Perfidy... | Rafayel Qi (Versión esp)
Pareja: Rafayel Qi x Non!Mc ♥
Resumen: Llega a oídos de Rafayel que una investigadora posee pruebas físicas, documentales, que podrían comprobar la verdadera existencia del pueblo de Lemuria así como que los descendientes de aquel antiguo pueblo siguen vivos, que la sangre lemurian no se ha extinguido por completo; información que de salir a la luz, podría poner en peligro una vez más al pueblo que Rafayel decidió esta vez elegir salvar.
En otras palabras, Rafayel terminará viéndose nuevamente entre la espada y la pared, al intentar salvar a su pueblo de otra inminente desgracia.
Tags: Professor Rafayel, Lemurian Sea God, Non!MC, Betrayal, Angst, Angst and Hurt/Comfort, Light Angst, Comfort/Angst, Slow Burn
C.P.: 5.6 K
Nota: Buenass!!
Pequeña aclaración, en temas cronológicos, se desarrolla unos años antes de la anécdota número dos de Rafayel, lo que modifica ligeramente las circunstancias en que él comienza en la docencia, pero poco más que ello.
P.d.: Ya estoy trabajando en el segundo capítulo, tal vez mañana, 03/05/2026 o a más tardar el 04/05/2026, ya estaré publicando el segundo capítulo.
Espero que les guste…
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[Text divider credit @angeliicide]
Las olas, frías e irritadas, embestían contra la orilla de la playa una y otra vez, dejando consigo un sonido tétrico y enfurecido, la oscuridad de las aguas engullendo las pequeñas conchas de mar y los pequeños crustáceos que salían eventualmente a respirar en la superficie, un acto habitual que por alguna razón aquella noche se desarrollaba de forma más enfurecida, menos armoniosa. Algo que los mortales podrían atribuir al clima tormentoso con el que se ceñía aquella madrugada, pero no era realmente así, algo estaba pasando.
El dios del mar sabía que algo no iba bien, y con ello, la calma del mar nocturno se veía perturbada.
Era pasada la media noche cuando Rafayel recibió aquel inesperado mensaje de su tía, el que perturbaría sus planes de esperar paciente y pacíficamente al reencuentro con su amada; el mensaje comenzaba con «tenemos un problema» seguido de la descripción de una mujer aparentemente académica, nacida en el país, historiadora y docente de historia en la universidad de Linkon City; el mensaje también explicaba que gracias a un informante interno en la universidad, había llegado a ser de conocimiento de Talia, que dicha mujer estaba llevando a cabo una investigación sobre la civilización Lemurian, teniendo pruebas factibles de la existencia de dicho pueblo, llegando a desmentir las afirmaciones de que el mismo fue ficticio, mero producto de un mito.
La información de Talia sobre la investigación, si bien era limitada, demostraba que la mujer había afirmado poseer pruebas documentales de la existencia de su civilización, que sobrepasaban las meras demostraciones de arte, teniendo documentación que databa de unos cuantos siglos atrás, así como entrevistas testimoniales de supuestos descendientes de Lemurian, que habían dado información y constancia de la cultura de su gente.
Esa misma noche, tras sentir que el pincel sostenido detrás del helix de su oreja comenzaba a arder, causa de su propio evol y el desbalance de este por su creciente ira, Rafayel ideó el plan de cómo acabaría aquella maldita investigación.
Los mares eran testigo de lo mucho que había sufrido su gente a lo largo de los siglos, lo que alguna vez fue una próspera civilización colmada con cultura, arte y tecnología, lo que una vez había sido convivencia armónica con los demás seres del océano, en un canto ancestral compartido con las vastas aguas e innumerables criaturas de éstas; había pasado a ser un pueblo caído en desgracia tras sacrificios y traiciones, surgidos de errores de juicio de su propio gobernante, a quien éste veneraba y confiaba a él sus vidas; el egoísmo de un amor latente que juró perdurar por la eternidad bajo la promesa de reencontrarse junto al océano una vez más. Tras años de lucha por la supervivencia y caer en el anonimato para asegurar la existencia de su gente, los Lemurianos padecieron nuevamente, esta vez a manos de los mortales, que en antaño habían temido fervientemente al gobernante de los mares.
Aquella mujer, era una más de ellos, de los despiadados enemigos que no los veían como seres vivos a quienes respetar y con quienes convivir en armonía como ellos siempre pretendieron, tanto con criaturas acuáticas como terrestres; éstos no eran motivados por la armonía y la libertad como ellos, sino que por el hambre.
