Primera autobiografía, no tan precoz
Prólogo
Una de mis grandes pasiones literarias es la autobiografía, esa que se va convirtiendo en ficción por más que su autor intente ser fiel a sus recuerdos; siempre habrá un detalle, una escena completa que se transforma con fines poéticos o debido a que la memoria es un espacio frágil que no sabe de fidelidad, se construye y reconstruye a placer; el cerebro y todo aquello inmaterial que le habita permanece como un misterio, aún para aquellos dedicados a su estudio.
Redacto estas líneas justo al terminar de leer Gratitud, el compilado de 4 ensayos autobiográficos y escritos al final de la vida del neurólogo Oliver Sacks. Me impresiona cómo en pocas líneas muestra sus temores, sueños, logros que lo marcaron, dolores que lastimaron su ser y una infinidad de partes de sí mismo que lo conforman. Queda claro, para mí, que la brevedad es parte del final y que a ella me debo. Dejo aquí la primera autobiografía publicada, porque escritas hay muchas, borradores de mi vida habitan diferentes espacios, pero hoy quedan estos párrafos que serán revisitados, si es que el destino así lo quiere.
Lamento haber desperdiciado mucho tiempo (todavía lo hago) Oliver Sacks
1 de febrero 2026
En un mes 38 marcará la vela del pastel. Cuando fui adolescente tuve que hacer mi “Plan de vida”, uno donde organicé por etapas los logros que alcanzaría; también coloqué las cosas que no haría. No recuerdo con exactitud si coloqué años, pero aquel plan culminaba al titularme de la licenciatura, no contemplaba hijos o matrimonio. Hoy que toca hacer el recuento, mirar atrás y marcar los logros, encerrar en un gran círculo rojo lo no cumplido me doy cuenta de que a pesar de haber construido el plan para mí en ningún momento dejó de responder a las expectativas de mis padres. La ironía, la hipotenusa, como dicen los nacidos en los dosmiles: nunca fui el sueño que soñaron.
Mi vida, pero sobre todo la forma en que me paro frente a un grupo de personas para expresar “algo” está marcada por la mirada de mis padres. Complacerlos es la tarea más difícil que he intentado lograr. Una vez que cumplí, a mi modo, con el plan de vida que construyeron para vivir vicariamente a través de mí yo me quedé con las manos vacías, no supe muy bien qué hacer.
Amigos de Toti
Comencé a ir al maternal cuando tenía 3 o 4 años. Pocas cosas recuerdo de “Amigos”, pero traeré aquí esta imagen: un salón con pequeños mesa bancos, 15 o 20 niños sentados haciendo sus actividades; de pronto, una pequeña se levanta y comienza a caminar sobre una tabla que se encuentra junto a la mesa de la maestra. El ruido llama la atención Toti y decide levantarse, imitar a su compañera de clase. Pronto hay unos 5 niños tomando turnos para caminar sobre la tabla y hacerla sonar. De repente Salvador decide morder el hombro de Toti, que se encontraba formada delante de él.
No hay más detalles del suceso, Toti no ha podido contarme si hubo gritos o lágrimas. Tampoco supo decir cuál fue la reacción de sus papás. Pero recuerda con claridad que ese fue el último día que asistió a la escuela. A partir de ahí gastó sus mañanas en casa, pasando las hojas de los libros y revistas de Papo; copiando frases al azar de los periódicos y revistas, pero sin conocer su significado pues no aprendió a leer o escribir hasta que fue a la primaria.
Dios cambió de nombre
Entré un año antes a la primaria, tenía 5 años y mi memoria guarda con cariño el sabor de las tostadas que mi mamá me hacía para desayunar. Quizá esos fueron los años más felices de mi existencia, estuvieron llenos de música, teatro, libros, juegos y mucho sol. Nunca me consideré inteligente, pero obtuve el 3er lugar en la Olimpiada del Conocimiento, de alguna forma este logro me validó frente a mis padres, desafortunadamente llegó la adolescencia y todo se desvaneció.
Por aquellos años mis papás se separaron; mamá y yo nos mudamos a su casa, que por aquellos días estaba habitada por los abuelos. Los cambios no fueron sólo de domicilio, también Dios cambió de nombre, ahora ya no se le podía rezar a los santos, pues el diablo se escondía detrás de ellos. El único camino verdadero era el que un señor llamado Cristo había planeado para mí ¿este era el verdadero camino? ¿Por qué de repente había tantas posibilidades? Aún hoy la interrogante permanece, es posible que mantenerme fuera del camino no sea la respuesta.
Recursos emocionales
¿Y si esta circunstancia y la otra y la otra hubieran sido distintas? ¿Qué clase de persona habría sido yo? ¿Qué clase de vida habría llevado? Oliver Sacks
He cometido muchos errores, no me arrepiento de nada, de cada cosa he aprendido. Bastante joven me di cuenta de que debía vivir la vida para mí y para nadie más. Complacer mis caprichos, pero sobre todo cuidarme era la prioridad. Es quizá éste el instante en que supe que si tenía hijos no me sería posible continuar cuidándome; renunciar a mí para cuidar de otro no era opción. Muchos y muchas cuestionan y desaprueban una decisión que sólo corresponde a mí. Me siento completa como ser humano; me parece egoísta traer al mundo a otra persona para que me acompañe o cuide; no cuento con los suficientes recursos físicos, tampoco emocionales para cuidar de una pequeña vida.
