La chica de los gatos
Todos los días me acuesto con miedo a no poder dormir. No es algo nuevo. Sé cuándo empezó y también sé cuándo va a dejar de ser así. “No voy a poder dormir, no voy a poder dormir”, me repito. Pensar en todo lo que tengo que hacer al día siguiente empeora las cosas.
Acostarme con Luli me encanta, pero no me ayuda a dormir. La mayoría de las noches me quedo mirando el techo en medio de la oscuridad mientras ella duerme, muy tranquila, sobre mi pecho. “Me transmitís paz” siempre me dice. A veces me da bastante envidia saber que ella sueña, murmura y se mueve. Ella no sabe que yo no duermo, y tampoco pienso contáserlo; la conozco y sé que creería, por alguna razón tan enroscada como un nudo de alambre, que todo sucede por su culpa.
Al principio pensé que era una cuestión de estrés o ansiedad, un trastorno psicológico pasajero. Pensé que tal vez todo tenía que ver con una idea a la que le prestaba demasiada atención en ese entonces: la extraña y seductora idea de una profecía autocumplida.
Cuando cursaba en la facultad, había una chica que creía que todos los demás la veían como una loca, una demente. Nosotros no la conocíamos, por supuesto que no la veíamos de esa manera; no la conocíamos. Sin embargo, ella estaba absolutamente convencida de eso, por lo que todo el tiempo se comportaba de forma perseguida, reaccionando de sobre manera a cualquier mínimo comentario u opinión que alguien le hacía. Obviamente, ese tipo de comportamiento la hacía ver como una loca frente a todos, cerrando el círculo de su propia profecía autocumplida.
Eso es exactamente lo que me sucede cuando me acuesto a dormir. Apoyo la cabeza sobre la almohada creyendo que no voy a poder dormir y en ese instante se disparan un trillón de pensamientos en consecuencia, los cuales no me dejan dormir. Así es como todos los días, o mejor dicho todas las noches, me encierro en mi propia jaula.
¿Alguna vez se quedaron despiertos mientras todos los demás dormían? El silencio de la madrugada es un silencio muy distinto a cualquier otro. Es distinto al silencio cargado de tensión antes de besar a alguien por primera vez y también es un silencio distinto al que se percibe cuando estás flotando en el medio de un lago. Además, el insomnio no afecta únicamente a la percepción de los sonidos; quienes no dormimos también aprendimos a distinguir los diminutos cambios lumínicos. Sabemos a la perfección cuánto tiempo queda antes del alba sin tener que observar un reloj, por ejemplo. Pero eso no es todo, algo aún más extraño es que el silencio insólito y gris de la madrugada tiene peso y grosor, y todos los días tiene un peso distinto y un grosor diferente.
Yo no duermo, o duermo poco, o duermo mal que es todo lo mismo, desde que conocí a la chica de los gatos.
Al levantar la vista noté que era Carlos quien me estaba tocando el hombro.
—¿Te sentís bien? —me preguntó— Estamos yendo al comedor del piso trece a almorzar con los demás, por si querés venir.
—Estoy un poco cansado, vayan que en un rato me sumo —le contesté, en medio de un bostezo.
Crucé el pasillo que va desde mi oficina hasta el baño del noveno piso, donde las luces se vuelven más tenues con cada paso que das. Los carteles de los distintos sindicatos, que cubren casi por completo las paredes del pasillo, te hacen sentir como en el sueño de otra persona. Tal vez en el de un investigador privado que está obsesionado con encontrar a una persona que nunca existió.
Cruzando el pasillo, el baño es tan grande y frío que te obliga a escuchar el eco de cada movimiento que hacés. Al abrir la puerta del baño pude percibir, en un instante más que fugaz, un movimiento ajeno al mío, el cual no pude identificar del todo. A pesar de mis mejores esfuerzos, después de mirar en cada rincón del baño, no encontré nada que haya podido provocar ese ruido. Me acerqué al lavamanos que se extendía por el centro del baño, abrí la canilla y dejé caer el agua sobre mis manos, antes de llevármelas a la cara. Por la ventana abierta entró una corriente de aire helado, que hizo que mis manos se entumecieran al entrar en contacto con el agua. Lo primero que vi en el espejo después de lavarme la cara fueron mis dos ojeras gigantes. A decir verdad, en ese momento me asusté un poco, nunca había tenido ojeras, pero no había necesidad de entrar en pánico.
Tras salir del baño metí las manos en mis bolsillos para que se calienten un poco de camino al ascensor. Debo haber apretado el botón que llama al ascensor unas 5 veces sin respuesta alguna, ni siquiera se prendía la luz de llamado. “Debe estar fuera de servicio” pensé.
