No elijo el amor, lo padezco.
El amor suele describirse como impulso, como refugio o como promesa. Se lo piensa en términos de elevación, de movimiento hacia algo mejor. Casi nunca se lo nombra como lo que también es: un ancla. No una que ofrezca resguardo, sino una que pesa. Una que no salva, pero detiene. El amor, en ese sentido, no me lleva a ningún puerto; simplemente me impide hundirme.
Hay momentos en los que la vida no se presenta como algo que deba ser defendido, sino apenas soportado. Momentos en los que la idea de continuar no se sostiene en la esperanza, sino en la inercia. Frente a eso, el amor no aparece como motivación, sino como obstáculo. No me empuja hacia adelante; se planta delante de la salida.
Se habla mucho de libertad como si fuera la capacidad de decidirlo todo, incluso el propio final. Como si la autonomía plena consistiera en no deber nada a nadie, en no estar atado a ningún otro cuerpo, a ninguna consecuencia. Desde esa lógica, el amor es una anomalía. Introduce a otros donde se quisiera estar solo. Ensucia con afectos una decisión que se querría limpia, silenciosa, perfectamente propia. Me frustra porque desmonta la fantasía del aislamiento: recuerda que no existe el acto puro, que incluso desaparecer es una forma de dejar marca.
Por eso el amor no se vive aquí como consuelo. Se vive como carga. Como una presencia que irrumpe justo cuando el cansancio ya no busca alivio, sino término. No siento que elija amar; siento que el amor me ocurre, que se impone, que se instala sin consultarme. Amar, en este registro, no es una decisión inicial, sino una condición que me antecede y me excede.
Desear no amar sería, entonces, desear una lucidez sin consecuencias. Una autonomía sin vínculos. Una decisión sin testigos ni restos. Ser libre, en ese sentido, sería no importar. No ser significativo para nadie. Pero el amor vuelve imposible esa neutralidad. Hace que la ausencia no sea solo ausencia, sino herida.
Ahí nace la rabia. No dirigida a quienes amo, sino al vínculo mismo. A ese afecto que me vuelve vulnerable cuando más quisiera endurecerme. El amor expone. Quita soberanía. Introduce límites que no pedí y que, sin embargo, gobiernan. No hay en eso ninguna épica: hay agotamiento. Hay una pérdida de control que no ennoblece, que no redime, que simplemente duele.
Y aun así, el amor persiste. No como emoción exaltada, no como consigna vital, sino como fuerza mínima de detención. Se interpone entre el pensamiento y el acto. No ofrece razones sublimes para quedarse, apenas una certeza brutal: mis decisiones no terminan en mí. No porque sea responsable, no porque deba algo en términos morales, sino porque amar ya ocurrió. Porque el lazo existe, aunque lo resienta.
Por eso decir que “elijo el amor” no significa que lo haya querido. Significa otra cosa, más áspera: no traicionarlo. Elegir el amor es aceptar ese ancla que no pedí y que, sin embargo, me retiene. No lo elijo porque me haga bien, ni porque me prometa un futuro mejor. Lo elijo —si es que esa palabra todavía sirve— porque es lo único que impide que la idea del final se vuelva acto.
El amor no me salva. No me cura. No me eleva. No me alivia. Pero pesa. Y en ese peso hay una detención. A veces no se trata de avanzar, ni siquiera de vivir mejor. A veces se trata solo de no caer. De permanecer anclada, inmóvil, dolorosamente consciente, entre el deseo de desaparecer y la imposibilidad de hacerlo. Y en ese espacio estrecho, incómodo, sin heroísmo, ocurre la permanencia.