Hambre de poder, de riqueza; por una ambición desmedida por lo que se les es negado por naturaleza, por la longevidad. Los mares son testigo del dolor de su pueblo ante sus pérdidas en manos de aquellos despiadados seres hambrientos por la inmortalidad.
Mientras machacaba histéricamente una, ya innecesariamente maltratada, isatis tinctoria, para posteriormente extraer de ésta un tono índigo que había comenzado a adorar y utilizar en sus creaciones desde hacía ya un mes, decidió que no sería mala idea aceptar finalmente la invitación de la universidad para comenzar la práctica de la docencia. Despertando de sus ensoñaciones, donde fervientemente hacía desaparecer a aquella mujer, por el sonido de su teléfono, más específicamente del temporizador que había colocado en éste.
—Perfecto… —comentó molesto, soltando un suspiro de fastidio. Había estado tan concentrado en idear su plan maestro que había dejado hervir las hojas de indigofera suffruticosa más tiempo del que debía, por lo que ya no tenía el tinte que había esperado los últimos veinticinco minutos para obtener.
Genial, otra razón para estar molesto con aquella mujer, era la causante de que tres de sus obras se vieran pospuestas, pues sus últimas hojas de indigofera suffruticosa se habían echado a perder…bueno, al menos todavía le quedaba unas pocas hojas de isatis tinctoria, la que le daría el tono índigo profundo, tal como sus sentimientos en aquel momento.
—¿Hola? —habló un demasiado inconsciente Thomas del otro lado de la línea— ¿Quién habla? —Rafayel sólo suspiró, aquel característico suspiro dramático que expulsaba todo el aire retenido en sus pulmones, el que Thomas siempre pensaba «Un día de estos va a hacerse el chistoso y terminará asfixiandose» cada vez que le oía suspirar así— Ugh, ¿qué ocurre Rafayel? ¿No podías esperar a mañana?
—Tendrás que decirle a la universidad de Linkon que comenzaré a dar clases…
—¿Qué? ¿Por qué tan de repente?
—Porque sí. —dijo simplemente mientras Thomas se restregaba el rostro con la mano, nuevamente despertándose en medio de la madrugada por un capricho de su empleador, aunque sabía que debía de haber una verdadera razón detrás de ello, una que no se tomaría el tiempo de explicarle.
—Está bien, mañana les llamo, no como alguien que no puede esperar a que sea una hora coherente para llamar…
—Tenía que hacerlo ahora, si pasaban unos minutos más me arrepentiría. Al menos ahora tendré la excusa de que tu me obligaste a ir.
—Y te obligué porque… —comenzó en un intento, que ya sabía sería inútil, de saber la verdadera razón de Rafayel a aceptar aquella invitación que llevaba pendiente los últimos seis meses.
—Buenas noches Thomas, descansa. —dijo antes de cortar.
Y así sencillo e inesperado, Rafayel finalmente asumió una de sus responsabilidades…
«¿Quién diría que una mujer sería todo lo que haría falta para que comenzara a trabajar?» pensó él mientras caminaba por el sendero de grava de la entrada de la universidad, arrepintiéndose inmediatamente de lo sugerente que había sonado aquel comentario, no pudiendo evitar que su reacción saliera a la superficie en una pequeña mueca en la comisura de sus labios, mientras caminaba junto con el rebaño de jóvenes semidespiertos por los senderos del campus, en dirección a los edificios para tomar clase.
Si la exhibición de su persona mientras caminaba junto a los estudiantes, mientras éstos lo observaban como si se hubiera organizado una exhibición de moda por la facultad de diseño de último minuto sin noticia en medio del campus, no hubiera sido suficiente, luego llegó el momento de ser la exhibición de arte de los profesores. Los adultos frente a él, con el mismo semblante curioso en sus rostros que los jóvenes en el patio, lo inspeccionaban con la mirada como si se tratase de un espécimen nuevo, una nueva exposición de circo, «de museo sería más apropiado» pensó; la reacción habitual de todo mortal ante lo nuevo y desconocido, una reacción instintiva de temor o atracción, dependiendo de la apariencia de lo desconocido, y en el caso de Rafayel, su apariencia era lo más inofensivo y atrayente que tenía su persona.
Tras varios comentarios de bienvenida, corteses y un poco más coquetos de lo que debían en algunos casos, Rafayel finalmente llegó a la etapa final de preparación de su plan, y la peor de todas si debía de admitir, el dar clases, el estar parado frente a trescientos alumnos que lo observaban con escepticismo por lo cercana que eran sus edades con la del profesor frente a ellos, o ello creían.
