- ¿Me puedes explicar por el amor de Dios qué es lo que pasa?
Me miró tranquilo, con una sonrisa torcida y breve, de esas que duran apenas un segundo seguidas de seriedad.
- Sí chaparrita ¿Qué quieres que te explique?
Son muchos escenarios en los que hubiera imaginado estos diálogos si alguien me hubiera dicho que serían con Eduardo Madrid. Miles de escenarios tal vez, empezando por el hecho de iniciar el diálogo con una pregunta, una cara indignada y que es mi ex novio.
El propósito de este relato es describir a un personaje que ha tenido un papel en mi vida digno de mucha curiosidad, vaya, si mi vida fuera una serie, podría decir que Lalo tuvo un papel importante por allá de la primera o segunda temporada y después desapareció para volver a aparecer MUCHOS episodios después de la manera más inesperada en el mundo con una CERO probabilidad en mis sospechas, es más, si mi vida fuera una serie, él sería de esos personajes que aparecen poco, pero cuando aparecen realmente APARECEN, desquitan cada segundo en pantalla, hacen que cuente; si se buscaran actores sería de los castings más cuidadosos y competidos. Ahora voy a explicar por qué.
Eduardo Madrid fue mi primer amor, nos conocimos cuando ambos estábamos en secundaria, yo en primero y él en tercero, misma generación y mismo salón de clases que mi hermana. Al mismo tiempo que era difícil conocerme a mí, era muy fácil conocerlo a él, sobre todo cuando las adolescentes que recién ingresan a secundaria no pueden evitar el mar de hormonas que les arrastran los ojos hacia los tipos más grandes, esto se potencializa unas 10 veces mas cuando eres de escuela de monjas, dicen por ahí que son las peores ¿Será? Te hablan de catequesis y pareciera que te ordenaran fantasear con agarrarte a los de prepa. Pero bueno, realmente conocí a Lalo porque fue novio de una de mis mejores amigas en ese entonces; y cuando eso pasa, la persona en cuestión tiene un pase directo que dice con letras grandes “ALL ACCESS” al grupo de amigos. Me costaba aceptar que tenía un crush con él, pero era guapo, atlético, popular y se reía de mis pendejadas… ¿Qué más podía pedir? Recuerdo una vez que organizábamos una salida a la feria y le pregunté a mi amiga:
- ¿Vas hoy en la noche a la feria?
- Mmmhh no, creo que él no puede.
- ¿Por qué? ¡Ay! No seas así, insístele que vaya.
- Pues nada más, para que estemos todos.
- ¡Ah buuuurro!* ¡¡Te gusta Eduardoooo!!
*Expresión Chiapaneca que denota sorpresa y/o exclamación.
¿Me gustaba Lalo? Ahí me lo pregunté, y por supuesto que sí, solo que, en ese entonces, había vivido toda mi larga vida (13 años) acostumbrándome a que mis amores platónicos anduvieran con mis amigas; yo era la típica “Amiga buena onda” “¡Ay! Lulú qué bien me cae” el payaso del salón, quien dice una tontería y se mueren de la risa, pero vaya que no era “girlfriend material” la verdad es que viví friendzoneada hasta por ahí de… la universidad.
