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Kat: dónde estás
Kat: no he visto tu bonito trasero en días...
Maya: pensé que ya te habías olvidado de él, kitty.
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Ya se había cansado de bailar y merodear por el salón, así que había decidido volver un buen rato a su mesa hasta que al menos se le pasara el dolor de pies. Centró su atención en los novios, viéndolos bailar y divertirse, contagiándose de su alegría. —¿Es pecado tener envidia de una novia? Sólo hay que ver ese vestido —comentó en broma, sin quitar la vista de Sansa.
Llevó la copa de champaña a sus labios, tragando de aquel líquido que le liberó de cualquier otro sabor probado anteriormente –adoraba ese tipo de alcohol. Con una sonrisa tras haber digerido finalmente la bebida, negó con la cabeza antes de contestarle— En lo absoluto. Mataría por tener esas joyas que lleva puestas –aunque creo que se ven muy bellas en ella. En nadie más se verían mejor.
—¡Y lo más inquieto! —exclamó en respuesta a lo que la contraria comentó, no evitando dejar escapar una breve carcajada por ello. Sin embargo, cualquier risa se disipó al sentir cómo la pequeña saltaba sobre sus piernas sin cuidado alguno, mostrando en sus adorables facciones una sonrisa de oreja a oreja, asintiendo con emoción a su pregunta. La agarró por la cintura, con tal de que no se cayese, pero al segundo Oliver decidió que era un buen momento para intentar subirse a la silla de su lado—. ¿Ves? Lo que yo te decía —señaló la castaña, ahora aguantando a la pequeña con un brazo mientras que con el otro ayudaba al pequeño subir con sumo cuidado. Éste, una vez hubo cobrado altura, se estiró para tomar un mechón del cabello de la contraria, no dudando en metérselo en la boca en cuanto vio la oportunidad—. ¡Oliver! —exclamó, conteniendo las risas, apartando al mismo de su víctima—. Lo siento, creo que ha sido por el color —se disculpó, pese que a una sonrisita se mantenía en sus labios. ¿Qué le iba a hacer ella si la escena le había parecido demasiado graciosa?
–¡Son niños! Me preocuparía si no lo fueren –exclamó, aún enternecida por el par que no hacía más que sacarle risitas de sus labios. Observó las acciones de cada uno, con su sonrisa ensanchándose cada vez más y sus cejas enarcadas gradualmente; era una escena que adoraba presenciar. No obstante, en el momento que el pequeño mordió su cabello –por muy extraño que sonase, no se vio molesta en lo absoluto, sino que sus carcajadas se hicieron más frecuentes; el tal Oliver podría estar despedazándole y aún así andaría encantada con el pequeño. Estiró su mano a la cabecita del niño, despeinándolo un poco–. Yo también quisiera que fuera de caramelo. –Más tarde, realizó un ademán a lo siguiente que la chica acotó– No es la primera vez que sucede; estando rosado, todos parecían caer en lo mismo.
—Se ve demasiado cómodo —aseguró la castaña, asintiendo para ponerle más énfasis a lo mismo. Jugueteó con la envoltura de lo que antes había sido un delicioso muffin, y volvió a poner la mirada en la contraria, agregando las siguientes palabras—: Y muy calentito, te envidio —admitió entre pequeñas risitas, observando ahora lo que ella debía llevar puesto aquella mañana. Bufó por lo bajo, y es que justo tenía que ser un día de temperaturas bajas cuando el atuendo elegido para la sesión fotográfica impuesta estuviese compuesto por una maldita e incómoda falda. Suspiró, ya odiaba lo suficiente aquel tipo de prenda, y prácticamente todo lo que tuviese vuelo, como para que encima le hiciesen aquello.
–Aw, gracias –agradeció, tomando otro sorbo de su café para aquella mañana. Sus días consistían de puras ocupaciones respectivas no sólo a sus clases, sino también a aquel trabajo a encubiertas del que debía ocuparse. No obstante, la sonrisa que había crecido desde sus labios se convirtió en una disgustada mueca; no por la apariencia de su prenda (que adoraba con su alma), sino porque tuviera que usarla en aquellos días de frío perpetuo–. Deberías abrigarte un poco, ¿no crees?