Si algo Rafayel creía, fielmente, era que el arte de sentir y expresar no puede ser enseñado, es algo autonconsebido, no una materia didáctica, entendiendo que resulta absolutamente incomprensible e idealista la mera intención de enseñarle a un ser cómo sentir, siendo por ello mismo que había rechazado una y otra vez las constantes ofertas de la universidad a dar clases o dictar seminarios, pero viendo que era la única forma casual de acercarse a su objetivo, no tuvo más opción que reservarse sus opiniones, o valores, y dedicarse, como cualquier otro artista lo suficientemente fracasado para no poder vivir enteramente de su arte, a la docencia.
La primera semana fue lo más cercano que alguna vez hubiera estado del infierno, no tanto por el hecho de enseñar, sino por lo estúpidos que parecían ser sus alumnos, ya no podía recordar cuántas veces había recibido un «No sé» como respuesta luego de que le preguntara a un alumno sus opiniones o sentimiento respecto a algo, incluso a las cosas más básicas y triviales de la materia.
—¿Cómo se encuentran el día de hoy jóvenes? —había preguntado una mañana, por pura cortesía por su papel de profesor, no porque quisiera entablar una conversación con aquellos estudiantes, que parecían no poseer discernimiento propio más allá que para cuestionarse si Rafayel estaba capacitado para darles clases.
—Bien… —habían respuesto algunos pocos, los que se habían sentido culpables ante el silencio mortal que había seguido tras la pregunta de Rafayel, o los que, fascinados por la apariencia y juventud de éste, no habían perdido la oportunidad de hablarle.
—¿Alguien podría hablarme sobre el tema que está marcado en el cronograma para el día de hoy? —silencio— ¿Ninguno ha leído el material que les subí en la plataforma?... —ante la falta de respuesta, continuó— Bien —comentó, ya fastidiado, aunque no lo demostró—, hoy estaremos comentando nuestras opiniones respecto al impresionismo, obviaré el contenido del material, ya que como les comenté, mis clases será primordialmente prácticas, ya que en el arte plástico hay poco espacio para lo teórico, por ello mismo, comenzaremos con un pequeño espacio para exponer nuestras opiniones y reflexiones… —comentó sin darle mucha importancia a la lista de alumnos en sus manos, otra dato sobre el libre profesor Rafayel, no le da mucha importancia a la concurrencia, el arte es libre, y atrapar a los artistas en un salón para adoctrinarlos al dictarles qué sentir y expresar, y de qué modo, no parecía muy correcto, además de que es consciente de varios de los inscriptos en el curso no estaba allí por verdadera vocación al arte.
Se sentó casualmente en el borde del escritorio junto al gran pizarrón y dejó resbalar su mirada sobre aquellos ojos expectantes en las gradas frente a él, algunos de ellos mirándose de reojo entre sí con sus amigos y compañeros, a la espera de que se les dicte la orden de cómo proceder, «Que triste…» pensó Rafayel mientras los observaba.
Aquellos jóvenes no eran muy diferentes de las máquinas automatizadas que podía encontrar en una tienda de electrodomésticos, programados para estudiar, asentir y repetir de memoria lo que leían en los textos, repitiendo un sentimiento inculcado que no les era propio, sino el de un verdadero artista del pasado, programados para imitar el arte y no sentirlo y expresarlo por sí mismos, a la constante expectativa de la siguiente orden de la persona en jerarquía frente a ellos, en este caso el docente.
—¿Alguno de ustedes tiene idea de qué es el impresionismo?...¿Alguien se anima a compartir su opinión o debo preguntar al azar? —unos segundos de silencio más tarde, cuando Rafayel ya sentía un suspiro subir por su garganta, justo le pareció oír un sonido, llevandose la terrible decepción de que sólo se trataba una tos incómoda en una de las gradas del fondo. Ya está, había sido suficiente— Tú, el de la chaqueta de jean. —dijo mientras señalaba a un alumno de la segunda fila de asientos.
—...Disculpe profesor, no leí el material. —dijo el jóven, visiblemente nervioso y avergonzado, y Rafayel podía jurar que lo vio hundirse aún más en su asiento, queriendo desaparecer de la mirada de otros doscientos noventa y nueve alumnos que esperaban que éste los salvara de la pregunta del profesor.
