Experiencia íntima con el extrañamiento
Ante todo pido disculpas por hablar con un registro repleto de prejuicios de mi propia cultura de los que que me gustaría deshacerme.
Esta tarde, conversando con Joan sobre viajes, ha surgido la trama de los Papalagi o más concretamente de los europeos como individuos o ciudadanos y sobre la burbuja en la que vivimos sin que nos demos cuenta hasta que no salimos de ésta -de Europa-. Hemos hablado del “otro mundo” y a través de lo poco que hemos vivido, fuera de lo que nos han hecho entender (hasta día de hoy) como el confort europeo, una percepción nefasta de lo que está bien y lo que no, lo que es normal y lo que no es habitual, y decimos: “es que allí fuera todo es distinto, las personas tienen otro ritmo de vida, otra percepción del tiempo, otra forma de entender la hospitalidad y el decir -que no preguntar- “como estás” y otras pseudo preguntas. Padecemos etnocentrismo agudo sin que nos demos cuenta.
En medio de la conversación he recordado (que no es que hubiese olvidado) el momento más feliz, liberado y nutritivo (nunca mejor dicho) que experimenté en Gambia.
La sonrisa de África como algunos dicen, es un país pequeño que se está rodeado por Senegal, donde el año se compone de dos veranos; uno seco y otro lluvioso, uno de colores tierra y el otro de colores verdes. Un país pequeño y lleno de niños, de personas mayormente jóvenes, de madres, de hermanas que hacen de madres, pero en un conjunto, de personas muy vivas e inteligentes, donde hay malaria, falta de agua potable y carencias, en especial carencias médicas que me ahorraré explicar para no tener que discutir con mi yo más “europeo” sobre lo qué es el bien y qué es el mal en la integridad de un ser humano.
Estuvimos viviendo dos semanas en un pueblo interior del país muy cercano a Senegal, y bien, la experiencia de la que me gustaría hablar fue tan sencilla como placentera. Uno de los últimos días en el pueblo se nos invitó a comer en casa de una de las familias que vivían en el pueblo, nos habían preparado un plato de domoda, que consiste en arroz, pollo y una salsa de cacahuetes (allí se cultivan en gran cantidad); una delicia que echo mucho de menos. Se trataba de dos platos gigantes; uno para los hombres y otro para las mujeres, en el que cada uno comía con las manos del mismo plato, sentados en el suelo. Nos lavábamos las manos en un cubo de agua -compartido con todos- para usarlas a modo de cuchara.
En ese momento me sentí en un pequeño instante extraña, pero me agradó la idea de comer de forma diferente, o más bien me encantó. Me sentí unida y aceptada en un lugar que no era el mío, también me sorprendió la capacidad que tenemos las personas de adaptarnos a un lugar distinto, aunque por otra parte creo que puede llegar a ser una tarea muy difícil. Aun así esta experiencia que puede parecer tan sencilla, me hizo enormemente feliz.







