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danaethibeaux:
Es que no me podía resistir a Felicity, let me be *le manda una tonelada de likes de facebook de esos que se envían sin que quieras* JAJAJ
Sonrió divertida, intentando no volver a reír, necesitaba seriedad el asunto… Al menos una poca. “Vaya por dios. Para la próxima vez ya sabes cómo hacer para conquistarme. Una espada en tu coche” negó con la cabeza, exageradamente. “Un placer Adrian.” Se miró a sí misma y encogió los hombros, como si aquello fuese lo más normal del mundo. “Soy modelo. Participo en varias revistas, y una de ellas a veces tiene un catálogo de ropa antigua, de época. Me tocó justamente hoy. Pero la ropa de recambio que traía conmigo se mojó y no pude usarla, así que… Pero mira, así nos hemos conocido. Dale gracias al vestido.”
Realizó una exagerada reverencia, de aquellas que probablemente pasaron de moda hacía siglos atrás, ocultando con la inclinación la inminente sonrisa de diversión que surcaba su rostro. Al menos, por unos segundos. “Lo tendré en cuenta, mi lady” acotó, haciendo acopio de un acento extravagante. Alzó ambas cejas, denotando la sorpresa causada y escrutando una vez más el rostro femenino. Evocó así su memoria algunos vagos recuerdos de su interlocutora en alguna compleja pose, ataviada con caros vestidos entre las páginas de alguna que otra revista. “Oh. Eso significa que he conocido a una famosa” Exclamó, fingiendo una gran emoción. “¿Debería pedirte un autógrafo, o algo así? ¿Tal vez que me firmes el brazo?” agregó un tanto burlón. “Gracias, vestido” musitó, doblando levemente sus rodillas, como si la trabajada tela pudiese escucharlo.
-Probablemente habríamos empeorado todo -dijo honesto intentando mantener la calma aunque aquello parecía una misión imposible. Aún así, agradece el trato del pelirrojo. En cuanto él respondió a algunas preguntas de los paramédicos, Archie les escribiría la dirección del nieto de la señora Gaellis y dándose por satisfechos, los paramédicos se marcharon del apartamento. El joven inglés se abrazó a sí mismo y se quedó mirando al hombre-. Y… ¿ahora qué hacemos? ¿Nos vamos, no? -menuda pregunta, así el chaval mostraba lo inteligente que era.
— Eso casi que te lo puedo asegurar —admitió, con un tono en el que no se distinguía una inocente broma de la cruda realidad. Luego de un no muy extenso interrogatorio, y después de tanta presión aplicada sobre ambos masculinos, la partida de los especialistas los dejó solos en la casa ajena. — Yo diría que sí... No me siento muy cómodo siguiendo en este lugar —comentó en un tono sincero, dedicando a la sala una mirada un tanto nerviosa mientras se disponía a salir del lugar. — ¿Sabes? Después de esto ambos nos merecemos ir a tomar algo. ¿Gustas? — inquirió volviéndose, mientras cruzaba el umbral, invitando al menor. Y aunque su respuesta fuese negativa, Adrian, por su parte, terminaría con una bebida entre sus manos sin la compañía ajena.
Julian se alegraba de haberle sacado un parte a una de las pocas personas decentes y comprensibles que existían. Había hecho este tipo de trabajo cuando todavía vivía en Nueva York cuando estaba en sus primeros años de policía, donde los afectados se tomaban las multas casi como algo personal. Ahí aprendió a ser frío con los afectados, ignorando sus emociones. “Te quedan horas todavía, así que si tienes el dinero puedes relajarte.” Comentó, más con voz de amigo que con voz de policía. “Mira, de dónde vengo nos dejaban sacar los autos con grúas, pero aquí parece que no aplican esas normas, así que tú eres el único que puede sacarlo.” Asintió con una mueca en el rostro varias veces, como analizando lo que había dicho. “No sé si planeabas seguir aquí en el centro o ir a otro lado… pero lo recomendable es que lo muevas.”
Exhaló lentamente el aire que había estado reteniendo, en una forma inicial de intentar el “relajo” que el rubio había propuesto. Es que el tono que él había usado, resultándole sumamente más agradable que antes, prácticamente lo obligó a aceptar su consejo. Dio entonces un ligero asentimiento, hundiendo sus dígitos en el amplio bolsillo de su chaqueta, buscando rozar la llave de su vehículo. “Planeaba irme, pero si te soy sincero, después de esto voy a necesitar otro café” espetó, mientras daba un último, extenso sorbo a su vaso de cartón, terminando la bebida que adentro se hallaba. Dejó el mismo en un cesto cercano, y se subió a su coche, un tanto tenso. Después de unos cortos minutos, ya se encontraba bien estacionado, y el alto cuerpo irlandés descendiendo tras la puerta. “¿Alguna vez has ido a esa cafetería que está a unas cuadras?” inquirió, obligándose a sí mismo a esbozar una suave sonrisa, como si platicar un poco ayudase a transformar aquél día en uno normal.
