Las materias son indiferentes, pero el uso de ellas no es indiferente. ¿Cómo conservaré al mismo tiempo el equilibrio y la imperturbabilidad y a la vez el cuidado y el no obrar con negligencia ni con descuido? Imitando a los que juegan a los dados: las fichas son indiferentes, los dados son indiferentes. ¿Cómo sé qué va a salir? Pero usar cuidadosa y hábilmente lo que salga, eso ya sí es cosa mía. De la misma manera, por tanto, en eso consiste la tarea principal de la vida. Distingue las cosas y ponlas por separado y di: «Lo exterior no depende de mí, el albedrío depende de mí. ¿Dónde buscaré el bien y el mal? En lo interior, en mis cosas. Pero no califiques nunca las cosas ajenas de bien ni de mal, ni de provecho ni de perjuicio ni de ningún otro nombre de ese estilo.
Epicteto, Disertaciones por Arriano (Libro II Cap V)
"El conocimiento no se puede considerar como tal hasta que se asimila al espíritu del que estudia y se manifiesta en su carácter"
(Bushido, Inazo Nitobe)
[Pintura de Asai Chu 1856-1907]
(…) Misión significa, por lo pronto, lo que un hombre tiene que hacer en su vida. Por lo visto, la misión es algo exclusivo del hombre. Sin hombre no hay misión. Pero esa necesidad a que la expresión “tener que hacer” alude, es una condición muy extraña y no se parece en nada a la forzosidad con que la piedra gravita hacia el centro de la tierra. La piedra no puede dejar de gravitar, mas el hombre puede muy bien no hacer eso que tiene que hacer. ¿No es esto curioso? Aquí la necesidad es lo más opuesto a una forzosidad, es una invitación. ¿Cabe nada más galante?
El hombre se siente invitado a prestar su anuencia a lo necesario. Una piedra que fuese medio inteligente, al observar esto, acaso se dijera: “¡Qué suerte ser hombre! Yo no tengo más remedio que cumplir inexorablemente mi ley: tengo que caer, caer siempre... En cambio, lo que el hombre tiene que hacer, lo que el hombre tiene que ser, no le es impuesto, sino que le es propuesto”. Pero esa piedra imaginaria pensaría así porque es sólo medio inteligente. Si lo fuese del todo, advertiría que ese privilegio del hombre es tremebundo. Pues implica que en cada instante de su vida el hombre se encuentra ante diversas posibilidades de hacer, de ser, y que es él mismo quien bajo su exclusiva responsabilidad tiene que resolverse por una de ellas. Y que para resolverse a hacer esto y no aquello tiene, quiera o no, que justificar ante sus propios ojos la elección, es decir, tiene que descubrir cuál de sus acciones posibles en aquel instante es la que da más realidad a su vida, la que posee más sentido, la más suya. Si no elige ésa, sabe que se ha engañado a sí mismo, que ha falsificado su propia realidad, que ha aniquilado un instante de su tiempo vital, el cual, como antes dije, tiene contados sus instantes. No hay en esto que digo misticismo alguno: es evidente que el hombre no puede dar un solo paso sin justificarlo ante su propio íntimo tribunal. Cuando dentro de una hora nos encontremos a la puerta de este edificio tendremos, queramos o no, que decidir hacia dónde moveremos el pie, y para decidirlo, veremos surgir ante nosotros la imagen de lo que tenemos que hacer esta tarde, que a su vez depende de lo que tenemos que hacer mañana, y todo ello, en definitiva, de la figura general de vida que nos parece ser la más nuestra, la que tenemos que vivir para ser el que más auténticamente somos. De suerte que cada acción nuestra nos exige que la hagamos brotar de la anticipación total de nuestro destino y derivarla de un programa general para nuestra existencia. Y esto vale lo mismo para el hombre honrado y heroico que para el perverso o ruin; también el perverso se ve obligado a justificar ante sí mismo sus actos buscándoles sentido y papel en un programa de vida. De otro modo, quedaría inmóvil, paralítico, como el asno de Buridán.
Entre los pocos papeles que, a su muerte, dejó Descartes, hay uno, escrito hacia los veinte años, que dice: Quod vitae sectabor iter?, “¿Qué camino de vida elegiré?” Es una cita de cierto verso en que Ausonio, a su vez, traduce una vetusta poesía pitagórica, bajo el título: De ambiguitate eligendae vitae. “Desde la perplejidad en la elección de la vida”.
Hay en el hombre, por lo visto, la ineludible impresión de que su vida, por tanto, su ser, es algo que tiene que ser elegido. La cosa es estupefaciente; porque eso quiere decir que, a diferencia de todos los demás entes del universo, los cuales tienen un ser que les es dado ya prefijado, y por eso existen, a saber, porque son ya desde luego lo que son, el hombre es la única y casi inconcebible realidad que existe sin tener un ser irremediablemente prefijado, que no es desde luego y ya lo que es, sino que necesita elegirse su propio ser. ¿Cómo lo elegirá? Sin duda, porque se representará en su fantasía muchos tipos de vida posible, y al tenerlos delante, notará que alguno de ellos le atrae más, tira de él, le reclama o le llama. Esta llamada que hacia un tipo de vida sentimos, esta voz o grito imperativo que asciende de nuestro más radical fondo, es la vocación.
En ella le es al hombre, no impuesto, pero sí propuesto, lo que tiene que hacer. Y la vida adquiere, por ello, el carácter de la realización de un imperativo. En nuestra mano está querer realizarlo o no, ser fieles o ser infieles a nuestra vocación. Pero ésta, es decir, lo que verdaderamente tenemos que hacer, no está en nuestra mano. Nos viene inexorablemente propuesto. He aquí por qué toda vida humana tiene misión. Misión es esto: la conciencia que cada hombre tiene de su más auténtico ser que está llamado a realizar. La idea de misión es, pues, un ingrediente constitutivo de la condición humana, y como antes decía: sin hombre no hay misión, podemos ahora añadir: sin misión no hay hombre. (extracto de Misión del bibliotecario)
No entres dócilmente en esa buena noche / Do not go gentle into that good night (Dylan Thomas, 1952) (Español / Inglés)
No entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar,
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
Aunque los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,
Porque a su palabra ningún rayo ha confiado vigor
No entran dócilmente en esa buena noche.
Llorando los hombres buenos, al llegar la última ola
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
Y los hombres salvajes, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
Y aprenden, demasiado tarde, haberlo ofendido a su paso,
No entran dócilmente en esa buena noche.
Y los hombres solemnes, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
Ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres,
Rabia, rabia ante la agonía de la luz.
Y tú, padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme, bendíceme, con tus feroces lágrimas, te ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.
Original Inglés:
Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.
Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.
Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.
Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.
Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.
And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.
Obrarás mejor si dices: “algo inefable y sin nombre es el tormento de mi espíritu, la dulzura de mi alma, el hambre que roe mis entrañas.”
