Día 20. Es media noche hace tres días. El invitado de hoy al bafleo en homenaje a Bowie es Daniel Jiménez (@danieljq):
Antes de la música estuvo el silencio y antes del silencio estuvo esa mirada. La dureza de los ojos y todas las sutilezas alrededor: el color de la piel, el contraste de tonos, esa seducción fría, la marea de sus manos en la portada de Heroes fueron mi primer convencimiento místico. A los 8 o 9 años la vi por primera vez en una postal en el Teatro Matacandelas y, sin recordar cómo se llamaba ni quién era, durante años quise imitar ese movimiento. Esa imagen se calcó en mi cabeza y ahí se quedó incubándose hasta que un día la volví a ver en la televisión. Ahí supe que la fotografía en blanco y negro que tanto me había gustado tenía como protagonista a un señor llamado Bowie. Y supe por primera vez de sus canciones para entender que esas manos apuntaban a una dirección de ritmo y melodía. Y me obsesioné. Quería escucharlo, saber más de él, pero en el principio más lejano no sabía dónde encontrarlo. Y así pasaron años de sospecha y otros descubrimientos, hasta olvidarlo.
Un corte a negro y tiempo después, un día del 2007 comencé a trabajar en la radio de mi universidad en Armenia. Llegué para reemplazar a un amigo que se había enfermado para no volver. Me regalaron un curso rápido para saber jugar con los mandos de control, los micrófonos y los computadores que hacían que todo funcionara. Nunca antes había puesto a rodar un LP y no sabía poner ni quitar una aguja sin creer que todo iba a terminar en un desastre. Pero me echaron al agua y aprendí. Me encargaron una misión simple: la programación del domingo al final del día.
Durante cuatro meses me la pasé ahí de 8 de la noche a 2 de la mañana. Cada semana, con puntualidad peregrina y voz sobreactuada, anunciaba dos o tres cosas de interés para la universidad y daba la bienvenida a quien sea que estuviera escuchando esa radio que cubría todo el Eje Cafetero, el sur de Antioquia, Chocó y el norte del Valle. Con la única excepción de un programa de zarzuelas, era un horario en el que no había programación fija, en el que nadie llamaba a pedir nada y en el que, en resumen, podía poner a sonar lo que quisiera siempre y cuando no me saliera de la colección musical que poseía la universidad. Lo más común por aquel entonces era que, quienes estaban detrás de los mandos, se desconectaran de toda responsabilidad seria y pusieran una lista horrible de enlatados de ambient de ascensor y supermercado. Al desmadre, podían sonar de veinte a cuarenta canciones seguidas de Ray Conniff, Enya o Clayderman y, mientras tanto, el que estuviera detrás de ese infierno se dedicaba a chatear o a fumar para matar el tiempo de ese horario infame. La depresión común del domingo ganaría cualquier guerra con esos aliados.
Aterrado, me negué a seguir la corriente y comencé a programar en contravía. Al principio hice lo fácil, busqué en la colección de mp3 en los computadores del estudio de emisión y compartí mis enamoramientos repentinos con Radiohead y los Talking Heads. Acumulaba victorias mínimas: un día logré hacer una transición exitosa entre “Biko”, de Peter Gabriel, y una “Vienna Calling”, de Falco, para cerrar con uno de esos popurrís satánicos de Yma Sumac y un espasmo de Isoleé. Con una audiencia principalmente sobre los 50 años, según las estadísticas de la época, siempre me preguntaba por la reacción del que estuviera escuchando esa lista de canciones, un domingo bien entrada la noche después de misa, y cómo podía sumarle al espanto y el desconcierto con mezclas tan insolentes para la programación habitual.
Y así exprimí la por entonces tímida colección digital de la emisora hasta que, una noche de septiembre, tuve que recurrir, para evitar repetirme y aburrirme, a la olvidada colección de LPs que nadie revisaba por pura pereza, por evitar el polvo y por desconocimiento. En una habitación se acumulaban alrededor de 400 discos que nunca habían sido catalogados. Un primer vistazo dejaba ver una insólita colección de flamenco y un derroche de música andina. Eso espantaba a cualquier cabeza inquieta por clásicos de culto. Sin embargo, los ya viejos directores de la emisora (respetables estatuas mayores de 70 y aficionados al canto lírico) le daban la espalda a una parte de la colección a la que rodeaba un mito que entusiasmaría a cualquiera, menos a ellos: se decía, por esos días, que una esquina de esa bodega tenía un muro de cajas que había llegado varios años atrás como una donación secreta de la familia de Carlos Lehder, el tristemente célebre mafioso que hizo parte del Cartel de Medellín. Ese Lehder era conocido por sus excentricidades e intensa personalidad. Y había algo que lo ponía fuera de la órbita del mafioso más tradicional: su tremenda obsesión por el rock. Había rumores descocados y verdades sabidas alrededor de él y esa pasión. Como el de aquella vez que secuestró a Ringo Starr para encerrarlo durante una semana larga en su isla en el Caribe. O la vez en la que contrató a una banda archiconocida (¿Rolling Stones?, ¿AC/DC?, ¿Aerosmith?, el mito siempre mutará según la cantidad de tragos que tenga encima quien lo cuente) para un concierto privado en La Posada Alemana, su hacienda a las afueras de Circasia, el pueblo más triste del Quindío. Se creía, entonces, que algunos de los LPs de su colección personal habían ido a parar a la emisora de la universidad después de pasar de mano en mano y por la nerviosa vocación de una familia que quería deshacerse de cualquier legado del narco más alternativo. Lo más seguro era que todo fuera un chisme redondo, de los más torpes, y lo más probable es que esos disco llegaran ahí como herencia de alguien, de un cualquiera menos comprometido con la épica que se había dedicado a regalar cualquier equipaje de sobra en su vida.
