo es. Está hecha para adolescentes que recién llegan al cine y al amor en el cine y pueden aguantar cualquier cosa.
Bendita juventud, les dije a Rocío y a María cuando fuimos a la playa y nos encontramos rodeadas de hordas, de manadas gigantescas de chavalillos correteando, poniendo desvergonzadamente la música a todo trapo, coqueteando entre ellos. Sin la incertidumbre del futuro, del trabajo, del alquiler y de todos los temas que nos consumen y que ocupan más espacio en las conversaciones que los chismorreos. Beatus ille, collige, virgo, rosas y demás tópicos de envidia sana y llamamiento a la despreocupación y a los años de frescura.
Volviendo a la sinopsis, leerla hacía daño al buen gusto, pero dos partes me llamaron la atención. La primera era esta: Pollo -uf, menudo apodo-, ante la imposibilidad de que Hache participe en una carrera ilegal, le coge prestada la moto y participa en su lugar. El resultado es trágico: acaba muriendo en la carrera y, cuando Hache y Babi llegan al lugar, este se encuentra con el cadáver de su amigo.
Al leerlo, quedé estupefacta. En la Ilíada, en la obra más importante de la cultura occidental, madre de toda nuestra literatura, un pasaje (en el Canto XVI) muestra exactamente la misma escena. Patroclo, el mejor amigo de Aquiles, ante la negativa de este a participar en la guerra, le pide prestadas sus armas para combatir en su lugar. De nuevo, el destino es catastrófico, y Héctor acaba con su vida para desesperación de Aquiles. Es esto lo que lo motiva a reanudar el combate y decide el resultado de la guerra.
Por otro lado, en otra escena -no sé si de A tres metros sobre el cielo o de Tengo ganas de ti, igualmente insufrible-, Hache marcha decidido a enfrentarse a su rival en una nueva carrera, pero finalmente hacen las paces y se intercambian las motos. De nuevo, estupefacta por el paralelismo con la poesía de Homero. En el Canto VI, Diomedes y Glauco, aqueo uno y troyano el otro, se encuentran en el campo de batalla dispuestos a enfrentarse cuerpo a cuerpo. Pero entonces, al hablar, descubren que están unidos por un acuerdo de hospitalidad entre sus familias. Por esta razón, se comprometen a evitarse en la pelea y se intercambian sus armas.
Lanzas y motos, drama juvenil bochornoso y obra maestra universal, más de dos milenios: lo que los separa. Amistad, muerte, reconciliación: lo que nos une. Al final, el ser humano no ha dejado de transformarse como tampoco ha dejado de ser el mismo.
El personaje azul
Hace poco se hizo popular entre los artistas un trend que consistía en autorretratarse delante de una pantalla de televisión junto a los personajes de la infancia con los que se sentían más identificados, con la canción Punkrocker de Iggy Pop de fondo. Todos tienen algo en común: son piratas, son hadas, son la chica con carácter o el chico sombrío, son el personaje rojo o el personaje violeta.
Muchos se centraban en el color que va ligado a un personaje, y con esto se llegaba a una conclusión curiosa: la mayoría de personajes asociados a un color compartían una serie de características. Por ejemplo, los personajes rojos (Rayo McQueen, Bloom, Spiderman, Pétalo, Mario, Ladybug, Doremi...) suelen ser los protagonistas, los que llevan la voz cantante. Son extrovertidos y seguros de sí mismos. Y ojo: no hablo de Marinette (Ladybug) o Peter Parker (Spiderman). Es cuando se transforman en sus alter egos -cuando abrazan su rojicidad (?)- que adoptan los atributos del color rojo. Los personajes amarillos y naranjas son alegres y vitales. Los violetas son elegantes y misteriosos.
Creo -hasta que alguien me diga lo contrario- que me pegan los personajes azules. Tranquilos, secundarios, mediadores, racionales. Sin ser los que más aportan a la trama de forma activa, su presencia es constante.
Me pegan los personajes azules...por lo menos en este momento de mi vida. Quién sabe, a lo mejor hace unos años era de un rosa caótico o mañana me dé por ser de color verde (no sé qué patrones hay para los personajes verdes). O incluso...quiera ser de color rojo! (no creo).
Sin embargo, he crecido siempre con una figura azul: Aiko de Dojamajo Doremi (el personaje en el que me veo más reflejada, sobre todo de pequeña), Hanon (Pichi Pichi Pitch), Sailor Mercurio (Sailor Moon), Aramis (Los tres mosqueperros), Betty (Los Picapiedra), Bella (La Bella y la Bestia)...Incluso Calamardo!