Ojalá tu virtud sea tan alta que no consienta la familiaridad de los nombres: y si te toca hablar de ella, no te avergüence el tartamudear.
(Así habló Zaratustra, De las alegrías y las pasiones, Nietzsche)
Imagen: Zaratustra (Заратустра), 1931. Del artista ruso Nikolái Roerich (1874 - 1947)
En un último análisis, la única cosa que cuenta es la resolución del momento. Un Samurai toma una decisión tras otra y el conjunto llena toda su vida. Una vez que ha comprendido esta regla fundamental ya no tiene que manifestar jamás impaciencia ni buscar otra cosa que el momento presente. Su existencia fluye naturalmente, se concentra en sus decisiones.
En la historia humana, a veces hay un hombre que es el buscador, a veces es una nación. Cuando es una nación, el trabajo, en lugar de durar horas, dura siglos, y ataca el obstáculo eterno con un golpe continuo de piqueta. Esa zapa de las profundidades es el hecho vital y permanente de la humanidad. Los buscadores, hombres y pueblos, descienden, se zambullen, se hunden, a veces desaparecen en ellas. Una luz les atrae. Hay un hundimiento temible en cuyo fondo se percibe la desnudez divina, la Verdad.
SERENIDAD / Gelassenheit (1959) - Martin Heidegger
“Pero también podemos hacer otra cosa. Podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos de forma apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos desembarazarnos (loslassen) de ellos. Podemos usar los objetos tal como deben ser aceptados. Pero podemos, al mismo tiempo, dejar que estos objetos descansen en sí, como algo que en lo más íntimo y propio de nosotros mismos no nos concierne. Podemos decir «sí» al inevitable uso de los objetos técnicos y podemos a la vez decirles «no» en la medida en que rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo, que dobleguen, confundan y, finalmente, devasten nuestra esencia.”
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La primera palabra que me permito decir públicamente en mi ciudad natal sólo puede ser una palabra de agradecimiento.
Agradezco a mi país natal todo lo que me ha dado en un largo camino. He intentado exponer en qué consisten estas dotes en unas pocas páginas que aparecieron por vez primera bajo el título de El camino de campo en el año 1949 para conmemorar el centenario de la muerte de Conradin Kreutzer. Agradezco al Señor Alcalde Schühle su cálida salutación. Y agradezco además particularmente la agradable tarea de pronunciar una alocución conmemorativa con ocasión de la celebración de hoy.
¡Distinguidos invitados!
¡Queridos paisanos!
Estamos reunidos para conmemorar a nuestro paisano, el compositor Conradin Kreutzer. Cuando queremos celebrar a uno de estos hombres que ha sido llamado para crear obras, debemos en primer lugar rendir a la obra el homenaje debido. En el caso de un músico esto sucede cuando llevamos a resonar las obras de su arte.
Desde la obra de Conradin Kreutzer suenan hoy el canto y el coro, la ópera y la música de cámara. En estos sonidos está presente el artista mismo, pues la presencia del maestro en la obra es la única auténtica. Cuanto más grande el maestro tanto más puramente desaparece su persona detrás de la obra.
Los músicos y los cantantes que participan en la celebración de hoy garantizan que la obra de Conradin Kreutzer resuene para nosotros en este día.
¿Pero es la celebración ya por ello una celebración conmemorativa (Gedenkfeier)? Una celebración conmemorativa exige que pensemos (denken). Con todo, ¿qué pensar y qué decir en una celebración conmemorativa dedicada a un compositor? ¿No se caracteriza la música por el hecho de que «habla» ya por la mera sonancia de sus sonidos de modo que no precisa del habla común, del habla de la palabra? Así se dice. Pese a todo, la pregunta persiste: ¿es la celebración con música y canto ya por esto una celebración conmemorativa, una celebración donde pensamos? Presumiblemente no lo es. Por eso los organizadores han incluido una «alocución conmemorativa» en el programa. Debe ayudarnos a pensar especialmente en el compositor homenajeado y en su obra. Esta conmemoración se hace viva desde el momento en que recordamos nuevamente la vida de Conradin Kreutzer y enumeramos y describimos sus obras. Por obra de esta narración podemos hacer la experiencia de bien de cosas, unas, felices y tristes, otras, instructivas y dignas de imitación. Pero en el fondo, con semejantes palabras sólo nos dejamos entretener. No es en absoluto necesario pensar cuando las escuchamos, esto es, meditar acerca de algo que a cada uno de nosotros nos concierne directamente y en cada momento en su esencia. Por esto, incluso una alocución conmemorativa no asegura todavía que una celebración conmemorativa sea, para nosotros, una ocasión de pensar.
No nos hagamos ilusiones. Todos nosotros, incluso aquellos que, por así decirlo, son profesionales del pensar, todos somos, con mucha frecuencia, pobres de pensamiento (gedanken-arm); estamos todos con demasiada facilidad faltos de pensamiento (gedanken-los). La falta de pensamiento es un huésped inquietante que en el mundo de hoy entra y sale de todas partes. Porque hoy en día se toma noticia de todo por el camino más rápido y económico y se olvida en el mismo instante con la misma rapidez. Así, un acto público sigue a otro. Las celebraciones conmemorativas son cada vez más pobres de pensamiento. Celebración conmemorativa (Gedenkfeier) y falta de pensamiento (Gedankenlosigkeit) se encuentran y concuerdan perfectamente.
Sin embargo, cuando somos faltos de pensamiento no renunciamos a nuestra capacidad de pensar. La usamos incluso necesariamente, aunque de manera extraña, de modo que en la falta de pensamiento dejamos yerma nuestra capacidad de pensar. Con todo, sólo puede ser yermo aquello que en sí es base para el crecimiento, como, por ejemplo, un campo. Una autopista, en la que no crece nada, tampoco puede ser nunca un campo yermo. Del mismo modo que solamente podemos llegar a ser sordos porque somos oyentes y del mismo modo que únicamente llegamos a ser viejos porque éramos jóvenes, por eso mismo también únicamente podemos llegar a ser pobres e incluso faltos de pensamiento porque el hombre, en el fondo de su esencia, posee la capacidad de pensar, «espíritu y entendimiento», y que está destinado y determinado a pensar. Solamente aquello que poseemos con conocimiento o sin él podemos también perderlo o, como se dice, desembarazarnos de ello.
La creciente falta de pensamiento reside así en un proceso que consume la médula misma del hombre contemporáneo: su huida ante el pensar. Esta huida ante el pensar es la razón de la falta de pensamiento. Esta huida ante el pensar va a la par del hecho de que el hombre no la quiere ver ni admitir. El hombre de hoy negará incluso rotundamente esta huida ante el pensar. Afirmará lo contrario. Dirá - y esto con todo derecho - que nunca en ningún momento se han realizado planes tan vastos, estudios tan variados, investigaciones tan apasionadas como hoy en día. Ciertamente. Este esfuerzo de sagacidad y deliberación tiene su utilidad, y grande. Un pensar de este tipo es imprescindible. Pero también sigue siendo cierto que éste es un pensar de tipo peculiar.
