El testimonio y su ficción
He leído decenas de veces la entrevista que un joven Guillermo Fantoni le hizo a Luis Ouvrard quien ya estaba transitando sus 83 años. Era 1982, al pintor le gustaba mucho hablar, tenía una memoria increíble para los lugares, los nombres y los episodios de su juventud. Ese testimonio ha sido para mí material de primera mano, un lugar al que siempre vuelvo cuando quiero escuchar el tono en el que don Luis decía esto o aquello.
Hace unos años me llegó un video de otra entrevista, se veía muy mal y se escuchaba peor, pero pude observar y oír al pintor, lo primero fue la emoción, pero inmediatamente una especie de decepción, como cuando uno conoce el rostro del locutor que escucha hace mucho tiempo. Es que ya imprimí mis propias inflexiones a ese testimonio, todos los subrayados son míos. Sumado a las preguntas y la desgravación de Guillermo, las conversaciones con colegas y mis propias charlas con personas que lo conocieron. Una serie de traducciones que hacen de esa historia oral, un espacio de expectativas que se cruzan. Aunque busquemos transparencia en la narración del otro, las lecturas no hacen más que corroborar que testimonio y ficción muchas veces caminan juntas. Como cuando Ouvrard relata lo que es ver el campo lleno de hongos por la mañana en el Périgord, lo dice como si fuera un recuerdo propio, cuando en realidad es una evocación que viene de sus padres ya que él nunca estuvo allí.
Hay una zona del texto donde habla de sus viajes a Buenos Aires y de la ocasión en que pudo ver una muestra de impresionistas que le encantó. Relata quienes eran los artistas participantes de la exposición y dice al final “y había un Corot”, esa frase no ha dejado de resonarme, como si en ella se concentrara el sentido de una admiración muy profunda y sentida. Estudié a Corot y me encontré con una serie de pinturas donde prima la representación de la naturaleza en su vacío, su lejanía y en ella personajes muy pequeños que me recordaron el amor de Ouvrard por el paisaje en su inmensidad y las pequeñas vacas que lo habitan. Quiero pensar los encuentros y las disparidades entre lo contado y lo ocurrido, comparto un fragmento de María Moreno sobre Lilia, la esposa de Roberto Walsh, de su libro Subrayados. Leer hasta que la muerte nos separe donde repara en el hecho de que toda narración es imaginativa, no hay memoria sin invención y es en ese sentido que aún estas conversaciones tienen un componente ficcional –lo que no las hace menos verdaderas, no podría ser de otra manera. “La voz de Lilia cuando narra su vida con Rodolfo Walsh se aparta de la inflexión angustiada del testimonio, tantea la metáfora, planifica los silencios, sabe que los historiadores positivistas suelen aferrarse a una verdad fáctica que se desea escueta en las gateras del realismo cuando sólo el rodeo por el lenguaje, su puesta en límite de las figuras retóricas puede apenas transmitir una experiencia que ninguna ilusión de apenas transmitir una expresión que ninguna ilusión de transparencia realista logra volver menos opaca. Con esa voz el testimonio gana su libertad fuera de los tribunales para contar desde el sobreviviente no el tamaño no el testimonio de lo que le fue arrancado sino todo lo que ‘ese hombre’ fue antes de ser alcanzado. Cuando Lilia cuenta, usa el símbolo y el mito con lo cual lo narrado se vuelve inteligible a una elaboración que descree de la mímesis ramplona entre lo vivido y lo dicho. (…) ¿Por qué habría que descartar todo lo que parece tener una dimensión ficcional en vez de analizar esa dimensión? Esa clase de actitud confunde lo que es ficticio, es decir, lo que se aparta de la verdad y la enmascara, con lo ficcional y usa procedimientos y dispositivos que permiten hacer surgir la dimensión documental de los testimonios.”