-Ehm… Sugirieron que si no sabíamos lo que le estaba sucediendo en verdad, que esperásemos a los paramédicos. Es lo más lógico -explicó rascándose la nuca, aunque a Archie lo lógico le venía y le iba, como la lluvia casi-. Así que lo único que podemos hacer es esperar -dijo finalmente en un tono triste y cansado. Los minutos se hicieron eternos y pesados hasta que la ambulancia llegó, y con ella los paramédicos con una camilla. Poco les costó llevarse a la señora Gaellis y preguntando por familiares más cercanos-. Yo solamente soy su cartero y él… su vecino -señaló con el pulgar al pelirrojo.
— Oh, perfecto. No sé que habríamos echo si nos pedían que hicieramos algún tipo de procedimiento especial... —declaró, dedicándole a su compañero una ligera sonrisa desde su punto inferior, permitiéndose esbozar una por primera vez en aquella situación. Los paramédicos probablemente tardaron menos minutos de los cinco estipulados previamente, pero, al menos para Adrian, habían parecido años. Al oír las sirenas, se levantó de inmediato, recibiendo a los especialistas. — No tengo idea de dónde se hallarán a sus parientes. Pero su nieto le envió un paquete, de seguro podrán contactar con el. —comentó, rememorando la información que el joven cartero le había proporcionado. Y es que más que eso no tenían, ninguno de los dos parecía ser muy cercano a la señora Gaellis como para tener mayor respuesta.
Evgeniya no tenía por costumbre tomar con demasiada seriedad los juicios apreciativos de nadie, ya fuera conocido o un ser completamente ajeno a ella; sin embargo, el que su compañera de trabajo había deslizado casualmente esta mañana había, en cierto modo, tocado una fibra sensible de la germana. “Una de mis compañeras dijo que el cabello suelto me hace lucir mayor de lo que soy” inició, quebrantando su política de no molestar (a menos que fuese en extremo necesario) a ningún viandante. “Sin preguntar cuántos años tengo, ¿tú que dirías?” indagó, alejando la vista del reflejo en la pantalla apagada de su celular para observar a quien se hallaba junto a ella.
Ladeó su cabeza suavemente, aunque le producía cierta extrañeza la repentina inquisición de la blonda, Adrian no tenía problema alguno en responderle sin importar el estado de completos desconocidos que llevaban. Mucho menos cuando de banalidades cotidianas que no le carcomerían el cerebro se trataba. “De unos veinticuatro, o rondándolos, definitivamente”. Pronunció, acompañando sus palabras con un par de asentimientos de la cabeza, convencido de que esa era la edad aproximada que por su parte asignaría a la fémina, luego de haber escrutado las bonitas facciones de la misma. “Igualmente, me restaría verte con el cabello recogido. Tal vez de esa manera te encontraría más cerca de los dieciocho, quién sabe” agregó entonces, en gran medida bromeando sobre la situación.
Se encontraba haciendo fila en una de las cafeterías más concurridas de Bellevue pero ya tenía mucho tiempo esperando por su turno, por eso se movía un poco para desentumir sus piernas mientras miraba hacia la fila. — Ya me hubiera ido de aquí si no fuera porque este es mi café favorito en toda la ciudad —le dijo a la persona que estaba delante de ella sonriendo suavemente, al menos esperaba que en lo que esperaban alguien hablara con ella, era lo malo de ser tan inquieta y habladora, no era buena esperando.
Estaría mintiendo si no dijese que el café era un importante protagonista de su día a día. A pesar de que aquel no solía ser un lugar que frecuentaba seguido, de vez en cuando decidía desperdiciar su tiempo para conseguir una taza de la bebida elaborada allí. Porque, lo admitía, era más que buena. — Entonces vale la pena la espera, de seguro. Pero parece que hoy a todo el mundo se le ha dado por esperar —replicó, curvándose sus comisuras en una sonrisa amable ante la visión de la castaña... La cuál, extrañamente, le resultaba familiar. Arqueó una ceja, denotando la intriga que sentía. — Yo te conozco, ¿verdad?
Por muy fuerte que le gustase mostrarse ante la gente, Archie sabía muy en el interior que todavía no había superado la muerte de su abuelo. Por eso mismo le gustaba evitar esa clase de situaciones o temas, para no abrir heridas que estaban tomando su tiempo en sanarse: -¡Voy! -reaccionó lo más rápido que le permitió su cabeza y marcó el número de emergencias cuando sacó el móvil. Indicó el nombre de la mujer, la calle y lo que había sucedido-. Dicen que intentarán llegar en menos de 5 minutos… -dijo el inglés al pelirrojo, algo “tranquilo” al escuchar que la señora Gaellis seguía viva.
