El penetrante olor de la lavanda se cuela por las ventanas abiertas. Odio el olor a lavanda. El té de lavanda y la vieja hija de puta masticando las masitas con la boca abierta.
Espero que los de la grúa lleguen pronto. Este lugar, esta señora y esas plantas de lavanda me hacen pensar en mi abuela. Trato de no pensarla, trato de no recordarla, pero ese aroma me hace escucharla sorbiendo el té y la veo escupir las migas de las masas secas cuando habla. Vuelan, vuelan por todos lados mientras me caga a pedos con la boca llena.
«¿Por qué no te tomas el té?» «Dale que se enfría, está rico» «la próxima no hiervas tanto el agua» «y poneme mi taza, yo solo tomo en mi taza, ya sabés. Parece que lo hacés adrede».
Miro el celular y hace 30 minutos que estoy acá. ¿Marta? Sí, creo que me dijo que se llama Marta, ¡qué señora tan confiada!, ¡que ingenua! ¿Cómo sabe que no le voy a robar? O a hacerle algo peor… O tal vez sí, tal vez lo sabe; por eso me mira con esa sonrisa falsa.
Marta, ¿Llamaste a la policía? ¿Y si me voy?
Me mira y se ríe, me pregunta cosas y se ríe, cosas que no dan risa ¿Por qué te reís, Marta?... Sí, se me rompió el auto frente a tu casa… Sí, tengo cobertura, sí, llegan en un rato, o eso creo porque tu casa está en la loma del culo… ¿Eso te da risa, Marta? ¿O sos una especie de bruja que puede leerme la mente? ¿Sabés que las lavandas me hacen recordar el aroma del pino? El piso meado y el perro de mierda que me odiaba. Todos me odiaban, por eso me dejaban tantos días en la casa de esa vieja loca. Si me estás leyendo la mente, sabés, Marta, que no miento.
Todas las tardes el perro me veía llegar con las masas que la vieja me hacía ir a comprar. ¡Diez cuadras caminaba!, más cuadras que años de los que yo tenía. Ella no iba, porque era demasiado vieja, yo era demasiado joven, pero no le importaba. Apenas volvía el perro se bajaba del sillón y meaba el piso, un charco enorme para un perro tan chico, parecía que lo hacía a propósito. Entonces la vieja decía: «Se emocionó de verte, pobrecito. Andá, poné el agua y limpiá el piso con el limpiador de pino». No había otro en la casa, pero ella lo repetía siempre.
En lo que hervía el agua yo fregaba el piso lleno de pis del perro hijo de puta. Ella se quedaba parada de brazos cruzados. «Amo el pino, huele a limpio», decía. «La casa siempre tiene que estar limpia».
El té de lavanda olía a perfume y sabía a perfume y el limpiador de pino perfumaba.
Las primeras veces eran algunas gotas, luego dos o tres chorritos. Las últimas tazas se las preparé con el limpiador puro. 13 días tardó la intoxicación en ser letal y apenas me percaté de que no respiraba, fui al comedor y agarré su taza favorita, la golpeé con un martillo hasta hacerla añicos. Los trozos más pequeños y filosos los usé para rellenar las masas y se las di al perro. Todavía respiraba cuando lo enterré en un agujero bien profundo entre las plantas de lavanda.
Limpié toda la casa, porque la casa siempre tiene que estar limpia y me preparé un café con leche mientras llamaba a mi mamá para contarle que la abuela estaba durmiendo hacía muchas horas.
Vos sabés, Marta, si estás ahora leyendo mi mente, vos sabés que la vieja era una mierda. Por eso te reís.
Un silbido me saca del momento de disociación y Marta se pone de pie.
—Ya está el agua para el té. Tengo masitas, ricas, muy ricas. Así matamos el tiempo, andá a saber a qué hora llegará esta gente. Ahora vuelvo.
Marta desaparece rumbo a la cocina y yo aprovecho para salir corriendo.
Como en una pesadilla, noto que crecen lavandas a la orilla del camino. Grandes arbustos, enormes, y a medida que me agito por correr el olor se hace más intenso. Me invaden las náuseas y me detengo un momento a recobrar el aliento. Inmediatamente escucho los ladridos de un perro no muy lejos. Odio a los perros y los perros me odian a mí. Corro más que antes y respiro demasiado por la boca para evitar el perfume, lo cual es imposible. Me duele la zona de las costillas y sigo escuchando al perro. 20 años después es otro perro, es otra vieja que toma té y son otras plantas de lavanda. Sé que son otras plantas de lavanda.
Veo acercarse al vehículo con la grúa. Le hago señas y frena.
Paramos frente a la casa de Marta y el tipo levanta el auto mientras yo aguanto las ganas de vomitar en el asiento de copiloto. La vieja sale de la casa y desde el porche me grita: «¿Qué pasó, nena? ¿Estás bien? ¿Y el té? ¿No te vas a tomar el té?»
—¡Metete el té de lavandas en el orto, Marta! — le grité mientras el hombre ponía en marcha la camioneta.
—¡¡Es té negro!! ¡¡¿Y quién es Marta? Yo me llamo Elvira!!
La escucho gritar a lo lejos mientras recuerdo que Marta era mi abuela.