La profe de cuarto
A Claudia, la profe de cuarto, todas le teníamos miedo. Con uno que otro kilo de más, el pelo corto y un par de ojos verdes que parecían aumentar de tamaño cada que se enojaba, Claudia era la más temida de la Escuela Malta. Superaba incluso a Sandra, la de primero, una mujer alta y de mal carácter que amenazaba a las niñas con lanzarlas a la represa del Club Pilsen si no dejaban de llorar.
Los gritos de Claudia se escuchaban en cada rincón de esa casita que teníamos por escuela las 150 niñas, familiares de trabajadores de la Cervecería. Ella era divorciada y su matrimonio le había dejado un hijo mono y medio gordito, que nos hacía suspirar a todas cada que dejaba su colegio de ricos para venir a las fiestas de Antioqueñidad.
Yo, una niña curiosa, despistada, olvidadiza y adelantada a mi edad, había pasado los años anteriores haciendo planas para mejorar mi caligrafía, leyendo cuentos de terror bajo las cobijas y temiéndole más a esa mujer de anchas dimensiones que a Dios. Había sobrevivido a la profe de primero que evidentemente me odiaba a mí y a su trabajo, quería con el alma a Amalia, la profe de segundo y directora de la escuela, y había pasado con méritos tercero, el grado de la profe Islenia.
A pesar de mis experiencias en la Escuela, llegué al cuarto grado casi temblando, como todas mis compañeras de curso, para darme cuenta de que la cosa no era tan grave, de que, si no la hacíamos enojar, Claudia no tenía por qué girar su mirada inquisidora contra ninguna de nosotras. De hecho me gustaba como hablaba porque se parecía a mi papá y nos decía lo mismo que él me repetía cada que tenía oportunidad: que si estudiábamos y nos convertíamos en profesionales, nunca tendríamos que depender de ningún hombre. Según Claudia, teníamos que ser como ella, que tenía su plata y era independiente, y por eso había podido separarse de su esposo sin sentir dolor en los bolsillos, únicamente en el corazón.
Sin embargo, a pesar de la prevención y la admiración, en el grado de la profe más “brava me fue mal. Al comenzar el año me lancé a la alcaldía del salón. Mi papá me ayudó a armar el plan de gobierno, elaborar la estrategia de publicidad y estructurar las propuestas de campaña: un cineclub para el último viernes de cada mes, un taller de lectura y una cajita viajera llena juegos didácticos que se pasaba de mano en mano cada fin de semana. Conquisté a todas mis compañeras, sobre todo a la profe Claudia, quien, violando las leyes universales de la democracia, le dijo al curso que si ella pudiera votar, votaría por mí.
Mi primer mes como Alcaldesa no estuvo tan mal. Aunque en el juramento de posesión levanté la mano izquierda en lugar de la derecha, cumplí con las propuestas y era un ejemplo para el grupo. En el segundo mes únicamente hacía el cineclub, y en el tercero, no llevaba ni tareas, ni películas, ni buenas notas. El grupo, motivado por la profe, tomó la decisión de darle la Alcaldía a Derly, una niña de exámenes en cinco y uniforme bien planchado que había conseguido el segundo lugar en número de votos. En esa escuela de 150 niñas perfectas en la que no pasaba nada, yo me había convertido en la noticia más escandalosa de los últimos años, después de la niña de quinto que había escrito el nombre del hijo de la profe Claudia en la pared del baño, encerrado en un corazón.
La vergüenza, las notas en el cuaderno Comunicador, los castigos a consecuencia y los ojos de Claudia, me motivaron a hacer las tareas cada día justo después del almuerzo, a retomar las planas en el libro de doble línea y a levantarme más temprano para evitar los regaños por impuntualidad. Al séptimo mes del cuarto grado yo había vuelto a ser una niña juiciosa de buenas calificaciones y mi papá había pasado de firmar regaños a firmar felicitaciones.
En quinto, aunque tuve pocas ganas lanzarme a la Alcaldía, me nombraron “niña perfil” varias veces, recibía regalos después de las entregas de notas y mi profe de cuarto, la más “brava” de la escuela, me sonreía cada que me veía. Cuando me gradué de primaria me dieron un diploma que decía: Ana María Plata Osorio, alumna destacada gracias a su espíritu de superación. El abrazo de Claudia fue el más fuerte, supongo que estaba orgullosa.













