Leo&Quinn || I love you. Would you be my girlfriend?
Satellite - Tyrone Wells.
Casa de la familia O’conell, Seal Beach. Jueves por la tarde.
No, no era como si el joven Pendagley se hubiera olvidado o algo por el estilo de la existencia de Quinn y hubiera dejado pasar por alto la fecha en la que se encontraban, porque había sido todo lo contrario: el joven rubio se había preocupado de arreglar hasta el más mínimo detalle para que todo lo que pasara en ese día fuera perfecto para su mejor amiga, después de todo creía que ella se merecía es y mucho más de lo que ya de por sí le había arreglado.
Por eso, para cuando dieron las seis de la tarde y media hora, él ya se encontraba frente a la puerta de la familia O’conell, arreglándose la camisa blanca que se había puesto ese día para lucir más presentable, a la par que unos pantalones negros estaban sobre su cuerpo. Pero bueno, con los zapatos no se había podido hacer mucho, porque ni en joda le iban a pone zapatos formales,
*así que las convers estaban presentes como debían ser. Tomó una bocanada de aire, y luego de decirse que todo estaría bien en lo que cargaba un ramo de flores rojas en una de sus manos, se preocupó de tocar la puerta con la otra, guardándosela en el bolsillo en lo que esperaba nervioso y, a su vez, ansioso.
Por su parte, Quinn también era un lío de nervios, y se movía inquieta de un lado a otro de la casa mientras rogaba no olvidarse nada en el camino. Como era usual, y por el calor, llevaba un vestido que le llegaba tan sólo un poco más arriba de las rodillas, y era de un tono claro. Se había obligado a sí misma a no usar un estampado, pues si bien eran los que más le gustaban, no creía que fuera adecuado salir de noche con colores vivos; así que se había limitado a vestirse con un color crema, que resaltaba sus ojos y su cabello rubio.
Y, por más que se viera preciosa a ojos de su madre, y demasiado arreglada a ojos de su padre, ella aún se sentía muy insegura. Después de todo, si había algo por lo que Quinn O’conell se preocupaba, eso eran las apariencias.
Empezó a dar vueltas con preocupación al oír el sonido del timbre, y fue cuando logró tranquilizarse un poco que finalmente se armó de valor para abrir la puerta. Se encontró con Leo de otro lado, y de repente sus mejillas enrojecieron, y tuvo que agachar su cabeza un poco. Era increíble cómo la hacía sentir.
—Hola, grandulón —lo saludó.
Una sonrisa había aparecido de manera instantánea en medio de su rostro para cuando vio lo hermosa que estaba la chica, quedándose mudo por unos segundos en los que se quedó mirándola como todo un atontado, tendiendo a estirar su brazo para cuando le puso las rosas rojas frente a sus ojos.
—Son para ti —susurró, sonriendo divertido al notar lo estúpido que había sonado su comentario en ese momento, pero lejos de querer hacer ver como si ella hubiera hecho algo, Leo se apresuró a volver a hablar—. Te ves preciosa —dijo con sinceridad, atrayéndola con su otra mano hacía sí para poder acariciar su mejilla, dejándole un tierno beso en medio de los labios—. ¿Estás lista? —Preguntó, alzando el rostro como para ver si había alguien más, aún cuando sabía que no lo había.
Las mejillas de Quinn volvieron a encenderse ante aquel beso, y ensanchó su sonrisa al mismo tiempo que tomaba las flores que él le entregaba. Era una idiota del amor, y se convertía en la persona más tonta del mundo cuando alguien lograba llegar a ella de esa forma. Y Leo lo había hecho, probablemente desde el momento en el que la había conocido. Sólo que recién ahora se daba cuenta.
—Pues, gracias —murmuró, y le dejó otro breve y casto beso en los labios antes de girarse con rapidez para dejar las rosas en el florero junto a la puerta.