Obviamente es imposible verme en todos los personajes azules -los patrones no siempre se aplican- ni verme únicamente en los personajes azules, porque una personalidad real no puede limitarse a un dibujito animado (ni tampoco a varios, ni a personajes ficticios en general por muy bien que los escriban). Solo diré que con el arquetipo azul me siento especialmente cómoda.
Y con esto y un bizcocho me voy a estudiar hasta las ocho (de la mañana). Besitos 💙
los retuits, mantras neoliberales
Si hay algo que no puedo soportar es la gente que aplica su forma de relacionarse en redes sociales a la vida real, llevado al extremo. Los que hablan en retuits o en reels. Siempre te van a dar conversaciones llenas de frases potentes, polémicas, agudas, pero que se quedan en la pura retórica, porque detrás no hay ninguna elaboración que exceda los trescientos caracteres, el minuto de vídeo.
Esto aplica a derechas e izquierdas por igual. La gente de derechas se regodea en su zona de comfort de fake news, de rabia, de odio. Los de izquierdas se convierten en una lacra para el movimiento, porque se vuelven tan radicalmente catetos como los primeros. Y diré más: al estar sumidos hasta la médula en medios de expresión e interacción capitalistas, hasta el punto de permitir que forjen sus ideas y su educación, sucede un fenómeno desolador: con el tiempo, en el fondo, dejan de pertenecer a la izquierda. Se pueden considerar, como mucho, de un centro tibio y moderado con una vaga idea de lo que es la izquierda.
Si hay algo de lo que la izquierda se puede enorgullecer es que ha proporcionado al mundo un intelectualismo ideal, porque en su búsqueda de hacer frente al status quo capitalista se ha regido por los principios del cuestionamiento constante, de la autocrítica honesta, de la curiosidad sin límites.
Las redes sociales, con su información en pequeñas dosis de todo y de nada, amputan el cuestionamiento, la autocrítica y la curiosidad. Abastecen al individuo con alimento intelectual pobre (pues queda constreñido a los límites impuestos por las redes sociales, resultando en información incompleta) y envenenado (porque esos límites dan pie al populismo y a la información falaz). Y el individuo, tras el vídeo o el tweet, da por finalizado el almuerzo de cultura.
Eso es, quizás, lo peor: que, paradójicamente, el que más hace uso de las redes sociales para forjar su cultura y valores se acaba volviendo el más soberbio e intransigente. Se debe a que el algoritmo le hace creer que está siempre en lo correcto, cuando sus seguidores secundan sus ideas o le ponen en el feed lo que ya piensa, y que es moralmente superior, cuando responde a la oposición con retórica breve, aguda, rimbombante, pero completamente vacía y plana.
Dicho esto: quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Cuando peque de reels, denme un toquecillo en el hombro, para que espabile.
girando a la izquierda, el edificio rojo
En los últimos meses muchas cosas han cambiado y estos días vivo por y para la universidad. Pero, en mi tiempo libre, una pregunta me ronda insistente, como una canción pegadiza: ¿qué es el amor? Amor romántico, claro. El resto de amores los conozco y los vivo.
Creía conocer bien el amor romántico. Todo claro, cristalino: el amor es cuando te sientes así y haces asá. La dirección no tiene pérdida: girando a la izquierda, el edificio rojo. Desde edad muy temprana, incluso sin ser correspondido, pensaba reconocer con facilidad el enamoramiento.
Asumía que, de ser correspondido, esa predisposición intuitiva, esas primeras olas que me arrastran hacia dentro, eran una señal inequívoca de que todo iría bien. Cuando se torcía un poco, lo achacaba a los efectos naturales del tiempo sobre una relación, con los que hay que saber convivir. A veces no hay olas porque estás en medio de un mar sin viento. No pasa nada, porque ya has pasado el rompeolas y, además, hace sol. Se está bien, aunque sea aburrido. De vez en cuando echas de menos la orilla, pero se está tranquilo en alta mar. ¿Eso es lo que debe pasar? ¿O, a lo mejor, lo ideal no es solo que haga sol, sino también un pelín de viento, siempre constante? Lo que he aprendido es que no puedes navegar bajo tormenta. Desde luego, esta no puede durar eternamente.
Por primera vez, me surge el miedo: ¿dónde está la línea entre ser temerosa o temeraria? ¿Cuándo se empieza a distinguir la tormenta del fracaso? ¿Qué he hecho mal hasta ahora, al zarpar, que deba evitar en el futuro?
