«Igual que en el momento de venir al mundo, al morir tenemos miedo de lo desconocido. Pero el miedo es algo interior que no tiene nada que ver con la realidad. Morir es como nacer: solo un cambio» (La casa de los espíritus)
Cuando decidí que era más importante escuchar a mi corazón que seguir haciendo lo que me decía mi cabecita, cuando compre el billete de avión que me ha traído a esta maravillosa aventura, empecé a escuchar eso de ¿no tienes miedo?
Y era cierto cuando contestaba que no, extrañada por la pregunta.
Ahora os voy a confesar una cosa, la noche antes de abandonar Bangkok, me entro miedo. Miedo a viajar por un país donde las señales están escritas en otro alfabeto y de cuyos habitantes entiendo solo (y por las justas) a los q hablan inglés, miedo a no encontrar donde dormir, miedo a terminar durmiendo en la calle, miedo a que me engañen o me quieran timar… miedo a todo.
Evidentemente, ese miedo no me paralizo, porque aquí estoy en una bonita guesthouse junto al mar. Ahora bien, se ha convertido en una obsesión últimamente y por eso quiero exorcizarlo hoy, la noche de los muertos.
Salir de Bangkok fue fácil. Mi destino era Ampawa, un bonito pueblo al sur de la capital donde todos los fines de semana hay un mercado flotante. Lo cierto es que está muy cerca y para las 10 de la mañana ya estaba hospedada. Así que tras pasar el día deambulando por el canal en torno al cual se ubica Ampawa, me embarqué en un paseo nocturno en barca para ver luciérnagas. Un espectáculo precioso, que me transporto a las fiestas navideñas ya que los árboles estaban llenos de lucecitas blancas parpadeando. Sin embargo, algo enturbió este paseo, una tormenta de rayos q se divisaba a lo lejos, lejísimos. Y ahí estaba el miedo, dando por cul… Haciendo q mi imaginación desembocara en una debacle marítima de dimensiones épicas.
Siguiente destino, Petchaburi. No tan bucólico como Ampawa, pero con rutas y cuevas muy chulas para explorar. Allí es donde descubrí que los monos me dan miedo y que adentrarme sola por un camino sin destino conocido también me paralizaba las piernas. Tenía miedo aún sin que pasara nada, solo por lo que pudiera pasar o lo que pasó alguna vez en mi vida.
Aun así, “superé” ambos miedos, el primero, a pesar de sufrir el ataque de un mono que me robo el agua (eso sí, el también se llevó un buen susto del grito q salió de mi garganta); y el segundo, arrastrada por mi curiosidad de ver a dónde llevan todos los caminos, q me recuerda mucho a mi amiga Esther que siempre tiene que probar los sabores que desconoce (este paseo se vio interrumpido por unos cinco perros q me salieron al paso, que también se llevaron un grito de recuerdo)
Pero donde me lleve el mayor susto de todos fue después, en una cueva llena de figuras de Buda, donde me ladro furioso un cubo movido por un murciélago atrapado en su interior. Ahí me cagué. Me subió una calor de pies a cabeza q me paralizo y me dejo pálida. Creo que porque me pilló desprevenida, no tenía miedo, estaba relajada.
Y ahí decidí que ya no más miedo al miedo. Porque asustarme es algo que me va a pasar a lo largo, no de este viaje, sino de la vida. Pero estar obsesionada con tener miedo, me estaba provocando miedo al miedo, miedo a asustarme. Y luego viene un cubo y te deja como una tonta caguica que va gritando por la vida.
Así que hoy, he atravesado una manada de monos, me he adentrado por un camino sin destino aparente pero q me ha llevado hasta un templo en lo alto de un monte y me voy a la cama sin tener ni idea de cómo voy a llegar a mi próximo destino.
No he superado mis miedos, me he enfrentado a uno, y solo espero no volver a tener miedo ante la posibilidad de que algo me asuste.