Lalo le puso un STOP a mi mala suerte, pues años más tarde, cuando ya era yo quien estudiaba la preparatoria me reencontré con él por medio de amigos en común (¡Ay! Lo olvidaba… Pueblo chico) y la risa era lo que sobraba, me gustaba que siempre olía rico, que platicábamos sin un final y nos reíamos de las mismas estupideces, esa especie de mutuo bullying que existe entre dos chavitos que a los 4 vientos se están coqueteando, pero que yo estaba acostumbrada a no dejar que me esperanzara, por aquello de vivir en la friend zone. Recuerdo bien los detalles, mis hermanos y yo nos turnábamos la computadora para usar el internet, ese que ocupaba el teléfono y que al levantar la bocina te zumbaba en el oído como la turbina de un avión; y ahí estaba yo, gastando cada minuto esperanzada por platicar con Lalo hasta que se presentaba ante mis ojos la leyenda que hacía temblar el suelo de cualquier adolescente de los dosmiles: “EL AMOR DE TU VIDA acaba de iniciar sesión” ¡Bendito MSN! Y… ¡Maldita sea! Me quedan 15 minutos porque a las 8 ya es el turno de mi hermano y cómo chinga el cabrón, no pasaban 5 minutos sin que ya estuviera atrás de mí respirándome en los hombros, ok, 15 minutos, ¡Make it count! Salimos muchas veces en bola, hasta que un día se alinearon los planetas a mi favor y llamó a mi casa para invitarme al cine sólo a mí, a esa edad hay oportunidades que pueden parecer tontas pero dictan de cierta forma tu comportamiento y el rumbo de tu vida dependiendo la opción que tomes, en esta ocasión, tomando en cuenta que tenía 15, mis papás no me dejaban tener novio y mucho menos salir ni estar sola con un wey, mi hermana detestaba a Lalo porque fueron en el mismo salón y lo tiene en un concepto de mamón, superficial y arrogante, mi hermano ni se mete pero de todo me acusa con mamá, veo dos caminos qué tomar:
Opción #1 – Pido permiso diciendo la verdad y nada más que la verdad. Mis papás no me dejan ir porque no estoy en edad de andar noviando. Le digo a Lalo que no me dejaron. Me dice que está ok pero en el fondo piensa que soy una ridícula. No me vuelve a llamar. Pasa lo mismo con todas las personas que insinúen invitarme a salir. Me llaman La Monja. Me gradúo de la universidad sin haber besado a nadie en mi vida. Soy la loser a quien siempre le dicen frases como “tienes muchas cualidades”. Celibato y austeridad emocional de por vida. Muero sola y amargada en Tuxtla echándole la culpa de mis problemas a mis papás.
Opción #2 – Mentirles a mis papás y decirles que voy con toda la bola de amigos, inventar los nombres. Así de fácil. Y… que sea lo que Dios quiera.
¿Qué decidí? ¡OPCIÓN 2! Obviamente.
¿Sabes qué película fuimos a ver en nuestra primera cita? La Pasión de Cristo, la de Mel Gibson, hazme el puto favor, era la primera vez que salía con alguien en plan DATE y vimos una película clasificación C en donde no dejan de torturar a Jesucristo con clavos y golpes con tablas hasta que la carne viva y los huesos quedan expuestos y no logras distinguir entre los gritos y el dolor; había gente que se salía de la sala con cara de impresión y asco. Sí, sobreviví a mi primera cita con Lalo.
Él y yo platicando sobre nuestros sueños es algo que llevo en mi mente como una fotografía. Hoy le puedo contar a todo el mundo mis planes, lo que me gustaría, pero a los 15 años de vida, cuando tu mundo entero es casa-escuela-casa y no sabes pinches NADA de la vida, las cosas son muy diferentes, es como si estuvieras en la casilla 1 del Monopoly jugando por primera vez sin saber que te espera un juego de 80-90 años (Esperanza de vida del ser humano y también eso dura el Monopoly, como 80 años) Lalo fue la primera persona a quien le conté los sueños que tenía, él estudiaba el propedéutico de medicina y soñaba con irse a la capital del país a estudiar en la militar, yo estudiaba la prepa y le confesé antes que a nadie e incluso que a mis propios padres que la neta la neta yo lo que quería era ser cantante, ¡Sí!, cantar todo el reverendo día desde que abriera los ojos hasta que me fuera a acostar, y vivir de eso haciendo eso, no sé cómo. En ese