Qué ganas de mirar el mundo con otros ojos, unos menos tristes.
Qué ganas de no sentir que, si no va mal algo, yo debo descomponer una parte de mí, para fingir que estoy poniendo atención a mi vida.
Qué ganas de poder un día, sentirme bien con lo que tengo o lo que no, para dejar de estar tan enojada conmigo.
Qué ganas de romper el frasco, dejar de fingir serenidad en dónde existe realmente una tormenta, y yo quiero ahogarme en mí misma y ya no salir a flote.
Escapar... Que palabra tan difícil, cuando, de lo que uno quiere escapar, es de uno mismo.


















