La única razón por la que Jennifer no se mordía las uñas era su última manicura. Se había puesto una capa de gel para reforzarlas. Pero quería. Y como no podía se toqueteaba los dedos en un tic nervioso.
Miró el reloj. La periodista Lake siempre llegaba unos minutos antes de la hora, era generalmente puntual, pero pareciese mentira que aquella mañana, precisamente aquella mañana tuviese que ser la excepción.
Sonó el teléfono.
—Agencia de Noticias de Nueva Orleans, sector local ¿En qué puedo ayudarle? —oía, pero su atención estaba puesta en las puertas de los tres ascensores— Claro ¿De parte de quién? Le pasaré el mensaje, no... Lo lamento, está reunido en este momento. Por supuesto, que tenga un buen día.
Allí estaba. Las puertas se abrieron y Layla Lake avanzaba hacia allí. Aún no sabía cómo iba a decírselo.
—Señorita —se incorporó tras su mesa— Bue. Buenos días, hay una.. Hay una agente de seguridad nacional, quería verla, le dije que aún no había llegado y yo.. Yo insistí en que no podía entrar en su despacho pero.. Dijo que era un asunto, bueno, nacional y.. ¿Debería avisar a dirección?
Sólo unos pocos minutos más tarde es lo que había llegado Layla al lugar. Desde que había tenido aquel accidente de tránsito de la mismisima nada, ahora prestaba más atención de lo normal en la calle y a las señalizaciones. No se dejaba desconcentrar del camino y ya no aceleraba tanto como solía hacerlo antes; si quedaba atascada en medio de un embotellamiento, no tomaba decisiones drásticas que podrían causar más de un rasguño a su camioneta. Y además, bueno, se había detenido a por un refresco porque el maldito calor no dejaba de sofocarlos.
Cuando llegó al piso Nº 7 en el que se encontraba parte de la planta de la agencia para la que trabajaba, ni si quiera fue capaz de tomar un maldito respiro. La recepcionista invadió su espacio personal de inmediato y parecía desesperada por contarle algo importante. Pero cuando supo que era, Lay frunció el ceño y pidió con las manos que se calmase.
—Está bien, Jen. No te pongas así - la calmó con amabilidad y cierta incredulidad por verla tan nerviosa— Probablemente sea la fuente para algún artículo de policiales, no te preocupes. No pasa nada. ¿Dices que se encuentra ya dentro? Muchas gracias por vigilarla.
Lay le dedicó una calmada sonrisa a Jennifer y siguió de camino a su despacho. No era un lugar muy amplio, sólo lo suficientemente privado como para poder escribir y editar las noticias que le enviaban sin interrupciones.
Cuando abrió la puerta, se metió en éste sin siquiera mirar demasiado a la joven rubia que se encontraba sentada en una de las sillas, ni siquiera lucía ropa formal o algún uniforme, lo cual la extrañó.
—¿Hola? Soy Layla —se presentó, mientras dejaba sus pertenencias sobre un mueble— Jennifer me ha dicho que viene de seguridad nacional, ¿es por algún artículo en especial?
No había ningún artículo en especial porque la muchacha sentada en una de las dos sillas frente al escritorio de la joven Lake no era de seguridad nacional.
Sonrió. Había estado tensa en todo momento, no había podido decidir qué clase de emociones la envolverían al volver a ver cara a cara a su cuñada, había supuesto muchas sin embargo. Miedo, arrepentimiento, vergüenza. Alegría, no obstante, no estuvo en el repertorio. Sintió alegría; una que de todas formas disimuló.
—Creo que de ser yo periodista y tener a una agente de seguridad nacional en mi despacho, lo primero que le diría sería “Un poco tarde ¿No cree?”. La prensa siempre va un paso por delante ¿Me equivoco?
No dijo nada más hasta que su mirada se cruzó con la de Layla.
—Hola, Lay.