Entonces, volvió con suma rapidez a donde estaba el rubio y lo tomó de la mano, sorprendiéndose hasta a sí misma. Es que con él todo era tan fácil que ni siquiera debía pensarlo. Ese amor, ese sentimiento de cariño siempre había estado ahí, y era por eso que no tenía que esconder lo que sentía.
—Tú no te ves para nada mal tampoco —le dijo, ahora sí, recuperando el brillo bromista que la caracterizaba. Tenía que centrarse, pues de otra forma terminaría con las piernas temblándole por el entusiasmo.
Cerró la puerta detrás de ella, y entonces ambos comenzaron a caminar, él guiándola. Y, mientras tanto, ella se permitía mirarlo de reojo, y admirar el hermoso perfil del muchacho. No entendía cómo era que no lo había visto antes, y tampoco tenía idea de cómo habían llegado a estar así. Pero en ese momento, nada parecía importarle además de la hermosura del chico que la llevaba de la mano.
—¿Quién lo hubiera dicho? Leonardo Ross Pendagley, vestido decentemente —bromeó, riendo por lo bajo mientras negaba con su cabeza—. Eso no es algo que se ve todos los días.
El rubio se puso a negar repetidas veces con la cabeza como quién no quiere la cosa, encogiéndose de hombros a medida que su rostros se ponía serio ante sus palabras, claramente fingiendo su cara, puesto que siendo Leonardo una de las personas más despreocupadas con esos temas probablemente hubiera soltado una carcajada limpia por sus palabras. Pero debía ser buen actor, y trató de serlo cuando alzó una ceja y miró a la chica con cara de pocos amigos.
— ¿Decente? ¿Me estás diciendo que no lo soy? —Preguntó, pero la seriedad hasta ahí le duro, puesto que una carcajada limpia salió por entre sus labios, apresurándose a pasar un brazo por sobre los hombros de la chica para atraerla hacia sí, dejándole un tierno beso en medio de la frente, como queriendo que no fuera a molestarse con él cuando la miró hacia abajo con su sonrisa natural, guiándola hasta un auto deportivo que había logrado pedir prestado a su hermana mayor, Abigail.
—Acá —apuntó el auto, puesto que sabía que Quinn no conocía su nueva adquisión, y antes siquiera que pudiera reírse en su cara o algo por el estilo, el chico sacó las llaves de su bolsillo y le quitó el seguro, haciendo que las luces del auto se prendieran a la par que un sonidito daba aviso a que ya estaban abiertas las puertas. Orgulloso, fue a abrirle la puerta del copiloto, esperando a que la chica se subiera para cuando le guiñó un ojo pícaro—. Te llevaré a las estrellas hoy, Quinn —bromeó, cerrando la puerta luego para él ir a subirse por el lado del conductor.
Quinn recorrió con su mirada el coche, y finalmente dibujó una sonrisa en su rostro.
—Este sí que es bonito —le dijo finalmente, bastante encantada con el auto. En realidad, cualquier cosa comparada con su Escarabajo celeste era genial, y si bien ella amaba a Wanda, no iba a negar que ya estaba vieja.
Al escuchar el último comentario de su mejor amigo, la muchacha de cabellos rubios enarcó una ceja con interés. Giró su cabeza un poco para mirarlo de reojo pícaramente, y aprovechando que él aún no había encendido el motor, se inclinó hacia Leo para atrapar sus mejillas y depositar un beso más apasionado que los anteriores en sus labios. Era impresionante cómo ese chico podía subirle la temperatura en cuestión de segundos, y cómo podía hacer que las mariposas que hasta ese momento habían estado descansando en su estómago comenzaran a revolverse, inquietas.
—No puedo esperar —musitó, dándole un beso en su nariz antes de volver a su lugar. A veces, hasta se sorprendía a ella msma—. Así que, ¿a dónde vas a llevarme? —le preguntó, sin ocultar su curiosidad.
