Veníamos a mitad del viaje hacia casa cuando mi marido, Carlos, me mando un mensaje para hacerme recordar que tenia que buscar plata del cajero automático para poder pagar la matriculas de los chicos. Mis hijos tienen 5 y 3 años, el menor esta empezando el jardín mientras que su hermano ya esta terminándolo. Busque la altura de luro para darme una idea de donde estaba, recién habíamos pasado el authogar, asi que todavía tenia unas cuadras hasta llegar al banco, mientras penetraba en la oscuridad creada por la falta de luz artificial y el abrazo de la noche.
Cuando llegue a 3 arroyos y luro, el corte se hacia notar en las 4 direcciones cardinales, asi que decidi bajar a mis hijos conmigo para no preocuparme por ellos durante el tramite. Bajamos y entramos al banco, la puerta se desbloquea con la misma tarjeta con la cual se hace la transacción, al igual que la gran mayoría de los bancos.
Tenia que sacar la plata de mi cuenta y la de mi marido, pues la matricula de ambas colegiaturas son realmente caras. Asi que entre con ambos niños, deje la cartera con la billetera en el pequeño descanso que estaba a la izquierda de las maquinas de efectivo. Meti la primer tarjeta en la maquina y cuando estaba poniendo el monto que debía sacar, la alarma del auto se disparo.
Corri hacia la puerta con solo la llave en mis manos, atravesé la puerta y vi que la alarma se había disparado sola, el auto estaba intacto. Cuando apague la alarma con el botón que se encuentra en el llavero, escuche el click de la puerta que se cerraba tras mis talones, dejándome en la oscuridad absoluta del corte de energía.
Busque desesperada las tarjetas en mis bolsillos, los revise uno a uno, una y otra vez, sentía los ojos saliendo de sus cuencas, las manos solo podrían haber sentido las tarjetas porque no eran capaces de sentir otra cosa. En un instante cai en cuanta donde se encontraban las tarjetas, una estaba en mi billetera, que se encontraba en mi cartera, en el pequeño labio de acrílico y alumnio que se disponía de un lado del cajero. En ese mismo cajero se encontraba la otra tarjeta.
Corri desesperada hasta el auto, suponía que ahí se encontraba mi celular, con el podía llamar a emergencias y que me ayudaran a sacar a mis pequeños hijos de su aislamiento, aunque ellos quizás por el momento no sentían miedo , ni preocupación, ellos seguían jugando. El auto estaba vacio, en realidad estaba lleno de porquerías pero mi celular no estaba, claro lo había dejado en mi cartera, al lado de la billetera, todo porque tenia miedo de dejarlo en el auto y que por el me rompieran una ventanilla. Insulte al cielo en un grito ahogado, no podía asustar a mis hijos, estaba en pánico. Me tranquilice, tenia que pensar en algo, no podía irme a buscar a nadie eso era obvio. Tenia que pensar algo, pero primero me tranquilice. Puse las balizas y prendi las luces altas del coche, eso iba a llamar la atención. Después me acerque respirando en profundas caladas, no tenia que perder el control. Una vez que estaba en la puerta de vidrio, seguramente algún tipo de vidrio de alta seguridad, le di pequeños golpes para llamar la atención de Leandro, mi hijo mas grande. Me grito – entra mama!- sin dudarlo mientras seguía moviendo el juguete robot en el aire como si viajara a través de olas.
-necesito un favor lean, podes abrir la puerta?- le dije con cara de póker total, no podía mostrar mi miedo.
- ay mama, para que queres eso?- dijo con su tono de “porque…”
-mira, quiero saber si vos sos tan grande como para poder abrir esta puerta que es de gente grande.-no era una mentira tan mala, pensé que podía llegar a funcionar- si podes, es porque ya sos grande!
-pero estoy jugando ma…- me miraba con cierta mirada de intriga- bueno, seguro soy grande.
-dale, apurate amor.- como hacia para que no se asuste, con el pavor que sentía en ese momento.
Se paro, y camino hacia la puerta, en el transcurso dejo caer el robot con el que jugaba. Me miro y de puntitas de pie intento llegar al picaporte, era de esos bolita. No lo logro, me miro a los ojos, con solemnidad y murmuro – no soy tan grande.