Entonces, esa noche de septiembre, después de dejar una lista de canciones aprendidas y programadas, decidido a ponerle cara al polvo de ese Himalaya de discos, entré a esa bodega a abrir cajas para ver qué se guardaban los jefes de la emisora. Y ahí, muriéndose de silencio, toqué un pequeño tesoro: la discografía completa del mejor Pink Floyd, todos los 60s y 70s de los Rolling Stones, el London Calling, el Transformer, The Stooges, Joy Division, Brian Eno y Harmonia. Y claro: Bowie, diez veces las muchas caras de Bowie. Y entonces, enmarcado en esa fotografía de Masayoshi Sukita, el disco que tanto me había buscado y que se me había perdido en la imaginación. Lo tenía en mis manos y podía pesarlo. Pude doblarlo y rasgarlo y emocionarme como pocas veces me había emocionado. En una reacción inmediata, corrí hacia el estudio de emisión, abrí el LP, limpié las agujas y paré cualquier otra cosa que estuviera en reproducción para ponerlo a sonar, quién sabe después de cuántos años de estar aislado en cajas. De principio a fin.
Esos días se van a quedar en mi cabeza como los días más confusos de la vida que he vivido hasta ahora. Estaba descosido: mi primer novio había muerto unos meses atrás en un accidente de carro. No me entendía en las calles de esa ciudad y los pocos amigos comenzaban a huir a otros lugares. Estaba terminando la universidad y me angustiaba el tiempo libre en el que solo planeaba mudanzas imaginarias a cualquier esquina del mundo. No sabía qué quería hacer con mi vida. Tenía un huracán de ruido blanco en mi cabeza y ese álbum se convirtió en mi escampadero ritual todos los domingos, en mi amuleto y burbuja de descubrimientos y muchos silencios para pensar y aprender sobre mí mismo, una brújula para mi ruido interior, una oscuridad incendiada.
Durante los siguientes tres fines de semana que me quedaron en esa emisora, comenzando siempre a las doce de la noche y hasta llegar al respiro de la última canción al filo de la una de la mañana, el Heroes de David Bowie se convirtió en un guiño salvavidas. “Beauty and The Beast” era un empujón para despertarse y sacudir los parlantes de esa radio adormilada. La bocanada de la canción que da título al álbum, con esas capas de ruido inventas por Brian Eno y esa voz dulce que cabalga hasta hacerse un grito desesperado, era una confirmación de la urgencia de estar vivos. “V-2 Schneider” y “The Secret Life of Arabia” eran las enigmáticas batidas de ritmo que seducían por su potencia, una cátedra de sonido. Pero de las diez canciones del álbum, siempre había una sola que me inmovilizaba y me obligaba a mirar con serenidad esa mirada extraviada de Bowie en la portada: “Sons of Silent Age”.
"Don't walk... they just glide in and out of life.
They never die... they just go to sleep one day."
Esa canción se transformó en la marca de esos días. Cantaba acerca del desconcierto y de la especie de la que me sentía parte. Y creía entenderlo. En los tres minutos largos de esa canción estaba el catálogo de las distintas voces del Bowie que más aprendí a querer: el que lee ideas, el que grita, también el crooner. Esa canción fue el enamoramiento con el que aprendí de él, el que me llevó a convencerme de que podía conocerlo más. Y ahí, después de todos esos años, pude conectar todo lo que decía en mi memoria aquel primer encuentro con esa primera mirada que le conocí, lo que me había cautivado: la persistencia sutil del silencio, la elocuencia de lo que se puede decir solo con la dimensión de una mirada y el cuerpo. La música congelada, más allá.
Al día de hoy, después de aprender de toda su discografía y después de volverlo una de las orillas más importantes de mi imaginación, recuerdo mi relación singular con esa canción y cómo me vi retratado desde el molde anímico de su letra. Su música estuvo ahí para imponerme al ruido y esa canción fue la primera invitación a avanzar. Y mirar con esos ojos. Y abrazar con satisfacción el riesgo de convertirme en silencio.