[...] volver a notar en la boca el sabor que tienen las cosas cuando las tragedias aún no han alterado los órganos del gusto.
Muriel Barbery. La vida de los elfos.

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[...] volver a notar en la boca el sabor que tienen las cosas cuando las tragedias aún no han alterado los órganos del gusto.
Muriel Barbery. La vida de los elfos.
Al ser relegado a la categoría de "manualidad" o "artesanía", el bordado se salvó de la ridícula idea de originalidad que rige el canon masculino del arte occidental. Pasa lo mismo en mucha literatura escrita por mujeres para que nos ayuden a expresarnos o por el puro gusto de compartirlas, repetirlas y saborearlas. Lo hacemos sin miedo, sin vergüenza, gozándolo.
Jazmina Barrera. Punto de Cruz.
by johan deckmann
[via]
¿Cedo, o avivo por luchar un amor repentino? Cederé: no pesa la carga que bien se lleva. Yo vi de una agitada antorcha crecer vívidas llamas, y la vi apagarse, si no la agitaba nadie.
Ovidio. Amores I, II.
Más allá de la ficción, sabemos que Hipatia era una inteligente, carismática y valiente mujer. Probablemente era una profesora líder en su época, así como una importante figura pública en Alejandría por su mentalidad cívica. Mi deseo es que inspire a más mujeres a correr el riesgo, ponerse el manto de los filósofos y salir a la plaza.
Lisa Whiting. “Hypatia”. En The Philosopher Queens.
Some men say an army of horse and some men say an army on foot and some men say an army of ships is the most beautiful thing on the black earth. But I say it is what you love
Safo
Mientras sus ojos buscaban el lugar donde había abandonado la lectura y luego retrocedían unas frases atrás para recuperar el hilo de la historia, la suave brisa del relato se llevaba todas las preocupaciones del día y los miedos intuidos de la noche. Aquel tiempo de lectura me parecía un paraíso pequeño y provisional ―después he aprendido que todos los paraísos son así, humildes y transitorios―.
Irene Vallejo. El infinito en un junco.
La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad.
Irene Vallejo. El infinito en un junco.
La comunidad tiene por fundamento el servicio, no el cálculo del propio beneficio. Cada quien tiene la obligación de prestar una contribución al bien común. El servicio ha de ser recíproco: nadie está dispensado de él, pues es signo de pertenencia a la comunidad.
Luis Villoro. De la libertad a la comunidad.
El golem- Borges
Si (como afirma el griego en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa en las letras de 'rosa' está la rosa y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'. Y, hecho de consonantes y vocales, habrá un terrible Nombre, que la esencia cifre de Dios y que la Omnipotencia guarde en letras y sílabas cabales. Adán y las estrellas lo supieron en el Jardín. La herrumbre del pecado (dicen los cabalistas) lo ha borrado y las generaciones lo perdieron. Los artificios y el candor del hombre no tienen fin. Sabemos que hubo un día en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre en las vigilias de la judería. No a la manera de otras que una vaga sombra insinúan en la vaga historia, aún está verde y viva la memoria de Judá León, que era rabino en Praga. Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones de letras y a complejas variaciones y al fin pronunció el Nombre que es la Clave, la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio, sobre un muñeco que con torpes manos labró, para enseñarle los arcanos de las Letras, del Tiempo y del Espacio. El simulacro alzó los soñolientos párpados y vio formas y colores que no entendió, perdidos en rumores y ensayó temerosos movimientos. Gradualmente se vio (como nosotros) aprisionado en esta red sonora de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora, Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros. (El cabalista que ofició de numen a la vasta criatura apodó Golem; estas verdades las refiere Scholem en un docto lugar de su volumen.) El rabí le explicaba el universo "esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga." y logró, al cabo de años, que el perverso barriera bien o mal la sinagoga. Tal vez hubo un error en la grafía o en la articulación del Sacro Nombre; a pesar de tan alta hechicería, no aprendió a hablar el aprendiz de hombre. Sus ojos, menos de hombre que de perro y harto menos de perro que de cosa, seguían al rabí por la dudosa penumbra de las piezas del encierro. Algo anormal y tosco hubo en el Golem, ya que a su paso el gato del rabino se escondía. (Ese gato no está en Scholem pero, a través del tiempo, lo adivino.) Elevando a su Dios manos filiales, las devociones de su Dios copiaba o, estúpido y sonriente, se ahuecaba en cóncavas zalemas orientales. El rabí lo miraba con ternura y con algún horror. '¿Cómo' (se dijo) 'pude engendrar este penoso hijo y la inacción dejé, que es la cordura?' '¿Por qué di en agregar a la infinita serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana madeja que en lo eterno se devana, di otra causa, otro efecto y otra cuita?' En la hora de angustia y de luz vaga, en su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?
La tan loada dureza, para la que tendríamos que ser educados, significa sin más indiferencia frente al dolor, sin una distinción demasiado nítida entre el dolor propio y el ajeno. Quien es duro consigo mismo se arroga el derecho de ser duro también con los demás, y se venga así del dolor cuyos efectos y movimientos no sólo no pudo manifestar, sino que tuvo que reprimir
Theodor Adorno. Educación después de Auschwitz.
Si alguien lee para ti, desea tu placer; es un acto de amor y un armisticio en medio de los combates de la vida. Mientras escuchas con soñadora atención, el narrador y el libro se funden en una única presencia, en una sola voz.
Irene Vallejo. El infinito en un junco.
Nuestra piel es una gran página en blanco; el cuerpo, un libro. El tiempo va escribiendo poco a poco su historia en las caras, en los brazos, en los vientres, en los sexos, en las piernas. Recién llegados al mundo, nos imprimen en la tripa una gran «O», el ombligo. Después, van apareciendo lentamente otras letras. Las líneas de la mano. Las pecas, como puntos y aparte. Las tachaduras que dejan los médicos cuando abren la carne y luego la cosen. Con el paso de los años, las cicatrices, las arrugas, las manchas y ramificaciones varicosas trazan las sílabas que relatan nuestra vida.
Irene Vallejo. El infinito en un junco.
Lo curioso es que aún podemos leer un manuscrito pacientemente copiado hace más de diez siglos, pero ya no podemos ver una cinta de vídeo o un disquete de hace apenas algunos años, a menos que conservemos todos nuestros sucesivos ordenadores y aparatos reproductores, como un museo de la caducidad, en los trasteros de nuestras casas.
Irene Vallejo. El infinito en un junco.
Una novela no es una alegoría sino la experiencia sensorial de otro mundo. Si no entramos en ese mundo, si no contenemos la respiración con los personajes, si no nos involucramos en su destino, no habrá empatía. Y la empatía es la clave de la novela. Una novela se lee así: inhalando la experiencia.
Azar Nafisi. Leer Lolita en Teherán.
Ignorar la rabia no convierte en mujeres que no nos preocupamos por nosotras mismas y le permite a la sociedad ignorarnos también. Vale la pena subrayar que tratar el dolor y la rabia de las mujeres de este modo hace más fácil que nos exploten: en la reproducción, el trabajo, el sexo y la ideología
Soraya Chemaly. Rabia somos todas.