Su peculiaridad consiste en que cuando planificamos, investigamos, organizamos una empresa, contamos ya siempre con circunstancias dadas. Las tomamos en cuenta con la calculada intención de unas finalidades determinadas. Contamos de antemano con determinados resultados. Este cálculo caracteriza a todo pensar planificador e investigador. Semejante pensar sigue siendo cálculo aun cuando no opere con números ni ponga en movimiento máquinas de sumar ni calculadoras electrónicas. El pensamiento que cuenta, calcula; calcula posibilidades continuamente nuevas, con perspectivas cada vez más ricas y a la vez más económicas. El pensamiento calculador corre de una suerte a la siguiente, sin detenerse nunca ni pararse a meditar. El pensar calculador no es un pensar meditativo; no es un pensar que piense en pos del sentido que impera en todo cuanto es.
Hay así dos tipos de pensar, cada uno de los cuales es, a su vez y a su manera, justificado y necesario: el pensar calculador y la reflexión meditativa.
Es a esta última a la que nos referimos cuando decimos que el hombre de hoy huye ante el pensar. De todos modos, se replica, la mera reflexión no se percata de que está en las nubes, por encima de la realidad. Pierde pie. No tiene utilidad para acometer los asuntos corrientes. No aporta beneficio a las realizaciones de orden práctico.
Y, se añade finalmente, la mera reflexión, la meditación perseverante, es demasiado «elevada» para el entendimiento común. De esta evasiva sólo es cierto que el pensar meditativo se da tan poco espontáneamente como el pensar calculador. El pensar meditativo exige a veces un esfuerzo superior. Exige un largo entrenamiento. Requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico. Pero también, como el campesino, debe saber esperar a que brote la semilla y llegue a madurar.
Por otra parte, cada uno de nosotros puede, a su modo y dentro de sus límites, seguir los caminos de la reflexión. ¿Por qué? Porque el hombre es el ser pensante, esto es, meditante. Así que no necesitamos de ningún modo una reflexión «elevada». Es suficiente que nos demoremos junto a lo próximo y que meditemos acerca de lo más próximo: acerca de lo que concierne a cada uno de nosotros aquí y ahora; aquí: en este rincón de la tierra natal; ahora: en la hora presente del acontecer mundial.
En el caso de que nos hallemos dispuestos a meditar, ¿qué es lo que nos sugiere esta celebración? Observaremos entonces que en este caso ha florecido una obra de arte de la tierra natal. Si reflexionamos sobre este simple hecho, pararemos mientes de inmediato en el hecho de que la tierra suaba ha dado a luz grandes poetas y pensadores durante el siglo pasado y el anterior. Pensándolo bien, se ve enseguida que la Alemania Central también ha sido en este sentido una tierra fértil, lo mismo que la Prusia Oriental, Silesia y Bohemia.
Nos tornamos pensativos y preguntamos: ¿no depende el florecimiento de una obra cabal del arraigo a un suelo natal? Johann Peter Hebel escribió una vez: «Somos plantas - nos guste o no admitirlo - que deben salir con las raíces de la tierra para poder florecer en el éter y dar fruto.» (Obras, ed. Altwegg, III, 314).
El poeta quiere decir: para que florezca verdaderamente alegre y saludable la obra humana, el hombre debe poderse elevar desde la profundidad de la tierra natal al éter. Éter significa aquí: el aire libre del cielo alto, la abierta región del espíritu.
Nos volvemos aún más pensativos y preguntamos: ¿qué hay, hoy en día, de esto que dice Johann Peter Hebel? ¿Se da todavía ese apacible habitar del hombre entre cielo y tierra? ¿Aún prevalece el espíritu meditativo en el país? ¿Hay todavía tierra natal de fecundas raíces sobre cuyo suelo pueda el hombre asentarse y tener así arraigo?
Muchos alemanes han perdido su tierra natal, tuvieron que abandonar sus pueblos y ciudades, expulsados del suelo natal. Otros muchos, cuya tierra natal les fue salvada, emigraron sin embargo y fueron atrapados en el ajetreo de las grandes ciudades, obligados a establecerse en el desierto de los barrios industriales. Se volvieron extraños a la vieja tierra natal. ¿Y los que permanecieron en ella? En muchos aspectos están aún más desarraigados que los exiliados. Cada día, a todas horas están hechizados por la radio y la televisión. Semana tras semana las películas los arrebatan a ámbitos insólitos para el común sentir, pero que con frecuencia son bien ordinarios y simulan un mundo que no es mundo alguno. En todas partes están a mano las revistas ilustradas. Todo esto con que los modernos instrumentos técnicos de información estimulan, asaltan y agitan hora tras hora al hombre - todo esto le resulta hoy más próximo que el propio campo en torno al caserío; más próximo que el cielo sobre la tierra; más próximo que el paso, hora tras hora, del día a la noche; más próximo que la usanza y las costumbres del pueblo; más próximo que la tradición del mundo en que ha nacido.
Nos tornamos más pensativos y preguntamos: ¿qué sucede aquí, lo mismo entre los que fueron expulsados de su tierra natal que entre los que permanecieron en ella? Respuesta: el arraigo del hombre de hoy está amenazado en su ser más íntimo. Aún más: la pérdida de arraigo no viene simplemente causada por las circunstancias externas y el destino, ni tampoco reside sólo en la negligencia y la superficialidad del modo de vida de los hombres. La pérdida de arraigo procede del espíritu de la época en la que a todos nos ha tocado nacer.
Nos volvemos aún más pensativos y preguntamos: ¿Si esto es así, puede el hombre, puede en el futuro una obra humana todavía prosperar desde una fértil tierra natal y elevarse al éter, esto es, a la amplitud del cielo y del espíritu? ¿O es que todo irá a parar a la tenaza de la planificación y computación, de la organización y de la empresa automatizada?
Si intentamos meditar lo que la celebración de hoy nos sugiere, observaremos que nuestra época se ve amenazada por la pérdida de arraigo. Y preguntamos: ¿qué acontece propiamente en esta época?, ¿qué es lo que la caracteriza?
