Para todas las mujeres y los probables seres pensantes (los hombres)
La primera vez que me acosaron tenía ocho años. Mi madre me esperaba en la esquina de la calle donde estaba el colegio.
La felicidad que sentía se eclipsó
en el primer segundo en que escuché los silbidos, seguidos de halagos que nadie pidió
a esos probables seres pensantes que me triplicaban la edad.
Aún no logro comprender cómo un "simple comentario" puede ser suficiente para arruinarle la existencia a una mujer que aún no era una mujer.
Ni siquiera había cumplido un siglo en esta tierra, y ya había aprendido lo que pesa ser mujer.
Todos los logros que alcancé ese día quedaron en el olvido.
Porque la cabeza de esa pequeña niña no pudo hacer otra cosa más que preguntarse, una y otra y otra vez: ¿qué les pudo haber gustado?
¿La falda que llevaba más abajo de la rodilla?
¿La blusa que me cubría hasta el cuello?
¿O el suéter en el que ni siquiera mis muñecas se veían?
Esa fue la primera vez que me acosaron. Pero no fue la última.
Porque al crecer también crece la certeza de que cualquier gesto, cualquier paso, cualquier descuido.
Puede ser suficiente para provocar una atención que ninguna niña o mujer querría.
Es irónico y triste a la vez, ¿verdad?
Que cualquier mujer pueda decirte cuándo fue la primera vez que la acosaron, pero no cuándo fue la última.
Porque a las únicas a las que dejaron de acosar fue a las que asesinaron.
Y a ustedes, probables seres pensantes (los hombres), escuchen.
Durante demasiado tiempo nos enseñaron a bajar la mirada, a caminar más rápido, a tensar el cuerpo, a guardar silencio.
Durante demasiado tiempo cargamos una vergüenza que nunca fue nuestra.
Pero el miedo ya no vive aquí.
Nos hirieron, sí. Nos marcaron. Pero seguimos de pie.
Y ahora vamos a alzar la voz tan alto que ya no podrán seguir fingiendo que no escuchan.
Porque dicen que no son todos. Y tal vez tengan razón.
Pero siempre, siempre, termina siendo uno de ustedes.