entonces estaba aprendiendo a tocar la guitarra, me sabía cuando menos 3 canciones, todas de Shakira, pero después de salir varias veces con Lalo y ser testigo de cómo su mirada se encontraba con la mía, cómo nos reíamos y los dos buscábamos cualquier pretexto u oportunidad para empujarnos o tocarnos la mano, cómo el tiempo se hacía pequeñito cuando él aparecía en la escena, cómo apenas llegando a casa ya ansiaba desesperada nuestro próximo encuentro… después de todo eso, una semilla en mis adentros brotó por primera vez: La Inspiración. Fue así cuando tocando la guitarra una tarde en mi cuarto e intentando sacar una canción que me gustaba, empecé a tararear una melodía nueva encima de aquellos 4 acordes, “di algo” -me susurró esa voz interna, que cree dar consejos expertos- y empecé a jugar con las palabras dentro de la melodía hasta que después de un tiempo -que no sé cuánto fue- había escrito mi primera canción, SÍ, fue por Lalo que empecé a escribir canciones; y esa magia, esa sensación que despide la canción nueva escrita como pan recién horneado no tardó en volverse adictiva para mis sentidos, me aferré más que nunca a la guitarra, a la música, a las hojas en blanco que me esperaban ansiosas por recibir la tinta de mis historias como mar en el que desemboca un río. Lo que sucedió realmente es que encontré en la composición la manera de decir lo que sentía sin miedo a ser juzgada o rechazada, cualquier cosa es “Sólo una canción” ¿no?, que… ¿Por qué escribiste eso?... Es sólo una canción, ¿Qué quieres decir con eso?... ¡Nada! Ay por Dios, es una canción. Realmente vivía con miedo al rechazo, no olvidemos que los amores de mi vida se convertían en novios de mis amigas. Por eso mejor ni abría la boca. Escribiendo canciones encontré esa libertad de expresión que me salió como una verborrea desesperada, pareciera que alguien le había quitado una piedrita atorada a la llave del agua y ésta comenzó a salir con una presión jamás antes vista. Alguna vez fuimos a un evento en la escuela en donde ambos estudiamos la secundaria y nos quedamos sentados en el pasto platicando hasta que se fueron todos, llevaba mi guitarra, porque cuando estás aprendiendo a tocar, tocas bien feo, pero la llevas a todos lados para que todo el mundo se entere o piense que tocas, y entonces canté para él la primera canción original que escribí en mi vida. Me miró anonadado, con sorpresa, me pidió que se la cantara otra vez, me abrazó, estaba incrédulo de saber que yo había escrito eso, no tengo la certeza de que haya entendido el mensaje dentro de la canción o que la había escrito para él, ¿Y sabes algo? ¡La canción es malísima! Pero vaya que sabía a sus oídos y a mi voz mejor que una novela ganadora del Nobel. De ahí en adelante en ese tema lo demás es historia, JAMÁS dejé de escribir canciones.
Son tantas las anécdotas con Lalo que puedo contarlas como si hubieran sucedido ayer, quizá no con tantos detalles, pero mencionarlas hace que se retoquen para siempre en mi memoria, tengo presente la escena cuando siendo buenos amigos me acompañó a tomar el transporte que llevaba a mi casa, le hizo la parada al chofer por mí y cuando éste se detuvo y abrió la puerta, me abrazó fuerte contra su cuerpo diciéndome al oído “Me gustas mucho”, y así me fui: Pendeja, con cara de estúpida mientras lo vi a través de la ventana reírse y diciéndome adiós con la mano mientras el transporte se alejaba cada vez más, qué hijo de la chingada, qué manera de dejarme el corazón a punto de sufrir un paro cardiaco, a punto de salírseme del pecho, nunca nadie en mi vida me había dicho eso, estás de acuerdo que a mí no me pasaban esas cosas, ¿Ves la montaña rusa emocional de la que platico en mis historias? Ese día, después de escuchar TEXTUALMENTE esas 3 palabras, fue cuando descubrí su existencia. Ni qué decir de cuando me preguntó si quería ser su novia, estuve todo el santo día repitiéndome “¿De verdad ando con Eduardo Madrid?, ¿Eduardo Madrid es mi novio? ¿Tengo novio? ¿Y ahora? ¿Qué se hace en estos casos? A-MI-NO-ME-PA-SAN-ES-TAS-CO-SAS” Y sí, nos volvimos inseparables.
