El sueño de la muerte fue singular, casi tanto como ese que tuve de chica donde unos puercoespines te mordían y lo que venía después de la mordedura, lo que pasaba después, era la muerte. Todos lo sabíamos hasta que uno me mordió y ascendí unos metros, unos diez metros, desde ahí podía ver cómo seguía la vida sin mí. ¿Y la vez que soñé que a mamá y a mí nos cambiaban la sangre por agua caliente en una clínica de Bariloche y eso era morir? Esta vez, viajábamos con mi mamá en algún tipo de transporte muy moderno. Los trabajadores de una empresa estaban enojados porque no cobraban y habían cerrado el paso. Nuestro vehículo se precipitaba contra un "punto ciego", como si la perspectiva no se abriera, sino que estuviera en ángulo, y en ese punto del ángulo, donde se cierra, una cuchilla horizontal m aserraba. Nos despedíamos y moríamos, y morir fue despertarme. Estaba en suelo, al lado de la cama de mi papá, en la colchoneta donde paso las noches.