Si, es cierto, fuimos creados con dos orejas y una sola boca. Mera casualidad del destino. Algunos atrevidos, emulando a cualquier sabio remoto, nos querrá hacer recordar “para escuchar el doble de lo que hablamos”... y ciertamente podría ser así, pero también tenemos dos brazos y seguimos hablando más que abrazando. Es el poder de la palabra (y ahora soy yo la que emula a algún sabio). Siempre, hablar y reflexionar, hablar y escuchar o hablar y hablar; hablar por hablar. Buscamos en el otro dos orejas, hacemos un escrutinio minucioso de quien (o quien no) es digno de escuchar nuestras (vacías) palabras. Una vez escogido, nuestro ignorante interlocutor, creerá que es importante su opinión (para ello fue escogido con suma delicadeza). Ignorará, por completo, que no hemos venido a dar un mensaje, ni tan siquiera a contar a una historia, hemos venido a escupir un montón de palabras en un determinado espacio de tiempo. Porque si, el contexto tampoco nos importa; aunque sea escogido con la misma delicadeza que lo fue nuestro interlocutor. Si bien, lo que buscamos en el otro es nuestro reflejo traslucido en un espejo... nada. Nos buscamos a nosotros mismos reflejados en dos orejas, mutilando la boca del atrevido oyente. Buscamos nuestra imagen en un espejo porque, de lo contrario, nos veríamos obligados a reconocer que para ser escuchados también necesitamos escuchar. Y no queremos escuchar (ni tan si quiera oír), hemos venido a contar nuestra historia no cronológica y desfigurada de nuestra más absurda “realidad”. Así bien, tenemos dos seres comunicándose de manera irracional, escuchándose de manera irracional, dándose consejos de manera “racional”. Buscamos a un interlocutor porque escuchar nuestras palabras en voz alta quedaría alejado de la neurosis. Hablamos en voz alta para callar nuestros pensamientos y colocarnos dentro del continuo de normalidad sin ser descubiertos por nuestros fantasmas. Quiero decir, tenemos dos brazos (con sus dos manos) para taparnos las orejas antes de hablar y de que hablen. Nosotros mismos nos mutilamos no sea que escuchemos aquello que nos trae, ahora si, al contexto que compartimos con el otro.