Nuestra relación fue brutalmente buena, ¿Qué recuerdo? Demasiadas cosas, innumerables, su voz llamándome “Chaparrita”, me enseñó tanto sobre el amor y sobre la vida, recuerdo a Lalo como un despertar, un despertar en tantos sentidos, muchas de mis primeras páginas fueron escritas con el bolígrafo de su nombre, le conté demasiado, me contó demasiado, le escribí un mar de canciones de amor, de desamor, de pleito, reconciliación, hasta un punto en el que todo lo que me sucedía con él terminaba en canción, conocí a su familia y conoció a la mía, a sus amigos y él a los míos, entendí mucho de lo que había que hacer y lo que jamás es bueno hacer, mentí mucho a mis papás a cambio de verlo a escondidas, me volé clases, inventé tareas, adoptamos un hámster, platicábamos por teléfono hasta que mi mamá o mi hermano me gritoneaban, lo invité a pintar mi cuarto y terminó siendo guerra de pintura -mi cuarto sigue así, a la fecha- así mismo, viví con él su preparación para la militar y lo vi irse mientras sentía que me lo arrancaban, imaginando cómo sería cuando se fuera para jamás regresar, volvió y tiempo después lo vi devastado al recibir la noticia: No lo aceptaron. Sentí tanta pena y rabia, no podía entender cómo no habían aceptado a alguien como él en la escuela militar ¿Pues qué querían? El pobre se la pasaba estudiando, aplicado, formal, decente, era en ese entonces “Mi Lalito” nombre que aparecía en casi todas mis contraseñas y mis cuadernos. Viví su ingreso a la carrera de medicina, él me iba a visitar a la prepa o iba por mí a la salida casi siempre acompañado de flores en las manos, vestido de blanco hasta los zapatos -por estudiar medicina- uniforme que se notaba que portaba con tanto, pero tanto orgullo, hasta que todos mis amigos se empezaron a referir a él como “El doctor”. Nos dedicamos tantísimas canciones, yo estaba idiotizada con Alex Ubago y él fue quien me regaló el primer disco en donde venía nuestra canción “Sin Miedo a Nada”:
Saber qué es lo que piensas,
Y vencer esas tormentas que nos quieran abatir.
Centrar en tus ojos mi mirada,
Besarnos hasta desgastarnos nuestros labios,
Y ver en tus ojos cada día,
Crear, soñar, dejar todo surgir,
Apartando el miedo a sufrir.”
Todo ese disco completo me recuerda a él, pues era lo único que escuchaba en mi Sony discman durante esos episodios de mi vida.
A mis 16, cuando empecé a tocar en bares, Lalo iba a verme cantar saliendo de la facultad, al primer bar en donde canté, se llamaba EL PLAZA, muchas veces me acompañaba en taxi hasta la puerta de mi casa para asegurarse que llegara bien y después en ese mismo él se iba a la suya, y cómo olvidar cuando una madrugada dormía profundamente hasta que me despertaron unos tipos cantando, luego luego pensé que ya habían empezado los vecinos con sus mamadas hasta que escuché piedritas sonando contra mi ventana, era él con sus amigos debajo de mi balcón, repito ¿¡QUÉ SE HACE EN ESTOS CASOS!? primera y única persona en mi vida que me han llevado serenata, ese día me regaló una rosa azul, porque como dice la canción: “Una rosa pintada de azul… es un motivo”. Mi papá los invitó a pasar y les regaló paletas… sí… PALETAS. (Akward situation).