—Está bien, ¿pero no tienes alguna idea sobre el tema? ¿Sabes de qué trata el impresionismo?
—...No, no lo sé. —allí estaba, aquella maldita frase de nuevo. Necesitaba un descanso de ello, necesitada un descanso de la maldita docencia. Suspiró y negó con la cabeza, seguramente había hecho que aquel pobre alumno se sintiera avergonzado o incluso humillado, pero no era algo personal, no hacia él al menos, sino con aquella frase. La había oído más veces en aquellas últimas dos semanas de clases que en todos sus años sobre la tierra.
—No hay problema —dijo mientras caminaba pesadamente hacia el podio frente al pizarrón, para tomar un marcador para comenzar a hacer vagas anotaciones en éste—. Pequeño repaso sobre el impresionismo… —comenzó mientras anotaba los hechos básicos respecto el tema, como lugar de surgimiento, fechas, autores reconocidos, para luego comenzar a comentar la intención de dicho movimiento, sus particularidades y demás, esperando que sus alumnos, ahora que tenían una vaga idea de ello, pudiesen reflexionar sobre el tema y desarrollar sus propias opiniones, ya que para ello estaba él allí, oír concepciones personales, no citas textuales de los libros de arte.
—¿Cómo lo lleva la docencia, profesor Rafayel? —oyó que le decían cuando iba saliendo del edificio, aunque la palabra escape parecía ser más correcta para describir la velocidad de los pasos de Rafayel. Muy a regañadientes detuvo sus pasos, y apretando la correa de su bolso mensajero, se dió la vuelta para sonreírle a la persona que interrumpía su huida.
—Bien supongo, o lo mejor que se puede teniendo en cuenta que llevo las últimas tres semanas dando clases teóricas en un curso práctico. —comentó mientras se acercaba al hombre recostado sobre el umbral de uno de los salones de aquel pasillo, observandolo con una sonrisa que más que cortés y amigable, parecía una autosuficiente, como si fuera un veterano complacido con la ingenuidad y fallas del novato.
—Bastante mal supongo entonces —dijo aquel hombre mientras reía entretenido, mientras Rafayel trataba de hacer memoria de cómo se llamaba o qué enseñaba—. Al principio es complicado, y más cuando uno comienza a pleno semestre, los jóvenes ya se encontraban acostumbrados a cierta rutina o cierto profesor, y que se agregue una nueva materia de imprevisto, suele arruinarles las rutinas y planes, ya sabes —Rafayel asintió, tenía sentido, él también no tendría motivación para estudiar para una materia que es agregada de imprevisto—. Además algunos jóvenes llegan a cuestionar la capacidad de un profesor en base a su edad, sabes, la experiencia del profesor es tan importante para ellos como para nosotros en nuestro currículum, aunque a tí no te haga falta ello, claro.
«Ahh… ya veo, de ahí sale esa actitud de suficiencia» pensó Rafayel mientras lo oía, aquel hombre debía de estar molesto por las razones de cómo había sido contratado, tenía sentido, la justificaciones de cómo ocupó uno de los puestos de docencia no resultaba muy justa hacia el resto de docentes en lista de espera para ser evaluados y empleados.
—Pero no te preocupes, no es algo personal, hay otros docentes que tienen el mismo problema. Por ser jóvenes, los alumnos dudan un poco de sus conocimientos, natural, algunos de esos docentes sólo tienen cuatro o cinco años más que ellos, perfectamente podrían ser sus compañeros de clases sabes, así que ponen en duda qué tanto sabrán como para enseñar —explicó el hombre mientras se acomodaba su chaqueta de vestir sobre el antebrazo, dejándola colgar allí para luego volver a cruzarse de brazos—. Ha!…hablando de… —dijo mientras su mirada se mantenía en algún punto en el pasillo, para luego hacer un movimiento con la cabeza para que Rafayel observara lo que le había llamado la atención— Profesora, ¿ya se va? —comentó en un tono alto para que la persona a quien se refería le escuchare.
Rafayel observó con poco interés, la mujer que se giraba hacia ellos, deteniendo su andar en dirección a la salida, justo como había hecho él, para observarlos con una expresión amable, mientras asentía.
