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Ojo de pez cortado o panorámica?
Enero 4 del 2016. 🍵 🍵 🍵 🍵. Comiendo.
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Así estoy justo ahora
En 1991, sufrí una serie de pérdidas. Murió mi madre, terminó una relación, volví a vivir a EE. UU. pero pasé intacto por todas esas experiencias. Pero en 1994, 3 años después, sentí que había perdido el interés casi por todo. No quería hacer ninguna de las cosas que anteriormente quería y no sabía por qué. Lo contrario de la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad. Y fue la vitalidad lo que parecía haberme abandonado en ese momento. Todo lo que tenía que hacer me parecía demasiado esfuerzo. Volvía a casa, veía la luz roja del contestador titilar y en vez de alegrarme de que mis amigos me llamaran, pensaba: «Cuánta gente a la que tengo que llamar». O, si decidía almorzar, después pensaba que tenía que sacar la comida, ponerla en un plato, cortarla, masticarla, tragarla, y sentía que era como un vía crucis. Una de las cosas que se olvida cuando se habla de depresión es que uno sabe que lo que le pasa es ridículo. Mientras te está pasando, sabes que es ridículo. Sabes que todo el mundo puede escuchar los mensajes en el contestador, almorzar, organizarse para darse una ducha, para salir, y que no es nada del otro mundo, y aún así, estás en sus garras, incapaz de imaginar cualquier salida. Y entonces empecé a sentir que hacía cada vez menos, que pensaba cada vez menos, que sentía cada vez menos. Era como una incapacidad. Y entonces apareció la ansiedad. La sensación que tenía constantemente se parecía a cuando vas caminando y te tropiezas o resbalas y el suelo se te acerca a toda velocidad. Pero en lugar de durar medio segundo, que es lo que dura, duró 6 meses. Es la sensación de tener miedo todo el tiempo, pero sin ni siquiera saber a qué le tienes miedo. Empecé a tomar medicamentos y a ir a psicoterapia. ¿la medicación me hará ser más yo mismo o me transformará en otra persona? ¿Cómo me sentiría si me transforma en otra persona? Pero, sin embargo, salía a flote y recaía, y salía a flote y recaía… y salía a flote y recaía, y por fin comprendí que tendría que tomar medicamentos e ir a psicoterapia para siempre. Y pensé: «¿Es un problema químico o es un problema psicológico? ¿Hace falta una cura química o una cura filosófica?». No podía comprender qué era. Y entonces comprendí que, en realidad, no sabemos lo suficiente en ninguno de los dos terrenos como para tener una explicación completa. Me di cuenta de que la depresión era algo que se va tejiendo tan en lo profundo de nuestro ser que no es posible separarla de nuestro carácter y personalidad. Cuando empecé a tratar de entender la depresión y a entrevistar a personas que la habían padecido, vi que algunos que, a primera vista, parecían tener algo similar a una depresión relativamente leve, terminaban completamente incapacitados por la depresión. Y otros que parecían tener, según la describían, una depresión terriblemente grave sin embargo vivían bien en los intervalos entre los episodios depresivos. Y me propuse descubrir qué es lo que hace que algunos tengan una mayor capacidad de recuperación que otros. Cuando estás deprimido, no sientes que sea como si te pusieran un velo gris y que ves el mundo a través de esa nube negra de mal humor. Uno siente que retiraron el velo, el velo de la felicidad, y que ahora estás viendo la verdad. Es más fácil ayudar a los esquizofrénicos, que perciben algo ajeno dentro de ellos que hay que conjurar. Con los depresivos es más difícil, porque creemos que estamos viendo la verdad. Pero la verdad miente. Me he obsesionado con esa oración: «Pero la verdad miente». Y descubrí, al hablar con gente deprimida, que tienen muchas impresiones equivocadas. Hubo un estudio que me gustó en especial en el que se le pide a un grupo de personas deprimidas y a otro de personas no deprimidas que jueguen una hora a un videojuego. Transcurrida la hora, les preguntaban cuántos monstruitos pensaban que habían matado. El grupo de depresivos acertaba con un margen de cerca del 10 % y el grupo de los no deprimidos respondía entre 15 y 20 veces más monstruitos. Asistí a un exorcismo hecho por una tribu en Senegal en el que se usaba una gran cantidad de sangre de carnero y del que no abundaré en detalles ahora, pero unos años después, estaba en Ruanda, trabajando en otro proyecto, y le conté mi experiencia a un hombre. Me dijo: «Verá, eso es África Occidental y estamos en África Oriental. Nuestros rituales son, en ciertos aspectos, muy distintos, pero tenemos algunos rituales que se parecen bastante a lo que Ud. describe». «¿De veras?», le dije. «Sí, –contestó– pero hemos tenido muchos problemas con los trabajadores de la salud mental occidentales, sobre todo con los que vinieron apenas terminó el genocidio». Pregunté: «¿Qué clase de problemas tuvieron?». Me contesta: «Bueno, hacían cosas extrañas. No sacaban a la gente al sol, cando empezaban a sentirse mejor. No usaban tambores ni música para hacer hervir la sangre. No hacían participar a toda la comunidad. No sacaban la depresión para afuera como si fuera un espíritu invasor. En cambio, lo que hacían era llevar a las personas de a una a unos cuartitos lúgubres y los hacían hablar una hora de las cosas feas que les habían pasado. Me dijo: Tuvimos que pedirles que se vayan del país.
Andrew Solomon: Depression, the secret we share (via hachedesilencio)
Demasiadas personas así.
#cat