Mientras la joven periodista terminaba de preparar un café de la cafetera que tenía encima de aquel mueble de cajones repletos de papeles, escuchó aquellas palabras tan particulares saliendo de la boca de la rubia. ¿Cómo que no era agente de seguridad...? Frunció el ceño y se dio la vuelta con una taza en la mano para escudriñarla con la mirada y se quedó helada en aquel mismo lugar.
Se le pasó por la cabeza unos segundos que si no era nadie de seguridad y había fingido eso, podría llegar a estar sufriendo un chantaje o tal vez alguna especie de pedido, una solicitada que saliera en la agencia o alguna denuncia. Pero supo al segundo que sus ojos azules se clavaron en el rostro de aquella muchacha que no iba a ser nada de ello.
Su primera reacción, fue dar un paso hacia atrás, sintiendo como su cuerpo entero comenzó a temblar. Sabía quien era. La tenía presente en su mente como si alguna vez la hubiese visto en carne y hueso, sólo que no. Jamás. Sólo en sus sueños; la Elisabeth Stevens que Layla Lake recordaba, su cuñada, era algo más... ¿Cómo decirlo? No tenía ese porte que la hacía lucir tan cercana a los 20 más que los 30. Y no podía ser, definitivamente. Estaba muerta, y comenzaba a creer que su problema psiquiátrico empezaba a jugarle malas pasadas.
—Vete de aquí, no eres real —se repitió como una especie de mantra, una y otra vez mientras cerraba los ojos y esperaba unos segundos para volver a abrirlos, rezando porque aquella visión se hubiese ido.
El informante de Thea no se había equivocado; recordaba. De no hacerlo, no estaría comportándose como si estuviese viendo a aquél fantasma por primera vez. Aún así, Elisabeth no tenía tan claro si eso era bueno, o era malo.
—Sabes que no estás alucinando —dijo levantándose, colocando religiosamente la silla como estaba antes de que llegase ella. Enfrentó a la joven ex cazadora y ahora periodista cruzándose de brazos, manteniendo aún una distancia— Aunque supongo que debe ser más sencillo pensar que no soy real que intentar entender como puedo serlo —apartó la mirada de ella para agacharla unos instantes, ladeando una sonrisa antes de volver a verla— Te veo bien. Y no te has engordado para tener un trabajo tan sedentario. Debe de ser algo genético.
El ceño de Layla se frunció aun más al escuchar lo último e hizo un ruido con la boca, como si sofocara un sollozo. ¿Por qué esa mierda de visión la seguía a todas partes, y encima ahora, le hablaba? Cerró los ojos con más fuerza y se dio media vuelta para darle la espalda, contando de 90 hacia atrás, pero no pudo evitar la orden de nuevo.
—Vete, deja de hablarme, maldita sea. No puedes ser real —siseó y volvió a rodar sobre sus pies, animandose de una vez a abrir los ojos y enfrentarse a aquella alucinación de Lizzie. Layla sentía miedo, y no sabía por qué. Si esa cosa no llegaba a ser una alucinación, entonces...
Sin pensarlo dos veces, sacó de debajo de su bota la daga que siempre llevaba con ella, amenazando a la joven. No dijo nada, sólo se la mostró.
Pero la mirada de Elisabeth no abandonó la de Layla, sabía que había un cuchillo, pero no se molestó en darle excesiva importancia. No la atacaría.
—Eso no es necesario —intentó tranquilizarla. Su ceño se frunció ligeramente— Además, de ser una alucinación ¿Crees que eso te ayudaría? —decidió entonces dar un paso hacia ella.
Cabía la posibilidad de que estuviese inestable, sabía de su enfermedad, pero que hubiese desaparecido de sus vidas no significaba que hubiese desconectado de ellos. Siempre tenía ojos y oídos en su familia. Lay estaba bien.
—Vamos —estiró la mano para dejarla suavemente sobre la de ella, la que sostenía el arma blanca— Baja eso.
Pero Layla fue más rápida y cuando la tomó de la mano, con la otra la aferró de la muñeca y en un rápido movimiento estuvo tras Elisabeth, sosteniendola con fuerza desde el cuello y amenazandola con el cuchillo contra su piel. Y sus ojos se cerraban de nuevo, porque lo que estaba tocando era pura carne, puro hueso, no se desvanecía por más de que siguiera ordenando que lo hiciese.
