“Creo que todo tiene su tiempo y su luto”, me dijo alguien recién. A lo que yo respondí: “La tristeza es adictiva, y el luto dura el máximo de tiempo que uno le quiera dar, más de una semana, ya es masoquismo”
No, no intenté minimizar con esa respuesta su dolor, o tristeza, que en nada tiene que ver con la pérdida física de un ser querido, sino con la pérdida de sí mismo. Veo a menudo como la tristeza es una moda, se ha hecho viral, eso de andar sin expresar los sentimientos, de lágrima en lágrima, eso de lloriquear, eso de depresión es casi un estilo de vida. Se usa la tristeza para justificar comportamientos, para aislarse, para hacerse la víctima. Se usa como escudo, como chantaje, como todo, menos para lo que verdaderamente se debe utilizar: como impulso.
Todos en esta vida pasamos por momentos muy tristezas, por temporadas en las que todo es gris, en las que dejamos de apostarle a la vida misma porque todo nos parece mal. Sí, en efecto, esas tormentas llegan, pero somos nosotros los que determinamos qué hacemos con lo que nos pasa. Hay algunos que se meten en su mundos a tocarse sus heridas, que alargan el letargo de la pérdida, otros tantos lo usan para que la gente se quede, para que les de pena, para que le sigan dando atención. Lo cierto es que cada cual maneja de manera distinta su tristeza, es cierto, somos personas diferentes pero si de algo estoy plenamente convencida es que todos tenemos la capacidad de poner un freno, de sacudirnos y volver al camino siendo mejores.
Una vez alguien me dijo que creía que se moriría de tristeza, y no, nadie se muere de tristeza, y si eso llega a pasar se resucita en una persona mejor. La tristeza y los malos momentos tienen vida y mucha. Lo que pasa que nos sentamos a esperar que todo cambie con nuestras lágrimas, nos creemos que apreciar la soledad es alejarnos de todo y lloriquear a solas, nos creemos en esa tan popular frase que dice que “te busca quién te quiere”, y hacemos del “luto” nuestro vestido favorito.
Queremos cambiar, mejorarnos pero seguimos arrastrando lo que fuimos, queremos tener motivos para sonreír pero contamos las pérdidas, queremos que la gente se quede en nuestra vida pero los alejamos con nuestras actitudes, queremos ser mejores personas pero le tenemos miedo a los cambios. Las malas temporadas son efímeras, como siempre digo, uno determina qué hace, cuánto dura, qué puede aprender. Dejarse de masoquismo, y de esa “nube negra” que sólo hace detenerte es lo primero para hacer. Cuando nos perdemos del camino, tenemos que tener el coraje de secarnos las lágrimas, que luego de tantas pierden su sentido y propósito, y recomenzar.
Dejar atrás esa pesadez es de valientes, está en cada uno de nosotros mirar la vida del lado colorido, del lado de oportunidades, o quedarnos escondidos tras una tristeza que hace mucho comenzó a ser masoquismo.