—Sí, iba a almorzar fuera del campus, no tengo clases hasta las 18 —dijo ella mientras caminaba hacia los dos hombres que la observaban, uno con camaradería, y el otro con una curiosidad desinteresada. La joven observó a Rafayel y le saludó cortésmente con un asentimiento de cabeza, que éste devolvió por mera cortesía—. No recuerdo haberlo visto anteriormente, usted debe ser el profesor nuevo. Me presento soy Non!Mc, profesora de historia —se presentó mientras le extendía la mano para que se la estrechara, Rafayel, creyendo recordar aquel nombre de algún lado, extendió su mano hacia la de ella, sólo para que a medio apretón de manos, el violeta de sus ojos pareciera serpentear en sus íris al reconocer a la mujer frente a él, apretando su agarre inconscientemente mientras la sonrisa en sus comisuras se desfiguraba sutilmente, dándole un aire macabro y antagónico, que hizo que la joven se removiera nerviosa bajo su firme agarre, quitando la mano por instinto.
—Un placer, soy Rafayel Qi —dijo él mientras sus ojos no se despegaban de ella, guardando a detalle su apariencia para saber reconocerla luego alrededor del campus—. No recuerdo haberla visto durante la reunión de profesores de unas semanas atrás, mi primer día aquí.
—Oh sí…yo suelo faltar a las reuniones, lamento no haberle estado para darle la bienvenida, pero estoy segura de que mis compañeros lo hicieron con gusto, ¿me equivoco?
—Entiendo, así que se puede faltar… —comentó Rafayel con una pequeña sonrisa divertida, perfecto, ya sabía algo sobre ella, en la siguiente reunión de profesores, dentro de tres semanas, podría usar el faltar a ésta como excusa para acercarse a ella.
—No deberías, terminarás siendo una paria como yo. —comentó ella riendo. «Una paria…bueno saberlo» pensó Rafayel mientras le devolvía una risa sutil.
—¿Será que me le puedo unir en el almuerzo? —preguntó el hombre mayor a su lado, y por el ligero cambio de expresión en el rostro de la jóven frente a él, Rafayel intuyó que la compañía de aquel hombre no era bienvenida. «Pobre criatura, tendré que ayudarla…»
—Déjeme que yo le invite profesor, aún no he tenido la oportunidad de agradecerle el que me haya tratado con tanta amabilidad, y se haya tomado el tiempo de aconsejarme. —comenzó Rafayel, mirando al hombre frente a él, que pareció poner una expresión de fastidio al haberse interrumpido su plan, que reemplazó rápidamente por una sonrisa complacida, seguramente recordando de que el novato frente a él era conocido por tener una cartera bastante abastecida, mientras negaba con la cabeza, afirmando de que no había por qué agradecer, que había sido algo natural de hacer y otros cuentos más para hacerse el humilde, que Rafayel dudaba que fuera para que él se comiera el cuento, sino que iban para impresionar a la joven que lo observaba con un brillo agradecido en sus ojos, al que él respondió con un sutil movimiento de cabeza, de «no hay de que».
«+10 puntos de simpatía» pensó divertido Rafayel mientras el hombre junto a él parloteaba de sabrá el Dios del mar qué, mientras recorrían el último tramo del pasillo hacia la salida del edificio, en dirección a un almuerzo que Rafayel no pretendía tener, pero que le daría puntos a su favor.
Luego de conocer en persona al objetivo, el dar clases se volvió cada vez más insoportable para Rafayel, el caminar por el campus para ir al edificio de la facultad de arte era una tortura en que su cerebro no podía hacer más que buscar la figura de aquella mujer en la lejanía, como si se tratare del fantasma de alguien del pasado, sus ojos la buscaban en cada rincón, con la esperanza de verla una vez más, haciendole sentir enloquecer, porque por qué tenía que desesperarle tanto en no tenerla en su campo visual?
En cada receso, en cada pasillo, en el estacionamiento, en la sala de profesores, e incluso la cafetería, sí, se había animado y obligado a echar un vistazo por allá, a todo lugar que iba, sus ojos miraban en la distancia, en busca de la dichosa antagonista, para sólo encontrarse a alumnos curiosos por el nuevo profesor, jóven y atractivo, o otros profesores queriendo conocerlo.
No fue hasta la siguiente reunión de profesores, tres semanas después, que finalmente se encontró con ésta. No sabiendo dónde o cómo encontrarla, había optado por asistir y sacarle información a algún profesor, y quién podría saber más que el «¿Me acompaña en el almuerzo profesora» en sí mismo.
—No veo a la profesora del otro día. —comenzó de forma casual, parado contra la pared junto a la puerta, en el fondo de la sala de profesores, el hombre a su lado, con la misma expresión de fastidio y aburrimiento que él, se giró a verlo al oír su voz.