Su cuerpo entero seguía temblando y en algún punto de todo aquello, había comenzado a sudar. No quería hacerle daño a Lizzie aunque una de sus voces, la más sádica de todas seguía inspirandola a hacerlo. De alguna manera u otra, Ada se había aparecido frente a ellas y se reposaba de lo más tranquila y cruzada de brazos contra una pared, mascando chicle mientras observaba.
"¿Vas a dejar que sigan jodiendo tu cabeza?", le decía, alzando una ceja sobre la otra.
No había tenido de esos episodios hacía tiempo, los controlaba con el litio, pero podía llegar a ser que a causa del estrés, ni eso mismo pudiese controlarlo.
—¡Cállense, maldita sea! —espetó entre dientes Lay, y terminó empujando a Lizzie lejos de ella, alejándose hasta quedar detrás de su escritorio, aun con el cuchillo en una de sus manos, apuntando a su cuñada— Llamaré a Joshiel —amenazó, mientras con la mirada buscaba a Ada, que parecía haber desaparecido.
—No puedes hacer eso —aún acariciándose el cuello pero sin mostrar temor alguno hacia su cuñada, Lizzie negó con la cabeza— Pondrías en peligro mi identidad. Mira, Lay. Ni si quiera tienes que hablar conmigo en un contexto personal, sé que no lo merezco. Pero hay asuntos de los que debo ocuparme y aunque tu secretaria parezca una ingenua, no tardará en llamar al departamento de estado para comprobar si la mujer que está corrompiendo la calma de su jefa indirecta es o no es una agente de seguridad nacional. No tengo tiempo. Así que baja ese cuchillo, respira hondo y créelo. No estaríamos teniendo esta conversación si no supieses quién soy —se acercó al perchero para recoger el bolso de la cazadora y se lo tendió— Tendremos que hablar en otra parte.
La joven periodista cerró los ojos al escuchar decir todas esas palabras a Elisabeth, haciendo perfecto sentido. ¿Una alucinación hablaría de esa forma? No lo creía. O tal vez sí, después de todo, tenía 4 personalidades más que hacían más que sentido. Pero la había tocado y era de carne y hueso, eso tenía que contar para algo.
Y aun así, no podía pretender que fuera a hablar con ella como si nada, estaba en estado de shock. No era por nada personal, ¿qué más le hubiera gustado a los Stevens que tener a Lizzie de vuelta? Pero simplemente, era algo imposible.
Sólo consideró el pedido por pensar que.... Más bien, por pensarlo en claro. Jennifer la había visto pasar, le había contado de ella. Y no podían dos personas tener la misma ilusión óptica, y de todas formas, eso podría hablar de un demonio. Antes de que Lizzie pudiera decir nada más, Lay sacó de uno de los cajones de su escritorio una petaca que mantenía siempre guardada y la abrió a velocidad luz para lanzar todo el agua que tenía ésta en el rostro de la rubia.
Su ceño se mantenía fruncido, observando, esperando. No salía humo, ni siquiera reaccionó más que con cierta molesta por recibir un chorro de agua bendita. No era un demonio.
—Así que... Eres real —sentenció, con un leve temblor en su voz. Esta vez, se denotaba conmoción en sus palabras.
Lo pensó entonces. Pensó en que Layla había tardado más de lo usual en ella en rociarle la cara con agua bendita. Era un clásico.
Acabó de secarse con las manos sin mediar palabra, no hasta que la miró.
—Siento decepcionarte si planeabas pasar un par de semanas en un hospital psiquiátrico porque si, soy real y no, no estás loca. Aunque por un momento me lo haya parecido —aquello último lo susurró. Según Peter Layla estaba bien, de hecho llevaba un par de meses sin visitar a su médico, solamente comprando su medicación. Tendría una charla con él, probablemente le despidiese, no podía limitarse a informes equivocados.
