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Ke arda todo 🌸
Lockdown town
Pandemia
2016
Cuando mi abuela comenzó a morir, estabámos en la clínica en Colegiales con mi hermana -Cecilia, de ahora en adelante “mi hermana”, aunque tengo dos-., mientras ella estaba acostada en una cama. No tenía su dentadura puesta, se le entendía poco, estaba pálida pero se esforzaba por conectar.
Se por su mirada que sabía que iba a morir pronto. Había un acuerdo tácito de no hablar de ello: las tres sabíamos que sería la despedida para siempre, pero no lo mencionamos y apretamos los dientes. Cuando la abracé, las lágrimas estallaron. Lo hice después de que ella le dijera a Ceci: “Mirá, hay como unas estrellitas”. “Qué?”, dijimos nosotras. Todavía siento culpa por la sensación que corrió en el aire. Ella se dio cuenta que no había nada allí, que fue como una alucinación y las tres supimos que su mente se estaba apagando. Con una sonrisa apenas marcada en su boca mi abuela dijo: “Nada, nada, no me lleven el apunte”. (Tan ella esa frase...te extraño tanto abuela). A pesar de que yo soy otra hoy, que han pasado tres años y medio de ese momento y lo estoy escribiendo con un nudo en la garganta. A pesar de tantas alegrías que han ocurrido de allí hasta acá, te extraño. Porque la muerte nunca se comprende, aunque sea justa o el fin de una vida bien vivida.
Entonces nosotras nos miramos sin decir nada y la abrazamos. Yo que quería contener a mi hermana, porque, como siempre, quería controlar todo y eso me ponía nerviosa, y quería hacerle llegar por transmisión cerebral que no llore, que así la abuela no se daría cuenta que estábamos rotas de tristeza por verla partir. Sin aguantar, las lágrimas empezaron a caer pero ella no lo notó. Ví a mi hermana perpleja, nunca fue buena para cualquier hecho de índole sentimental, pero estaba conmovida. La abuela era nuestro ser favorito en la vida y además, sería la primer persona en partir de nuestra familia desde que tenemos uso de razón. La hora de visita terminó, mi papá entró, se despidió también y dos días después su corazón se apagó para siempre. Ese día me fui sabiendo que no la volvería a ver.
Un mes antes de la muerte, el 25 de julio de 2016, mi abuela cumplía 90 años mientras yo llevaba a Él a Ezeiza. Pensaba que cuando volviera, los presentaría. Al regreso del aeropuerto fui a saludarla y tomar unos mates. Más allá de los achaques de la edad -odio esa palabra- ella estaba bien, no era un final anunciado.
Nunca había extrañado a alguien tanto en mi vida como a él durante su estadía en Europa. Nos habíamos conocido en junio pero enseguida supe que era el amor de mi vida. Así de intenso lo sentía y literalmente me volaba la cabeza. Nos la pasábamos comunicándonos y no veía la hora de que estuviese acá.
Minutos antes de que él me llamara cuando estaba por subirse al avión de regreso que nos separaría por sólo doce horas más, recibí la llamada de mi mamá que decía que a su mamá se la habían llevado en ambulancia. Supe que era el fin en ese instante, por esa sensación de certeza que nos invade sin explicación cuando la vemos venir.
Me dolió mucho que mi abuela no lo conociera. Siempre creí que hubo algo conectado intrínsecamente entre su entrada a mi vida y la salida de mi abuela del mundo físico.
Me dio culpa sentirme feliz en esos días cuando estaba con él de vuelta acá y me dio culpa estar triste en su regreso. Me parecía necesario que entienda lo que significaba mi abuela para mi, ya que no había tenido tiempo de contarle a ella lo que él significaba para mi. Esas palabras recibí en un sms ese día, de parte de una amiga con la cual estábamos paradójicamente peleadas a muerte: “Lamento mucho lo de tu abuela. Se lo que significaba para vos”.
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