Me alegra por ti
aunque ya no sepa a qué hora te despiertas, aunque ya no conozca el color exacto de tus domingos, aunque tu nombre haya aprendido a vivir en el pasado.
Me alegra por ti.
Porque recuerdo aquellas noches en las que el futuro cabía entre dos pantallas encendidas y una lista interminable de sueños. Tú me hablabas de todo lo que querías ser y yo te escuchaba como quien escucha una promesa.
Y ahora lo estás haciendo.
Y yo también.
Qué extraño resulta descubrir que la vida cumplió su parte del trato cuando nosotras ya no formábamos parte de él.
A veces me da nostalgia. No por lo que eres, sino por la versión de mí que imaginaba llegar hasta aquí tomándote de la mano.
Porque este era el momento. Este. El que planeamos. El que parecía demasiado grande, demasiado lejano, demasiado imposible.
Y, sin embargo, llegó.
Llegó para las dos.
Solo que por separado.
Hay una tristeza suave en eso, como la de encontrar una carta vieja y sonreír antes de guardarla otra vez. Pero la tristeza no alcanza a eclipsar la alegría.
Porque te quise.
Y cuando se quiere de verdad, el amor cambia de forma, pero no desaparece del todo.
Por eso, aunque ya no seas mi refugio, aunque ya no seas mi casa, aunque ya no seas "nosotras",
sigo mirando tus victorias con una sonrisa sincera.
La vida te está dando todo aquello que pedías en voz baja.
Y a mí también.
Qué lástima que no coincidimos en la llegada.
Qué bonito que, aun así, las dos hayamos llegado.