Me atrevería a asegurar que más de uno de mis amigos me veía hasta casada con Lalo, pero no, así como vivimos el nacimiento, así mismo vivimos el declive; los pleitos, los celos, las inseguridades, las colgadas de teléfono, él estaba cada vez más enfocado en aprender cómo sanar a la gente inmerso en su nuevo mundo de libros y laboratorios, yo estaba cada vez más desmadrosa viviendo mi prepa, tocando en los bares, conociendo gente y fantaseando con irme del pueblo a buscar mi lugar en la gran ciudad; otra cosa que sentí por primera vez fue la sensación de cuando dejas de tener cosas en común con las personas, de repente nuestros círculos eran diferentes, después de casi 2 años esos adolescentes que al principio no paraban de hablar y reírse fueron convirtiéndose poco a poco en personas con cada vez menos cosas en común, comencé a sentir desconexión, a sentirme interesada por otras personas, por otras historias, después de todo Lalo había roto la maldición de la friend zone y había muchos ojos que comenzaban a mirarme, y yo a ellos. Mucho tiempo pensé que lo que había sucedido es que estaba demasiado chica para tener una relación tan en serio, a los 17 uno siente ganas de aventarse a la vida sin paracaídas, pero la realidad es que mi corazón lo que necesitaba eran unos buenos madrazos contra las paredes, tragar un poquito de malas experiencias y un muchito de tierra sin respirar, la realidad es una: NO ÉRAMOS. No era Lalo en mi vida, ni era yo en la suya, pues contrario a lo que nos quieren hacer creer en los cuentos, no en todas las grandiosas historias de amor los enamorados terminan juntos, ni siquiera en todas terminan enamorados, y ojo, eso no quita que sea una MARAVILLOSA historia de amor; no es menos mágica, es sublime por el simple hecho de poder contarla, porque tu corazón fue tierra fértil en donde floreció el sentimiento que le da sentido a TODO y fuiste capaz de anidarlo, porque de eso se trata estar vivo, porque ya no eres ni serás el mismo, lo importante es lo que diste, lo que viviste, cuánto creciste, y que la gente llega a tu vida con un propósito. Yo le enseñé lo que debía enseñarle y él lo que debía enseñarme a mí (o al menos eso creía).
Las páginas de mi historia de amor con Lalo llegaron a su final y su personaje salió de cuadro para presentarse de vez en cuando únicamente en anécdotas, recuerdos, vivencias que platicas a tus amigos. Terminamos mal de hecho; de esos adolescentes que soñaban a ser uno doctor y la otra cantante no quedó un “after taste” agradable, recuerdo haberlo terminado por teléfono como toda reverenda hija de la chingada que se respeta y ni la cara da, así mismo recuerdo haberme tenido que amarrar las manos para no volver a llamarle con la cola entre las patas, y después de colgar el teléfono encerrarme a llorar como por 8 horas seguidas en mi cuarto pensando que jamás en la vida iba a volver a enamorarme, maldiciendo su boca, su sonrisa, su olor rico, las canciones, las cartas, su timbre de voz, al españolete de Alex Ubago, las serenatas, el azul embarrado de mi cuarto, todos los recuerdos y todo lo que de él me había gustado en un principio. Me sentí mala persona, sentí que estaba cambiando al amor de mi vida por un puñado de aventuras inciertas y aún no escritas, tuve MIEDO como nunca antes en mi vida; conocí ese miedo que te invade de las uñas de los pies a la cabeza cuando una voz castrante de tu interior te dice “LA CAGASTE” “Nadie te va a querer como él” “Era él, y tú lo arruinaste” “Te vas a arrepentir el resto de tu vida”… ¡Ay! Pinche voz interna, ahí la conocí y se presentó conmigo: “Hola Lulú, mucho gusto, soy tu amiga la inseguridad, déjame hacer mi chamba por favor”.
