Lydia se había pasado la tarde paseando por los pasillos, escuchando a sus compañeras decir cosas sobre los ”nuevos” porque claro, solo venían para el torneo. Decidió ir a a biblioteca para leer algo, nada en especial realmente. Se sentó en una de las mesas y escuchó una voz hablarle pero no entendió lo que decía puesto a que estaba concentrada en otra cosa—. Perdón, pero no escuche nada de lo que dijiste.
Había días en los que Killian se levantaba con buen pie, sonriente y amistoso con todos. Había días en los que lo hacía con el pie izquierdo y todo le salía del revés; lo que ocasionaba un humor de perros en el rubio. Pero había otros, como aquel, en los que las ganas de hacer travesuras le recorrían y no paraban hasta que lograba hacerlo. Por esa misma razón decidió no reprimirse. El fin de semana pasado había comprado unas bombas fétidas en Hogsmeade, porque sabía que le serían de ayuda en algún momento. Y eso fue lo que pensó cuando las dejó caer dentro de la biblioteca, llenando ésta de un olor putrefacto; los pies de un troll olían mejor que aquello seguro. Cerró con rapidez para no ser él quien saliera afectado por la propia broma y pegó la oreja a la puerta, esperando escuchar algo que le hiciera saber que su travesura había salido bien. Sí, eran bromas de niño pequeño, pero divertidas para alguien como el Hufflepuff.












