Buenos días, Princesa.
—Aquello era una cruel y exquisita tentación, sentía todo su cuerpo convulsionar de placer, su piel erizada por las caricias, sus pezones erguidos por cada uno de sus besos. Oh dios mio, aquello era el puñetero paraíso. Y ella lo sabía, a pesar de que nunca antes había probado nada similar, sabía que no quería dejarlo a medias, simplemente no podía. Su mente era un caos total, no podía pensar con claridad y las ideas se nublaban y no le permitían decir nada coherente más allá de gemidos y aún que otro jadeo a la par. Él era fuerte y sabía cómo tratarla, se notaba por la manera autoritaria de mandar sobre ella, de obligarle a estarse quieta o a hacer lo que a él le viniera en gana. Sus pechos estaban enrojecidos por las caricias, mordidas y lamidas que él había hecho en éstos, aunque tenía alguna que otra rojez dada a la succión que la boca de su amante había dejado paso en su camino por deleitarse con el sabor de aquellas dos hermosas y gloriosas montañas. Se sentía totalmente cohibida a sus acciones, como si fuese realmente uno de sus yeguas, de su propiedad, y estuviese amansándola y enseñándole quién mandaba allí. Observó la manera en la que se arrodilló frente a ella, por lo que simplemente le miró, entre confundida y extasiada. ¿Qué tenía pensado hacer, acaso no estaba ya lo suficientemente satisfecho con haber probado cada resquicio de sus pechos más que sensitivos a su tacto. Escuchó su petición e inmediatamente posicionó las manos contra la pared, tratando de mantener el equilibrio para no caer tal y como él le había dicho. Al separarle las piernas una lucecita se encendió en su cabeza. Oh si, ya sabía lo que pretendía… Y lo supo aún más en cuanto empezó a hacer fricción en aquel punto tan sensitivo de su ser. Un extenso y amplio gemido inundó toda la habitación, encorvándose por puro placer y sintiendo que las piernas le flaqueaban. Las palabras que a continuación salieron de sus labios, con esa voz tan grave y sensual arrancaron un amplio sonrojo en sus mejillas, mordiéndose el labio inferior con fuerza de pura excitación al escucharle. Sabía cómo hacer que se estremeciera con sus manos, labios e incluso con unas pocas palabras. Los labios de él se posaron rápidamente en su entrepierna, logrando que la rubia echara la cabeza hacia atrás, apoyando la misma contra la pared y cerrando los ojos con fuerza. Sus labios se abrieron totalmente, soltando pequeños y seguidos gimoteos satisfactorios. Oh dios mio, estaba enardecida, no podía pronunciar palabra, no podía siquiera llevarle la contraria y obligarle a hacer lo que ella quisiera. Había caído presa de su cuerpo y de su enigmática presencia. En cuanto uno de los dedos de él se coló dentro de su ser, sus músculos vaginales se tensaron y llevó una de las manos a la cabeza de él, hundiendo los dedos entre su hermosa cabellera. Inconscientemente su cadera se movió suavemente, como queriendo sentir mejor aquel dedo que se había atrevido a indagar en su interior.—
—Su lengua exploraba el interior de esos labios, saboreando el dulce néctar de su centro. Su dedo, aquel hundido hasta el último nudillo dentro suyo, se movía lenta y provocativamente, . Sentía como su cuerpo quemaba en donde sus pieles se rozaban, como ella pasaba sus dedos por sus cabellos lo volvía cada vez más loco. Tenía ganas de tirarla en la cama y cojerla hasta que cada porción de su cuerpo le perteneciera. Dejó vagar su lengua por el suave capullo, memorizando centímetro a centímetro cada curva y pliegue, si fuera por él, se la pasaría horas simplemente rindiéndole honor a tan delicioso cuerpo, retrasando cada momento para hacerla gritar. Los sonidos que escapaban de sus labios eran obscenos, provocaban que su entrepierna se volviera más y más incómoda. Con su mano libre tocó el bulto en sus pantalones en un pequeño intento de aliviar la tensión allí. Resignado, bajó su cremallera con cuidado y dejando escapar un sonido de incomodidad, pero volvió a mover su boca por sus labios con más ansias, con deseos de sentirla contraerse entre sus manos. Tomó su miembro con una mano y enterró otro dedo dentro de ella con la otra, sintiendo la presión de sus paredes contra sus dígitos. Suspiró ante el placer de sentir su mano alrededor de su miembro le provocaba, pasando sus callosos dedos por su entera forma y circulando con su pulgar la punta, temblando ante las sensaciones provocadas. Por más que le gustara lamer entre sus piernas, quería sentirla con todo su cuerpo; no la tomaría en esos momentos, aún faltaba para eso, pero necesitaba algo o explotaría. Se levantó de su posición en cuclillas, se quitó la camisa que llevaba en un sólo movimiento, posicionándose nuevamente entre sus piernas, pero con un plan distinto.— Ven aquí, Princesa. —Le murmuró al oído antes de llevar sus manos a sus nalgas y levantarla del suelo sin esfuerzo alguno, presionando su cuerpo contra el suyo, dejando salir un gemido de placer al sentir su coño contra su miembro.— Hoy no te follaré, quiero que me ruegues por eso. —Gruñó contra su cuello, en donde había caído su cabeza al sentirla contra él. Con una de sus manos acomodó su miembro contra sus centro, asegurándose de alinear bien contra su raja y mojarse con sus jugos. Empezó a frotarse contra ella suavemente, moviendo sus caderas, sintiendo como cada uno de sus músculos se tensaban al sentirla tan cerca.—