—Ah sí, Non!Mc, ella no suele venir a estas reuniones, es un alma libre, o lo más parecido a ello —dijo mientras se rascaba la barba creciente de su cuello—. Seguramente siga metida hasta el cuello en su investigación. —como si hubiera dicho una palabra prohibida, Rafayel casi da un respingo a su lado, observando al hombre de reojo, esperando que continuara escupiendo la información que tuviese.
—Sí, lleva años trabajando en una investigación sobre unas criaturas, no recuerdo cómo se llaman, algo de un mito o algo así, lleva años en eso, y hablando con los chicos descubrí que hay una apuesta de si su investigación verá la luz algún día —comenzó una pequeña sonrisa burlona en sus labios, Rafayel, que aunque no estaba a favor de que desarrolle aquella investigación, no le agradó para nada aquella información. Que hubiera una apuesta sobre la posibilidad de fracaso de aquella dedicada mujer era cuanto menos insultante—. ¿Te gustaría unirte? —preguntó irónico al ver la expresión de molestia y desagrado en el rostro del joven profesor a su lado, Rafayel ni se molestó en responder, le resultaba insultante el simple hecho de ofrecerle hacer algo así.
—¿Sabes dónde podrá estar ahora? —preguntó directamente, demasiado irritado como para continuar su plan inicial de ser sutil, el hombre a su lado hizo una pequeña mueca, seguramente muy contento por el repentino interés de Rafayel en la joven profesora.
—¿Cómo podría saberlo? —espetó, claramente reservándose cualquier información que pudiese conocer.
—¿Entonces cuál es su salón? —preguntó, el profesor junto a él, claramente, no queriendo responder, sólo hizo una seña con la cabeza en dirección al techo.
«Segundo piso, vaya ayuda…» pensó Rafayel mientras se encaminaba a la salida silenciosamente, sin molestarse en despedirse de aquel inútil profesor, ni excusarse ante los demás adultos que debatían sobre sabrá Dios qué tema.
Cual no sería la sorpresa de Rafayel cuando iba subiendo las escaleras, se cruzó con el objetivo que iba unos cuantos escalones más adelante.
—Profesora… —comenzó, deteniéndose en su lugar y observándola con una sonrisa— Buenos días.
—Oh, buenos días —comentó sonriente la joven, deteniéndose en su lugar, para que luego su sonrisa se esfumara de sus labios mientras su mirada se desviaba al fondo del pasillo— ¿Ya terminó la reunión? —preguntó confundida mientras levantaba el antebrazo izquierdo para chequear la hora en su reloj, con el ceño fruncido.
—No, aún no —la chica frunció aún más el ceño, sin comprender cuál era la razón por la que Rafayel se encontraba allí—, pero estaba tan aburrida que preferí escabullirme, recordé que usted lo hace, y al parecer no tiene consecuencias, así que opté por hacerlo también. —explicó casualmente mientras llevaba sus manos a los bolsillos de su saco negro, la joven frente a él rió y negó con la cabeza.
—Yo no dije que no tuviera consecuencias, sí las hay, y es que los demás profesores se quejen todo el tiempo. «No la vi en la reunión, ¿se debió a algo?», «Tratamos un tema importante en la reunión, que pena que se la haya perdido, ¿tenía cosas que hacer?» —comentó ella imitando las voces de distintos profesores—. Hoy justamente voy a evitar ello, espero que esta vez las quejas no sean porque llegué tarde. —dijo ella mientras continuaba bajando los escalones, pasando junto a Rafayel.
—¿No le gustaría ser mi cómplice? —comenzó él, girándose hacia ella, esta vez era él el que estaba en la altura— ¿no preferiría acompañarme a almorzar? —preguntó, mientras pensaba «A por todo o nada.». La joven se detuvo en su andar y lo observó por sobre su hombro por unos segundos, extrañada por tan inesperada oferta, su mirada pasó del expectante Rafayel para luego dirigirse al fondo del pasillo frente a ella, el cartel con «Sala de profesores» escrito en letra negrita la observaba a la distancia, queriendo recordarle sus prioridades.
—No lo sé…ya falté a tres este año, no sé si debería… —comenzó pero al girarse a ver nuevamente al joven, al ver sus ojos expectantes y el movimiento de una de sus cejas, alzándose a la par que su cabeza se giraba hacia un lado, con una sonrisa cómplice en sus labios, un movimiento fluido que unos cuantos encuentros más adelante con Rafayel descubriría que era un hábito suyo al esperar una respuesta; no pudo seguir negándose— Supongo que no habrá problema en que haya una cuarta… —dijo aunque su tono salió más como interrogación que una verdadera afirmación, sus cejas ligeramente fruncidas en un ceño suavemente fruncido en duda.