Es una tremenda fiaca cuando pasa algo así, porque me veo obligado a elegir entre subir por las escaleras, que las odio, o pegar toda la vuelta hasta la otra punta del edificio para usar el otro ascensor. Por lo general, hubiese usado las escaleras a pesar de odiarlas, porque subir 5 pisos caminando seguía siendo una alternativa mucho más agradable que pasar por todas las demás oficinas y tener que saludar a toda esa gente. Sin embargo, después de pisar el primer escalón y mirar hacia arriba, me dió la sensación de que la escalera era interminable y que yo no tenía la energía necesaria para subir una cantidad infinita de escalones hasta el piso trece, así que crucé todo el piso mirando hacia abajo con aires de apurado para que mis compañeros no se detengan a saludar.
Después de cruzar tres oficinas que no eran la mía, llegué al otro ascensor. Era un poco más espacioso que aquel que yo usaba todos los días, pero más allá de eso eran muy similares. Apreté el botón del piso doce, ya que era el último piso al que se podía acceder por ascensor. Después de unos momentos, la puerta del ascensor se abrió y bajé en el piso doce. El comedor estaba del otro lado del edificio, un piso por escalera más arriba, lo cual quiere decir que tenía dos opciones: cruzar la mitad de las oficinas del piso doce hasta salir al otro pasillo y a la escalera que lleva al comedor, o subir la escalera de éste pasillo y después cruzar lo que sea que haya en esta mitad del piso trece.
Usé las escaleras y subí al piso trece, pero no pude encontrar la conexión que llevaba a la otra mitad del edificio. Al final del pasillo había una puerta de madera, vieja y gastada. El silencio que reinaba en el pasillo hizo que llegue a escuchar lo que en mi imaginación sonó como un maullido. “No sería nada raro ver un gato por acá” pensé. Toqué la puerta y entré.
Sorpresa es algo que no alcanza a describir el tipo de expresión que formó mi cara al ver unos 13 gatos, de diferentes razas y colores, mirándome fijo, en silencio.
Me observaban como si yo hubiese salido de un portal que va a otro mundo, de una puerta que no debería estar ahí. La habitación era inmensa, debía de tener las mismas medidas que el comedor que conozco en el piso trece. Una mesa de plástico enorme ocupaba gran parte de la habitación, que al final daba a otra puerta que llevaba a quién sabe dónde. Del otro lado, una puerta de vidrio conectaba la habitación con lo que supuse era una terraza. “Hola…” murmuré bajito. Uno de los gatos soltó un maullido monótono y rutinario, como casi todo en ese edificio, y luego de unos segundos otro lo copió con un poco más de ímpetu.
—No tendrías que estar acá —dijo la chica de los gatos, que apareció de la nada.
—Perdón, pero dónde sería “acá”.
—”Acá” es acá. Se supone que nadie viene “acá” —me contestó, exagerando unas comillas con los dedos.
—Decime cómo llego al comedor del trece y listo, no me interesa estar “acá”.
—El comedor… —dijo antes de alzar a uno de los gatos.
Lo tuvo un momento en sus brazos, como a un bebé. Luego, de forma rápida, agarró al gato en sus manos y extendió los brazos hacia mí. La nariz del cuadrúpedo quedó a milímetros de la mía, sus amarillos ojos buscaban mi mirada con una expresión indiferente.
—Miau, no sé de cuál comedor hablás, acá comemos por todos lados —dijo la chica, imitando la voz del gato.
—Bueno, gracias de todas formas —le contesté al gato, que estiraba sus patitas hacia mí.
—Como le caes bien a él, te voy a decir cuál es tu problema —me dijo —. Pero primero vayamos a la terraza.
La chica soltó al gato que tenía en brazos, acarició a otro que pasaba cerca y luego me guió hasta la terraza. Desde esa terraza se veía una gran parte del sur de la Ciudad de Buenos Aires, incluyendo la Casa Rosada y el Río de la Plata. A lo lejos se podían ver las altísimas torres de Puerto Madero, era una vista bellísima. Ella se apoyó sobre la baranda, dándole la espalda a la ciudad.
—Tu problema es que no sabés nunca dónde estás, nunca lo supiste. Es tan claro —dijo en un tono muy seguro.
Le quise contestar que no sabía por qué la estaba escuchando si ni la conocía, pero las palabras no salieron. Me quedé observando la vista de la ciudad, que era realmente impresionante. Después, la miré a ella: tenía el pelo de un color castaño oscuro, que hacía resaltar mucho el color miel de sus ojos. Su cara era bastante normal, no tenía un gran volumen de cachetes pero tampoco unos rasgos bien marcados. Lo más interesante era un gesto inconsciente que hacía con la ceja izquierda cada vez que iba a decir algo. Naturalmente, la chica de los gatos me generó curiosidad. Podía notar a kilómetros de distancia que era una de esas chicas que tienen un mundo celosamente privado y maravilloso, al que nadie más que ella podría entrar jamás. También me di cuenta que era capaz de destruir a alguien con una mirada de esos ojos.