La época que ahora comienza se denomina últimamente la era atómica. Su característica más llamativa es la bomba atómica. Pero este signo es bien superficial, pues enseguida se ha caído en la cuenta de que la energía atómica podía ser también provechosa para fines pacíficos. Por eso, hoy la física atómica y sus técnicos están en todas partes haciendo efectivo el aprovechamiento pacífico de la energía atómica mediante planificaciones de amplio alcance. Los grandes consorcios industriales de los países influyentes, a su cabeza Inglaterra, han calculado ya que la energía atómica puede llegar a ser un negocio gigantesco. Se mira al negocio atómico como la nueva felicidad. La ciencia atómica no se mantiene al margen. Proclama públicamente esta felicidad. Así, en el mes de julio de este año, dieciocho titulares del premio Nobel reunidos en la isla de Mainau han declarado literalmente en un manifiesto: «La ciencia - o sea, aquí, la ciencia natural moderna - es un camino que conduce a una vida humana más feliz.»
¿Qué hay de esta afirmación? ¿Nace de una meditación? ¿Piensa alguna vez en pos del sentido de la era atómica? No. En el caso de que nos dejemos satisfacer por la citada afirmación respecto a la ciencia, permaneceremos todo lo posiblemente alejados de una meditación acerca de la época presente. ¿Por qué? Porque olvidamos reflexionar. Porque olvidamos preguntar: ¿A qué se debe que la técnica científica haya podido descubrir y poner en libertad nuevas energías naturales?
Se debe a que, desde hace algunos siglos, tiene lugar una revolución en todas las representaciones cardinales (massgebenden Vorstellungen). Al hombre se le traslada así a otra realidad. Esta revolución radical de nuestro modo de ver el mundo se lleva a cabo en la filosofía moderna. De ahí nace una posición totalmente nueva del hombre en el mundo y respecto al mundo. Ahora el mundo aparece como un objeto al que el pensamiento calculador dirige sus ataques y a los que ya nada debe poder resistir. La naturaleza se convierte así en una única estación gigantesca de gasolina, en fuente de energía para la técnica y la industria modernas. Esta relación fundamentalmente técnica del hombre para con el mundo como totalidad se desarrolló primeramente en el siglo XVII, y además en Europa y sólo en ella. Permaneció durante mucho tiempo desconocida para las demás partes de la tierra. Fue del todo extraña a las anteriores épocas y destinos de los pueblos.
El poder oculto en la técnica moderna determina la relación del hombre con lo que es. Este poder domina la Tierra entera. El hombre comienza ya a alejarse de ella para penetrar en el espacio cósmico. En apenas dos decenios se han conocido tan gigantescas fuentes atómicas, que en un futuro previsible la demanda mundial de energía de cualquier clase quedará cubierta para siempre. El suministro inmediato de las nuevas energías ya no dependerá de determinados países o continentes, como es el caso del carbón, del petróleo y la madera de los bosques. En un tiempo previsible se podrán construir centrales nucleares en cada lugar de la tierra.
Así, la pregunta fundamental de la ciencia y de la técnica contemporáneas no reza ya: ¿de dónde se obtendrán las cantidades suficientes de carburante y combustible? La pregunta decisiva es ahora: ¿de qué modo podremos dominar y dirigir las inimaginables magnitudes de energía atómica y asegurarle así a la humanidad que estas energías gigantescas no vayan de pronto - aun sin acciones guerreras - a explotar en algún lugar y aniquilarlo todo?
Si se logra el dominio sobre la energía atómica, y se logrará, comenzará entonces un desarrollo enteramente nuevo del mundo técnico. Lo que hoy conocemos como técnica cinematográfica y televisiva; como técnica del tráfico, especialmente la técnica aérea; como técnica de noticias; como técnica médica; como técnica de medios de nutrición, representa, presumiblemente, tan sólo un tosco estado inicial. Nadie puede prever las radicales transformaciones que se avecinan. Pero el desarrollo de la técnica se efectuará cada vez con mayor velocidad y no podrá ser detenido en parte alguna. En todas las regiones de la existencia el hombre estará cada vez más estrechamente cercado por las fuerzas de los aparatos técnicos y de los autómatas. Los poderes que en todas partes y a todas horas retan, encadenan, arrastran y acosan al hombre bajo alguna forma de utillaje o instalación técnica, estos poderes hace ya tiempo que han desbordado la voluntad y capacidad de decisión humana porque no han sido hechos por el hombre.
Pero también es característico del nuevo modo en que se da el mundo técnico el hecho de que sus logros sean conocidos y públicamente admirados por el camino más rápido. Así, hoy todo el mundo puede leer lo que se dice sobre el mundo técnico en cualquier revista llevada con competencia, o puede oírlo por la radio. Pero... una cosa es haber oído o leído algo, esto es, tener meramente noticia de ello y otra cosa es reconocer lo oído o lo leído, es decir, pararse a pensarlo.
En el verano de este año de 1955 volvió a tener lugar de nuevo en Lindau el encuentro internacional de los premios Nobel. En esta ocasión, el químico norteamericano Stanley dijo lo siguiente: «Se acerca la hora en que la vida estará puesta en manos del químico, que podrá descomponer o construir, o bien modificar la sustancia vital a su arbitrio.» Se toma nota de semejante declaración. Se admira incluso la audacia de la investigación científica y no se piensa nada al respecto. Nadie se para a pensar en el hecho de que aquí se está preparando, con los medios de la técnica, una agresión contra la vida y la esencia del ser humano, una agresión comparada con la cual bien poco significa la explosión de la bomba de hidrógeno. Porque precisamente cuando las bombas de hidrógeno no exploten y la vida humana sobre la Tierra esté salvaguardada será cuando, junto con la era atómica, se suscitará una inquietante transformación del mundo.
Lo verdaderamente inquietante, con todo, no es que el mundo se tecnifique enteramente. Mucho más inquietante es que el ser humano no esté preparado para esta transformación universal; que aún no logremos enfrentar meditativamente lo que propiamente se avecina en esta época.
Ningún individuo, ningún grupo humano ni comisión, aunque sea de eminentes hombres de estado, investigadores y técnicos, ninguna conferencia de directivos de la economía y la industria pueden ni frenar ni encauzar siquiera el proceso histórico de la era atómica. Ninguna organización exclusivamente humana es capaz de hacerse con el dominio sobre la época.
Así, el hombre de la era atómica se vería librado, tan indefenso como desconcertado, a la irresistible prepotencia de la técnica. Y efectivamente lo estaría si el hombre de hoy desistiera de poner en juego, un juego decisivo, el pensar meditativo frente al pensar meramente calculador. Pero, una vez despierto, el pensar meditativo debe obrar sin tregua, aun en las ocasiones más insignificantes; por tanto, también aquí y ahora, y precisamente con ocasión de esta celebración conmemorativa. Ella nos da que pensar algo particularmente amenazado en la era atómica: el arraigo de las obras humanas.
Por eso preguntamos ahora: Si incluso el viejo arraigo se está perdiendo, ¿no podrán serle obsequiado al hombre un nuevo suelo y fundamento a partir de los que su ser y todas sus obras puedan florecer de un modo nuevo, incluso dentro de la era atómica?