—Supongo que no —dijo Rafayel con una sonrisa complacida mientras llegaba hacia ella— ¿Nos vamos? —preguntó observándola aún desde arriba aunque se encontraran en el mismo escalón, la joven, aún poco convencida y sintiendo un poco de remordimiento, frunció un poco los labios mientras observaba el cartel de la sala de profesores a la lejanía, para luego, como si hubiera tomado la decisión final, asintió con la cabeza con determinación, mientras comenzaba a encaminarse a la salida.
Gracias a aquel almuerzo Rafayel descubrió varias cosas sobre aquella intrigante mujer, la primera, tenía buen gusto para la comida, segundo, no parecía tener muchos conocidos en la universidad o no ser muy apreciada por sus alumnos, pues él fue el único al que le llovieron los saludos mientras caminaban por el campus, lo cual podría ser algo negativo para ella, Rafayel no lo sabía con seguridad, pues aún no la conocía lo suficiente, pero que sí resultaba beneficioso para él y su plan. Si aquella mujer necesitaba compañía en aquel extenso campus, él estaría allí cuando fuera preciso, cosa que luego de una hora y media de viaje fuera y de nuevo del campus, así como una comida juntos, Rafayel descubrió que no resultaba tan discustante.
Entre saludos en los pasillos, ocasionales almuerzos a la salida de las clases, así como algún que otro encuentro en el estacionamiento, acompañado de una oferta de llevarla a casa, claramente, Rafayel fue incorporando su presencia en la vida semanal de la investigadora. Pero no fue hasta que luego de casi un mes, Rafayel se vió a sí mismo sorprendido de la cercanía y confianza que la joven estaba desarrollando en él, cuando un día, de imprevisto, apareció en la puerta de su salón para pedirle un favor.
Rafayel se encontraba evaluando una exposición de arte de sus alumnos cuando oyó un tímido toque en la puerta, al girarse hacia allí sólo se veía un puño cerrado sobre la madera de la puerta, el dueño de ésta aún desconocido, pero aquellos accesorios…Rafayel se extrañó de sí mismo por la rapidez con que había logrado identificar a aquel intruso con sólo observar los accesorios que portaba.
—¿Sí? —preguntó cuando llegó al umbral, una avergonzada profesora lo observaba con una expresión suplicante, mas demasiado nerviosa y tímida para hablar— ¿Qué sucede? —preguntó luego de unos segundos tras la falta de respuesta de la contraria, sus ojos se dirigían nerviosos de los ojos bicolor a su reloj, de este a la salida al fondo del pasillo, para volver a aquellos ojos, por alguna razón sutilmente preocupados.
—Yo… ¿Puedo pedirte un favor? —preguntó ella nerviosa, su mano aferrándose impacientemente a la correa de su bolso traicionaba la paciencia con la que hablaba.
—Verás… —comenzó, mientras sus ojos volvían a su reloj, pareciendo de repente más nerviosa y ansiosa que antes.
—Hey —llamó él mientras buscaba su mirada, dedicándole una sonrisa tranquilizadora—, puedes pedirme lo que sea, anda…
—Tengo que ir a un lugar con urgencia, recibí una llamada que llevó tiempo esperando y debo irme ahora ya ya! Pero se supone que en cinco minutos tome examen…tu… —comenzó, no sabiendo qué hacer o qué pedirle, Rafayel la observó pacientemente, esperando una explicación, no muy seguro de qué quería pedirle— ¿Crees que podrías hacerte cargo de mis alumnos? Sólo tendrías que monitorear que no se copien o algo, ¿podrías por favor hacerlo? No sé a quién más podría pedirle ayuda… —comentó ella mientras lo observaba como si Rafayel fuera el genio de los deseos, a la espera de que le conceda lo que pidió. Éste lo observó en silencio unos segundos, su mirada se dirigió a sus propios alumnos en el salón, a la espera de que él continuara con las devoluciones de sus obras, para luego volver a observar a la joven frente a él, que ahora se encontraba con ambas manos juntas en señal de súplica.
