La sangre del felino empapaba su uniforme, creando una imagen perturbadora y terrible. A Agatha no le podía importar menos su aspecto, claramente. En sus brazos yacía un gato, posiblemente muerto, del cual emanaba aquel vital líquido que pintaba sus manos y su rostro. Effy, su gato, lo había encontrado, y ahora la castaña buscaba al dueño de dicha criatura. Caminaba a lo largo de los pasillos, aterrorizando a los demás (algo que no era diferente a lo que sucedía usualmente), hasta que dio con un pasillo casi vacío. Casi, pues alguien más habitaba el lugar. Sin dignarse a mirarlo, mientras sacaba un par de vendas de su túnica, habló con la misma calma que la caracterizaba: — ¿Era tuyo? —Cuestionó, segura de que el alma de ese pobre animal ya había emigrado hace tiempo.
Ahora que empezaba la primavera, casi todos los estudiantes se encontraban la mayor parte del tiempo en los jardines, de modo que el castillo se veía más solitario, cosa que el Slytherin agradecía, pues había quedado claro en más de una ocasión que prefería la soledad. Expulsó el humo del tercer cigarro que consumía, cuando una voz se dirigió a él. Observó a la chica sin inmutarse, pues estaba claro que para Amycus Carrow la sangre no era algo nuevo, sin embargo, sí le dedicó una mirada momentánea al gato, sin cambiar su expresión. Patético. ¿Por qué cargar con un animal muerto? —No —pronunció, desinteresado, y continuó su camino.
