Pero dicho y hecho, conocí el amor del que todo el mundo hablaba, y así mismo entendí que era verdad cuando dicen que todo pasa, hasta lo malo. Y mi pena pasó, pasaron los días, las noches y efectivamente no me morí, me levanté con el doble o triple de fuerza y con muchísima emoción de vivir todo lo que me esperaba, ya sabes, esas veces en las que aguantas un golpe fuerte y después ya miras hacia la vida como diciéndole “Pégame con todo lo que tengas”. Sobreviví a mi primer rompimiento amoroso: Logro desbloqueado. De ahí en adelante pasaron los años, me fui del pueblo, me volví a enamorar una vez, dos veces más, tres o cuatro… más fuerte y menos fuerte, la cagué mil veces, jugué sucio y me jugaron peor, escribí canciones, MUCHAS, mejores cada vez, viví mis 20’s como Dios manda, bueno no es cierto, no creo que Dios mande que seas un reverendo idiota el 80% del tiempo, pero el punto es que los viví llenos de lecciones, anécdotas y cosas maravillosas. ¿Y Lalo? Salía al tema cuando le contaba a la gente sobre mi primer novio. No supe absolutamente nada de él. No, nunca traté de buscarlo, ni de saber qué había sido de su vida, ni nuestros amigos en común sabían nada de él; a fin de cuentas, el capítulo se cierra y cerrado está.
En Junio del 2018 mi familia y yo vivimos la situación más difícil de nuestras vidas. No voy a entrar en detalles tan grandes, no soy tan fuerte para hacerlo, no puedo todavía y no sé cuándo podré; pero recibí una llamada de mamá un día en la noche muy preocupada diciéndome que mi hermano estaba en el hospital. En el teléfono conservé la calma con mamá pero cuando colgamos me puse a llorar, tuve muchísimo miedo, pero después gracias a mi optimismo desmesurado ante la vida sentí que la situación estaba bajo control, a fin de cuentas ya lo estaban tratando y mi hermano joven, fuerte… va a estar bien. Esa frase de “va a estar bien” se instaló en mi cabeza como una bandera, y al parecer también en la de mis papás, ya que siempre que hablábamos la repetíamos así o con alguna de sus variantes. Debo admitir que yo no conocía la gravedad de la situación, y el viernes 22 de Junio me desperté como un día cualquiera preparándome para tocar el 23 en Querétaro con Escarlata, el domingo 24 teníamos las fotos de The Despeinadas aquí en la ciudad y tenía ya el plan de viajar a Tuxtla después de las fotos para estar con mis papás y mi hermano en lo que se recuperaba. Ese era la expectativa, la realidad fue completamente distinta.
El viernes 22 salí a desayunar, y regresando a casa abrí la computadora y vi en una bandeja de entrada de gente que NO ES TU AMIGA en Facebook (Solicitudes de mensajes) un mensaje no leído de una persona que me era imposible reconocer, con un nombre raro y una foto rara; realmente no suelo leer esos mensajes, por aquello de las extorsiones, y las cuentas robadas etc, pero esta vez lo abrí:
- “Hola Lulú, soy Eduardo Madrid, perdóname el atrevimiento de escribirte, acabo de recibir a tu hermano en el IMSS y tienes que venir a estar con tus papás, chaparrita, creo que sería bueno que estuvieras con ellos”
Me quedé helada. Mi corazón empezó a latir a toda mierda y después de casi arrancarme un mechón de pelo le contesté:
- Lalo por favor dame un teléfono a dónde marcarte.
Tenía la cabeza llena de preguntas, la primera “¿QUÉ VERGAS HACÍA MI HERMANO EN EL IMSS?” pero también “¿POR QUÉ NO ESTOY AHÍ?” “¿QUÉ NO IBA CAMINANDO TODO BIEN?” “QUÉ TIENE QUE VER EDUARDO MADRID EN ESTO?” Eduardo no contestaba, y me metí a ver vuelos México-Tuxtla en ese momento, las manos me temblaban tanto que me era casi imposible escribir o controlar la computadora, hasta que golpeé mi mano contra la mesa y me dije en voz alta “Si no estás tranquila no vas a lograr hacer ni madres”. Había un vuelo que salía a las 3pm, era la 1. CLARO QUE LLEGO. Lo compré sin perder más tiempo e hice una maleta en lo que llegaba el Uber. Mientras iba en el Uber no podía dejar de temblar, pero mis lágrimas estaban bloqueadas, no entendía nada, no sabía qué chingados pasaba y después Eduardo contestó, le marqué y hablamos, le dije que ya iba para allá. Llegué apenas a agarrar el avión no recuerdo haberme esperado ni 5 minutos para abordar.