Antes me zambullía del tirón, con el cuerpo entero, y ahora ni siquiera me apetece mojar los dedos de los pies. ¿Cuánto durará este desencanto? ¿Estoy siquiera hecha para nadar?
También me cuestiono otras cosas, por supuesto. La mitad de la veintena da para todo. Pero son preguntas que me dan aún mucho más miedo. Me aterra enunciarlas. Cuestionarme qué es el amor romántico resulta, paradójicamente, una especie de placebo frente al resto de inquietudes que me asaltan. Es mi crisis reconfortante.
Para las demás, si bien desconozco la ubicación precisa, tengo seguro el camino: girando a la izquierda, algún edificio rojo.
Del montón bueno
En la Grecia arcaica, la sociedad se dividía en dos: los kalokagathoi (los ricos) y los kakoi (los pobres). Kalokagathoi viene de καλὸς κἀγαθός (« bello y bueno »). Así se definían los aristócratas. A su vez, aristocracia viene de ἄριστος (« el mejor ») y de κράτος (« poder »). La aristocracia era « el gobierno de los mejores ». ¿Y quiénes eran los mejores? Los que alcanzaban la areté (ἀρετή), la virtud. ¿Y cómo se demostraba dicha virtud? Poniéndola a prueba en batallas y competiciones atléticas. En definitiva, los aristócratas competían entre sí para demostrar su valía. O mejor dicho: su valía era definida a través de la competición.
Con la instauración de la democracia los valores cambiaron, especialmente en Atenas. La cosa ya no eran peleas entre ricos. Lo ideal ya no era sobresalir. No era ser el mejor. Se buscaba la igualdad entre los ciudadanos con plena participación en la política (disclaimer: por ciudadanos se entiende hombres adultos libres). Ni kalokagathos, ni areté. Las palabras clave son σωφροσύνη (« moderación, discreción ») y τὸ μέσον («el término medio »). El equivalente latino de este último término es aurea mediocritas. La mediocridad dorada. El rechazo de los excesos (ὕβρις), tanto por arriba como por debajo.
Cuando empecé el máster cambié por completo mi actitud hacia el estudio. Decidí dedicarle mi cuerpo y mi alma. Tenía un único objetivo profesional que normalmente exige buenas notas. No. No exige buenas notas. Las buenas notas no son suficientes. Cualquiera puede tener buenas notas. Exige tener las mejores notas.
El primer año me fue muy bien. Me gustó estudiar. Pero quedé exhausta. Como Ícaro, volé cerca, muy cerca del sol…y acabé precipitándome al suelo. Se me derritieron la cera y los sesos.
El objetivo me exigía perfección. Me exigía ser mejor que los demás. Otros tendrán ese talento, pero yo no fui capaz de sostener ese ritmo a largo plazo. Y la comparación, lejos de motivarme, me alejaba del TFM y me hacía odiarlo con todas mis fuerzas. Lo rechacé durante mucho tiempo. Porque paralelamente sentía que ser la mejor no solamente era dificilísimo, era imposible. Entonces, ¿porqué hacer algo cuyo objetivo sé de antemano que no se va a cumplir? Pasé a ver el TFM como un amargo recordatorio del techo sobre mí.
Ahora voy a contrarreloj. Como en los viejos tiempos. En el grado, hacía siempre los trabajos la noche antes. Y, curiosamente, el método funcionaba. Sin albergar demasiadas esperanzas en algo hecho en unas horas cuando te dan un plazo de dos meses, el resultado siempre me dejaba satisfecha. Quizás esa libertad que da la falta de expectativas me permite centrarme plenamente en el trabajo, en el proceso, y no en lo que llega luego. No se consigue la meta simplemente obsesionándose con ella. Hay que hacer primero todo el camino.
Ya no tengo que demostrarle nada a nadie, salvo a mí misma. No busco ser ἡ ἀρίστη (“la mejor”), ni tampoco entregarme enteramente al aurea mediocritas: más que (a)dorar la mediocridad, prefiero convertirme en una mediocre…de oro. Del montón, pero del montón bueno.
Divagaciones ateas
Mi visión de la realidad está fundamentada sobre lo sensible. Eso no quita que esté en constante conflicto y conversación con las ideas que me llegan, con lo que aprendo cada día, con la contradicción propia.