Entonces volvió a guardar silencio, mirándola. No debería sorprenderla no ver alegría en su mirada, había pasado mucho tiempo, a esas alturas el duelo había acabado; a esas alturas, su ausencia se había convertido en un peso soportable.
—Esto es importante. Tenemos que hablar —insistió.
"¿No es extraño cuando los muertes vuelven a la vida y piden una conversación cara a cara? Man, nunca voy a acostumbrarme a esas cosas. Por eso prefiero los bares".
Esta vez, la que hablaba era Elle. La voz provenía desde la derecha de Lay y cuando se volteó una milésima de segundo a ver, la descubrió sentada sobre su escritorio, jugando con una taza. Era un calco de ella sólo que llevaba el cabello con mechas rubias, y ropa que no dejaba demasiado a la imaginación.
Tuvo que sacudir su cabeza un momento para alejarla de su mente. No estaba, no podía estar, ella era una, volvía a repetirse como un mantra y tras cerrar los ojos y respirar, pudo por fin enfocar su atención en Lizzie.
Su informe no estaba del todo mal, pero el desorden de personalidad no era algo que se curaba por siempre; a pesar de la medicación, el espectro siempre estaba allí. Layla simplemente había aprendido a vivir con ello.
Y allí estaban, después de todo.
Elisabeth Stevens, su cuñada, quien había muerto hacía ya... ¿Cuánto tiempo? Ni siquiera era capaz de recordarlo. Muchas cosas habían cambiado desde su partida. Y al parecer, incluso su cuerpo.
—Supongo que sí —se atrevió a hablar la periodista finalmente, y suspiró con fuerza, rendida más bien. No había cabida para ninguna emoción en ese momento, sólo el shock. No sabía que pensar. ¿Habría Josh hecho alguna especie de pacto? ¿O Adam? No tenía sentido.
Layla se acercó hasta Lizzie y se quedó parada a una cierta distancia de ella. No era capaz de ir a abrazarla todavía, aun le costaba acostumbrarse a su 'nuevo' look.
—Después de ti —susurró, señaládole la puerta para que saliera primero.
La camarera acababa de dejar la lata de pepsi y el café doble. Lizzie colgó el teléfono en ese momento y se lo guardó en la chaqueta tejana.
Patrick no estaba del todo de acuerdo en dejarla a solas con aquél “marrón”, pero no había otra manera de hacer las cosas. Layla no confiaría en un desconocido. ¿En ella? Bueno, evidentemente no iba a ser cuestión de minutos pero allí estaban después de todo ¿No?
—Disculpa —acercándose la taza hacia ella buscó después el azucarero. Se echó un par de cucharadas y empezó a darle vueltas con la cucharilla. Sonrió al mirar la lata de Layla— Algunas cosas no cambian. Tomalo como un cumplido —probó el café dando un sorbo y por el rabillo del ojo miró el reloj de muñeca. Era tarde. No podría dar tantos rodeos como querría— Sé que debes tener muchas preguntas, pero no puedo contestártelas todas aún. He venido por algo en concreto y necesito que me eches una mano —de su maletín sacó un archivo que se acercó a la joven Lake— ¿Reconoces a ese hombre?
Preguntaba por pura cortesía; sabía que lo hacía, porque había estado involucrado en el último caso en el que ella, Josh y Adam trabajaron.
—No es que quiera que me des su paradero, sé dónde está, en el cementerio. Pero no estaba solo. El equipo técnico de la organización para la que trabajo ha intentado establecer un seguimiento, pero esa gente es meticulosa, para cuando supimos que estaban relacionados con el caso ya habían borrado las imágenes de la base de datos de tráfico. ¿Tu tienes algo?
Layla tardó un muy buen rato en responder a aquella pregunta. Desde que se había sentado en frente de Elisabeth, la expresión de completa confusión en su rostro no se había quitado ni movido medio milimetro. El entrecejo fruncido por la mitad, una de sus cejas levemente alzada, intentando comprender como era que todo aquello había sucedido. Lizzie Stevens había estado muerta algo más de un año. Lizzie Stevens ni siquiera lucía como lo hacía en ese momento a la hora de su muerte.