Rió un poco al oírla, rascándose una ceja, nervioso. ¿Valía la pena comentarle sus, valga la redundancia, penas a una extraña? Luego de un par de segundos de duda, decidió que no sería tan mala idea. Al fin y al cabo, era lo mismo que una psicóloga, más o menos–. Tengo una vida romántica… complicada, por decirlo suavemente. Y el trabajo me está matando. Y la chica que amo está con alguien más, mi última novia me basureó por todos lados y todos mis amigos están en relaciones felices mientras yo miro Steven Universe en mis bóxers de Bob Esponja mientras como cereal con mi gato. Si eso es estar bien, pues ando fantástico.
–Y, por cierto… –Añadió tardíamente–. Las galletas están geniales.
Escuchó atentamente a su acotación; no se había esperado que le contestase así de fácil, mas ahí estaba. Sin darle mucha importancia. Por lo mismo, se dispuso a idear alguna respuesta que fuere a servirle, por suerte, de ayuda.. o que al menos le terminare de dar su voto de confianza–. Si me dejas aconsejarte, deberías guardarte el amor para cuando este se convierta en tu último recurso: el romance traerá problemas si lo colocas en un pedestal; arrasa con el resto de tu vida y puede arruinar todo lo demás –expresó, para segundos más tarde encogerse de sus propios hombros. Sólo esperaba que lo considerase al menos–. Además, ¿de qué te sirve una relación si tienes una TV para ti sólo con Steven Universe en ella? Nadie te juzgaría por tus bóxers de Bob Esponja y no te ves forzado a quitártelos para cuando la situación lo amerita. En cuanto al gato, estarías comenzando a ignorarlo tan pronto como te encariñes con la siguiente –arrugó su nariz, para arrebatarle una de las galletas del joven y llevársela a sus dientes–; se tienen el uno al otro. ¡Y los regalos! No te tienes que preocupar por detalles que puedes costear en otros bóxers similares a los de Patricio Estrella.
—¡Me encanta tu pantalón! Aunque soy de usar más shorts, pero eso no importa, creo que compraría unos similares. ¿Dónde los compraste? —comenzó a bombardear a la castaña con sus preguntas ni muy bien ésta le había dirigido palabra, realmente estaba cautivada con el atuendo que vestía la chica, aunque no fuese nada extremadamente exótico o de otro mundo. Iba con su estilo, por lo que no quería desaprovechar la oportunidad ahora que la tenía. —Lo siento, es que luce genial. —continuó, algo avergonzada por el comportamiento que previamente había tenido.
Bajó su mirada a sus pantalones, como si no los hubiera visto anteriormente. Bien, al menos no era la única que los adoraba. Sonrió de inmediato y alzó su mirada a la castaña, para a continuación hacer un ademán con su mano, restándole importancia a su disculpa: adoraba llamar ese tipo de atención–. Es una tienda online realmente adorable, y tienen variación de diseños mucho mejores que este.
[c]
@ayamswanson: I like my hair. fuck you.
–¿Eh? –Preguntó, saliendo de su trance, al oír que la chica le hablaba. Luego de comprar su café y galleta de todas las mañanas se había sentado en su mesa preferida, y su mente errante se había encontrado pensando más que lo usual, al punto en que el rubio (¿castaño? ¿moreno? No sabe como referirse a sí mismo aún.) se había olvidado de todo lo que le rodeaba, y aparantemente, su mirada había quedado clavada en los pantalones de la joven–. Estaba en otra cosa, lo lamento.
Su entrecejo se frunció de inmediato al escucharle, para entonces ladear su cabeza por unos instantes antes de dejar escapar la pregunta que se hacía exclusivamente a sí misma, y que de otra manera no obtendría respuesta alguna– ¿Estás bien? ¿O es que no le encuentras sabor a las galletas? –indagó, curiosa.