El ángel es bello y terrible
La Poesía, en su destrozo total de la relación entre significante y significado, reconoce los límites del lenguaje para delimitar nuestra realidad. De esta manera se convierte en un ángel. En el momento en que "mesa" deja de utilizarse para hacer referencia a una mesa, y sirve de vehículo para expresar otra cosa que no ha sido ni puede ser nombrada, se admite sin tapujos que el lenguaje es una cosa imperfecta.
Por otro lado, es complicado ver lo absoluto, y no al mensajero, como lo bello y terrible. Porque claro, "bello" y "terrible" serían formas de definición y por consiguiente de limitación, pero tratándose de lo absoluto serían inexactas e incluso erróneas.
Y si el reconocimiento de lo absoluto no es más que un sueño, como el de Betty en Mulholland Drive, que hemos creado para infundirnos temor y al mismo tiempo quedarnos más tranquilos, tratando de meter en un cajón de-sastre esas ilusiones con las que pretendemos elevar la existencia?
Dejando a un lado las divagaciones, el otro día visité la Catedral Ortodoxa Griega de San Demetrio y San Andrés, muy cerca de donde vivo. Quedé embelesada y aturdida: el olor a flores en el jardín, el horror vacui de las paredes, la serenidad y la dignidad inconmensurables.
Me senté en un banco del jardín a leer. Mala elección de lectura: Rojo y negro de Stendhal, que va de un cura twink (se insiste mucho en los rasgos delicados, hermosos, efébicos del protagonista) que mantiene un romance adúltero con la madre de los niños a los que da clase.
Aparte del cura, había un par de chicos jóvenes y una familia. Estaban todos en el jardín alrededor de una especie de piscina (para bautizos?). Como estoy algo perdida con los ritos ortodoxos, me mantuve al margen. Pero me he propuesto que la próxima vez que vaya me acercaré al sacerdote para hablar con él chapurreando un poco de griego. Parecía muy majo.
Semana santa for dummies
Este año he visto la Semana Santa en mi ciudad. Ha sido una experiencia especial, entre otras cosas porque llevaba sin asistir desde 2019. Falta de interés, ansiedad social, descuadre de agendas...varios motivos me lo impidieron. En 2026 la he disfrutado plenamente, viendo pasos a tutiplén y formando parte del jaleillo de la ciudad.
Por otro lado, he aprovechado para introducir a mis amigos belgas en esta tradición tan nuestra, que les resulta tan extraña. Su percepción no dista mucho de la mía cuando era adolescente, y actuaba como una extranjera al renegar de mi ciudad pequeña, provinciana y asfixiante. Ahora la observo con devoción y amor profundo, y estoy preparada para introducir a otros (a extranjeros de verdad).
Aquí dejo -traducidos- algunos apuntes y reflexiones que saqué durante esos días.
la sensualidad
Es una experiencia donde intervienen todos los sentidos: las orquestas, los pasteles de temporada, el terciopelo y el encaje, las imágenes, el incienso...
Por eso, aunque no seas creyente, verlo por primera vez o después de mucho tiempo te afecta de alguna forma. Si tu forma de moverte por el mundo es a través del mundo sensible, de lo concreto y perceptible, no puedes negar los estímulos constantes que se experimentan durante la Semana Santa católica.
Las bandas de música regalan diferentes melodías al oído. Todas tienen algo de suntuosidad, de poderío, de solemnidad que otorga una dignidad definitiva al evento.
Las torrijas, hornazos y cocas en realidad son fáciles de hacer y podrían elaborarse todo el año. De hecho, las torrijas son muy similares -pero no iguales!!- a las french toast. Lo que pasa es que estamos en el sur, amigos míos, y preparar una merienda de torrijas para toda la familia - abuelos, padres, tíos, primos, amigos- ocupa una tarde entera. En mi casa empezamos a prepararlas a las cinco y media y pudimos disfrutarlas a las ocho. La gracia de la pastelería estacional no es el cómo, sino el para quién.
El sentido del tacto se percibe de formas distintas. Los que participan de forma activa en los pasos -penitentes, acólitos, músicos, mantilleras- llevan puestos trajes especiales que se sacan solamente una vez al año. Los espectadores sentimos la muchedumbre a nuestro alrededor, que nos abriga en la noche fresca, el dolor en los talones de permanecer de pie e inmóviles (personalmente sufrí mucho esperando la recogida de la Victoria en tacones), las bolas de cera que coleccionamos durante la infancia.