Estaba terminando de acomodarse en medio del asiento para cuando miró de reojo a la rubia, siendo sorprendido por el beso de la chica que lo dejó prácticamente pegado en su lugar por unos segundos, aunque lejos de rechazarla, sus labios se movieron con habilidad sobre los de la chica, posando una de sus manos sobre su nuca para que no fuera a alejarse tan fácilmente en lo que la besaba con dulzura, aunque sin dejar de lado aquel juego tan propio de él. Así, cuando se alejaron, Leo pestañeó un par de veces como si hubiera quedado atontado, soltando una carcajada sin evitarlo.
—Wow, simplemente wow —colocó las llaves para hacer contacto, terminando por dedicarle una de sus mejores sonrisas a la muchacha para demostrarle que simplemente la estaba molestando, aunque claro que le había puesto los pelos de punta ante tremendo beso, que si había una mujer en todo el maldito y ancho mundo que podía dejarlo sin aliento, definitivamente era ella. Chasqueó la lengua entonces, luego de escucharla, apresurándose a negar un par de veces en lo que bajaba las ventanas para disfrutar de la brisa en lo que él iba dirigiendo el auto por la carretera, puesto que el lugar al que iban a ir estaba lejos de ser el centro comercial o algo por el estilo.
—Es sorpresa, enana, sino no tendría gracia —explicó como si ella tuviera cinco años, aprovechando de tenderle su mano para cogerla con la de la chica, acariciándosela cariñosamente.
Una especie de electricidad recorrió la mano de Quinn que estaba en contacto con la de Leo, y no pudo evitar sonreír. Ese momento era tan perfecto, él era tan perfecto. No tenía idea de cómo no lo había notado antes. Era su compañero, había estado junto a ella por años, y ni siquiera lo había considerado. Y ahora, estaban pasando el día de los enamorados juntos, y el rubio la acariciaba y la hacía sentir como una princesa. Era demasiado para procesar, pero le gustaba, y de hecho no se había sentido tan feliz desde hacía un buen tiempo.
—Buen punto —acotó ella, intentando respirar normalmente a la vez que asentía con su cabeza. Pero no podía, de repente el coche se había vuelto más pequeño de lo que en realidad era, y el aire era pesado.
Porque ese era el efecto que él tenía sobre ella. Maldita sea. Soltó una carcajada, como si eso fuera lo más gracioso del mundo.
—Me atolondras los sentidos, Leo —soltó, como si estuviera hablando del tiempo o algo por el estilo—. No es justo.
—Tampoco quiero que te me mueras en medio del auto —le dijo como una advertencia, bromeando ante su comentario para cuando soltó ese tipo de comentarios que salían tan naturales por parte de él. Aún así, no debía olvidarse de la fecha, por lo que se negó un par de veces como si estuviera decepcionado de sí mismo, volviendo a acariciar sus dedos con más dedicación, pero sin desviar toda su atención a la pista, puesto que no quería que tuvieran un accidente, que era lo mínimo que les faltaba.
—Tú también me atolondras, ¿sabes cómo me has tenido estos días pensando en qué hacerte para hoy? —Preguntó, entre divertido y sincero, mirándola de reojo de vez en cuando—. Me tienes loco, Quinn —concluyó, mirándola casi embobado en lo que se explicaba—, y temo que no vuelvas a darme mi cordura —soltó una carcajada, llegando a los pocos minutos a su destino, que estaba bastante oscuro. Se bajó del auto luego de apagarlo, sin decir mucho para cuando se apresuró a bajarse y así poder abrirle la puerta a la rubia, ofreciéndole su mano.
La rubia no tardó en tomarla, cerrando sus dedos sobre los de Leo antes de dedicarle una sonrisa algo infantil.
—Ay, qué cosa más tierna —comentó, sin poder evitarlo. Y en ese preciso momento, se sintió como la persona más ingenua del mundo; sus mejillas se enrojecieron, y sus labios se arrugaron. Ladeó su cabeza antes de cerrar la puerta detrás de ella, y entonces agregó—: Pero no es que hayas estado muy cuerdo alguna vez para empezar, Leo, así que creo que ese argumento no es válido.