En efecto la situación fue que mi hermano no iba mejorando, si no todo lo contrario, lo llevaron al IMSS de urgencia y lo recibió Eduardo Madrid, médico cirujano; al leer los datos del paciente reconoció los apellidos, salió a ver a los familiares y reconoció a mis papás, 14 años después de haberlos visto la última vez. Eduardo los abordó con la mayor delicadeza como una figura familiar, alguien conocido en medio de todo ese caos. “-Señora, soy Eduardo, ¿Se acuerda de mí?” y al plantearles la situación fatal en la que se encontraba mi hermano, Lalo le preguntó a mi papá por nosotras dos (Mi hermana y yo). Y sí, de todas las situaciones en el mundo, de todos los doctores de la ciudad, de todos los momentos, lugares, personas y coincidencias en el mundo, Eduardo Madrid recibió a mi hermano cuando llegó de urgencia al hospital y no solo eso; él era el doctor a cargo de la situación, él era incluso a quien asignaron para operarlo. Lalo me buscó en Facebook, se aseguró de dar conmigo en mi perfil personal y me escribió ese mensaje que entró a la bandeja de solicitudes pidiéndome que fuera de inmediato a Chiapas. Me dijo también -mientras yo iba en el Uber- que por favor lo perdonara por el atrevimiento, que él sabía que quizá eso no le tocaba a él, pero que no podía estar tranquilo sin decirme la gravedad del caso. “Perdóname chaparra”, me dijo, así como me llamaba desde siempre.
Ese día en la noche, en el hospital, en el inicio de la situación más horrible que he vivido en mi vida fue cuando tuvimos el dialogo que comienza este blog; cuando lo volví a ver después de 14 años sentí como cuando ves a un familiar al que no frecuentas mucho. Era el mismo Lalo de siempre, pero con el rostro más cansado, el pelo más largo, una barba completa que le cubría la cara y la mirada más sabia, esa sabiduría que sólo se obtiene navegando entre los años de la vida. “El mejor cirujano de la ciudad está a cargo de su hijo” escuché a una enfermera decirle a mi mamá. Cuando lo busqué con la mirada y lo vi, me acerqué de inmediato:
- ¿Puedo hablar contigo un momento solos?
Él asintió y nos metimos a una sala vacía.
- ¿Me puedes explicar por el amor de Dios qué es lo que pasa?
Me miró tranquilo, con una sonrisa torcida y breve, de esas que duran apenas un segundo seguidas de seriedad.
- Sí chaparrita ¿Qué quieres que te explique?
Ahí entendí, de voz de él que no había nada qué hacer. NADA más que esperar. Esperar a que mi hermano se fuera. Yo apenas y podía hablar, tenía un hilito de voz:
- Qué mas quisiera decirte otra cosa, chaparra.
- ¿Pero nada? Por favor ¿Un milagro?
- Él es joven, va a aguantar un par de días.
- ¿Crees que llegue Paty?