Las imágenes religiosas son, claramente, la base del ritual. En conjunto cuentan una historia pero tienen riqueza en sí mismas, gracias a la entrega y el virtuosismo de los escultores locales. Las Vírgenes me recuerdan a la célebre procesión de las Panateneas que se llevaba a cabo en la Atenas arcaica y clásica. Una estatua de Atenea Parthenos era llevada en procesión desde la Acrópolis, cubierta por un manto fabricado por mujeres jóvenes.
Por último, el incienso puede ser desagradable para algunos por lo intenso y constante que resulta, pero a mí me encanta porque me remite a la infancia. La mayor parte de invocaciones a la infancia nacen del sentido del olfato, más que de cualquier otro.
canciones y flores
Si tengo que destacar dos aspectos que me maravillen, diría que son las petaladas y las saetas.
Kilos y kilos de pétalos de flores son tirados a los pasos, cubriendo al paso y a los transeúntes por igual. Me imagino lo que tiene que suponer para los costaleros ese peso añadido de forma repentina, y en cómo deben resignarse a que la belleza pase por su propio dolor.
La saeta, por su parte, es un proyectil invisible. Es una canción que se canta en honor a una procesión, generalmente interpretada por una mujer desde un balcón. Su nombre proviene de la palabra latina sagitta (flecha), ya que se trata de una canción «lanzada» hacia imágenes religiosas. Proviene de las llamadas a la oración en las mezquitas y tiene también su raíz en las salmodias sefardíes y los cantos procesionales franciscanos de los siglos XVI y XVII. Es, en suma, un testimonio clarísimo de la mezcla de culturas y regiones que se dio -que se da- en nuestra tierra, de lo mestizos que somos.
conclusión: humanismo visceral
Irónicamente, creo que la Semana Santa de este año ha reafirmado mi ateísmo, o por lo menos ha puesto en relieve mi falta de fe paralela a un vivo interés por las tradiciones de mi tierra.
El Martes Santo por la noche acompañé a mi tía a ver el Cristo de Pasión recogerse en San Pedro. Supone una ascensión particularmente agotadora y difícil, sobre todo siendo el final de un largo trayecto.
Yo solo pensaba en los hombres que estaban debajo del paso, no en lo que los impulsaba a hacer tal esfuerzo, sino en el hecho de que habían decidido hacer algo así juntos. Esfuerzo sobrehumano si se hace solo. El individuo deja de existir, oculto bajo el paso. El individuo, en realidad, nunca ha existido.
Un artista dedicó horas a crear la escultura, otro hizo el manto. Se dedican unas manos, unos hombros, se dedica el cuerpo a un espíritu, que no es el Espíritu Santo, sino el ideal propio y el compartido. ¿Existe una expresión más pura de la ternura?
Lo que hace que cada año sea único no son las imágenes (ni lo que evocan), sino las personas que introducen pequeños cambios en un evento que, en principio, es inmutable y monótono.
La razón me importa poco; lo que veo es el resultado: belleza, creación, un sentido de comunidad. No es la Virgen ni Cristo lo que me conmueve, sino el ser humano y lo que puede hacer de bello, de bueno y de colectivo cuando lo motiva una idea.
💬 0 🔁 0 ❤️ 0 · Saeta cantada en El Polvorin a la Virgen de la Victoria (anexo al post anterior)
Joan Manuel Serrat · Dedicado A Antonio Machado, Poeta · Song · 1969
Saeta cantada en El Polvorin a la Virgen de la Victoria (anexo al post anterior)
Semana santa for dummies
Este año he visto la Semana Santa en mi ciudad. Ha sido una experiencia especial, entre otras cosas porque llevaba sin asistir desde 2019. Falta de interés, ansiedad social, descuadre de agendas...varios motivos me lo impidieron. En 2026 la he disfrutado plenamente, viendo pasos a tutiplén y formando parte del jaleillo de la ciudad.
Por otro lado, he aprovechado para introducir a mis amigos belgas en esta tradición tan nuestra, que les resulta tan extraña. Su percepción no dista mucho de la mía cuando era adolescente, y actuaba como una extranjera al renegar de mi ciudad pequeña, provinciana y asfixiante. Ahora la observo con devoción y amor profundo, y estoy preparada para introducir a otros (a extranjeros de verdad).
Aquí dejo -traducidos- algunos apuntes y reflexiones que saqué durante esos días.
la sensualidad
Es una experiencia donde intervienen todos los sentidos: las orquestas, los pasteles de temporada, el terciopelo y el encaje, las imágenes, el incienso...