Similitud, curiosidad y fidelidad
Soy hija biológica de Susana y Santiago, pero vivo la realidad y resuelvo a través de las cualidades heredades de Agustín Pérez, mi padre de crianza. Sé que me perezco más a él que a nadie y aunque muchas veces nos dicen que tenemos la misma mirada en el fondo sabemos que la similitud viene del amor que nos tenemos y del cuidado que nos damos el uno al otro. Por otro lado, la terapeuta me dijo que de Santiago heredé la fidelidad a la familia, el aferrarme a este núcleo a pesar de todo, pues lograba ver cómo a pesar de que las cosas no iban bien en mi matrimonio nunca me vio dispuesta a emprender la retirada; por el contrario, decidí quedarme. De mamá es posible que haya heredado la curiosidad, las ganas de conocer lugares, el amor por los casos policiacos y el espíritu inquieto y viajero.
Es hora de tomar la siesta
Los seres que marcaron mi vida son Argos y Marte. A través de ellos conocí el amor sin barreras y pude saber que cuidar del otro implicaba acciones y no palabras. Nunca me consideré su madre o su dueña, fuimos una manada que fue perdiendo integrantes, hoy sólo quedo yo, pero a través de mí siguen viviendo y enseñándome que tomar la siesta es indispensable a cualquier hora del día.
Al nombrarme te nombro: María Susana
El evento canónico. Sin duda, es un lugar común porque se trata de una muerte, una que me marcó por inesperada, pero también por la impotencia que generó en mí. Mi mamá se fue sólo dos meses después del abuelo, su padre. Fue como si al quedar libre de responsabilidades ya nada más importara. A ella le tomó 60 días darse cuenta de que ya no había historia que contar; al abuelo Raúl le tomó varias tardes avisarnos que el final venía: unos días después de su partida los radios de la casa comenzaron a prenderse solos y lo inundaron todo con estática.
Mamá se fue tal y como siempre lo había querido: dormida, como un pajarito. El 7 de mayo se cumplen 9 años, pero acá en mi mente acaba de suceder y mientras la enfermera me acompaña por la escalera del hospital para que firme los papeles vuelvo a darme cuenta de que estoy sola, por primera vez estoy únicamente conmigo y ahora toca abrazarme fuerte, darme la mano cuando me pierda y hacerme una sopita caliente cuando me sienta mal.
El silencio también acompaña a las voces
Hubo días que se convirtieron en meses de incertidumbre. Sin plan de vida, sin núcleo familiar al cual recurrir entré en un espacio vacío, sin construir, pero lleno con las voces del pasado. Fue ahí cuando mi papá acompañó mis días con amor, me permitió regresar bajo su ala cuando lo necesité y poco a poco me fue soltando la mano. Pronto se dio cuenta de que ya no podía cuidar de mí de la misma forma que antes; ahora le correspondía aconsejar y mirar los logros que había alcanzado, las metas que había pensado para mí estaban rebasadas. También él se preguntó ¿qué sigue ahora?
¿La puerta giratoria abre o cierra?
Llegué a los 30 con todo en orden, imaginé que ya nada “malo” podía pasar; el destino tenía otros planes. El camino que construí y compartí por 11 años se cerró. Me vi sola de nuevo, la brújula rota. Esta vez creí que no habría oportunidad de crear otra historia, veía mi final en silencio y soledad. Vino la pandemia y tuve un curso de mí para mí, aprendí a hacerme compañía, a estar dentro de mí sin asustarme, conocí mis bordes, pude mirarme finalmente a los ojos sin temor. Luego comencé a extrañar los besos, más que los abrazos. Asumí como mi “nueva normalidad” compartir conmigo y sólo conmigo los logros.
En ese espacio que parecía lleno de mí vino Guillermo desde el 2000 con los celulares Nokia de ladrillo, el uniforme azul de la secundaria, las canciones de Caifanes, Molotov y Café Tacvba. Nos reencontramos el uno con el otro, pero también con nosotros mismos. Nos dimos la mano para ayudarnos a salir del terreno fangoso donde cada uno se encontraba. Él abrió puertas y ventanas, permitió al aire y la luz entrar en cada rincón; me invitó a seguirlo afuera, al lugar “no seguro” de la realidad. Juntos, conscientes y con amor comenzamos a caminar uno al lado del otro.
Una década más
Ya no hay plan de vida, tampoco grandes metas. Voy día con día tomando decisiones que afectan lo inmediato o que programan un evento a corto plazo. Aprendí a respirar en el instante, lo verdaderamente valioso está en la brevedad de ese pequeño espacio de tiempo. Mi gran temor es la pérdida; con terror veo venir la partida de mi papá, luego recuerdo que su madre fue longeva y vivió 104 años, él apenas va por los 94, aún nos queda una década más juntos.