Le sacó la lengua, recuperando ese tono divertido que adoptaba cuando estaba con él, y esperó a que el muchacho comenzara a caminar antes de seguirle el paso. Estaba demasiado oscuro para que ella notara dónde estaban, pero de todos modos creía que era un lugar genial. El rubio se encargaría de eso, pues su simple presencia lograba maravillarla.
—No me digas que vas a matarme, y que por eso me has traído al medio de la nada —susurró bajito—. Prometo portarme bien, devolverte tu cordura y no atolondrarte más si me dejas ir —bromeó, reprimiendo una carcajada.
Pero él era demasiado expresivo, cosa que había heredado de su madre, y no pudo evitar soltar una carcajada sonora para cuando el eco de su risa se escuchó a lo lejos, cosa que lo hizo recordar dónde la había traído. Aferró sus dedos con fuerza, sonriendo divertido para cuando se metió la otra mano en los bolsillos, comenzando a caminar en dirección a una pequeña luz que había no muy allá, donde después de unos buenos pasos se pudo divisar una fogata, que estaba justo al lado de lo que parecía ser un acantilado a la luz de la luna y de las estrellas.
—Feliz San Valentín, princesa —le sonrió de medio lado, esta vez con algo de más timidez cuando le dio espacio para que ella pudiera observar con detención el lugar, después de todo, el suelo tenía pétalos de rosas rojas por todas partes alrededor de la fogata, sin contar que el lugar era acompañado por el sonido de las olas al golpear el borde.
Los ojos de Quinn se abrieron como platos una vez que Leo le hubo devuelto su vista, y tuvo que apretar su mandíbula para que ésta no cayera torpemente y la hiciera quedar como una boba. Pero era que así estaba: idiotizada. Era hermoso, todo eso que él había preparado era hermoso. No, mejor dicho, era perfecto.
Se soltó de la mano del rubio con suavidad para encaminarse hacia la fogata, y con la tenue luz que ésta irradiaba, logró admirar el panorama. Pétalos de rosas en el suelo, el agua chocando rítmicamente contra el límite del acantilado… Era simplemente genial.
Sus ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo, y en su rostro se dibujó un puchero a medida que se sentía identificada con su madre.
—Ay, Leo —soltó al cabo de unos segundos, tan feliz como nunca antes en sus diecisiete años de vida—. ¿Tú has hecho todo esto?
—No, llamé a mis hermanas y les pedí que ellas prepararan todo esto para ti —revoloteó la mirada en lo que se encogía de hombros, terminando por soltar una carcajada en lo que se apresuraba a alcanzarla entre sus brazos, alzándola en el aire para hacerla girar una o dos veces, nada que la dejara muy mareada para cuando la cogió por las mejillas y besó sus labios con ternura, acariciándoselas con sus grandes pulgares para cuando lo miró sonriente, porque demonios que estaba feliz y no sabía cómo explicar esa sensación que lo recorría.
—Lo hice yo, para ti —asintió, mirando a su alrededor por un momento—. Quise que fuera lindo… y especial —arrugó la nariz al final, como nervioso por las palabras que podría soltar—. Pero bueno, hice todo lo que pude —se rió al final, socarrón.
La joven rió por lo bajo, divertida ante esa actitud tan infantil de Leo.
—Bueno, pues no lo has hecho para nada mal —comentó, acariciando su nariz con la suya. Y cuando volvió a abrir sus ojos para que se encontraran con los de su mejor amigo, una sensación muy extraña para ella la invadió.
Era como si cientos de mariposas empezaran a revolotear por su estómago, y volaran hacia su garganta para subir sobre ella. Se sentía genial; era como elevarse en el aire, como volar. Sintió que todo a su alrededor desapareció, menos Leo y su fogata, aquella que había preparado con tanta dedicación.
Y en ese momento, fue tan evidente que ni siquiera pudo guardárselo.