¿Cuáles serían el suelo y el fundamento para un arraigo venidero? Lo que buscamos con esta pregunta tal vez se halla muy próximo; tan próximo que lo más fácil es no advertirlo. Porque para nosotros, los hombres, el camino a lo próximo es siempre el más lejano y por ello el más arduo. Este camino es el camino de la reflexión. El pensamiento meditativo requiere de nosotros que no nos quedemos atrapados unilateralmente en una representación, que no sigamos corriendo por una vía única en una sola dirección. El pensamiento meditativo requiere de nosotros que nos comprometamos en algo (einlassen) que, a primera vista, no parece que de suyo nos afecte.
Hagamos la prueba. Para todos nosotros, las instalaciones, aparatos y máquinas del mundo técnico son hoy indispensables, para unos en mayor y para otros en menor medida. Sería necio arremeter ciegamente contra el mundo técnico. Sería miope querer condenar el mundo técnico como obra del diablo. Dependemos de los objetos técnicos; nos desafían incluso a su constante perfeccionamiento. Sin darnos cuenta, sin embargo, nos encontramos tan atados a los objetos técnicos, que caemos en relación de servidumbre con ellos.
Pero también podemos hacer otra cosa. Podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos de forma apropiada, pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos desembarazarnos (loslassen) de ellos. Podemos usar los objetos tal como deben ser aceptados. Pero podemos, al mismo tiempo, dejar que estos objetos descansen en sí, como algo que en lo más íntimo y propio de nosotros mismos no nos concierne. Podemos decir «sí» al inevitable uso de los objetos técnicos y podemos a la vez decirles «no» en la medida en que rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo, que dobleguen, confundan y, finalmente, devasten nuestra esencia.
Pero si decimos simultáneamente «sí» y «no» a los objetos técnicos, ¿no se convertirá nuestra relación con el mundo técnico en equívoca e insegura? Todo lo contrario. Nuestra relación con el mundo técnico se hace maravillosamente simple y apacible. Dejamos entrar a los objetos técnicos en nuestro mundo cotidiano y, al mismo tiempo, los mantenemos fuera, o sea, los dejamos descansar en sí mismos como cosas que no son algo absoluto, sino que dependen ellas mismas de algo superior. Quisiera denominar esta actitud que dice simultáneamente «sí» y «no» al mundo técnico con una antigua palabra: la Serenidad (Gelassenheit) para con las cosas.
Con esta actitud dejamos de ver las cosas tan sólo desde una perspectiva técnica. Ahora empezamos a ver claro y a notar que la fabricación y utilización de máquinas requiere de nosotros otra relación con las cosas que, de todos modos, no está desprovista de sentido (sinn-los). Así, por ejemplo, la agricultura y la agronomía se convierten en industria alimenticia motorizada. Es cierto que aquí - así como en otros ámbitos - se opera un profundo viraje en la relación del hombre con la naturaleza y el mundo. Pero el sentido que impera en este viraje es cosa que permanece oscura.
Rige así en todos los procesos técnicos un sentido que reclama para sí el obrar y la abstención humanas (Tun und Lassen), un sentido no inventado ni hecho primeramente por el hombre. No sabemos qué significación atribuir al incremento inquietante del dominio de la técnica atómica. El sentido del mundo técnico se oculta. Ahora bien, si atendemos, continuamente y en lo propio, al hecho de que por todas partes nos alcanza un sentido oculto del mundo técnico, nos hallaremos al punto en el ámbito de lo que se nos oculta y que, además, se oculta en la medida en que viene precisamente a nuestro encuentro. Lo que así se muestra y al mismo tiempo se retira es el rasgo fundamental de lo que denominamos misterio. Denomino la actitud por la que nos mantenemos abiertos al sentido oculto del mundo técnico la apertura al misterio.
La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio se pertenecen la una a la otra. Nos hacen posible residir en el mundo de un modo muy distinto. Nos prometen un nuevo suelo y fundamento sobre los que mantenernos y subsistir, estando en el mundo técnico pero al abrigo de su amenaza.
La Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio nos abren la perspectiva hacia un nuevo arraigo. Algún día, éste podría incluso llegar a ser apropiado para hacer revivir, en figura mudada, el antiguo arraigo que tan rápidamente se desvanece.
De momento, sin embargo - no sabemos por cuánto tiempo - el hombre se encuentra en una situación peligrosa en esta tierra. ¿Por qué? ¿Sólo porque podría de pronto estallar una tercera guerra mundial que tuviera como consecuencia la aniquilación completa de la humanidad y la destrucción de la tierra? No. Al iniciarse la era atómica es un peligro mucho mayor el que amenaza, precisamente tras haberse descartado la amenaza de una tercera guerra mundial. ¡Extraña afirmación! Extraña, sin duda, pero solamente mientras no reflexionemos sobre su sentido.
¿En qué medida es válida la frase anterior? Es válida en cuanto que la revolución de la técnica que se avecina en la era atómica pudiera fascinar al hombre, hechizarlo, deslumbrarlo y cegarlo de tal modo, que un día el pensar calculador pudiera llegar a ser el único válido y practicado.
¿Qué gran peligro se avecinaría entonces? Entonces, junto a la más alta y eficiente sagacidad del cálculo que planifica e inventa, coincidiría la indiferencia hacia el pensar reflexivo, una total ausencia de pensamiento. ¿Y entonces? Entonces el hombre habría negado y arrojado de sí lo que tiene de más propio, a saber: que es un ser que reflexiona. Por ello hay que salvaguardar esta esencia del hombre. Por ello hay que mantener despierto el pensar reflexivo.
Sólo que la Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio no nos caen nunca del cielo. No a-caecen (Zu-fälliges) fortuitamente. Ambas sólo crecen desde un pensar incesante y vigoroso.
Tal vez la celebración conmemorativa de hoy sea un impulso a ello. Cuando respondemos a su pulso, pensamos entonces en Conradin Kreutzer, al pensar en la proveniencia de su obra, en la savia vital de la tierra natal, Heuberg. Y somos nosotros los que así pensamos cuando, aquí y ahora, nos sabemos los hombres que deben encontrar y preparar el camino a la era atómica, a través y fuera de ella.
Cuando se despierte en nosotros la Serenidad para con las cosas y la apertura al misterio, entonces podremos esperar llegar a un camino que conduzca a un nuevo suelo y fundamento. En este fundamento la creación de obras duraderas podría echar nuevas raíces.
Así, de una manera cambiada y en una época modificada, podría nuevamente ser verdad lo que dice Johann Peter Hebel:
«Somos plantas - nos guste o no admitirlo - que deben salir con las raíces de la tierra para poder florecer en el éter y dar fruto.»