Por eso, aunque no seas creyente, verlo por primera vez o después de mucho tiempo te afecta de alguna forma. Si tu forma de moverte por el mundo es a través de lo sensible, de lo concreto y perceptible, no puedes negar los estímulos constantes que se experimentan durante la Semana Santa católica.
Las bandas de música regalan diferentes melodías al oído. Todas tienen algo de suntuosidad, de poderío, de solemnidad que otorga una dignidad definitiva al evento.
Las torrijas, hornazos y cocas en realidad son fáciles de hacer y podrían elaborarse todo el año. De hecho, las torrijas son muy similares -pero no iguales!!- a las french toast. Lo que pasa es que estamos en el sur, amigos míos, y preparar una merienda de torrijas para toda la familia - abuelos, padres, tíos, primos, amigos- ocupa una tarde entera. En mi casa empezamos a prepararlas a las cinco y media y pudimos disfrutarlas a las ocho. La gracia de la pastelería estacional no es el cómo, sino el para quién.
El sentido del tacto se percibe de formas distintas. Los que participan de forma activa en los pasos -penitentes, acólitos, músicos, mantilleras- llevan puestos trajes especiales que se sacan solamente una vez al año. Los espectadores sentimos la muchedumbre a nuestro alrededor, que nos abriga en la noche fresca, el dolor en los talones de permanecer de pie e inmóviles (personalmente sufrí mucho esperando la recogida de la Victoria en tacones), las bolas de cera que coleccionamos durante la infancia.
Las imágenes religiosas son, claramente, la base del ritual. En conjunto cuentan una historia pero tienen riqueza en sí mismas, gracias a la entrega y el virtuosismo de los escultores locales. Las Vírgenes me recuerdan a la célebre procesión de las Panateneas que se llevaba a cabo en la Atenas arcaica y clásica. Una estatua de Atenea Parthenos era llevada en procesión desde la Acrópolis, cubierta por un manto fabricado por mujeres jóvenes.
Por último, el incienso puede ser desagradable para algunos por lo intenso y constante que resulta, pero a mí me encanta porque me remite a la infancia. La mayor parte de invocaciones a la infancia nacen del sentido del olfato, más que de cualquier otro.
canciones y flores
Si tengo que destacar dos aspectos que me maravillen, diría que son las petaladas y las saetas.
Kilos y kilos de pétalos de flores son tirados a los pasos, cubriendo al paso y a los transeúntes por igual. Me imagino lo que tiene que suponer para los costaleros ese peso añadido de forma repentina, y en cómo deben resignarse a que la belleza pase por su propio dolor.
La saeta, por su parte, es un proyectil invisible. Es una canción que se canta en honor a una procesión, generalmente interpretada por una mujer desde un balcón. Su nombre proviene de la palabra latina sagitta (flecha), ya que se trata de una canción «lanzada» hacia imágenes religiosas. Proviene de las llamadas a la oración en las mezquitas y tiene también su raíz en las salmodias sefardíes y los cantos procesionales franciscanos de los siglos XVI y XVII. Es, en suma, un testimonio clarísimo de la mezcla de culturas y regiones que se dio -que se da- en nuestra tierra, de lo mestizos que somos.
conclusión: humanismo visceral
Irónicamente, creo que la Semana Santa de este año ha reafirmado mi ateísmo, o por lo menos ha puesto en relieve mi falta de fe paralela a un vivo interés por las tradiciones de mi tierra.
El Martes Santo por la noche acompañé a mi tía a ver el Cristo de Pasión recogerse en San Pedro. Supone una ascensión particularmente agotadora y difícil, sobre todo siendo el final de un largo trayecto.
Yo solo pensaba en los hombres que estaban debajo del paso, no en lo que los impulsaba a hacer tal esfuerzo, sino en el hecho de que habían decidido hacer algo así juntos. Esfuerzo sobrehumano si se hace solo. El individuo deja de existir, oculto bajo el paso. El individuo, en realidad, nunca ha existido.
Un artista dedicó horas a crear la escultura, otro hizo el manto. Se dedican unas manos, unos hombros, se dedica el cuerpo a un espíritu, que no es el Espíritu Santo, sino el ideal propio y el compartido. ¿Existe una expresión más pura de la ternura?
Lo que hace que cada año sea único no son las imágenes (ni lo que evocan), sino las personas que introducen pequeños cambios en un evento que, en principio, es inmutable y monótono.