Y aquella palabra sí que logró tomar por al retaguardia baja al joven Leonardo Ross Pendagley, puesto que sus ojos se abrieron de par a medida que la miraba, quedándose atontado por la simple palabra. Y no es como si él no la amara, puesto que la amaba como no había amado jamás a ninguna chica, y sabía que no podía quedarse callada por un tiempo más, ya que ella podía tomarse una mala impresión. Aclaró su garganta, volviendo a sonreír de manera amplia para cuando se le quedó mirando hacia abajo por la diferencia de altura.
—Yo también te amo, Quinn —admitió, volviendo a rozar la punta de su nariz con la suya para cuando deslizó sus labios lentamente para sellarlos con los de ella a la par que sus manos rodeaban su cintura, atrayéndola más hacía sí—. Y es por eso que… —dijo luego de alejarse, llevándola a mirar el borde del acantilado, pero no es que fuera a tirarla o algo por el estilo, sino que, en la arena que había un poco más allá del acantilado, estaban pintadas las palabras con pintura fluorescente azul y en grande: “Wanna be my girlfriend?”
— ¿Quieres ser mi novia? —Repitió, nervioso como jamás en su puta vida había estado, pero seguro de sí.
Quinn sintió cómo sus piernas temblaban un poco, y creía que estaba a punto de desmayarse. Dios mío, dios mío, eso no podía ser posible.
—¿Qué? —le preguntó, y de pronto se sintió como una completa idiota. Por favor, si ni siquiera era que se lo había preguntado nada más, lo había escrito a varios metros de distancia. No había ningún tipo de equívocos ahí. Pero es que Leonardo Pendagley estaba siendo tan honesto como nunca, se estaba exponiendo, y eso no era algo que se viera todos los días.
Pestañeó varias veces, atolontrada y aturdida, y quiso golpearse a sí misma para reaccionar. Esa sí que no se la había visto venir. Y, por alguna razón, ni siquiera tuvo que pensarse la respuesta, pues estaba segura de que había estado ahí presente desde hacía mucho tiempo, probablemente desde antes que se despidiera de él para irse a Francia.
—Por supuesto que sí, tonto —soltó finalmente, sonriendo ampliamente antes de lanzarse hacia su mejor amigo para abrazarlo y besarlo, tan feliz como nunca antes en su vida—. No creo que a mi otro novio le moleste después de todo, seguramente lo comprenderá —bromeó, aún colgada del cuello de Leo.
En un principio hasta había sospechado que le iba a decir algo como no, por más estúpido que sonara, puesto que hace tan solo unos segundos ella le había admitido que lo amaba. Pero aún, la manera en la que la pregunta de ella había salido de sus labios lo había mantenido en tensión por unos buenos segundos. Incluso cuando terminó dándole el sí, él seguía estando medio aturdido, terminando por mostrar de nuevo una sonrisa que dejaba en vista sus blancos dientes, dejando en evidencia su estupidez.
— ¿En… serio? Digo, ¡claro que sí! —Se rió de sí mismo, apresurándose a mantenerla agarrada por la cintura para que no fuera a caerse cuando la recibió en medio de sus labios, mirándolo atontado—. Eres una tonta —soltó entonces, refiriéndose a eso de nombrar a otro hombre cuando bien él sabía que no podría haber otro. Daba igual, le había dicho que sí y eso era lo único que podía importarle ahora, y se lo demostró cuando buscó sus labios con los suyos, para darse el gusto de poder besarla incluso más de lo necesario, como si necesitara de sus besos de una manera demencial.
La chica se abrazó al cuello de Leo, sin querer dejarlo ir nunca, pero al cabo de unos segundos tuvo que separarse un poco de él para recuperar el aire. Ahora sí, podía decir con seguridad que sus piernas le temblaban, y soltó una carcajada, sintiéndose algo estúpida, mientras buscaba la mirada de Leo.
