Como si rompieras esa magia negra
Como si ese veneno dejara de esparcirse por tu sangre
Como la cura a la enfermedad
Como el beso de dos enamorados en cualquier estación del año.
De niña, observando el cielo estrellado en aquellos tiempos donde las casas aún eran bajas y la contaminación lumínica casi nula; en ese hogar que acoge los recuerdos más violentos como los de mayor felicidad de mi joven existencia, tus enseñanzas de asterismos en esas noches que me inundaron de naturaleza, señalaban con tus manos de mujer poseedora del don de hacer crecer toda clase de flora en las tierras menos fértiles, las Tres Marías, lo que aprendería más adelante que se denomina el Cinturón de Orión, o como yo le digo al pobre, “el Centurión”, dándome las indicaciones de latitudes que no recuerdo, pero sí que a ese costado iba a estar la tuya,
Más brillante y voluminosa que las demás
Y desde allí estarías siguiendo mis pasos
Apretando mis manos cuando la ansiedad me paralizara o el dolor se vuelva insoportable,
Levantando las manos aclamando mis triunfos,
Anhelando reencarnar en forma de mascota para estar cerca mío,
Convirtiéndote en mi fuente de contención,
Como esos golpes de viento que azotan en abril y desmayan a las hojas de sus árboles,
Como ese escalofrío que toca la puerta de nuestras pieles y no tienen un porqué.
Entiendo que me estabas preparando para tu partida, y también a mamá, que me repetía la misma sonata mientras mirábamos juntas el edén acostadas en las reposeras en esos eneros acalorados y de a ratos tormentosos, como suelen serlos en Buenos Aires, amparándose en tus recuerdos, como todos lo siguieron haciendo, en especial papá que hasta el día de hoy no puede terminar una frase con tu nombre sin que se le llenen los ojos de emociones, contándome sobre tu carácter aguerrido, despreciadora de las chácharas, inteligente, de imagen austera, pero sobre todo, avispada y enamorada de sus nietos.
Son esos preciosos instantes que añoro de la vida
Los que me voy a llevar cuando mi tierra deje de verme los pasos
o cuando yo se los deje de ver a la tierra,
porque en esos relatos inventados para mi, no veo más que amor, tal como lo siento en los abrazos de mamá, o visualizo en los ojos de papá al hablar de vos, bele.
De las historias que me llenan de orgullo,
Que con tanta simplicidad y sabiduría,
Dejó huellas en la vida de centenares de personas, con enseñanzas provenientes algunas a raíz de su profesión de maestra en tres turnos escolares y otros tantos, que estimo serán más, de los que sus vivencias y arrebatos de la vida le dejó.
En una carta que no llegó a terminar, me describió como la niña blanca con los cabellos oscuros que se robó a bocanadas gigantes el hálito de su marido, en la cual con una sola frase me bastó para confiarme en que, todo lo que quiera, estaría siempre al alcance de mis manos, si yo así lo deseaba, con esfuerzo y sacrificio, tal como ella lo hizo desde niña, y dice así:
<Yo sueño para vos un mundo hermoso>
Olga Ovejero - Olga (La primer muerte que marcó mi destino)