En todos sus aspectos, humildes o elevados, la existencia del hombre es la búsqueda del ser. La tendencia vulgar al placer y al bienestar y el impulso religioso hacia Dios (para considerar las actitudes más opuestas) son, como todas las demás actitudes de la concreta humanidad, la búsqueda de un estado, es decir de una condición o de un modo de ser, en el cual esté garantizada la realización de exigencias o necesidades consideradas fundamentales. El hombre busca en todos los casos una satisfacción, un completamiento, una estabilidad que le faltan; busca el ser. Esta condición es característica de su finitud. Si busca el ser, no lo posee, no es, él, el ser. Percatarse de esta finitud, indagar a fondo su naturaleza, constituye la tarea fundamental del existencialismo. Pero percatarse de ella o indagarla no sólo significa convertirla en objeto de especulación, sino tomar buena nota y decidirse en vista de ella. Aquí aparece claramente la nueva perspectiva del existencialismo. Éste exige que el hombre se comprometa en su propia finitud; que en la búsqueda del ser que constituye la sustancia de cada actitud cotidiana o excepcional suya, no olvide o desconozca esta sustancia ni que tal búsqueda sólo tiene un sentido o un fundamento en virtud de su limitación constitutiva y de su insuficiencia e inestabilidad, y que, por lo tanto, cada paso en la búsqueda no hace más que consolidarlo en la finitud de su naturaleza. Tal exigencia le cierra ciertas perspectivas, pero el abre de inmediato otras, mucho más fecundas. Le cierra la perspectiva de una satisfacción final, de un poseer definitivo e inajenable, de una espera demasiado confiada e inerte; pero le abre la perspectiva de la lucha, la realización de sí y la conquista. Y en tal perspectiva las cosas cambian. El hombre no debe lanzarse hacia el ser con la pretensión de aprehenderlo y poder, a su voluntad, dominarlo por entero; no debe nutrir la ilusión de convertirse en él y de identificarse con él -ilusión que le prepara la caída inevitable en el extravío y en la dispersión. Por el contrario, debe consolidarse en su capacidad de búsqueda y de adquisición, aceptando y reconociendo sus propios límites y trabajando dentro de estos límites en profundidad y renunciando a toda dispersión. Este compromiso es simultáneamente el reconocimiento de la naturaleza última del hombre y su autodefinición metafísica como finitud: el hombre es la originaria, trascendental posibilidad de la búsqueda del ser.
El compromiso en la finitud
Aparece aquí claramente el segundo motivo fundamental del existencialismo. Filosofar no es privilegio de los filósofos. Es el compromiso del hombre con su propia condición finita de hombre, con los límites que lo condicionan y lo estimulan. Este compromiso puede realizarse en la fe con en la acción, en la especulación como en el arte. No excluye tarea ni condición humana alguna. Sólo excluye a su contrario, el no-compromiso, el desconocimiento de la finitud. Pero esto imprime ya una directiva segura de la existencia, le otorga ya la norma de su constitución auténtica. Excluye la distracción, la dispersión, excluye todo lo que rompe el vínculo existencial del hombre consigo mismo y con los otros, ya que exige la concentración de las propias fuerzas y la solidaridad fáctica con los otros. La finitud, como sustancia de la existencia, conviértese en norma de la existencia. Y esta norma, al llevar al hombre a realizarse como finito, al mismo tiempo lo lleva continuamente más allá de sí, pues lo consolida en su capacidad de búsqueda, en la posibilidad de su relación con el ser.
Así, la impotencia de la naturaleza finita del hombre, que a primera vista parece su debilidad, conviértese en fuerza y potencia. El reconocimiento, la aceptación y la elección operan la transformación. Pero esta transformación es en realidad una fundación.
El hombre realiza integralmente su naturaleza finita porque ha decidido elegirla. La elección decidida significa el apasionarse el hombre por su tarea, su resolución de ser exclusivamente él mismo hasta el fondo. Y el sí mismo no es dado al hombre con anterioridad a la elección y a la decisión. La elección y decisión lo constituyen: la búsqueda del ser es búsqueda del propio ser, del propio sí mismo, del yo. El yo es la unidad fundamental del ser del hombre. Pero de tal unidad el hombre no goza como de un privilegio que no puede perderse: debe realizarla retrayéndose de la dispersión de las actitudes impropias y concentrándose en la unidad de una tarea única. El yo no es un dato psicológico o antropológico, ni es un hecho objetivamente observable; es la exigencia fundamental hacia la cual el hombre se mueve en su búsqueda del ser, el término que él tiende a constituir y a fundar en su relación con el ser.
El yo mismo es por ello trascendente. El hombre no lo vuelve a encontrar mientras permanece inmerso y disperso en la finitud, es decir en la multiplicidad heterogénea de sus actitudes insignificantes; sólo vuelve a encontrarlo cuando asume sobre sí la finitud y encamina la multiplicidad de las actitudes hacia la unidad de una tarea. Pero aun cuando ha vuelto a encontrarlo puede todavía perderlo, de suerte que su decisión no es un acto preciso sino una continuidad de proceso en el que el riesgo de la dispersión y de la pérdida hállase siempre presente.
La trascendencia
Se presenta ahora el tercer tema fundamental del existencialismo: la trascendencia. La eliminación de todo dato, la resolución de todo el ser en su esencia problemática, hace aparecer en toda su enorme importancia el movimiento de la trascendencia. Pues, así como el yo es continuamente trascendente para el hombre, ya que continuamente debe vincularse con él a fin de realizarlo, así es trascendente el ser con respecto al mundo. Realizarse como yo significa apasionarse en la propia tarea, y apasionarse en la propia tarea significa hacer salir al mundo de la dispersión de los sucesos insignificantes y reconocerlo en la seriedad y en la consistencia de su orden, en el cual cada cosa es un medio o un obstáculo para la realización del yo. Al que no ha elegido su tarea, al que no se ha vuelto a encontrar a sí mismo, el mundo se le presenta como un complejo de vicisitudes insignificante, como un espectáculo multicolor pero carente de consistencia y seriedad. Mas a quien se ha comprometido íntegramente en la realización de sí, el mundo se le presenta como una unidad compacta que debe proveer los instrumentos indispensables de la realización, pero que asimismo puede constituir el obstáculo insuperable y la posibilidad de un fracaso. La aceptación del mundo en el ser que le es propio, en su orden lúcidamente reconocido, es la condición indispensable para la realización de sí, y por consiguiente hállase esencialmente vinculada con tal realización. Pues el mundo tampoco es un hecho o un complejo de hechos. Su ser auténtico constitúyese solamente como fin de la trascendencia existencial.