—Sí, en serio, Pendagley —le dijo, acariciando la parte trasera del cuello del joven con dulzura—. Aunque, ahora que lo pienso mejor, no creo que a él vaya a gustarle demasiado la idea —agregó, con ese tono burlón que sólo pretendía molestarlo un rato.
Entonces, abrió sus ojos como platos al recordar que aún no le había dado su regalo, así que se alejó un poco del muchacho para sacar de uno de los pequeños bolsillos de su vestido un pequeño paquetito.
—Toma, esto es para ti —murmuró, ofreciéndoselo con el entusiasmo de una niña pequeña.
La soltó con cuidado, asegurándose que sus pies tocaran el suelo para que no fuera a tropezarse o algo y la rubia terminara de lleno en medio del suelo, lo que menos quería era que llegara a lastimarse, por más mínimo que podría resultar un golpe como ese.
— ¿Qué es? —Preguntó curioso, cogiendo entre sus manos la cajita y, casi por inercia, se la acercó al oído al batirla un poco, como queriendo saber qué clase de sonido haría para adivinar qué era—. Espero que no sean aretes —bromeó, comenzando a abrir la caja junto a ella para que ambos pudieran ver su contenido, teniendo cuidado de no cortarse con el papel ni nada.
Y Quinn sonrió con entusiasmo mientras él descubría el pequeño prendedor dorado con forma de corazón que se escondía dentro de la pequeña cajita.
—No son aretes, no se me ocurrió, pero para la próxima ya sé qué regalarte —bromeó, aunque de hecho era capaz de hacerlo. Después de todo, no dejaba de ser Quinn O’conell, y le resultaba realmente divertido molestarlo.
Estaba segura de que Leo no tenía la menor idea de cómo usar aquel broche que era más chico que la punta de su dedo meñique, por lo que se lo quitó de entre las manos y se lo prendió a la punta de la manga de su camisa larga.
—Ahí está —anunció finalmente, orgullosa de su regalo, que si bien era pequeño, le parecía hermoso—. Ya tienes mi corazón, Leo. Quería entregártelo de manera simbólica también.
En un principio, cuando el rubio observó el objeto que le había regalado su novia, no pudo evitar tenderle a abrir los ojos más de lo común en lo que se lo acercaba a la vista, como queriendo analizar qué clase de curioso artefacto era ese, y si bien soltó una pequeña carcajada que omitió lo más posible mordiéndose la lengua, dejó que Quinn se lo quitara de entre las manos para que ella pudiera explicárselo, porque o sino terminaría haciendo cualquier pavada.
—Así que… —comenzó a decir, arrugando levemente el entreceño cuando vio el corazón colgando en su camisa, terminando por soltar otra carcajada para cuando abrazó a la rubia entre sus brazos para que no se molestara, dejándole un beso sonoro en medio de la mejilla—. ¿Me diste un corazón? Está hermoso —le sonrió de manera inocente, aún cuando sabía que si en su casa sus hermanos llegaban a verlo con eso iban a joderle la vida, pero le daba igual—, de verdad que sí —asintió un par de veces con la cabeza, orgulloso.
La menor de los O’conell se sonrojó un poco ante el comentario de Leo. De veras pensaba que no iba a gustarle, pero al parecer ese no era el caso. Soltó un suspiro, aliviada.
—Esto de San Valentín no debería ser tan complicado —refunfuñó, besándole el cuello con dulzura antes de echar su cabeza hacia atrás, para poder mirarlo fijamente—. Para la próxima, le compramos al otro una entrada de cine y vamos a ver una película —bromeó, soltando una risita por lo bajo por su propia ocurrencia.
Volvió a dejar un beso en los labios de Leo, y entonces lo tomó de la mano y lo llevó hacia la fogata, en donde ambos tomaron asiento y ella le sonrió una vez más.
—Te amo —concluyó, con completa sinceridad. Ya no tenía que ocultarlo, y ya lo sabía bien.
De ahora en adelante, todo podía ir sólo para mejor.