—Mirá, vas a saber dónde estás, pero no ahora. Hay cosas que simplemente se saben. No se aprenden ni se enseñan ¿me entendés?
—Claro que no te entiendo —contesté.
—Acá hay trece gatos. Todos tienen nombre, pero yo no sé el de ninguno ¿entendés? Hay cosas que se saben —dijo, mientras me miraba directo a los ojos en búsqueda de algún tipo de comprensión.
—Está bien, pero se está haciendo tarde, mejor lo dejamos para mañana —dije, creyendo que la iba a volver a ver al día siguiente, tal vez con alguna respuesta más sincera.
La chica de los gatos se quedó apoyada en la baranda, mirándome fijo, hasta que di media vuelta y me fui por donde había llegado. Desde adentro observé su figura ondeando en el viento de la terraza, parecía apenas más ligera que el aire. Adentro se notaba que los gatos la esperaban, estaban ansiosos. Acaricié uno de manchas que me cayó simpático antes de irme. Esa fue la primera y última vez que vi a la chica de los gatos.
Esa misma noche había quedado con Luli para cenar en casa. Me gustaba mucho estar cerca de ella y escucharla, había algo en la forma que ella tenía para narrar las cosas que le pasaban. Las expresiones que usaba para acompañar esas historias me interpelaban de una forma irracional y eso me atraía mucho.
—¿Salsa de tomate sola o mixta? —le pregunté, sosteniendo la crema de leche con mi mano derecha.
—Me gustan las dos ¿vos qué preferís? —me respondió mientras atenuaba una por una las luces de la casa.
—Mixta.
—Yo, pensándolo mejor, no quiero ninguna, con aceite de oliva está bien —dijo, antes de revolver sus bolsillos para encontrar su encendedor.
Ella prendió una vela que estaba sobre la mesa ratona del living y se dejó caer de espaldas sobre el sillón. Mientras hervía el agua con los ravioles, tiré la crema sobre la salsa de tomate que había preparado. Después de revolver un poco con la cuchara de madera, el vapor de la salsa se elevó soltando un olor dulce y cremoso, mezclándose con el de la vela aromática. De fondo sonaba una balada de La Lupe, interpretada por Kali Uchis. Lucila me contó que ya no soportaba más a su hermana mayor y que no veía la hora de mudarse, pero el sonido de su voz se perdía con la música.
¿qué te pedí?
que no fuera leal comprensión
que supieras que no hay en la vida otro amor
como mi amor
—¿Ponés otra cosa? —le pedí.
Los ravioles ya estaban para colar.
—Me sorprende lo sentimental y frío que podés ser, es como que no tenés un punto medio como las demás personas— señaló muy acertadamente, en un tono suave.
—Es muy loco viste —le respondí, antes de comenzar a colar los ravioles.
Comimos, cogimos y dormimos, estábamos exhaustos. Yo estaba realmente exhausto. Habíamos charlado sobre todas las cosas que nos preocupaban, que eran muchas, y nos habíamos querido todo lo que nos podíamos querer en un par de horas, en un sillón, en Buenos Aires. Habíamos escuchado al menos 3 discos enteros de música y sin embargo, al cerrar los ojos, la voz de Kali Uchis, y las trompetas que respondían a su melodía, eran lo único que permanecía en mi cabeza.
¿qué no te di?
que pudiera en tus manos poner
y aunque quise robarme la luz para ti
no pudo ser, no pudo ser
Cada tanto vuelvo a la terraza del piso trece. Cruzo las oficinas, uso el ascensor y subo las escaleras hasta el pasillo. La chica de los gatos ya no está, los gatos tampoco. A veces me río solo, cuando salgo a la terraza, pensando en cómo habrá hecho esa chica para transportar semejante cantidad de gatos. Mierda, ¿cómo habrán pasado los molinetes y la seguridad de la entrada?
Ahí en la terraza, la vista de la ciudad sigue siendo la misma, pero ahora, después de 2 meses, duermo. A veces solo y a veces con Luli. Duermo igual de tranquilo que ella, aunque yo no sueño como ella. Hace mucho que no sueño, pero eso no me preocupa, tal vez incluso es mejor que por ahora sea así. Tal vez es mejor no soñar en absoluto, aunque a decir verdad, a veces lo extraño. Extraño el desorden, la locura y, sobre todo, la percepción del tiempo en los sueños.
Hoy Luli descansa otra vez arriba de mi pecho y yo cierro los ojos para dormir. Me pregunto si tiene sentido dormir sin soñar, es decir, ¿en qué otro lugar voy a poder concretar esa alquimia del tiempo? De qué me sirve dormir, si no puedo usar los sueños para llegar más allá del techo de mi habitación y alcanzar la terraza del piso trece, donde está eso que yo ahora sé muy bien: el color miel de los ojos de esa chica.















