Me enamoré de ti y no fue tu culpa, no hiciste nada, sola aceleré, me lancé sabiendo que no caería en nada bueno.
Me enamoré porque quise, algo vi en ti, no sé qué, no me preguntes, pero te elegí de entre todos. No estabas obligado a sentir lo mismo que yo, pero tampoco estabas obligado a hacerme pedacitos. Sin embargo, optaste por esa opción, y tampoco fue tu culpa, hay humanos a los que les gusta destruir lo más vulnerable, por algo hay menos espacios verdes, y por algo las rosas son cubiertas con cercas y mallas metálicas, para que no venga nadie como tú a querer cortarlas y deshojarlas.
Debí hacer lo mismo conmigo, pero confié. Igual no te condeno, no soy quién para hacerlo. No me dolió amarte, me dolió quererte, porque sí, te quería conmi- go. Qué egoísta de mi parte pensarte a mi lado toda tu vida, es demasiado pedir; esas cosas nunca se piden, se obsequian y te das cuenta cuando te queda el último soplo de vida.
Querido tú, si se me concediera el deseo de cambiar algo de lo nuestro, no lo haría, volvería a pasar todo, con puntos y comas, porque, aunque no fue grato, es mi historia más bonita. Nada fue en vano, mírame ahora, lo que fui antes de ti ya no regresa, y me alegra, porque estoy amando mi nueva faceta, donde mi boca no volverá a pronunciar un vuelve, porque ya sabe dejar ir. Madurar no es dejar de quererte, tampoco quedar con la mente en blanco, madurar es hablar de ti sin que se me quiebre la voz, madurar es pedirle a Dios por ti y que no cuente los errores que cometiste conmigo, porque yo te absuelvo, porque yo te perdono.
Siempre tendrás un espacio en mi corazón, no porque te siga amando, sino porque me enseñaste todo lo que necesitaba soltar para ser feliz.
Libro: Cartas que no llegaron