«Igual que en el momento de venir al mundo, al morir tenemos miedo de lo desconocido. Pero el miedo es algo interior que no tiene nada que ver con la realidad. Morir es como nacer: solo un cambio» (La casa de los espíritus)
Cuando decidí que era más importante escuchar a mi corazón que seguir haciendo lo que me decía mi cabecita, cuando compre el billete de avión que me ha traído a esta maravillosa aventura, empecé a escuchar eso de ¿no tienes miedo?
Y era cierto cuando contestaba que no, extrañada por la pregunta.
Ahora os voy a confesar una cosa, la noche antes de abandonar Bangkok, me entro miedo. Miedo a viajar por un país donde las señales están escritas en otro alfabeto y de cuyos habitantes entiendo solo (y por las justas) a los q hablan inglés, miedo a no encontrar donde dormir, miedo a terminar durmiendo en la calle, miedo a que me engañen o me quieran timar… miedo a todo.
Evidentemente, ese miedo no me paralizo, porque aquí estoy en una bonita guesthouse junto al mar. Ahora bien, se ha convertido en una obsesión últimamente y por eso quiero exorcizarlo hoy, la noche de los muertos.
Salir de Bangkok fue fácil. Mi destino era Ampawa, un bonito pueblo al sur de la capital donde todos los fines de semana hay un mercado flotante. Lo cierto es que está muy cerca y para las 10 de la mañana ya estaba hospedada. Así que tras pasar el día deambulando por el canal en torno al cual se ubica Ampawa, me embarqué en un paseo nocturno en barca para ver luciérnagas. Un espectáculo precioso, que me transporto a las fiestas navideñas ya que los árboles estaban llenos de lucecitas blancas parpadeando. Sin embargo, algo enturbió este paseo, una tormenta de rayos q se divisaba a lo lejos, lejísimos. Y ahí estaba el miedo, dando por cul… Haciendo q mi imaginación desembocara en una debacle marítima de dimensiones épicas.
Siguiente destino, Petchaburi. No tan bucólico como Ampawa, pero con rutas y cuevas muy chulas para explorar. Allí es donde descubrí que los monos me dan miedo y que adentrarme sola por un camino sin destino conocido también me paralizaba las piernas. Tenía miedo aún sin que pasara nada, solo por lo que pudiera pasar o lo que pasó alguna vez en mi vida.
Aun así, “superé” ambos miedos, el primero, a pesar de sufrir el ataque de un mono que me robo el agua (eso sí, el también se llevó un buen susto del grito q salió de mi garganta); y el segundo, arrastrada por mi curiosidad de ver a dónde llevan todos los caminos, q me recuerda mucho a mi amiga Esther que siempre tiene que probar los sabores que desconoce (este paseo se vio interrumpido por unos cinco perros q me salieron al paso, que también se llevaron un grito de recuerdo)
Pero donde me lleve el mayor susto de todos fue después, en una cueva llena de figuras de Buda, donde me ladro furioso un cubo movido por un murciélago atrapado en su interior. Ahí me cagué. Me subió una calor de pies a cabeza q me paralizo y me dejo pálida. Creo que porque me pilló desprevenida, no tenía miedo, estaba relajada.
Y ahí decidí que ya no más miedo al miedo. Porque asustarme es algo que me va a pasar a lo largo, no de este viaje, sino de la vida. Pero estar obsesionada con tener miedo, me estaba provocando miedo al miedo, miedo a asustarme. Y luego viene un cubo y te deja como una tonta caguica que va gritando por la vida.
Así que hoy, he atravesado una manada de monos, me he adentrado por un camino sin destino aparente pero q me ha llevado hasta un templo en lo alto de un monte y me voy a la cama sin tener ni idea de cómo voy a llegar a mi próximo destino.
No he superado mis miedos, me he enfrentado a uno o dos, y solo espero no volver a tener miedo ante la posibilidad de que algo me asuste.