Atardecer de ceniza y fuego
El horizonte se viste de un rojo profundo, como si el sol llevara sobre sus hombros el peso de un verano herido. Su luz, teñida por el humo de los incendios que asolan la Comunidad de Madrid, se derrama lentamente sobre los campos dorados, envolviendo la tierra en un silencio solemne.
Las nubes, pinceladas de cobre y malva, parecen custodiar un ocaso de belleza dolorosa, donde la naturaleza recuerda al mismo tiempo su esplendor y su fragilidad. Entre las suaves colinas, el día se despide con un resplandor escarlata que emociona tanto como inquieta: un cielo hermoso nacido de una tragedia que consume los montes.
Y mientras el sol se hunde tras la sierra, el paisaje permanece inmóvil, como si España entera contuviera el aliento, esperando que el viento deje de traer el olor a humo y vuelva a traer la promesa de la lluvia.