Ese día me quedé de guardia en el hospital para que mis papás fueran a dormir un poco. Mi hermana volaba de camino. Obviamente no dormí, ha sido la noche en la que más he pensado en mi vida, en la que más imágenes corrieron por mi cabeza, no tenía hambre, ni sed, ni sueño, casi casi que ni podía sentir si alguien me hubiera prendido fuego en una mano. Me quedé con una amiga de mi hermano y Lalo estuvo ahí, en medio de la madrugada salió a hacernos compañía un rato y platicamos un poco para sobrellevar la situación. Me contó que es divorciado, que su papá falleció hace un par de años, que tiene un hijo, que vive en un pueblo porque odia las ciudades grandes. Le conté que soy cantante, que adoro vivir historias, que soy soltera, no tengo hijos, y que amo las ciudades grandes. En ese momento pensé: “¿Cómo es que son tan diferentes dos personas que en algún punto de sus vidas fueron tan compatibles?” Me parecía tan curioso ver en esa situación el efecto que los años y el camino recorrido tienen sobre alguien, me parecía tan curioso que éste personaje estuviera sentado ahí frente a mí, en una situación como ésta, en medio del silencio, y la madrugada, en medio de gente dormida en bancas incómodas esperando buenas y malas noticias, en medio de la impotencia, la tristeza, el coraje y la resignación.
Mi hermano se fue en la mañana del domingo 24. Viví los 3 días más difíciles de mi vida, tanto que a veces pienso que jamás sucedieron, que no es humanamente posible vivir ese grado de dolor, ese nivel de injusticia. Me costó un rato, noches en vela y varias horas de terapia con un psicólogo entender que la muerte no es un castigo, entender que es algo tan natural como un nacimiento, entender que no es culpa de nadie, entender que nada va precisamente en orden. Yo sabía desde siempre que el precio de ser la más chica de la familia era que iba a ser la última en irme, no creas que no lo había pensado. Y es que si la vida sigue un orden natural es obvio que me iba a tocar ver partir a mis seres queridos antes de yo misma irme, pero si ese orden se altera VAYA QUE CAMBIA LA COSA. Que mi hermano se haya ido, eso sí no estaba en el libreto ¿Y a quién chingados le reclamo? A mí no me pasan estas cosas. A la fecha tengo a la vista un gatito de peluche de mi hermano Luis frente a mi cama, así cuando me despierte puedo ver ese gato y eso es lo que me hace entender que sí pasó, que eso que viví REALMENTE pasó y que no lo soñé, que tengo que vivir con esto. Leí ya varios libros sobre los duelos y las etapas ¿y sabes algo? Ya no sé ni en cuál voy porque avanzo y regreso y vuelvo a avanzar, y creo que un día despierto en negación, otro día en la aceptación y otro en el coraje. Lo que sí es que he aprendido a hablar de mi hermano con una sonrisa en la cara, a decir con naturalidad que él ya no está físicamente pero aquí sigue mientras sigamos nosotros, a contar con naturalidad lo que pasó, que en efecto somos y seremos siempre una familia de 5, y no, nunca vamos a volver a estar completos en las fotos, pero la existencia es más que el cuerpo físico. Nosotros fuimos, somos, y seremos siempre 5. Y agradezco todos los días, celebro cada día que pasa la vida de mi hermano. Agradezco poder escribir este blog como parte de mi terapia, de mi aceptación, de mi manera de enfrentar a las cosas y el poder que tiene verbalizar una situación.
Volvamos a la imagen de aquella adolescente con mal de amores que lloraba en su cuarto y pensaba que por cortar con el novio el mundo iba a derrumbarse. En efecto, por más cruel que suene, el mundo no se detuvo, volvió a salir el sol, siguió caminando el reloj… y aquí seguimos. VOY A HACER QUE CUENTE. Porque así mismo será el día que yo ya no esté. Volverá a salir el sol y seguirá caminando el reloj. Cuando tenía 15 años descubrí lo que era vivir con un motivo, con un llamado, se me remarcó LA VIDA a través de escribir canciones por alguien que detonó la inspiración en mí. Y qué ironías de la vida que a ese escuincle vestido de blanco que iba a visitarme a la escuela con flores le debo haber llegado a tiempo para despedirme de mi sangre.
De lo que sí estoy segura es que la gente viene a tu vida por un motivo.
Eduardo no fue el amor de mi vida. Subrayó con marcatextos fluorescente lo que es LA VIDA frente mis ojos.