—¿Sólo tendría que observarlos hacer el examen? —ésta asintió frenéticamente, con los nervios a flor de piel, sintiendo que sus piernas temblantes en cualquier momento la llevarían inconscientemente hacia la salida— Seguro, ve tranquila, yo los vigilo. —ella sintió que le volvía el alma al cuerpo a la vez que un suspiro de alivio salía de sus labios, ahora sonrientes. Llevó sus manos a las muñecas de Rafayel, tomándolas suavemente mientras les daba una pequeña sacudida y le agradecía, para luego desaparecer de aquel desolado pasillo como alma que se la lleva el diablo.
Sentado en el escritorio del salón de historia, luego de que le hubiera dicho a sus alumnos que dejaran sus obras en el salón y que terminaría de evaluar la siguiente clase, demasiado perdido en sus pensamientos como para estar cumpliendo con su labor de vigilar, Rafayel no pudo dejar de pensar en cómo sus muñecas seguían sintiendo el fantasma del tacto de aquella mujer sobre ellas.
Esa misma tarde, luego de que ella hubiera regresado y le hubiera invitado el almuerzo como agradecimiento, finalmente Rafayel había oído sobre la investigación de la investigadora por sí misma.
—¿Cuál fue la urgencia, si puedo preguntar? —había preguntado cautelosamente mientras la observaba por encima de la carta del menú de un restaurante que ella había elegido, luego de que él se hubiera negado a hacerlo, temiendo que la cartera de la joven investigadora no pudiera cubrir el precio de los restaurantes que él solía frecuentar.
—Claro que puedes —había dicho ella mientras se distraía apuntando con su dedo índice los platos que iba a elegir— oh! sí… —siguió tras unos segundos en silencio, luego de que Rafayel carraspeara para llamar su atención y comenzara de una vez con su explicación— fue una entrevista, a un testigo importante para mi investigación.
—¿Investigación? ¿De qué tipo? si puedo saber… —había dicho él, jugando al tonto, sólo para ser ignorado por unos minutos mientras ella estaba demasiado concentrada en hacerle señas al mecero, a unas cuantas mesas de distancia, para que les tomara la orden. Rafayel no pudo evitar que sus dedos tamborilearan sobre la mesa con impaciencia, observándola mientras ésta le parloteaba al mesero, preguntando por la composición de ciertos platillos, cuál era la recomendación del día, y cual, finalmente, sería su elección.
—Estoy investigando la existencia de una civilización, aparentemente, extinta. —había dicho ella para luego dar un trago a su bebida, hablando con una sencillez y reserva que hacían que Rafayel quisiera llegar a su lado de la mesa para sacudirla y hacerla hablar. Lo que él no sabía era que ella estaba tratando, con todas sus fuerzas, no comenzar a hablar del tema, el cual la apasionaba al punto de que varias veces había tenido que ser interrumpida para que finalmente se callase.
—Ajá… —comentó él, respirando para apaciguar su fastidio, no quería ser insistente, pero se sentía demasiado tentado, como si pusieras golosinas frente a un niño y le dijeras que luche con la tentación de tomarlos.
—Lemurians, ¿has oído hablar de ellos? —siguió ella, haciendo que él soltara una exhalación irónica por instinto, viendo que había fastidiado su propio plan de jugar el papel de ignorancia ciega, tuvo que confesar parcialmente la verdad.
—Por supuesto, mis pinturas y mis técnicas están inspiradas en ellos. —confesó, para luego observar con asombro y curiosidad como la joven parecía iluminarse, su rostro cobrando vida de forma curiosa mientras en su rostro se formaba una sonrisa contenta, tal vez demasiado atractiva tuvo que admitir para sí mismo Rafayel.
Y así de fácil, Rafayel se convirtió en la bitácora viva de aquella apasionada mujer, escuchándola exponer sus conocimientos con un nivel de argumentación que, si no fuera porque el tema de debate era la constatación de la existencia de su pueblo, Rafayel hubiera tenido que admitir que era una profesional excepcional así como una oradora experta. Al cabo de tres semanas, de almuerzo tras almuerzo, poco había que el joven no supiera sobre la información en la investigación, no había entrevista que no hubiera leído, e identificado a los lemurianos traicioneros, o prueba documental que no hubiera, lamentablemente, corroborado que era verídica.
Talia tenía razones factibles para temer a aquella mujer y el nivel de información que ésta había recabado. Y Rafayel, muy a su pesar, había confirmado el nivel de peligrosidad que acarreaba el trabajo de su nueva amiga, si es que se podía llegar a llamar de dicho modo a aquella compañía que había llegado a apreciar y, debía admitir, buscar, cuando ésta había llegado sólo porque se buscaba traicionarla.