Esto es lo que me angustia. El olvido. El tiempo. Que cada esfuerzo actual sea un recuerdo futuro tratado arbitrariamente según la contextura anímica que he de teener y que ahora desconozco.
Alejandra Pizarnik, Diarios

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Esto es lo que me angustia. El olvido. El tiempo. Que cada esfuerzo actual sea un recuerdo futuro tratado arbitrariamente según la contextura anímica que he de teener y que ahora desconozco.
Alejandra Pizarnik, Diarios
heaven knows she's good for my soul
Mi memoria está tan llena que a veces no lo soporto. Quisiera perderla más, quisiera vaciarla un poco. O no, eso no es cierto, prefiero que aún no me falle. Lo que quisiera es que no se me hubiera llenado tanto. De joven, ya sabes, uno tiene prisa y teme no vivir lo suficiente, no disfrutar de experiencias lo bastante variadas y ricas, uno se impacienta y acelera los acontecimientos, si puede, y se carga de ellos, hace acopio, la urgencia del joven por sumar cicatrices y forjarse un pasado, esa urgencia es bien extraña. Nadie debería tener ese miedo, los viejos deberíamos enseñárselo a la gente, aunque no sé cómo, hoy no los escucha nadie. Porque al final de cualquier vida más o menos larga, por monótona que haya sido, y anodina, y grıs, y sın vuelcos, habrá siempre demasiados recuerdos y demasiadas contradicciones, demasiadas renuncias y omisiones y cambios, mucha marcha atrás, mucho arriar banderas, y también demasiadas deslealtades, eso es seguro. Y no es fácil ordenar todo eso, ni siquiera para contárselo a uno mismo. Demasiada acumulación. Demasiado material brumoso y amontonado y a la vez muy disperso, demasiado para un relato, aun para uno solamente pensado.
Y no hablemos de las infinitas cosas que caen bajo el punto ciego del ojo, cada vida está llena de episodios literalmente invisibles, uno ignora lo que pasó porque simplemente no lo vio, no hubo posibilidad de verlo, buena parte de lo que nos afecta y nos determina está tapado, cómo decir, no se ofreció a la visión, se sustrajo, no hubo ángulo. La vida no es contable, y resulta extraordinario que los hombres lleven todos los siglos de que tenemos conocimiento dedicados a ello, empeñados en contar lo que no se puede, sea en forma de mio, de poema épico, de crónica, anales, actas, leyenda o cantar de gestas, romances de ciego o corridos, de evangelio, santoral, historia, biografía, novela o elogio fúnebre, de película, de confesiones, condenada, fallida, y que quizá nos haga menos favor que memorias, de reportaje, da lo mismo. Es una empresa daño. A veces pienso que más valdría abandonar la costumbre y dejar que las cosas sólo pasen. Y luego ya se estén quietas.
Javier Marías, Tu rostro mañana I: fiebre y lanza
quick, quick, tell me something awful, like you are a poet trapped inside the body of a finance guy
i hate it here so i will go to secret gardens in my mind people need a key to get to, the only one is mine
Aparentemente cada cosa tiene su sustituto. Sustitución que se sucede infinitamente. Yo creo que nada se reemplaza.
En este momento, estoy escribiendo sobre la mesita de un café. A intervalos imprecisos suspendo la pérdida del líquido tinta para compensarla mediante el líquido té. Sé que es una sustitución irrazonable. No cuerda. Pero no es esto lo que yo quiero expresar. Intento fijar este momento in-sus-ti-tu-i-ble. Mañana podré estar acá de nuevo haciendo y pensando lo mismo. Pero nada se igualará a esta inefable presencia angustiosamente temporal.
Alejandra Pizarnik, Diarios (cuaderno de junio y julio de 1955)
like a sailor in a big green coat, you can be free, you can be free and still come home
Así que no es eso lo que me impulsa a levantarme del muro del puerto, ponerme de pie, encarar la brisa ligera que sopla del mar y decir: «Voy a saltar». Lo que me saca de la monotonía cotidiana de mi vida de adolescente es más bien el anhelo de hacer algo, cualquier cosa. Es el impulso de diferenciar este día de la interminable cadena de días que estoy viviendo. Es el deseo de sumergirme en el agua, ese otro elemento, esa forma oscura y cambiante que se mueve al pie del muro del puerto: aunque no la veo, percibo la profundidad, la masa, el frío, la fuerza que aguarda. Tengo la esperanza de que me libre del tizne del hotel, del comedor, de los maridos que me agarran cuando les pregunto qué quieren de postre y, delante de la atontada de su mujer, me dicen: «Te quiero a ti».
Maggie O’Farrell, Sigo aquí