Las mariposas de mi mamá
Una tarde, mientras caminaba sin prisa, una mariposa apareció de la nada y comenzó a revolotear a mi alrededor. No era algo extraordinario; las mariposas existen en todas partes. Pero aquella vez fue diferente. Se quedó cerca de mí unos segundos, como si quisiera llamar mi atención, y entonces sentí esa mezcla de nostalgia y calma que solo mi mamá sabía provocar. Mientras la observaba mover sus delicadas alas, recordé algo que ella siempre decía.
Mi mamá estaba convencida de que mi papá venía a visitarla en forma de colibrí. Cada vez que veía uno, sonreía con una certeza que yo no terminaba de comprender. Lo miraba volar y decía: "Es tu papá, vino a saludarme". Y aunque yo nunca le pregunté si de verdad lo creía o si simplemente era una forma hermosa de sentirlo cerca, en el fondo me gustaba pensar que tenía razón.
Aquella tarde, viendo a la mariposa danzar frente a mí, entendí algo que nunca había entendido.
Quizá el amor es tan grande que se niega a desaparecer. Quizá cuando un alma deja este mundo no se lleva consigo los lazos que construyó aquí. Tal vez encuentra otras maneras de regresar, de abrazarnos sin brazos, de hablarnos sin palabras.
Y entonces pensé en mi mamá. Pensé que, así como ella encontraba a mi papá en los colibríes, yo ahora la encuentro en las mariposas.
Cada vez que veo una, me detengo un momento. Ya no la miro solo como una mariposa. La miro como quien recibe una visita inesperada de alguien a quien extraña profundamente. Y por unos instantes, el mundo parece más ligero. Me gusta imaginar que es ella. Que su alma viaja escondida entre colores y alas suaves para recordarme que no estoy sola. Que sigue aquí cuando la extraño. Que sigue cuidándome cuando la vida se vuelve difícil. Que sigue amándome de la misma manera en que lo hizo siempre.
No sé si es verdad. No sé si las almas pueden transformarse en mariposas o si el amor tiene realmente la capacidad de cruzar la distancia entre la vida y la eternidad.
Pero cuando una mariposa se posa cerca de mí, siento paz. Y en ese instante, no necesito respuestas. Porque en mi corazón escucho la voz de mi mamá hablando de los colibríes, y sonrío al pensar que, así como mi papá encontraba el camino para llegar a ella, ahora ella encuentra el camino para llegar a mí.











