La última carta amor
Tal vez tienes razón, pequeña, que lejos estamos mejor. Me empeñé en querer estar contigo y fue muy egoísta al querer imponerte mis sentimientos sin comprender tus rechazos. Por una vez, solo pensaba en mí, en lo que yo quería, siendo tan arrogante y perseverante en mis estúpidos intentos de conseguir tu corazón. Y solo fui ruin y mezquina. Te culpé por mis traumas e inseguridades, porque me sentía tan frustrada por no tenerte, aunque desde el inicio supe que eso tal vez nunca pasaría. ¿Por qué te fijarías en mí? Hay tanto en contra que aún suena absurdo creer que podría cambiarlo.
Pero un día comencé a soñar con “cómo sería si eso pasara”.
Creo que eso es lo que más me duele y por lo que realmente me siento triste, casi al borde de dejarme morir. Esa vida era tan genial. Teníamos una hermosa familia, tres perritos, una nena preciosa, una casa cálida y llena de amor. Yo era una gran escritora y tú la más hermosa azafata de la aerolínea; al menos para mí lo eras. Viajábamos mucho y teníamos suficiente dinero para vivir bien y tranquilas. Sin embargo, lo mejor era el tiempo en familia. Yo cuidaba a nuestra hija porque trabajaba en casa, te esperaba y siempre te preparaba una sorpresa al regreso de tus viajes. Por fin nos entendíamos y conocíamos tan bien que éramos muy felices. Incluso nuestras peleas eran tiernas, amables, cordiales y de rápida solución, pues nos unían más. Amabas que te llevara el desayuno a la cama y que en las noches me levantara a calmar a la niña para que pudieras dormir más. Yo amaba que nos cantaras antes de dormir, que nos leyeras un libro, que nos apapacharas. Era feliz sorprendiéndote en cada aniversario con los regalos más locos e inesperados. El último que soñé fue antes de que naciera la bebé; te regalé un piano. Fue genial meterlo a la casa mientras te distraía con algo. Cuando lo viste, sonreíste y luego me golpeaste juguetonamente porque era demasiado. ¿Cómo me atrevía a gastar tanto en un regalo? Pero era tan hermoso y algo que siempre quisiste. Ahora teníamos otras responsabilidades y gastos, pero me costó mucho darte un buen argumento para que lo aceptaras con esa sonrisa que tanto amo. Durante tus meses de incapacidad por el embarazo tomaste clases de piano y era hermoso que la bebé te escuchara tocar. Le gustaba porque cuando nació le poníamos música y sonreía. Para arrullarla, le poníamos música clásica, sobre todo valses; solo así se dormía.
Teníamos tres perros que adoptamos y que yo entrené personalmente. Ayudaban a cuidar a la pequeña y a la casa. Era genial salir a pasear con ellos, ir a la playa. Te encantaban, especialmente porque eran los que te recibían al llegar del trabajo. Al inicio dormían a nuestros pies. No me gustaba, pero tú me hacías esa carita de ojitos tristes que yo jamás podía resistir. Cuando la nena nació, comenzaron a dormir en su cuarto bajo su cuna para cuidarla. Creo que lo que más amaba era cuando llegabas de sorpresa un día antes de tus viajes de trabajo, especialmente de noche. Me despertabas con un beso o, si yo estaba en mi estudio escribiendo, me sorprendías entrando, sonriendo, y dándome un masaje de hombros mientras escribía. Cuando ya era tarde, me jalabas a la cama diciendo que estabas muy cansada y necesitabas un masaje, que la verdad terminaba en algo mucho más placentero. Amaba dormir contigo, acurrucada en tus brazos, aunque a veces me usabas de almohada. En verdad, amaba esa vida. Esa casa tan linda que juntas decoramos y que compramos con la venta de mis libros. Era feliz cuando reparaba las cosas o pintaba alguna habitación, cuando preparé el cuarto del bebé, cuando te dibujaba y pintaba en mis cuadros. Pasábamos las noches en la terraza de nuestro cuarto mirando el jardín, tocando la guitarra y tú cantando. A veces solo nos acurrucábamos o cenábamos allí. Amaba decorar la casa en Navidad y que tú invitaras a mucha gente para una fiesta. Me hacías socializar y me ayudabas a cocinar. Me presumías por mis logros, por lo mucho que quería a nuestra hija y por lo mucho que te quería a ti.
Ya sé, suena muy Disney, pero no todo era así. Aunque admito que prefiero dormir y estar allí que estar despierta, muriéndome de ansiedad porque eso nunca pasará. Porque a veces te alejabas y sentía perderte. Cuando llegó la pandemia, en serio me quería morir porque sentía que ese sueño se desvanecía. Toda mi vida dejaba de tener sentido; sin esperanza de llegar a ese lugar, ¿qué sentido tenía vivir esta vida sin eso? ¿Qué sentido tenía que llegaran las noches y no poder arrullar a nuestra bebé, escucharla decir “léeme mi libro favorito” que era uno que yo escribí?
Ese fue el único sentido y propósito que me quedaba para no morir: intentar escribir ese libro para ella. Porque tal vez así podría hacerte cambiar de opinión y encaminarnos a ese futuro tan lindo. Y ese libro existe y es nuestra historia, porque me resisto a dejarla morir. No sé dejarte ir del todo y espero que si un día tú tienes a esa hermosa niña, se lo leas por mí, aunque ella nunca me conozca.