Y, ¿cómo demonios sabía de aquel caso improvisado en el cual había estado involucrada con Adam y Joshiel? Todo allí apestaba a una gran conspiración que su mente no alcanzaba a entender del todo. Por un lado, se alegraba de que su cuñada, amiga, una parte más de su familia estuviese allí. Pero había algo detrás de la razón por la cual estaba viva y era eso lo que no terminaba de convencerla. No había sido ni siquiera capaz de elevar los labios en una compuesta sonrisa, enseguida se desarmaba, rebanando sus sesos mientras pensaba y pensaba. Quería ir corriendo a decirselo a su marido y no podía.
Todas esas dudas se paseaban por su mente y fue por eso que fijar la mirada, aislarla del rostro de la rubia que tenía en frente le costó unos segundos. Finalmente la fijó en la fotografía que le mostraba y asintió.
—Tengo algo. Soy periodista —le recordó, y evitó agregar un "es lo que hacemos". Soltó un fuerte suspiro y sacó de su cartera el móvil, sosteniéndolo en sus manos, dubitativa en cuanto entregarle lo que tenía. No podía ser así de confiada— Lizz... Eres familia, pero tengo que preguntarte, ¿para qué demonios es esto y quien va a verlo? —quiso saber entonces, alzando la vista para verla a los ojos.
“Por supuesto”, pensó Lizz. No había modo de que simplemente le diese la información que necesitaba sin hacer sus preguntas. Quién no sería prudente.
—Por el momento yo y mi equipo. Ningún dato se lleva a la mesa de dirección hasta que la inteligencia acumulada es suficiente. Creemos que el hombre al que matasteis —señaló la fotografía— trabaja para un área específica del sector cuatro a la que llamamos “Proyecto M”. Ya sabes que los nombres nunca han sido lo mio —alzó una ceja y casi esbozó una sonrisa—. Desde el principio, el sector cuatro se ha limitado a experimentar con la genética de personas con un don especial para localizar los genes concretos que les hacen especiales y poder secuenciarlos y copiarlos, transfiriéndolos a otros sujetos en base al ideal de un ejército de supersoldados. Con la baja del científico líder del proyecto creemos que han subvencionado una nueva idea, la mutación entre especies. Imagina que cruzas el ADN de un licántropo con el de un vampiro. O el de un telepata con un wendigo. Ninguna de estas pruebas puede dar resultados concluyentes en un laboratorio cerrado, así que... Tenemos la ligera sospecha de que han liberado a los experimentos para un seguimiento en campo abierto. Los cambian, les convencen de que son una raza superior y les dejan dónde estaban, solo que ya no son las personas que una vez fueron. Si este proyecto existe y sigue adelante podría derivar en un problema mayor no solo para los civiles, sino para los cazadores. Incluso nosotros tenemos manuales —se humedeció los labios— trabajamos sobre terreno conocido, si cambian las reglas... —encogió los hombros— Estaremos perdidos, igual o peor que un ciego.
Layla seguía el desarrollo de la historia de Elisabeth con atención y un ceño más que fruncido. Lo del S4 no era nada nuevo, pero casi que pensaba que todo eso del ejército de superdotados era el capricho de un científico loco que jamás se llevaría a cabo, alguien le diría que no era viable. No podía ser que se lo hubieran tomado tan en serio. Parecía una maldita película de superheroes.
Pero una de las cosas que más le llamó la atención no fue el proyecto M, que de ser exitoso atraería más problemas de los que podía pensar, sino a Lizzie nombrando a su "equipo" y una mesa de direcciones donde se debatía... ¿Debatir qué? No podía estar hablando de la OCEU. ¿Nicole estaría al tanto de que Elisabeth estaba viva? A menos de que hubiese colaborado en todo aquello...
—¿Quienes son tu equipo? ¿Para quienes trabajas? —volvió a preguntar su cuñada, sin quitarle a la rubia los ojos de encima.
