A pesar de rutinario, es imposible no apreciar el espectáculo de la tarde camino a casa. Las mujeres de ropas de colores, con sonrisa batida y los pies cansados no pierden la esperanza de vender esas ropas y accesorios que han tardado días en tejer. Están rodeadas de pequeños que descalzos juegan entre ellos y aprovechan para acercarse a los turistas y pedirles algunas monedas. Se observan muchos árboles, pero no los suficientes como para refrescar al cuerpo de la pesadez del sol y sus rayos que lo aturden. Es un calor muy seco. En la esquina, el señor de los garbanzos está rodeado de antojadizos compradores, mientras que el anciano de sombrero de paja, sentado en la jardinera bajo el framboyán, aprovecha para platicar con el distraído de mediana edad que quiso aprovechar también las bondades de la sombra.
A unos metros miro ese muro amarillo que ha perdido color a través de los años y que deja entrever alguno que otro agujero por el resquebrajo del barro que cubre la superficie. Miro atentamente y exhalo en un profundo suspiro mientras abro la puerta de esa vieja casa donde habito. La fresca humedad que guardan las cuatro paredes aterriza mi mente. Ha estado agitada entre tantos pendientes y abrumada de tantos recuerdos, porque hoy es hoy. De repente escucho un ruido que me remite a una tubería de agua, viene de mi estómago hueco. Olvidé que apenas y probé bocado por la mañana. Pienso en lo deseosa que estaba cuando comencé a comer esas enchiladas de mole rojo, que evito perder el tiempo, tomo el plato del frigorífico gastado y de inmediato lo coloco dentro del microondas. Unos minutos después, me encuentro devorando este platillo que está colmado de infancia.
La pesadumbre que domina mi cuerpo después de comer me incita a tomar una siesta, miro el reloj y encuentro que le quedan algunos minutos al sol que ahora es liviano. Me despejo, tomo mi morral naranja deteriorado y salgo a caminar. Después de un par de cuadras, encuentro a Doña Esther que ha instalado su puestito más temprano de lo normal. La noche ha caído y el clima me invita a tomar una bebida caliente.
- Doña Esther – dije mientras sacaba del bolso mi monedero. La mujer de mediana estatura, cabello canoso y ojos negros giró hacia mí y sonrió, mostrándome su dentadura manchada y secándose sus agrietadas manos en su mandil blanco.
- ¿Qué vas a querer, Sandra? ¿Un café de olla! – dijo prediciendo antes de que alcanzara a decir otra palabra. Sonreí melancólica. La señora Esther parecía presentir lo que necesitaba en ese momento.
Cuento una a una las monedas que traigo conmigo, pero separo la más brillosa, la que parece nueva, y la guardo. Imagino a mi madre diciendo: “guarda la más nueva para después, esas son las de la buena suerte”. Pago, camino y me siento en la primera banca que encuentro. Mi cabeza está desatada otra vez. Suspiro profundo y siento de inmediato otro vacío. Recuerdo otra vez que es hoy, el calendario también me lo dijo. Cabizbaja continúo bebiendo mi café. Ahí está de nuevo el hueco en el estómago, caigo en cuenta que no se llenará con un plato de enchiladas de mole. Había abierto sin querer aquella caja desbordada de melancolía. Ciertos recuerdos emergieron como sueños vívidos trayendo consigo el vaivén de ese perfume, la carcajada estrambótica y el repertorio, no sé si completo, de frases que sólo a los de corazones rotos nos trastocan.
Suenan las campanadas de las siete y regreso del lapsus taciturno en el que me encontraba absorta. Al parecer había pasado ya media hora de que había dado el primer trago al café. Inflo los pulmones y arrojo el aire con fuerza para levantarme. No me gustaría regresar tan pronto a casa, y menos con esa áspera maraña en mi cabeza. Camino sin rumbo y me detengo en el Parque Maravilla. Me siento en la banca de siempre y me enfoco. Uno de mis pasatiempos es observar a la gente e inventarme historias. Mientras curioseo a las personas con sus perros, mi mente recrea su vida y sonrío para mis adentros. Apareció minutos después, aquél de quien no he inventado vida, pero sí he sido parte de ella. Era Roberto. Estaba ahí con la espesura de sus ojos fija en mí. Recordé nuevamente que es hoy, y que no debía salir.
Escrito para un taller con la intención de imitar a Sylvia Plath