Tengo ganas de interacción con la gente que toca mi sensibilidad (aunque aún no sé bien en qué parte del cuerpo está). Cuando ésto sucede, siento unidad, amor, un ideal de amor que me presentaron y que he perseguido al menos 16 años de mi vida. Ahora me encuentro en una ciudad al otro lado del Atlántico, viviendo con mi pareja.
Un chico francés de corta estatura y un humor finísimo que vive en conflictos internos, como todos, solo que los de él, los encuentro interesantes, profundos, no convencionales. A diferencia de ésto, vivimos una vida completamente no adecuada a nuestro entorno, sin mucho drama ni locuras de vivir un “haze” de vida callejera. Vamos a nadar en las mañanas, a comprar vegetales y frutas a un gran mercado turco cerca de la estación de metro de Neukölln. Allí descubrí una felicidad y emoción que nunca pensé sentir por estos insignificantes elementos alimenticios. “Eso no tiene nada de especial” pensaba yo.
Desde que él llegó a mi vida, conocí la euforia de probar una granada jugosa y madura, oler el melón y reconocer, cuando está en su punto más dulce. Despertarme en la mañana de un salto, porque quiero preparar el plato de frutas que hasta los mismo griegos hubieran sentido ganas de engullir. Pero en fin, esto no es una oda sobre la fruta.
Vivíamos en total 7 meses juntos, explorando juntos y dejándonos sorprender por lo mundano. Tengo que aceptar que tal vez conocí muy poco de la cuidad pero mucho sobre el mundo. Cuantas capas tiene éste y que el conocimiento hay que enfrentarlo, no temerlo. Que cuando hago una pregunta de ella nacen otras 3 y así, creando un monstruo que todo lo que quiere saber. Con él aprendí (entre otras cosas) sobre: medusas, plantas que pican, Johnny Holiday, pájaros, salsa Bechamel y a que no soy buena para escribir el final de las historias.