—Esa es información clasificada.
No había sido una respuesta que hubiese meditado, había sido instintivo, programado.
Lizzie parpadeó y bajó después la mirada. Todos aquellos meses en las salas de interrogatorios de DynCorp, la habían convertido en su mejor activo, en una pieza indispensable y ella se había entregado a ellos completamente. Una última migaja de confianza, y la había invertido en quién en otro tiempo hubiese sido el enemigo.
Le generaba desconcierto, sin embargo. Pensó que sería capaz de dudar, de intentar ser sincera. Se había equivocado.
—No te pido que confíes en la gente para la que trabajo, te pido que confíes en mi. ¿Tienes, o no tienes algo respecto al proyecto?
—Espera un segundo, no vayamos tan rápido —la confrontó Layla, quien de tonta no tenía un pelo.
Sí, podía querer a Elisabeth, y sí, podía ser su cuñada favorita, amiga lo que fuera. Pero toda esa circunstancia era ya de por sí extraña; no era demonio, ni cambiaformas, pero, ¿cómo sabía que alguien del S4 mismo no estaba tendiéndole una trampa? ¿Qué estaban utilizando la imagen de Lizzie? Era un movimiento más que arriesgado y no planeaba poner en riesgo la vida tranquila que llevaba en New Orleans.
La miró durante un prolongado segundo, en el que ambas parecían retarse con la mirada a ver quien cedía primero. Lay bajó la mirada en primera instancia, haciendo de cuenta que le había llegado un mensaje, pero en verdad envió los archivos que tenia y daría a Lizz a Josh y a Nicole Williams.
Hecho aquello, le entregó su móvil a su cuñada, para que viera las fotos.
—Matrículas, y algunos rostros.
—Ignoraba que tuvieses cualidades de espía —comentó en un tono casual Elisabeth mientras observaba las fotografías, dedicándole unos segundos a cada una. No bastaría con la memoria visual— Ya sabes, enviar lo que tienes a una segunda persona para usarlo como escudo y aumentar el valor de tu vida en caso de que las cosas se vuelvan en tu contra. Es bueno saberlo. Saber que no habéis bajado la guardia, no completamente.
Con o sin el permiso de Layla, sacó su smartphone y se envió las imágenes por bluetooth. Al acabar, le devolvió el teléfono a su cuñada.
—Tened los ojos abiertos, por lo que sabemos podrían haber más sujetos de prueba en Nueva Orleans o las cercanías. Al sector cuatro le incomoda saber que hay cazadores cerca, podríais ser un problema para ellos.
Del bolsillo de la fina americana sacó un par de billetes que dejó en el centro de la mesa. Invitaba ella.
—Me gustaría quedarme, pero no puedo estar aquí.
Antes de que Elisabeth se marchase de allí, como planeaba aparentemente y con toda la prisa del mundo, Layla se levantó y obstruyó su paso, tomándola de un brazo para que se detuviera y la mirase a los ojos.
—Lo que sea en lo que estás metida.... —soltó un fuerte suspiro, quedándose a mitad de camino.
Conocía lo disciplinada que llegaba a ser Elisabeth, no iba a soltarle nada. Y ella la quería, sí, pero era todo demasiado extraño como para confiar ciegamente. Poco a poco, y al darse cuenta de ello, la soltó con lentitud y tomó su cartera también para colgarsela al hombro. Esperaría que la rubia se fuera primero.
—¿Planeas decirle a Josh en algún momento? Porque no voy a guardar el secreto por siempre —¿le hizo saber seria y un tanto amenazante.
Iba a meterse un buen lío por haber sabido eso de ante mano y no estaba segura de como fuera a reaccionar su esposo.
—Josh lo sabrá a su debido tiempo. Y desearía no estar metida en nada en absoluto —su sonrisa fue débil, forzada— Pero lo estoy. Cuídate Lay. Nos veremos pronto.
Miró los ojos de Layla indefinidos segundos más antes de girarse y esquivar a la camarera, dirigiéndose hacia la puerta para cruzarla y salir.