La coexistencia
Pero el significado último de la trascendencia se revela únicamente en la coexistencia, cuarto tema fundamental del existencialismo. Podría parecer que el hombre que vive en la pasión de su tarea y en el esfuerzo de la realización de sí, se coloque en un espléndido aislamiento. En realidad, el vínculo del hombre con los otros es esencial para la existencia y se revela en sus dos aspectos fundamentales: el nacimiento y la muerte. Nacimiento y muerte no son hechos; no son, como se cree comúnmente, los límites obligados de la existencia humana, o de la vida en general. Son posibilidades que cábele al hombre reconocer y aceptar o desconocer e ignorar. Reconocer que se nace, significa para mí reconocer que mi existencia no es toda la existencia, que ella está ligada, en lo que toca a su origen mismo, a la existencia de los otros; y por eso significa reconocer la comunidad con la cual coexisto y que me ha dado origen. Percatarse del hecho originario (que todos admiten verbalmente pero que no todos comprenden en su significado existencial) de que se nace, significa percatarse de la naturaleza esencial, constitutiva de los vínculos que ligan al hombre con la comunidad y del carácter concreto e individual de la propia existencia; lo que significa reconocer la dignidad y la importancia de los otros con respecto a mi propia existencia. La existencia no se basta a sí misma: en su origen debe darse un acto de trascendencia hacia la existencia: la trascendencia hacia la existencia es la coexistencia. El hombre nace del hombre. Esto expresa típicamente la necesidad de la coexistencia para la existencia: la insuficiencia de la existencia para sí misma, la necesidad de su volver a encontrarse en la coexistencia. De aquel reconocimiento mana la posibilidad existencial de la solidaridad humana que está en la base de las comunidades históricas y de los aspectos propiamente humanos de la existencia: el amor y la amistad. La relación existencial se revela como un vínculo de solidaridad que apuntala al hombre en su debilidad y en su insuficiencia y lo obliga a devolver a los otros lo que a él le ha sido dado. Se reconoce así que la existencia del individuo está ligada a la del otro y no puede privarse de ella. El amor es la forma típica del reconocimiento del otro como de un otro sí mismo. Supone la trasparencia evidente del uno para el otro, trasparencia por la cual el uno es para el otro exactamente lo que es para sí mismo. A su vez, la amistad multiplica las posibilidades de entendimiento y de encuentro entre hombre y hombre y, como ya lo vio Aristóteles, consiste en una comunidad fundamental de intereses y de directivas.
Todas las formas de la coexistencia se fundan sobre la naturaleza finita del hombre como posibilidad de relación con el ser. Sólo coexistiendo puede el hombre buscar el ser o relacionarse con él. No puede volver a encontrarse a sí mismo y constituirse como yo, ni reconocer la realidad y el orden del mundo, sino en el acto de vincularse con los otros, de reconocer la originalidad y la esencialidad de su vínculo con los otros y de decidirse, en consecuencia, por la fidelidad a la comunidad a que pertenece, al amor y a la amistad.
De otra parte, la muerte expresa la posibilidad de la resolución del vínculo coexistencial. Por la muerte yo puedo serle arrebatado a los otros, al mundo y a mí mismo. La muerte no es un fin o un acabamiento, sino una posibilidad que acompaña a todas las demás y constituye su limitación intrínseca. Es la posibilidad de lo no-posible, que domina y determina desde adentro cada obra humana y la convierte en un llamado al futuro, o sea precisamente en una posibilidad. En cada caso debe el hombre rendirle cuentas al futuro; y en cada caso el futuro entraña para él una amenaza latente: la posibilidad de que su obra o él mismo se pierdan. Esta amenaza, si es reconocida y aceptada, conviértese en un riesgo, el riesgo del éxito y del fracaso. Pero como riesgo es ineliminable. Y justamente del riesgo nace de hecho la necesidad de decidir, la exigencia de la fidelidad.
El destino
Llegamos así al quinto tema fundamental del existencialismo. Si el futuro estuviese ya incluido y preconstituido en el pasado, si la historia fuese un progreso continuo, un orden necesario cuyas conquistas fuesen definitivas y sus valores garantizados eternamente, ninguna dispersión, ningún desbandamiento de los individuos podría impedirlo o perturbarlo. Pero en realidad el hombre debe elevarse hasta la historia, es decir, hasta el orden en el cual se halla tanto el significado de su ser como el del ser del mundo y de la comunidad, moviéndose fatigosamente desde las vicisitudes insignificantes y dispersivas del tiempo. El hombre no es historia: debe hacerse historia volviendo a encontrarse a sí mismo en el mundo y en la comunidad. Debe substraerse a la amenaza del tiempo, siempre pronto a sumergirlo en la insignificancia de sus vicisitudes banales y afrontar el riesgo de su éxito en la historia. Ahora bien, sólo puede afrontar ese riesgo disponiéndose a la fidelidad: moviéndose hacia el futuro con la decisión de consolidarlo al pasado y de volver a encontrar en el pasado su verdadero sí mismo y la verdadera forma de coexistencia con los otros. Esta fidelidad es el destino.
En el mito de Er[os], Platón imagina que las almas, antes de encarnarse, son conducidas a elegir su destino, y que se las pone ante una multitud de modelos de vida, entre los cuales cada una puede escoger libremente aquel al que permanecerá luego necesariamente ligada. Pero ocurre que cada alma elige en base a la experiencia de su vida anterior, y que por ejemplo Ulises, aleccionado por antiguas penurias y ahora despojado de toda ambición, elija la más oscura y humilde vida. Este mito platónico esconde una enseñanza vital. Parecería que en la elección de la propia tarea, en la aceptación y en el reconocimiento de lo que para cada uno es el propio destino, el hombre tuviese ante sí infinitas posibilidades entre las cuales la elección sería indiferente. En realidad, no hay posibilidad de elección indiferente. Una sola es la posibilidad que me pertenece, y es aquella en que puedo comprometerme apasionada y totalmente. Sólo cabe reconocerla por la posibilidad de este compromiso. No es factible examinar desde afuera las diversas posibilidades indiferentes que parecen ofrecérseme: en realidad todas las demás sólo están ahí para que yo elija la mía, que es aquella en cuyo fondo me volveré a encontrar a mí mismo y mi verdadera relación con los otros y con el mundo. Y la decisión no es un acto preciso sino una búsqueda continua, un proceso de profundización que descubre en la posibilidad que he elegido una riqueza siempre nueva, alejándome de lo que puede distraerme, concentrándome en lo que me es propio. Ni yo soy yo, ni subsiste para mí posibilidad alguna, fuera del compromiso, de la decisión y de la elección. La unidad que me hace yo es la del compromiso existencial, es la unidad de la tarea en la cual me reconozco. Las demás posibilidades se me presentan sobre el fondo de esta tarea fundamental, en cuyo esclarecimiento y reconocimiento debo trabajar. Y en ese trabajo los otros pueden ayudarme, como puedo ayudarlos yo; pero en última instancia, sólo a mí me concierne la decisión.