Y ahora que podía hacer, porque ahora tenia a Leandro preguntándome porque no entraba, y el mas chiquito, Alexis, estaba empezando a preocuparse o eso daba a entender su rostro. Les dije que no pasaba nada, que tenían que fijarse si podían alcanzar mi cartera, que ahí estaba la solución. La cara de ambos ya era de angustia, fueron y saltaron hasta que sus pequeñas piernas no pudieron saltar mas, eran muy chicos como para llegar al metro y medio del estúpido mostrador.
Los nenes empezaron a llorar, la angustia se volvió miedo y el miedo llanto, yo no estaba mucho mejor que ellos, ya que mientras los intentaba calmar, las lagrimas corrian por mi mejillas sin parar. Encima la oscuridad era cada vez mas profunda, y las estrellas eran lo único que se podía ver en la distancia. En ese momento escuche a alguien.
Venia silbando, cuando me vio salir del costado del banco se detuvo de inmediato. Le grite por ayuda pero el joven me miraba de forma extraña, miraba con los ojos ocultos en su cráneo, con la mirada casi tan negra como el escenario que teníamos de fondo. Le volvi a gritar que me ayude, si tenia un celular, si podía llamar a la policía, el no respodio nada mas que una sonrisa. La luz del cajero apenas nos llegaba y las del auto nos permitían vernos intermitentemente, no podía verle mas que la sonrisa cuando susurro
–dale pelotuda dame guita.
-por favor, no tengo nada, necesito que me ayudes- le sollozando, casi sin voz.
- dale dame algo, dame las llaves- empezó a levatar la voz- LAS LLAVES!
-no para, necesito que me ayudes- dije mientras que me tire contra el, casi rogando su clemencia.
- QUE HACES?!?- gritodando un paso atrás- DAME LAS LLAVES O SOS POLLO!
Tire las llaves para atrás, a la oscuridad, mientras que escuchaba a mis hijos llorar porque no podían verme. El sujeto vio el movimiento y saco de su bolsillo algo metálico y finito, como una lapicera. Di un solo paso para atrás cuando me ataco, a la mitad de la trayectoria de su golpe pude notar lo que era realmente esa lapicera, era una simple bombilla con la parte de atrás rota, como un pequeño tuvo de metal. El golpe fue certero, y a esta altura creo que también es mortal, me hizo retroceder unos cuantos pasos hasta que quede nuevamente de frente a la puerta del banco, frente a la vista de mis hijos. Me había golpeado la base del cuello, del lado izquierdo, sentí un calor bastante extraño mientras retrocedía, pero al ver la cara de Leandro note que ese calor era sangre que brotaba como un manantial y había empapado casi en su totalidad mi remera de algodón, que por su color crema ahora era de un rojo muy intenso. El tipo me vio caminar hasta la puerta, y cuando volvió a avanzar sobre mí, vio de fondo a mis hijos golpeando la puerta y gritando, se quedó inmóvil. Dio un paso atrás con los ojos como platos mirando todo, tenía ojos después de todo, y eran azules casi eléctricos. Se agacho a agarrar la llave, todo mientras me miraba con los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas pero sin poder gesticular nada, levanto las llaves, giro sobre sus talones y corrió al coche. No hace falta decir que el tipo se robo mi auto, todo mientras estoy sangrando y viendo a mis hijos gritar desgarrados.
La luz volvió, recién acaba de iluminarse todo, espero que sea cierto y no producto de mi mente. Veo todo con mucha definición, y escucho a mis bebes gritarme que vaya con ellos, me lo piden por favor pero no puedo hacer nada, les digo que los amo, se los repito mientras siento salir la sangre entre mis dedos, les digo que va a estar todo bien, la verdad es que no lo se.
Un grupo de jóvenes vienen caminando, solos en la desolación del domingo, me ven tirada y veo que gritan pero no los puedo escuchar. Veo que llevan su mano con algo a un lado de su cara, pero no veo que es lo que tienen, quizás se agarran la cara con horror. Giro el cuerpo y veo a mis pequeños lean y ale, los veo y les grito que los amo, pero no puedo escucharme, vuelvo a gritarlo…