—¿Qué? Oh no, no, no miraba por eso… Más o menos —agregó con el ceño fruncido, aún con una sonrisa formada en sus facciones. Con Olivia en su regazo, la cual se había empeñado en mantenerse de pie sobre él, y con Oliver jugueteando en la silla de su lado, teniéndolo que supervisar constantemente, negó nuevamente—. De hecho, a la que le ha llamado la atención esos pantalones ha sido a esta pequeñaja de aquí —aseguró entre pequeñas risas, depositando un breve beso sobre el bracito de la misma—. Y creo que para bien.
Una sonrisa se trazó a partir de sus labios, convirtiendo su expresión en una realmente enternecida por la escena que tenía ante sus ojos; se había enamorado de los rostros que parecían realmente similares entre sí. Rió cortamente, sin poder evitarlo, y respondió a continuación– ¡Pero si son lo más lindo! –dejó salir, aún encantada con su semblante adorable. Se inclinó un poco hacia la pequeña, para que supiera que estaba refiriéndose a la nena a lo siguiente–. He visto unos mucho mejores de tu talla, linda. ¿Te gustarían unos así?
Frunció el entrecejo ante la apresurada respuesta de la muchacha, mientras jugaba con el borde de la tapa plástica que su vaso de café llevaba—. Uhm, no iba a hacer una crítica, ni nada por el estilo. Sólo… Me había quedado pegada en tus pantalones porque son bonitos y divertidos —mencionó con una tenue sonrisa, dándole un sorbo a su brebaje caliente—. Me gustan.
Su expresión negativa rápidamente se invadió de la sonrisa que, prontamente, tomó lugar en sus labios al recibir aquel comentario respectivo a sus pantalones. Al menos sabía que no era la única que lo creía– Gracias –contestó, dándole un sorbo más a su café antes de continuar–. He visto unos por ahí con distintos estampados y aún igual de lindos, por si te interesa ir a comprarlos alguna vez; así tengo compañera de compras... y capaz vaya por otro.
Giró la bebida energética entre sus manos, sentada en una mesa apartada del resto. Estaba perdida entre sus pensamientos, los cuales se atropellaban entre sí en su mente, cuando sintió que algo colorido llamaba su atención, desviando la vista para encontrarse con la chica en su mesa próxima. Se la quedó mirando por unos segundos, observándola de arriba a abajo y elevando una de sus cejas ante sus palabras–. No te reconocí con tanta ropa puesta, eso es todo.
–No te tienes por qué acostumbrar –contestó sin más, su taza ahora encima de la mesa, y sin siquiera soltarla, le dedicó una sonrisa pícara desde sus labios, que no hicieron más que ladearse y convertir su expresión. Levantó su dedo índice a la altura de su rostro e hizo ciertas señas desde el mismo para que se le acercase y se sentase con ella; tal vez quería un poco de compañía.
Se acercó a la cafetería más próxima de su apartamento, portando nada más y nada menos que una gran sudadera que alguien desconocido había dejado en su casa y, por ende, le había gustado lo suficiente para usarla; y junto a ello, sus pantalones de chandal con estampados de donas, y es que la verdad era que se sentía realmente perezosa en escoger algo distinto si es que iba en busca de un desayuno para aquella mañana de descanso. No obstante, una vez tuvo su café en mano y se sentó en una de las mesas, notó que alguien más le miraba, pensando que se trataba de lo que llevaba puesto en el día, por lo que sencillamente tomó un poco de su taza de café con incomodidad para responder poco después–. En mi defensa, se siente como una mantita en las piernas.
Cerró los ojos durante unos segundos, riendo suavemente por el triste intento de la chica de insultarla o al menos intentar insultarla. Ruth nunca le prestó atención a las demás personas y esta no sería la excepción. –A ver, tú eres la que claramente estás equivocada tanto al decir que no eres un espejo porque tu eras la que estaba en mi camino imitando mis pasosy en creer que yo soy la persona adecuada para que discutas, no quieres discutir conmigo –comentó amenazante.
–Hay algo que se llama error, cielo, y es algo que probablemente ya eres de hace un tiempo –le guiñó un ojo sin borrar su sonrisa, no le importaba en lo absoluto lo que fuera que dijere de ella; nunca lo había hecho realmente–. ¿Discutir contigo? Pero si tú eres la que cree que esto tiene siquiera algo que ver con ello; yo sólo te estoy diciendo la verdad.