¡Qué difícil ser Tachurí canela!
Pajaritos invisibles del pastizal
Por María Zeta
El año pasado, en las salidas a campo con mi compañero, descubrimos un nido de tachurí canela. El tachurí es un pequeño y desconocido pajarito, habitante de pastizales y sabanas, que construye el nido generalmente con pequeñas fibras vegetales, usando en esta zona como materia prima principal, el plumerillo de las semillas de los cardos. Este material le da un aspecto suave y esponjoso. El modelado es perfecto y la construcción mide unos 6 cm de diámetro. Cuando el cardo está verde y florecido, el nido es bastante visible —aunque no de fácil acceso debido las espinas de la planta— y, a medida que ésta se va secando y las flores van semillando, se hace más difícil distinguirlo en el cardal. Allí ponen entre uno y tres huevos muy pequeños y blancos.
El año pasado pudimos ver a los volantones de tachurí cuando salieron del nido y sus padres los alimentaban mientras ellos aprendían a volar. Luego se alejaron de la zona donde fueron criados, pero sus cantos en el campo y alrededores se seguían escuchando. Bueno, más que canto, sobre todo el que es acompañado por un sonido mecánico que hacen con las alas: una pequeña muequita que tienen en una pluma produce un sonido suave que suena como un “prrrrrr”.
Este año ya ha comenzado la nidificación. Creemos que hay, al menos en la zona donde solemos andar, dos parejas de la especie. En un cardo, casi en el mismo lugar que el año pasado, encontramos un nido. En menos de una semana estaba listo y allí, la hembra depositó dos huevos diminutos.
La incubación lleva por lo menos dos semanas más. Fuimos un par de veces y los huevos seguían allí mientras los adultos se alimentaban en cercanías del nido, formando parte del paisaje sonoro con su característico canto.
Un día llegamos y nos acercamos con la esperanza de ver a los pichones, pero lo que encontramos fue el nido levemente inclinado y vacío. El día anterior habíamos visto los huevos, así que esa misma noche o en la mañana siguiente ocurrió la depredación.
Estábamos un poco afligidos; incluso tomamos un palito e intentamos acomodarlo con la vaga esperanza de que tal vez pudieran reutilizarlo. No alcanzamos a lamentarnos lo suficiente cuando, en un momento, vemos a la tachurí buscando plumerillos de cardo que acomodaba en las púas del alambre, separando las fibras para la construcción de un nuevo nido. Otra vez, en menos de una semana y no tan lejos del sitio anterior, un círculo esponjoso acunó tres nuevos huevos.
Hasta el ornitólogo Martín De la Peña fue a filmar la nidificación y a registrar el acontecimiento. En poco tiempo ya estarían por nacer los pichones de esta especie de pajarito que pocos conocen y que no abunda para nada.
Pasaron un par de semanas. Llegamos al campo y nos pusimos a plantar enredaderas en el corral donde tenemos un lindo grupo de árboles nativos que ya tienen unos años y donde mantenemos al ganado sin acceso. Es un pequeño refugio para toda clase de plantas y bichos... ¡hasta un zorro durmiendo encontramos una vez! Pablo llevó para plantar una Aristolochia, inspirado por el avistamiento de una mariposa borde de oro que vio pasar anteriormente por allí. Yo saqué unas hierbas que limitaban la llegada de luz solar a una pequeña sachahuasca y a un mburucuyá, y acomodé en la tierra un tupido grupo de tasis y también almendrillos. Además plantamos arvejas que nos dio mi mamá.
El campo estaba esplendoroso, tranquilo; se oían cantos de capuchinos, cachilos y andaban los batitús. Tijeretas cazando al vuelo con toda su elegancia, mistos posados en las puntas de los caraguatás, los jilgueros en la casita amarilla, las lechucitas vizcacheras en los postes... Nos llamó la atención que no estuvieran los cardenales que tienen su nido en el aromito. No revisamos para ver qué pasó, así que eso queda para la próxima visita. Siguen firmes los picabuey con su único pichoncito que debe estar emplumándose y creciendo cada día.
Cuando terminamos de plantar y guardamos las herramientas, fuimos a ver si el nido de los tachurís ya tenía pichones, pero nos encontramos con el nido algo aplastado y vacío en el suelo.
Ya estaba anocheciendo, así que no pudimos destinar tiempo para ver si están construyéndolo en un nuevo lugar, pero los oímos cantar bastante: ellos siguen ahí y seguramente están haciendo otro nido. Admirable persistencia de la naturaleza. A mí me duele el corazón ver los nidos predados, pero también hay otras especies en la cadena que son parte de todo este sistema de vida. De hecho, el porcentaje de depredación de nidos de aves es bastante alto. Hay otros que tienen que comer también. Así funciona.
Los depredadores naturales no son el único peligro que corren estos pajaritos. Es una zona de constantes cambios: los pocos pastizales que había los sembraron. Casi el único campo que mantiene una ganadería de bajo pastoreo y con una pequeña laguna es al que vamos nosotros; todo lo demás cambia permanentemente. Agricultura intensiva, suelos que no descansan y fumigaciones. Las plantas encuentran como únicos lugares donde prosperar las cunetas, los canales y los bordes de los caminos. ¿Montes? No llegué a verlos; esta era una zona famosa por sus algarrobales, pero hace más de un siglo que no existen más. Solo quedan pequeños parches aislados y que distan a kilómetros unos de otros.
En paisajes que son transformados todo el tiempo se juega mucho más de lo que vemos. Tal vez cuidar un pequeño pastizal sea también cuidar a quienes dependen de él para seguir viviendo.
Mientras tanto, no dejo de pensar: ¡la pucha! ¡qué difícil ser tachurí canela! Espero encontrarlos haciendo un nuevo nido la próxima vez que vayamos al campo.