Se deplomó sentado sobre el las baldosas claras del suelo que antes entraba en contacto únicamente con sus rodillas. Aún se hallaba en considerable cercanía con la víctima del ataque, atento a cualquier disminución en las casi imperceptibles respiraciones de la misma, dispuesto a tomar de vez en cuando su pulso para corroborar su estado vital. Respiró hondo, una, dos y unas cuantas veces más, intentando de esta forma evocar la tranquilidad que en algún momento había poseído. — Fantástico... —Asintió, agradecido completamente al accionar del otro masculino. — ¿Te dijeron si debíamos hacer algo? —cuestionó, aunque no lo creía muy posible.
Escuchó las palabras (otra vez) del pelirrojo y al final… decidió por no hacerse el valiente y negó con la cabeza: -¡Solamente lo he visto en la tele! ¿No debe ser muy diferente a la realidad, no? -por supuesto que sí, por eso lo daban en el instituto, pero eso Archie no lo había pensado. Se llevó ambas manos a la cabeza, ¡gran día de trabajo!-. ¿Quieres que llame a una ambulancia o… la policía? Sí, a la ambulancia, ¿no?
— No sé que carajo vamos a hacer. Tal vez para este punto ya esté muerta. — aclamó, en un principio las palabras dichas al azar. Pero entonces, capacitó en que probablemente tenía razón. Se agachó junto al cuerpo inconciente, llevando sus dígitos al cuello de la fémina para intentar encontrar sus pulsaciones. — ¡Llama al 911 ya mismo! —exclamó, sin darle mucha atención al muchacho. Y entonces, logró sentirlos: Pálpitos. Lentos, pero firmes; existentes. — Sigue viva. Sigue viva. —comunicó, liberando el aire que no sabía que había estado conteniendo, en un alivio momentáneo.
-¿Y alergia a algo que haya comido? -lo había visto en algunos animes y cualquier opción era posible, ¿no? Después de todo, ni el vecino pelirrojo ni Archie parecían saber de medicina. Estaba asustado, pero no iba a mear encima porque… ¿quería ser un adulto, verdad? Respiró profundamente y se quedó unos segundos en silencio, intentando entender la pregunta que le había formulado el otro-. ¿RCP? -repitió como un bobo y su mente lo llevó a una imagen borrosa, alguna clase que dio en el instituto y que probablemente se quedó durmiendo-. ¿Es lo de aplicarle presión en el pecho y luego… besarle en la boca para darle aire?
— ¡Alergia! Sí, por supuesto. También podría ser eso, una estúpida alergia. Pero no tenemos como saberlo. —las palabras fueron difícilmente pronunciadas por los finos labios, los nervios carcomiendo el interior del europeo lentamente. Comenzó entonces a escudriñar el lugar en busca de cualquier tipo de residuo de algún alimento, cualquier cosa que pudiese servirles a los dos jóvenes de pista sobre la realidad de lo que le ocurría a su vecina. — Respiración cardiopulmonar —asintió suavemente, recitando una de las pocas cosas que sabía recordar bien: el significado de las siglas. — Exactamente eso. ¿No tienes ni idea, no? —inquirió, mirándole casi suplicante aunque en el fondo sabía cuál sería la respuesta ajena.
Una sonrisa que afloró con fuerza en sus comisuras, posicionando una mano en el hombro ajeno, con extraña confianza. “Tranquilo, aquí estoy yo para hacerte volver a la realidad, dulce ermitaño. Soy tu salvación.” Negó con la cabeza y rió, no pudiendo ni creerse ella misma sus palabras. Apartó la mano entonces, no quería hacerle sentir incómodo ni mucho menos. “Entonces espero que así sea, entonces no seré la única a la que miren raro, sentiré que estás colaborando en la ardúa tarea” bromeó, mordiendo su labio inferior para acallar otra carcajada que amenazaba con salir. “Por cierto, soy Clementine. Ni me he presentado.”
Dirigió sus claros orbes a la trayectoria que hizo la mano femenina hasta su hombro, manteniendo una dramatizada expresión de tristeza. “No te imaginas cuánto he esperado este momento, necesitaba que me rescataran”. Hizo acopio de toda su voluntad para mantener la seriedad que profesaba, pero le resultó imposible y terminó soltando unas cuantas risas producidas por la situación. “Tristemente para tí, solo bromeaba. Aunque admito que sería divertido llevar una espada en mi auto” comentó, desde niño había estado fascinado con la edad media y todo aquel tema de los caballeros. En su antiguo hogar aún se conservaban las fotografías de una pequeña versión de el con capa, fingiendo que una vara era su arma. “Un gusto. Yo soy Adrian. Y si se puede preguntar... ¿Porqué andas así por la calle, eh?”