Palabras
¿En verdad las palabras significan algo?
¿Son algo más que tinta en papel, algo más que sonidos flotando en el aire antes de desaparecer como si nunca hubieran estado? ¿Tienen peso real, o solo el que yo les doy cuando las guardo dentro como si fueran verdad?
A veces pueden ser hermosas.
Como un “te amo” que suena a casa, a pertenecer, a promesa. Pero otras veces… otras veces son cuchillos envueltos en voz, como un “jamás serás suficiente”. Y entonces me quedo ahí, repitiendo esa frase en mi cabeza, como si al desarmarla pudiera entenderla, como si descifrarla pudiera quitarle el veneno.
¿Suficiente?
¿Qué es suficiente para alguien como tú? ¿Para alguien que nunca lo dijo claramente, pero lo insinuaba con cada gesto, con cada silencio? ¿Suficiente como para que me vieras, como para que me escucharas de verdad? ¿O suficiente como para que por fin dejaras de esperar que fuera otra cosa, otra persona, otra versión que nunca pude alcanzar?
Y “jamás”…
¿Jamás? ¿Sabes cuánto tiempo es jamás? ¿Sabes lo que significa vivir con una palabra así clavada entre los huesos? Jamás es eterno, pero no es grande: es una celda. Una condena disfrazada de frase. Y tú la dijiste con tanta naturalidad. Como si no supieras cuánto puede doler.
Entonces vuelvo a la pregunta:
¿En verdad las palabras significan algo?
¿O soy yo, aquí, aferrándome a ellas para que el dolor tenga forma, para que el vacío suene a algo, aunque sea a eco?
¿Soy yo, buscándoles sentido para no aceptar que tal vez nunca lo tuvieron?
¿O soy yo tratando —con desesperación, con miedo— de que no duela tanto, de no odiarte?

