La razón me importa poco; lo que veo es el resultado: belleza, creación, un sentido de comunidad. No es la Virgen ni Cristo lo que me conmueve, sino el ser humano y lo que puede hacer de bello, de bueno y de colectivo cuando lo motiva una idea.
Wilde vs. Platón
Me estoy leyendo el Fedro de Platón (que va sobre la retórica y el amor) al mismo tiempo que El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde y creo que si Platón y Wilde estuvieran en la misma habitación se acabarían dando de hostias.
Platón y Sócrates criticaron fervientemente a los sofistas (que enseñaban el arte discursivo como modo de vida y de sustento). Odiaban que hicieran negocio de un saber que en realidad estaba vacío, puesto que no preparaban a sus alumnos para descubrir una verdad única y universal, sino para defender una verdad relativa (para ganar los debates, vaya); es decir, no en defensa de un bien único y universal, sino de un bien individual y egoísta.
Oscar Wilde, por su parte, utiliza el ingenio retórico hasta el aburrimiento. Es la segunda obra suya que leo y en las dos me da la impresión de que quiere ser siempre el gracioso, un poco pick me boy. Sus aforismos, si bien algunos son muy interesantes y bonitos, otros están vacíos, es, como ya digo, una competición constante contra sí mismo por ver quién suelta la frase más Tumblr, la que una quinceañera o un pseudointelectual leería en Frasesdeuncafe en Twitter pensando "omg this is so deep…so true…fav rt screenshot WhatsApp bio". Pero pese a ello no puedo negar su genio y mi simpatía hacia su hedonismo, que me gustaría adoptar de cuando en cuando.
Debería existir un término medio entre la rigidez del primero y la dejadez del segundo. No se puede negar la labor didáctica del sofismo en la Antigüedad, de cómo aquellos hombres viajaban de polis en polis para enseñar sus artes, que al fin y al cabo eran el medio de acceso al éxito político y social en las ciudades democráticas. La educación platónica, por otro lado, era excluyente y elitista.
Claro que ese es otro tema, porque la retórica vacía de Wilde dista mucho del interés de sofistas como Protágoras de dotar al pueblo de fuerza y poder.
saturnino, na
He descubierto una palabra nueva con la que estoy tan obsesionada que siento la necesidad de compartirla por alguna parte: saturnino/a.
En otras palabras: una persona melancólica. Por cierto: melancolía proviene también del griego y significa "bilis negra", lo cual me parece una metáfora/sinestesia perfecta porque la depresión es algo así como una masa viscosa negra que te engulle poco a poco. Pero, ¿por qué estas palabras, que tienen connotaciones negativas en el mejor de los casos y definiciones espeluznantes en el peor de ellos (envenenamientos, bilis) son tan agradables al oído?
Resulta difícil no sentirse atraído por el sentimiento romántico del s.XIX. Todo por estos greco-latinos... Dios no creó el mundo, pero humildemente me atrevo a afirmar que ellos crearon el nuestro (el mediterráneo, el de las lenguas romances, el de los hijos del indoeuropeo), generando palabras que fuimos heredando con significaciones más o menos parecidas (como ágape) o alterando significativamente la percepción de las mismas (la melancolía recibió una acogida más amable en el s. XIX que en la Antigua Grecia).
Qué puedo decir…en el futuro viviré con hambre pero ahora agradezco todo lo que soy a lo que he estado estudiando estos últimos años. Volviendo al principio, a la obsesión por las palabras: un día viviré de ellas y ahora me visto con ellas, como una bufanda de zorro, o las saboreo como un helado en tarrina pequeña, o las desnudo subrayándolas en un libro viejo.
Sobre los intelectuales de izquierdas
Ayer, en el tren a Madrid, me tocó en el mismo vagón que dos Cayetanus pijensis (chico y chica) que además se conocían entre sí. Me dejaron la cabeza como un bombo. Cuando la música que escuchaba se detenía, captaba fragmentos sueltos de su conversación interminable: Claudia, una amiga del Cayetanus macho, estaba trabajando en Sao Paulo; él había ido a verla en carnavales; el pescaito de la feria de Abril; el Edu y el Álvaro le tenían que pagar; bajarían el finde que viene por la feria; ambos ya están trabajando.
Por los viajes y los eventos a los que iban a asistir no parecía que tuvieran problemas de solvencia económica. Cuando la chica le dijo que Brasil le parecía un país peligroso y aislante para ir sola, él le dijo que la empresa en la que trabajaba su amiga se aseguraba de que no corriera peligro y que al final había muchos españoles por allí. La amiga Claudia fue clave para entender mejor por dónde se movían los especímenes aquí tratados.
