Cuando hacia mediados de los años treinta la poetisa y pintora María Angélica Junquet de Arcal (1892-1975) regresó junto a su marido de una estancia prolongada en Buenos Aires, su casa en la ciudad de Rosario se transformó en un lugar de discusiones políticas y encuentros culturales. A esos eventos asistía un grupo de amigos entre quienes se encontraban Alfredo Laborde, Manuel A. Castagnino y otros reconocidos profesionales que ocupaban cargos de importancia en la ciudad. En estas tertulias se desarrollaron redes de sociabilidad que dieron paso a un tipo de sensibilidad política y a la formación de un proyecto cultural. A la vez, propiciaron un espacio de libertad intelectual creado y sostenido por una mujer, desafiando así ciertas convenciones de género. Angélica Gorodisher, hija de la escritora, recordaba una infancia en la que su casa era frecuentada por personas que hablaban de literatura y de arte, aludiendo asimismo a las inquietudes mantenidas y desarrollas por su madre fuera del ámbito privado. En este sentido, refería a una formación cultural que superaba las prácticas de la educación tradicional femenina, las cuales incluían, fundamentalmente, aprendizajes de música y de la lengua francesa. Angélica de Arcal, como firmara sus libros, manifestó intereses amplios asociados a la música, la literatura y el arte; cursó estudios de pintura con Salvador Zaino y durante un periodo se dedicó a la producción plástica e integró algunas exposiciones colectivas, pero finalmente se inclinó hacia el ejercicio literario. Aunque su carrera profesional como pintora se viera interrumpida de manera temprana, continuó pintando en forma reservada y conservando una fluida relación con el círculo de artistas al que trató de beneficiar.
Fuente: Elisabet Veliscek, La Asociación Amigos del Arte de Rosario: salones, exposiciones e itinerarios de una institución moderna (1944-1959)












