En un reino, cuyo nombre es irrelevante, falleció ya hace un tiempo el príncipe; generando una gran tristeza entre toda la gente que lo amaban demasiado. Pero entre toda la gente no podía haber alguien más triste que el rey, que tras ya pasado varios meses no podía superar la pérdida de su único hijo, la unica persona que le importaba realmente, la única que tenía para hacerle compañía.
Con el afán de tratar de volver estar feliz pidió que viniesen todos los bufones del reino para así hacerlo reír, todos ellos hacían volteretas, malabares, chistes de todo tipo, pero ninguno lo hacían siquiera sacar una pequeña sonrisa.
Al no funcionar pensó que tal vez lo que le haría feliz sea una obra de teatro, así que contrató a los mejores actores y los hizo interpretar todas las obras existentes, pero ninguna lo entretuvo ni lo hizo feliz.
Decidió contratar magos e hipnotistas para poder olvidar su tristeza, pero ninguno pudo lograrlo, más bien lo hicieron sentirse más miserable de lo que ya se sentía.
Ninguna de las personas del castillo, ni del reino, sabían como contentarlo para que dejes sus penas de un lado, o así era hasta que un trio de sirvientas se les ocurrió contratar a un juglar, el resto accedió y convencieron a su alteza en invitar uno. Al llegar el día de su venida el rey seguía del mismo estado depresivo, cosa que puso algo nervioso al juglar, no creía que podía animarlo con las canciones que se le asignó tocar, pero aún así lo intento. La primera canción era una con sonidos alegres, la misma que se le fue tocada a él en su coronación, la segunda era una romántica, siendo una canción que le dedico a su esposa ya estando un tiempo de casados, esa canción lo alegro un poco, la tercera era una más melancólica siendo una canción que tocaban en momentos fúnebres, esta última lo dejo mucho más triste. Antes de que fueran a la cuarta el musiquista aclaro que no conocía la canción pero que tal vez él ya la conocía, apenas dio los primeros acordes reconoció al autor de la obra, su hijo, este solía componer canción pero la que más tocaba era esa.
El rey no resistió más y se derrumbó en frente de todos los presentes, lloro mucho, mucho, mucho, pero finalmente comprendió una cosa: no puedo olvidar su tristeza, ya que implicaría olvidar a su hijo, su preciado hijo que le dio alegrías, enojos y otras tristezas... Tras mucho tiempo el reino volvió a la normalidad y el rey volvió a ser feliz, pero eso no implicó que parara de recordar al príncipe, que siempre amara sin importar donde esté.