Texto extraído del libro “La Primavera de Machado”. Año 2007.
Nel mezzo del cammin pasóme el pecho
la flecha de un amor intempestivo.
Que tuvo en el camino largo acecho
mostróme en lo certero el rayo vivo.
Así un imán que, al atraer, repele
(¡oh claros ojos de mirar furtivo!),
amor que asombra, aguija, halaga y duele,
y más se ofrece cuanto más esquivo.
Si un grano del pensar arder pudiera,
no en el amante, en el amor, sería
la más honda verdad lo que se viera;
y el espejo de amor se quebraría,
roto su encanto, y roto la pantera
de la lujuria el corazón tendría.
La Calle de la Herrería hace justicia al enrejado que protege la vieja cárcel, cuyos barrotes repasaban cada noche con estruendo los vigilantes, para comprobar que seguían firmes y en su sitio. En este edificio, que ahora ocupa la biblioteca, estuvo preso unos días el joven Lope de Vega, huido de casa con un amigo a recorrer Castilla. A su vera estaba el Hotel Comercio, donde Antonio Machado tuvo la primera cita con Guiomar a comienzos de junio de 1928. Poco antes de bajar al comedor para la cena, me avisaron que estaba en la sala de recibo don Antonio Machado. No puedo expresar la emoción que tuve al encontrarme con él y estrechar su mano. Era el poeta tan admirado el que estaba ante mí; con su desaliño, sí, pero con un rostro bondadosísimo, una frente ancha y luminosa, una cabeza, en fin, admirable sobre un cuerpo alto, desgarbado y poco atractivo... Yo le invité a cenar la noche siguiente y aceptó. Y allí, en el comedor destartalado del hotel donde cenaban unos pocos huéspedes, estuve con Antonio Machado que apenas comió y que seguía mirándome mucho y hablando poco. Después de la cena, como hacía una magnífica noche de fines de junio estrellada y tibia, no recuerdo si él o yo, propusimos un paseo hasta el Alcázar. Durante éste, le confié que atravesaba en mi vida por momentos amargos, quedando impresionado y preocupado, aunque no le expliqué exactamente los motivos de encontrarme así. Guiomar es la poetisa Pilar Valderrama, tiene 39 años y alivia en Segovia la cicatriz de una aventura amorosa de su marido, el palentino Rafael Martínez Romarate. Durante ocho años, hasta el comienzo de la guerra civil, que los separa definitivamente, mantiene con Machado una relación desigual, en la que el poeta aspira a la plenitud, mientras ella encela, tensa y, en el preciso instante, repliega con escrúpulos. Encuentros en Segovia, citas y plantones en Madrid, por los jardines de Moncloa o en un café periférico de Cuatro Caminos.
En un jardín te he soñado,
alto, Guiomar, sobre el río,
jardín de un tiempo cerrado
con verjas de hierro frío.
Un ave insólita canta
en el almez, dulcemente,
junto al agua viva y santa,
toda sed y toda fuente.
En ese jardín, Guiomar,
el mutuo jardín que inventan
dos corazones al par,
se funden y complementan
nuestras horas. Los racimos
de un sueño -juntos estamos-
en limpia copa exprimimos,
y el doble cuento olvidamos.
(Uno: mujer y varón,
aunque gacela y león,
llegan juntos a beber.
El otro: No puede ser
amor de tanta fortuna:
dos soledades en una,
ni aun de varón y mujer).
Una historia velada que conocemos por los versos de embeleso o reproche, por las cartas de Machado que no fueron manipuladas o destruidas, y a través del filtro cautelar que Pilar Valderrama aplicó a aquellos recuerdos.
Tú me buscaste un día,
yo nunca a ti, Guiomar,
y yo temblé al mirarme en el tardío
curioso espejo de mi soledad.
En la inmediata posguerra, muerto el poeta en el exilio, Guiomar confió su secreto al agustino Padre Félix García y a Concha Espina, que removió la historia en un libro confuso malogrado por los trucos y las enmiendas. Por entonces, su marido se había situado como Jefe de los Servicios Técnicos de los Teatros Nacionales. Veraneaban de nuevo en la finca El Carrascal, un monte de cereal y encinas que se extiende entre Villaldavín y Paredes de Nava. Guiomar se llamó la mujer de Jorge Manrique, el poeta universal de Paredes, y ese fue el embozo escogido para disimular sus líricas pasiones. Pasados los años, aquel caserío todavía ofrece un aspecto estupendo, con su gigantesco palomar blanco y cobijado de encinas. Luego, una vez viuda, se suceden las confesiones parciales, casi una por década, hasta culminar en las memorias tituladas Sí, soy Guiomar, que le prologa Jorge Guillén.
Sé que habrás de llorarme cuando muera
para olvidarme y, luego,
poderme recordar, limpios los ojos
que miran en el tiempo.
Más allá de tus lágrimas y de
tu olvido, en tu recuerdo,
me siento ir por una senda clara,
por un “Adiós Guiomar” enjuto y serio.
“La primavera de Machado”, de Ernesto Escapa.
Las Guías del Duero. El Mundo Castilla y León. Edición: 2007.