Son - pero no son- las conversaciones triviales que podría tener con mis amigas en un viaje en tren de seis horas.
Lo son porque todo el mundo tiene derecho a descansar del mundo hablando de chorradas.
No lo son porque los veía previamente descansados del mundo. Me explico.
Había algo que me resultaba disonante. Por un lado, ambos trabajaban, y por lo poco -nada- que se quejaban del trabajo parecían indicar que era un buen trabajo y bien pagado. Sus amigos también trabajaban. Como mucho les eché dos o tres años menos que nosotras, máximo que acaban de terminar la carrera.
Pero al mismo tiempo parecían tener inquietudes de adolescentes. No sabría decir por qué elemento de la conversación, pero ahí me di cuenta de que era un mundo completamente ajeno al mío. Mientras que para nosotras el chismorreo y lo frívolo es una forma de escapar de cuando en cuando del mundo y de lo que nos preocupa, de las auténticas prioridades -encontrar un trabajo decente, independizarnos, el alquiler, el auge de la extrema derecha, el machismo, etc etc- para ellos eran LAS prioridades.
Entiendo que no te vas a poner a hablar de Foucault en el tren, o de la brecha salarial, pero el absoluto desinterés por todo lo que no fuera su pequeña burbuja -porque durante seis horas sin interrupción no hablaron más que de esa burbujilla, con un énfasis que daba la impresión de que lo que hicieran Jaime o Fabio en la casa en La Antilla tendría repercusiones sobre la geopolítica internacional- me hizo pensar: cómo puedes ser tan cazurro teniendo los medios que parece que tienes para no serlo.
Y ahi está el quid: ahora mismo, ser cazurro es un privilegio.
Se dice que el último intelectual de derechas fue Borges. Normalmente la derecha, el pensamiento liberal, parece estar ligado al conservadurismo, lo que implica desinterés por cambiar el status quo y por tanto por aportar ideas filosóficas, políticas y culturales innovadoras o abiertas a discusión, para las que es necesario una formación intelectual previa enorme.
La derecha de clase media-alta, además, no lo necesita. Ya tienen el capital económico. Ya tienen el patrimonio y los contactos. El capital cultural e intelectual es cosa de pobres. Se vende la moto de que yendo a la universidad y leyendo mucho, mucho, mucho, llegaremos al mismo sitio que Borjita, no porque sea verdad, sino porque el acceso a la información es lo único que tenemos prácticamente sin restricciones, con la democratización -aunque no del todo- de la universidad, Internet, la gratuidad de los medios de comunicación. Podemos atiborrarnos de artículos y libros en PDF, y acumular capital intelectual, como no podemos hacerlo de ahorros a fin de mes o de segundas viviendas.
Es lo único en este mundo que no ofrece resistencia ante la falta de recursos económicos. Es el arma que podemos elegir y controlar a nuestra voluntad, libremente, aunque sea un palo contra metralletas. El trozo de madera al que uno se aferra para no ahogarse, sin saber que inevitablemente acabará siendo engullido por un tiburón. El tiburón en cuestión irá la semana que viene al pescaito de la Feria de Abril y sus amigos Álvaro y Jaime le deben dinero.
Spring has sprung and here are some poems
Well hey, here's some spring poetry for everyone. 21 poems, all free and open, no login needed!
Image by Yunyao Chen from the SVA COVID Collection on JSTOR
Spring William Carlos Williams (1919)
Spring Symphony Walt Whitman (1919)
One Spring Eda Lou Walton (1920)
Early Spring John Moreland (1923)
Spring Poems by a Fifth Grade Elsa Miller (1907)
Ode to Spring Henry C. Watson (1866)
Spring Has Come Eleanor Hatch (1922)
Spring Fever Faith Shearing (2002)
Spring in Canterbury Charlotte F. Babcock (1927)
Pulse of Spring Mark Turbyfill (1917)
Spring Albrecht Reu (1915)
An English Spring S. F. Hopkins (1907)
A Forward Spring Lisa Williams (1988)
A Spring View Kokan Shiren, translated by Marian Ury (1992)
Spring Sounds Mercedes de Acosta (1925)
Arpeggio—Spring Winifred Waldron (1923)
Spring Morning Marion Strobel (1922)
One Spring Eda Lou Walton (1920)
Spring Torrents Sara Teasdale (1919)
Spring Day Grace Hazard Conkling (1917)
And we end with:
The End of Spring Lisa Williams (1988)