Desde luego, puedo engañarme. Al igual que las almas del mito platónico, puedo ser hechizado o halagado por el resplandor externo de ciertas posibilidades dispersivas, o puedo, al intentar perseguir en vano una de ellas, fracasar en el reencuentro de mí mismo y de mi verdadera relación con los otros. Pero en este caso el error se me aclarará, antes aún que con el fracaso, con mi incapacidad de consolidar y mantener el compromiso. Esta incapacidad producirá inmediatamente la caída en la dispersión y en la insignificancia. No me reencontraré en lo que hago, porque no seré lo que debo ser. Habré faltado a la sustancia de mi ser, a la naturaleza última de mi finitud, habré sido infiel a mí mismo y a los otros. En el límite de esta caída, si nada me redime y me hace volver a mí mismo, no sólo se desvanecerán en la nada las posibilidades que más promisorias parecían, sino que tenderá a dispersarse mi mismo yo y mi relación con los otros: el vínculo existencia y coexistencial se verá amenazado por la rotura definitiva del aislamiento y de la locura. Pero mucho más acá de ese límite el yo carecerá ya de unida propia y de destino: incapaz de fidelidad, será esclavo de vicisitudes insignificantes y se dejará vivir como una unidad anónima, sin destino.
El existencialismo tienda a sustraer al hombre del indiferentismo anónimo, de la disipación, de la infidelidad a sí mismo y a los otros: tiende a restituirlo a su destino, a reintegrarlo a su libertad. La libertad es su tema fundamental último y decisivo. El hombre libre es el hombre que tiene un destino. El destino es la fidelidad a su propia tarea histórica, es decir a sí mismo, a la comunidad y al orden del mundo. La libertad es el acto de decisión de la fidelidad, es la elección de su tarea propia y la confianza indestructible en su valor trascendente, es la pasión desapasionada, que lúcidamente ve y juzga todo para poder todo afrontar.
Historicidad del existencialismo
Históricamente, el existencialismo está en la línea de las grandes metafísicas de Occidente, de Platón a Santo Tomás, de Descartes y Vico a Kant. Pero a estas grandes figuras y a todas aquellas que de alguna manera importan en la historia, el existencialismo no las considera embalsamadas y encerradas en sus sistemas, sino personalidad vivas y poderosas que por siglos han ofrecido a los hombres un modo de entenderse y encontrarse, y que todavía pueden y podrán dar soluciones esclarecedoras a los urgentes y vitales problemas de los hombres. Lejos por igual del dogmatismo y del escepticismo, el existencialismo vuelve a interrogar a los maestros del pasado y valora respetuoso y firme sus respuestas. La palabra de que el hombre ha vivido ayer y será tal vez aquella de la que vivirá mañana. Pero es preciso volver a encontrarla y hacerla resonar claramente, para que se la pueda escuchar. La tarea de clarificación existencial se halla estrechamente vinculada con una tarea de indagación y de clarificación historiográfica. La una como la otra demandan compromiso, trabajo, fidelidad y tenacidad.
El existencialismo no es una escuela y repudia el proselitismo. No siendo pura doctrina, pero exigiendo como fundamento de la doctrina una actitud existencial, es decir del hombre total, puede constituir para el hombre un llamado o una ayuda, mas no puede reemplazar su decisión y su compromiso. Construye un camino, no impone una fórmula. Al final de este camino, hay para cada uno la posibilidad de reconocerse en su verdadera naturaleza, y para todos la de comprenderse y realizarse en una comunidad solidaria.
Que el alma joven eche una ojeada a su vida retrospectiva y que se pregunte a sí misma: ¿qué es lo que has amado hasta ahora verdaderamente? ¿Qué es lo que te ha atraído, lo que te ha dominado y hecho feliz al mismo tiempo? Haz que desfilen ante tus ojos la serie de objetos que has venerado. Su esencia y su sucesión te revelarán quizás una ley: la ley fundamental de tu verdadero ser (...) (Nietzsche, consideraciones intempestivas)
(Pintura Albert Bierstadt Storm in the Rocky Mountains, 1886)
Los filósofos que han especulado sobre la significación de la vida y sobre el destino del hombre no han notado lo suficiente que la naturaleza se ha tomado la molestia de informarnos sobre sí misma. Ella nos advierte por un signo preciso que nuestro destino está alcanzado. Ese signo es la alegría. Digo la alegría, no digo el placer. El placer no es más que un artificio imaginado por la naturaleza para obtener del ser viviente la conservación de la vida; no indica la dirección en la que es lanzada la vida. Pero la alegría anuncia siempre que la vida ha triunfado, que ha ganado terreno, que ha conseguido una victoria: toda gran alegría tiene un acento triunfal.
(La conciencia y la vida, Bergson)
No te perturbe lo que vendrá después, porque si fuere necesario, tú le saldrás al encuentro armado de la misma razón* de que ahora te vales para las cosas presentes.
(Marco Aurelio, Meditaciones, VII 8).
Yo me ofrezco como una roca aislada en medio de un mar embravecido, que las olas azotan de continuo y por doquier, sin que por eso logren moverla de su sitio ni corroerla con sus ataques continuados durante tantos siglos. Acometedme, pues, arrojaos contra mí: con mi resistencia os venceré.
(Sócrates parafraseado por Séneca, De la vida feliz .29)
¡No, no me resignaré! Avanzar siempre
como un niño, como un prisionero,
a pequeños pasos medidos por anticipado,
día tras día. ¡No, nunca me resignaré!
¿Tal es el destino del hombre? ¿Mi destino? ¡No!
Al laurel aspiro. No me tienta el reposo,
mas el peligro suscita las fuerzas del hombre
y el dolor hincha el pecho de los jóvenes.
¿Qué soy para ti, qué soy yo, patria mía?
Un débil, un enfermo a quien su madre
con una tonada triste, desesperada,
acuna entre sus pacientes brazos.
Nunca busqué consuelo en el fondo de brillantes copas
ni en la mirada de una sonriente coqueta.
¿Debe abatirme para siempre una pena
o matarme un furioso deseo?
¿De qué sirve el cordial apretón de manos
y la dulce acogida del alma en primavera?
¿Para qué la sombra de los robles,
la viña en flor, el aroma del tilo?
Juro, por la antigua Mana, no beber jamás
del cáliz del gozo, no obstante su seductor destello,
hasta el día en que haga una obra de hombre
y conquiste entonces mi primer laurel.
¡Grave promesa! que a mis ojos llena de lágrimas.
¡Feliz seré, de mantenerla! Pues así,
criaturas de alborozo, también a mí me oiréis gritar de gozo.
Y entonces, oh Naturaleza, de tu sonrisa haré mi júbilo.
"La gente se suele retirar al campo, a la costa o a la montaña. Tú mismo lo deseas a menudo. Pero es un tanto ingenuo, pues en cualquier momento te puedes retirar en ti mismo. En ninguna otra parte se encuentra más sosiego y quietud que en la propia alma."
Marco Aurelio, Meditaciones.